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Han Kang utiliza la violencia de la tinta y la sangre contra el trauma

La escritora ganadora del Nobel Han Kang, en el CCCB de Barcelona

Cristina Ros

1 de mayo de 2026 21:30 h

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Han Kang (Gwangju, 1970) asegura que escribe con todo el cuerpo, y esa conciencia de la corporeidad se filtra en primera fila en su narrativa. El caso más paradigmático es, sin duda, La vegetariana (2007), una novela de la que pocos serían capaces de describir con precisión la apariencia externa de su protagonista, pero de quien, sin embargo, es sencillo evocar la sensación de angustia creciente que surge desde dentro, desde las entrañas. Y, no menos importante, cómo sus decisiones vitales tienen efectos en el cuerpo, que, lejos de manifestar un control de sí misma, canaliza toda la presión social, toda la violencia.

La violencia (o, mejor, las violencias) es otro elemento clave en la obra de la ganadora del Nobel de Literatura 2024. Una violencia que puede ser de muchos tipos, pero que, incluso cuando va acompañada de agresión física –a menudo ilustrado con la imagen de un animal herido, siempre reviste un calado más hondo, trascendental. La violencia de la sociedad cuando el individuo se atreve a desafiar sus normas, como la protagonista de La vegetariana; la violencia de las guerras, que lastra a sus víctimas directas y lega una herencia de heridas sin cicatrizar a los descendientes, como sucede en Actos humanos (2014) con la masacre de Gwanju de 1980 y en Imposible decir adiós (2021) con la guerra de Corea (1950-1953); o la violencia de los desgarros personales, las pérdidas íntimas como el duelo o la separación, en el caso de La clase de griego (2011) y Blanco (2016).

La violencia surge siempre del ser humano, de esos seres intensamente corpóreos que en las narraciones de Han Kang suelen experimentar, además, una manifestación física que responde a ese daño (amputaciones, mudez, vómitos, fiebre, deterioro general). Hay sangre, también, en sus libros; no es de las que corren un tupido velo ante las escenas más crudas (abusos, mutilaciones, descomposición), sino que se recrea, aunque nunca de manera gratuita. Su último libro traducido al castellano ya lo anuncia desde su título: Tinta y sangre (Random House, 2026, trad. Sunme Yoon), que no es el más reciente, sino que lo publicó en 2010, justo después de La vegetariana.

La conexión con 'Imposible decir adiós'

Más que a La vegetariana, sin embargo, el parecido hay que buscárselo con Imposible decir adiós, que puede leerse como la culminación del planteamiento de Tinta y sangre. En ambos, la protagonista es una escritora de mediana edad de Seúl que apenas revela información de sí misma; una mujer discreta, que casi querría hacerse invisible, hasta que ocurre algo que la fuerza a salir de su rutina. Ese algo tiene que ver con una amiga, una amiga con una vocación artística (la pintura en Tinta y sangre, el cine en Imposible decir adiós), que, parece, ha osado arriesgar más que ella y ha salido trasquilada.

Es entonces, cuando la amiga pierde pie, cuando la voz principal entra en escena, toma las riendas: en Imposible decir adiós, la amiga se hallaba convaleciente y le pedía ayuda; pero, en Tinta y sangre, la amiga ha muerto de manera repentina, y es su negación ante la explicación dada –un supuesto suicidio– lo que hace que la narradora reaccione para tratar de esclarecer las causas del suceso y, como consecuencia, rendir cuentas. Esa búsqueda, no obstante, actúa como un espejo en el que no puede evitar mirarse, y al final son sus propias heridas, las que acalló, las que salen a la luz.

La escritora y la pintora se conocían desde niñas; de hecho, la protagonista conoce más a la joven que fue su amiga en el pasado que a la artista en la que se convirtió. Por eso, sus pasos son titubeantes: se enfrenta a un crítico, un especialista en sus pinturas, que es quien defiende que la muerte fue un suicidio. La protagonista se entrevista con él, visita el taller de su amiga, recuerda la etapa en la que ella también pintaba, cuando aprendían juntas. Su mentor fue el tío de su compañera, un hombre enfermizo y solitario con una pasión por la astrofísica; esas reflexiones sobre el universo se trasladan a la escritura.

Aunque, a primera vista, se podría tener la tentación de calificar la historia como thriller (la editorial utiliza el término, consciente de su valor comercial), no hay que engañarse: la narración de Han Kang, y esto es algo muy bueno, no se amolda a ningún género; es enemiga de la rapidez, de las emociones fuertes programadas; y siempre, siempre, va más allá de lo aparente, se ramifica por recovecos imposibles de adivinar de entrada. Es profunda, compleja, desconcertante. Crece de manera orgánica, como una expansión de la mente de la autora, torturada por las migrañas y enmarañada por los sueños, que con frecuencia salpimientan sus trabajos.

Una prosa más suave

Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta ni una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies. Una caída de la que, como en la vida misma, se puede emerger o no. Ese “o no” no significa tanto desaparecer o morir como dejar de avanzar, dejar de progresar en la existencia; ese estado de anclaje perpetuo en el pasado en el que quedan quienes han sobrevivido a un gran trauma o de quienes han sufrido una pérdida irreparable.

Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta, no es una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies

En comparación con Imposible decir adiós –que, a todo esto, no es del todo justa, dado que, más allá de los rasgos en común, esta ahonda en la memoria de la guerra, un tema ausente en Tinta y sangre–, esta nueva recuperación es una novela menos penetrante, que adolece quizá de un final un tanto apresurado. Se le pueden atribuir los calificativos habituales a su prosa –desasosegante, hipnótica, dura, de intensidad creciente–; pero lo son, por así decir, en un nivela más suave que en otras ocasiones, aunque un “nivel más suave”, en Han Kang, sigue siendo literatura de alto voltaje, de la que quizá no se llega a entender del todo, envuelta en la nebulosa eterna del misterio de la creación, como aquello de lo que se ocupa: el otro, el arte, el universo y hasta los abismos propios.

Un último elemento recurrente: el uso del color blanco con el contraste de la sangre; el color de la inocencia manchado, corrompido para siempre, como metáfora de la vida, de toda vida. Como el blanco de los pájaros que fascinan a Han Kang o el blanco la nieve; la novela transcurre durante el invierno, en esa Corea del Sur nevada y gélida. Hay algo en la naturaleza de la autora que conjuga a la perfección con ese tiempo de pausa, de hibernación, que representa esta estación. Y con el frío, no como cualidad inherente a su voz narrativa sino como desregulador de la temperatura corporal y emocional de los personajes, de factor que los vuelve (más) vulnerables, los expone.

Una literatura que no responde a fórmulas

Siempre es difícil hablar de los libros de Han Kang, lo que también dice mucho a su favor: no se la puede encasillar, su literatura no responde a fórmulas. Ella tampoco se prodiga en explicaciones: no frecuenta el circuito literario, concede pocas entrevistas y carece de redes sociales. Se dedica a lo importante, que es la literatura; literatura hecha con calma, con precisión, y que tal vez por eso mismo pide relectura, pide volver a ella. Ce que l'on fait avec le temps, le temps le respecte (Lo que se hace con tiempo, el tiempo lo respeta), decía Auguste Rodin. Cada palabra de Han Kang lo certifica.

Pese a su discreción, de vez en cuando hace una excepción y se deja ver por el público, como este martes en la ciudad condal, donde conversará a las 19:30 h en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) con la escritora Mar García Puig (que también sabe lo suyo de mujeres, escritura y cuerpo), en el marco del ciclo Diàlegs de Sant Jordi. Quien pueda, que aproveche. Para los demás, ahí están sus libros.

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