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Los humanos seguimos jugando a la ruleta rusa con los virus letales
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El brote del crucero deja un nuevo aviso: los humanos seguimos jugando a la ruleta rusa con los virus letales

Un turista en una región remota.

Antonio Martínez Ron

11 de mayo de 2026 22:29 h

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En 1993, un brote mortal causado por un hantavirus sacudió a la comunidad de los indios Navajo en la región de las Cuatro Esquinas, en Estados Unidos. El patógeno, al que se etiquetó como Sin Nombre virus (SNV), se cobró alrededor de 30 muertes entre 50 infectados. En los meses posteriores, los biólogos llegaron a la conclusión de que hubo episodios anteriores y eso quedó en la tradición oral de los navajo. Según sus creencias, los ratones habitan el mundo nocturno y exterior y los humanos el mundo diurno e interior; ambos no deben mezclarse porque pueden producirse enfermedades y la muerte.

Tras el brote de hantavirus registrado en el crucero MV Hondius —que se ha saldado con una operación de evacuación sin precedentes– la Organización Mundial de la Salud (OMS) está investigando si se produjo uno de estos cruces entre mundos en los que hay un intercambio de patógenos. Junto con las autoridades sanitarias de Argentina, la OMS está analizando los movimientos de la primera pareja infectada y fallecida. Por lo que se sabe hasta ahora, antes de abordar el barco el matrimonio neerlandés había viajado por Argentina, Chile y Uruguay en un viaje de observación de aves, que incluyó visitas a sitios como el basurero de Ushuaia, donde podría estar presente la especie de ratón que porta el virus de los Andes. 

Los investigadores llevan años advirtiendo de que ciertas formas de turismo están creando puntos de contacto inéditos entre humanos y reservorios animales potencialmente peligrosos. En 2012, una decena de visitantes contrajeron hantavirus tras alojarse en unas cabañas infestadas por ratones ciervo en el parque nacional de Yosemite, en California. Muchos trabajos han alertado del riesgo sanitario asociado a las excursiones turísticas para alimentar y fotografiar macacos en el Atlas marroquí, gorilas de montaña en Uganda y Ruanda o las visitas masivas a cuevas con colonias de murciélagos en África y Asia. En todos estos casos, el temor no es solo que los humanos introduzcan enfermedades, sino que estas actividades acerquen a nuestra especie a virus que durante miles de años circularon aislados en animales salvajes, lo que se conoce como zoonosis.

En su amplia experiencia como investigador antártico, Antonio Quesada, secretario técnico del Comité Polar Español, ha constatado estas situaciones de riesgo en zonas extremas del planeta. “En Patagonia hay cada vez más gente”, explica. “Hay un boom de visitantes que van a pasar a la Antártida o de viaje por el Cono Sur. Allí hay unas playas de pingüineras enormes y los vemos intentando tocar a los pollitos de los pingüinos. Y cada vez hay más”. Quesada recuerda que está prohibido acercarse a los animales y que los cruceros como el MV Hondius siguen unos protocolos estrictos, pero a veces se topan con grupos que van por libre. “En la base Gabriel de Castilla vimos un velerito noruego que llegó sin ningún tipo de permiso con un grupo que se puso a escalar un glaciar en zapatillas de deporte”.

Un riesgo exponencial

Los científicos calculan que hasta un 75% de las enfermedades infecciosas emergentes proceden de fauna salvaje y que existen al menos 10.000 virus animales con capacidad potencial para infectar humanos. De ellos, la OMS reconoce que más de 200 han saltado a nuestra especie, pero la inmensa mayoría circula silenciosamente en mamíferos y aves sin haber dado todavía un salto que hacemos cada vez más probable con nuestro comportamiento. Al mismo tiempo, la globalización ha convertido esos saltos locales en amenazas planetarias; en el brote del crucero MV Hondius, por ejemplo, había alrededor de 140 pasajeros de 23 nacionalidades, lo que da una idea del alcance potencial de la dispersión.



“Las zoonosis cada vez se están haciendo más abundantes por la relación que tenemos con el medio ambiente”, asegura Noemí Sevilla, directora del Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA-INIA-CSIC). “Cada vez nos movemos más, cada vez vamos más a sitios que antes no íbamos y estamos en contacto con animales que antes no estábamos”. “Somos 8 mil millones de habitantes, vivimos muy juntos en grandes urbes y nos movemos mucho por todo el planeta; esto es lo mejor para la transmisión de una enfermedad infecciosa”, coincide Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra. “Además estamos en contacto cada vez más con animales silvestres, y alteramos los ecosistemas”. 

Somos 8 mil millones, vivimos muy juntos en grandes urbes y nos movemos mucho por todo el planeta; esto es lo mejor para la transmisión de una enfermedad infecciosa

Ignacio López-Goñi Catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra

Hay evidencia sólida de que los eventos de spillover zoonótico —saltos de patógenos de animales a humanos— han aumentado en frecuencia durante las últimas décadas, incluso tras corregir el sesgo de vigilancia y diagnóstico. Un análisis publicado en BMJ Global Health concluye que existe una tendencia histórica de brotes “cada vez más frecuentes y severos”. De cara al futuro, otro trabajo estima que habrá unas 4 veces más epidemias zoonóticas y hasta 12 veces más muertes asociadas a esos brotes. “Para 2050, podríamos estar lidiando con 12 veces más desbordamientos virales de los que tenemos hoy”, dice su autor principal, Colin Carlson, en el documental Spillover (2024). “Si sigue esa tendencia exponencial hacia el futuro, lo que hemos vivido nos va a parecer una anécdota en comparación con lo que viene”.

Cerdos en la selva

En las últimas décadas son muchos los casos en los que nuestras incursiones en territorios deshabitados o silvestres ha desembocado la transmisión de nuevos virus. El detonante del brote de Nipah de Malasia en 1998, por ejemplo, fue haber instalado enormes explotaciones porcinas en zonas selváticas y en el estallido del virus Hendra, en Australia, pasó algo parecido con los caballos. En ambos casos, los animales domésticos entraban en contacto con los zorros voladores, que eran el reservorio de la enfermedad. En la misma línea, el brote inicial de ébola en África occidental en 2013 se relacionó con la creciente penetración humana en bosques tropicales, el virus Marburgo apareció en minas y cuevas frecuentadas por trabajadores y turistas, y algunos brotes de fiebre hemorrágica boliviana y argentina se asociaron a transformaciones agrícolas que favorecieron la proliferación de roedores portadores.

Estamos llevando perros, vacas y gallinas a estas zonas y el contacto con fauna salvaje aumenta dramáticamente la posibilidad de que un virus pase al humano

Gaspar Domínguez Especialista en salud pública del Hospital Clínico Universidad de Chile 

“La naturaleza siempre está produciendo virus que no sabemos qué efecto podrían tener en el ser humano”, señala el médico chileno Gaspar Domínguez, el especialista en salud pública que coordinó la respuesta al último gran brote de hantavirus en la Patagonia. “Por distintas razones, estos virus pueden entrar en contacto con el ser humano, porque estamos ocupando cada vez más lugares rurales y vamos allí con el ganado que se llama periantrópico, es decir, los perros, los gatos, las vacas o las gallinas. Estos animales están en contacto con fauna salvaje y este contacto aumenta dramáticamente la posibilidad de que un virus pase al humano”.

Animales desplazados 

Aunque la intrusión en territorios antes deshabitados es una de las causas de los contactos zoonóticos, lo cierto es que muchas veces es nuestra presión la que provoca que las especies huyan de sus territorios para internarse en nuestros espacios. Cuando se miró con más detalle lo ocurrido en el brote del virus Nipah (NiV) en Malasia de 1998 se vio que los grandes incendios forestales provocados para despejar terreno destinado a explotaciones agrícolas desempeñaron un papel crucial. El fuego destruyó amplias zonas de bosque y obligaron a los murciélagos frugívoros a desplazarse hacia áreas cultivadas y granjas porcinas en busca de alimento. Y, en Australia, la investigadora Peggy Eby ha documentado cómo la tala de los árboles de los que se alimentan los murciélagos en invierno jugó un papel esencial en el brote de virus Hendra que afectó a los caballos.

Estar invadiendo territorios de la fauna silvestre tiene un impacto, pero es muy difícil separarlo del cambio climático y la alteración de los ecosistemas

Elisa Pérez Ramírez Viróloga y experta en salud animal del CISA-INIA-CSIC

“Estar invadiendo territorios donde históricamente ha estado la fauna silvestre tranquilamente tiene un impacto, pero es muy difícil separarlo del cambio global, el cambio climático y la alteración de los ecosistemas”, asegura Elisa Pérez Ramírez, viróloga y experta en salud animal del CISA-INIA-CSIC. “Está claro que una situación de minería, deforestación masiva y urbanización explosiva en zonas tropicales, donde estamos deteriorando gravemente los ecosistemas y obligando a los animales a moverse a zonas más antropizadas, está produciendo un mayor riesgo de contacto con los humanos”. 

“Ahora mismo estamos entrando en contacto con animales reservorio, que se acercan a las personas, a las viviendas, a los cultivos y ha aumentado más el contacto humano animal también por el cambio climático”, coincide Noemí Sevilla. “Cada vez viajamos más y cada vez hay más animales que vienen hacia nosotros, es un caldo de cultivo y tenemos que estar preparados para una posible pandemia”.

Cada vez viajamos más y cada vez hay más animales que vienen hacia nosotros, es un caldo de cultivo y tenemos que estar preparados para una posible pandemia

Noemí Sevilla Directora del Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA-INIA-CSIC)

Al mismo tiempo, la crisis climática y los fenómenos meteorológicos extremos asociados a ella están desplazando a especies de sus hábitats originales. “En Chile hemos estado viendo cada vez más la presencia de mosquitos Aedes aegypti, que son vectores de enfermedades infecciosas que van apareciendo en el norte del país”, confirma Gaspar Domínguez. “Y algo parecido sucede con la llamada enfermedad de Chagas, que ahora está en la zona central de Chile y cada vez está más al sur, porque la crisis climática hace que los vectores vayan desplazándose y así nos exponen a zoonosis que antes no existían”.

En el brote de hantavirus que afectó a los indios Navajo en los años 90, se sabe que las lluvias excepcionales asociadas a El Niño habían disparado la población de ratones en la región de las Cuatro Esquinas, multiplicando las probabilidades de propagación del virus. “Esto ha sucedido con los hantavirus en otros lugares: cambian las temperaturas y hay una mayor época de lluvias, aumenta la vegetación, aumenta la alimentación y aumenta la población de roedores”, describe López Goñi. “Esto se ha visto con otros virus transmitidos por roedores, como el virus Lassa en Nigeria”.

Se nos ha olvidado la conexión profunda entre salud humana, animal y ambiental, y que una zoonosis local pude convertirse en una crisis global en pocas semanas

Elisa Pérez Ramírez Viróloga y experta en salud animal del CISA-INIA-CSIC

“Las enfermedades transmitidas por vectores están íntimamente ligadas a condiciones climáticas, ambientales y alteraciones de los ecosistemas”, subraya Elisa Pérez Ramírez. “A estos picos de roedores en Argentina lo llaman ‘ratadas' y están íntimamente relacionados con el medio ambiente”. En opinión de la especialista, a pesar de la pandemia reciente, hemos perdido de vista que nuestra salud no depende solo de nosotros mismos. “Se nos ha olvidado la conexión profunda entre salud humana, animal y ambiental, y que una zoonosis local pude convertirse en una crisis global en pocas semanas”, concluye. “Aunque no creo que sea este el caso con el brote de hantavirus, deberíamos tenerlo muy presente”.

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