Temor en el Ibex a la reacción de Sánchez tras el resultado en Andalucía
El escenario político se parece tanto, hasta ronda un virus, que no es extraño que las empresas energéticas y los bancos estén con el susto en el Cuerpo. El 19 de junio de 2022 fueron las últimas elecciones andaluzas. El PSOE cuajó el peor resultado de su historia: mínimo en votos (24%) y diputados (30), y su némesis, el PP, capturó todo el voto de Ciudadanos y obtuvo mayoría absoluta. Días después, el Gobierno solicitaba un debate del Estado de la Nación, una confrontación de ideas que no se producía desde 2015 y no ha vuelto a haber. Pedro Sánchez, el que arrancaba cada curso en septiembre rodeado de las grandes empresas en Casa de América, hizo en el Congreso de los Diputados su discurso más duro con el sector privado y anunciaba la creación de un impuesto especial a energéticas y bancos.
“Este Gobierno no va a tolerar que haya empresas o individuos que se aprovechen de la crisis para amasar mayor riqueza a expensas de la mayoría. Porque las dificultades de la mayoría no pueden ser las alegrías de una minoría. Y por eso vamos a poner en marcha un impuesto sobre los beneficios extraordinarios de las grandes empresas energéticas y un impuesto excepcional y temporal a las grandes entidades financieras que ya se están empezando a beneficiar de las subidas de tipos de interés. Se habla a menudo de los beneficios caídos del cielo, pero en realidad no son tales. Los sobrebeneficios no caen del cielo, salen del bolsillo de los consumidores que pagan los recibos. Y este Gobierno no va a permitir que el sufrimiento de muchos sea el beneficio de unos pocos”. Estas palabras de Pedro Sánchez, pronunciadas el 12 de julio de 2022 en el hemiciclo, hoy suenan a déjà vu; entonces parecían de Pablo Iglesias.
El domingo que viene, el 17 de mayo, vuelven a ser las elecciones andaluzas. Las encuestas coinciden en predecir que el PSOE volverá a perforar sus mínimos, que puede caer hasta los 25 escaños. Otra debacle sería especialmente dolorosa para Sánchez, ya que el cartel de campaña es, al menos desde su perspectiva, lo mejor de su Gobierno, la ex vicepresidenta primera y ex ministra de Hacienda, María Jesús Montero. ¿Y si resulta que la candidata es un acierto y los socialistas aguantan el tipo? Cualquiera de los dos escenarios va a provocar una reacción en el presidente del Gobierno.
Los analistas especulan con que si se confirman los males augurios, Sánchez estirará la legislatura al máximo. Ha dejado claro que no contar con Presupuestos aprobados no le genera ningún estrés, que es capaz de mover partidas presupuestarias de un capítulo a otro sin recato. Pero si apuesta por aguantar quince meses más en el poder, será porque va a tomar medidas que le permitan recuperar el favor del votante. Es aquí donde los expertos pronostican que Sánchez apostaría por el giro a la izquierda, y recuperaría el discurso del Estado de la Nación de 2022. Los bancos vieron el año pasado prorrogado el impuesto especial, aunque cambiara de nombre. Sin embargo, las energéticas se libraron gracias a que el sector, especialmente Repsol, dirigida por el exlíder del PNV Josu Jon Imaz, jugó sus cartas nacionalistas con extremada habilidad.
Hay analistas políticos que consideran que Sánchez volvería a equivocarse si gira su discurso más a la izquierda, ya que creen que provoca la absorción del votante de Sumar y Podemos, de manera que es un juego de suma cero, no añade nada a la eventual coalición de Gobierno. Por tanto, estiman que el giro político tendría que ser hacia el centro, donde hay más masa de votantes, ese lugar que el PP estaría abandonando al acercarse sin disimulo al discurso de Vox. En todo caso, esta vuelta hacia al centro es difícil de esperar en Sánchez y tampoco está claro qué credibilidad tendría ese movimiento para el votante.
El otro escenario, el más inesperado, sería que el PSOE aguante el tipo el domingo que viene, lo que podría llevar a un adelanto de las elecciones generales a mediados de julio. Si el milagro sucede, demostraría que la contundencia y protagonismo de Pedro Sánchez contra las guerras de Donald Trump y Benjamín Netanyahu y en defensa de la legalidad internacional ha calado y da votos; a la vez que la implicación en casos de corrupción de personas tan próximas como José Luis Ábalos y Santos Cerdán queda amortizada. Por tanto, tendría razones para pensar que tiene una ventana para competir electoralmente y, aunque no gane otra legislatura, quizás consiga aminorar los daños y dejar al PSOE con un grupo parlamentario similar al actual.
Otra de las razones para precipitar las elecciones generales en julio es separarlas de las municipales y autonómicas de mayo del año que viene. Hay alcaldes y barones regionales socialistas que sueñan con unos comicios en los que Pedro Sánchez es pasado y el gobierno central lleva casi un año en manos de Alberto Núñez Feijóo, con Santiago Abascal de vicepresidente y varias carteras en manos de Vox. Se relamen pensando los días de gloria que les dará un gobierno así y visualizan esas elecciones como el inicio de la recuperación.
Es comprensible que todo suene a meras cábalas, pero lo cierto es que los comicios andaluces van a tener consecuencias que van mucho más allá del Palacio de San Telmo. El resultado del PSOE impactará en el Palacio de la Moncloa y desde ahí en toda España. Las empresas del Ibex, por ejemplo, lo van a seguir con singular atención. Si hay adelanto electoral y disolución de las Cortes, el impuesto especial a las energéticas que trama el vicepresidente y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, se quedará en el cajón. Si continúa la legislatura, el Gobierno tendrá que seguir arrastrándose por el Parlamento rogando el voto a tirios y troyanos.
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