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ANÁLISIS

Repsol y su inesperado e imprevisible aliado

Josu Jon Imaz (izquierda) y Antoni Brufau, en una imagen de archivo de una junta de Repsol
22 de marzo de 2026 22:33 h

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Repsol entró en 2026 con la suerte de cara. Tras cuatro años de trayectoria anodina, casi decadente, con la acción bailando entre 12 y 15 euros, acorde con una compañía instalada en un negocio de bajos márgenes y en tránsito desde el contaminante petróleo a las energías limpias, resulta que ahora la petrolera española es el valor estrella de la Bolsa, con una revalorización del 50% en apenas dos meses y medio, mientras el Ibex 35 cae más de un 2%.

¿Cuál ha sido el catalizador del cambio en Repsol? No se debe a un cambio de gestión, al descubrimiento de enormes reservas de gas o petróleo; no. El origen está en un factor exógeno, inesperado e imprevisible: Donald Trump. El perfil de Repsol parece otro desde que el presidente de Estados Unidos encarcelara a Nicolás Maduro y tomara el control de Venezuela el 3 de enero. En su discurso de justificación de la “invasión”, la palabra que más pronunció fue petróleo, poniendo el mismo gesto de quien cata un Vega Sicilia. Después, el 28 de febrero, Trump y su amigo Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, se lanzaron contra Irán, que ha respondido “secuestrando” el Estrecho de Ormuz. Resultado, el precio del petróleo se dispara y se instala por encima de los 100 dólares el barril.

Repsol presentó el pasado 10 de marzo su plan estratégico, en el que hace un ejercicio de prudencia y contención, propia de la sobriedad de su presidente (Antonio Brufau) y de su CEO (Josu Jon Imaz) y de que la favorable coyuntura puede ser efímera. Sus previsiones para los próximos tres años (2026-2028) están construidas sobre un precio medio del petróleo de 65 dólares el barril en ese periodo, que es cuatro dólares más bajo que el año pasado y un margen de refino en 6,5 dólares barril, frente a los 7,9 de 2025. Repsol prevé llegar a una producción neta de entre 580.000 y 600.000 barriles equivalentes de petróleo al día en 2028, lo que supone un aumento de entre el 6% y el 10% con respecto al año pasado.

La compañía no tiene exposición alguna a Oriente Medio, aunque lo que sucede allí es determinante en los precios de sus productos, como se está viendo con nitidez. La actividad más cercana a la zona de conflicto la desarrolla en Argelia y Libia, cuyo peso actual no alcanza al 10% de la producción. El país más relevante para Repsol es Estados Unidos, donde explota campos hasta en Alaska, con una producción que va a alcanzar el 40% del total de la compañía. Si se suma Venezuela, la producción en los territorios controlados por Estados Unidos supera más del 50%, ya que el país caribeño aportó el año pasado un 13% de los barriles totales. En las perspectivas de crecimiento anunciadas por la compañía no se están proyectando una mayor aportación de Venezuela, “donde las nuevas licencias emitidas por las autoridades estadounidenses permiten retomar operaciones de petróleo y gas”, señala la compañía, que cree que puede duplicar la producción en este país en un año y triplicarla en tres.

El plan estratégico contempla otro impacto de Donald Trump, aunque está más soterrado. El mandatario americano es claramente pro-petróleo y muy crítico con la agenda verde y las renovables. Repsol tenía previsto alcanzar en 2027 una capacidad de 9 GW en energías renovables, ese objetivo ha quedado pospuesto un año y la compañía asegura que va a ser más selectiva y disciplinada en los nuevos proyectos, lo que suena a patada adelante. Actualmente tiene instalaciones que producen 5,9 GW concentrados en España y Estados Unidos.

Repsol era una petrolera pura y dura que se ha ido transformando para ir incrementando el peso de las energías de origen renovable. Es un proceso complejo, que requiere grandes inversiones, y en el que ha llegado a sufrir una demanda de Iberdrola, en la que le acusaba de publicidad engañosa por presentarse como empresa sostenible. Esta acusación ha quedado en nada, seguramente porque si prosperaba acarrearía demandas similares a todo el sector energético. Al tiempo, Repsol ha visto como el impulso dado a Moeve (la antigua Cepsa) por el nuevo CEO le mermaba su liderazgo.

La competencia entre Repsol y Moeve es clave para el mercado español y portugués, dado el peso agregado de ambas compañías. La primera nació de los monopolios del Estado y la segunda fue promovida por el desaparecido Banco Central y nació en 1929 con la concesión de la explotación de tierras negras en torno al Lago Maracaibo; de nuevo Venezuela. Ambas empresas cuentan con las mayores redes de combustible. Repsol tiene 3.800 gasolineras y Moeve, tras la adquisición de Bellenoil y la fusión con Galp, va a superar las 3.300. En momentos de estrés en los precios de la gasolina y el diésel, como sucede ahora, es muy importante que los que suman alrededor del 40% de la cuota de mercado compitan en precio.

La llegada de Donald Trump a los mandos de la mayor potencia del mundo está removiendo todo. Su belicismo aupó a Indra (ahora atrapada en su éxito), que fue la empresa que más subió en Bolsa en 2025, y empuja a Repsol. Es duro ver cómo cotizan al alza las desgracias provocadas por el mandatario que se cree merecedor del Nobel de la Paz. Se equivoca si piensa que no le van a afectar. El colapso de Oriente Medio ya está exportando inflación, la misma que ayudó a Trump a llegar a la Casa Blanca en 2024 y al socialdemócrata Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York en 2025. El trumpismo recibirá el golpe en las elecciones de medio mandato de este noviembre. Se entiende la prudencia de Repsol.

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