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La novela póstuma de Camila Cañeque confirma a la escritora inclasificable que hizo de las palabras y el silencio un arte

Camila Cañeque, autora de 'La última frase' durante su performance 'Esperando'

Cristina Ros

23 de abril de 2026 21:47 h

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Hay que tener algo más que talento para escribir determinadas obras. No basta con la voluntad de encadenar una palabra detrás de otra con una conciencia de estilo, ni con tener la resolución de convertirse en escritor. Más allá de eso, antes de eso, hace falta algo que podría denominarse visión: la capacidad para concebir un texto, un artefacto literario que pueda expresar, por sí mismo, aquello que su creador lleva dentro, lo que suele llamarse su mirada, su forma de habitar el mundo, o, yendo al fondo, su “verdad”.

Uno querría saber qué rondaba por la cabeza de Camila Cañeque (Barcelona, 1984-2024) mientras perfilaba sus dos únicos libros, ambos publicados de manera póstuma: primero, La última frase (2024), ese compendio singular de últimas frases de libros, hilados con verdadero genio por su voz; y, después, Anuncios (2026), una novela que fue encontrada en su archivo unos meses después de la publicación del anterior y que llega ahora a las librerías. Ambos están editados por La Uña Rota, una editorial que se ha convertido en toda una referencia de poesía, teatro y textos poco convencionales.

La artista ausente

Camila Cañeque murió de forma súbita poco antes de la publicación de su primer libro. Tenía 39 años. Estas circunstancias envolvieron la recepción de La última frase, pero si la obra se ganó la admiración de tantos lectores –en estos momentos ya va por la cuarta edición– no fue por compasión, sino por el reconocimiento de una originalidad genuina, una propuesta que de veras se distingue del montón. No solo se distingue, sino que el libro sobresale, sorprende, alumbra caminos literarios insólitos.

Claro que, conociendo su trayectoria, no era de extrañar: Camila Cañeque no pertenecía (al menos todavía) al “círculo literario”, en ocasiones tan viciado; sino que provenía del mundo del arte contemporáneo, es decir, de la performance, la escultura, la fotografía y todo lo que se le ocurriera. Porque en su obra, de las exposiciones a la imprenta, cabe de todo; en sus manos nunca es un cajón de sastre, sino que, en esa relación de elementos inconexos en apariencia, establecía un nuevo sentido, provocaba una reflexión acerca de lo que nos rodea. Sí, creaba. Y se lo tomaba en serio.

Además, había estudiado Humanidades y Filosofía: un corpus de ideas para estimular una mente ávida de alimento intelectual. Y había viajado por las grandes ciudades, de París a Nueva York pasando por Berlín y São Paulo, donde expuso sus creaciones y continuó formándose. Uno se la imagina como una mujer brillante, pero sobre todo inquieta, con sed de explorar, de no conformarse. Y, sobre todo, con capacidad de escucha, capacidad de observación atenta, porque solo de ahí pueden esbozarse nuevas sendas.

Quienes la vieron en acción cuentan que sus performances y su concepción del arte en general denunciaban la hipocresía del capitalismo, las dinámicas de productividad que se imponen en estos tiempos. Frente a ello, proponía una suerte de filosofía de la espera, la renuncia, la pausa como rebeldía al orden que nos esclaviza, nos enferma; la política en la inacción, podría llamarse: no entrar, no hablar, ni actuar pese a poder hacerlo; tal vez ese sea, sí, el mayor acto de resistencia de nuestra era hiperconectada y cacofónica.

Su muerte precoz parecía una triste culminación de ese proyecto vital: frente al habitual despliegue de medios de una campaña de promoción, ella no pudo presentar su libro ni responder entrevistas; tampoco se le pudo subir el éxito a la cabeza. Permanece, incluso más que los ausentes deliberados (Elena Ferrante, J. D. Salinger, Thomas Pynchon), al margen de esa caja de resonancia que son las interpretaciones ajenas, permanece ajena a la tentación del ego. Hay un extraño regalo para el lector en ello: poder leerla sin dejarse condicionar por las declaraciones de un titular, poder opinar del libro y no de la autora.

Hablar con el silencio

Parecía que Camila Cañeque iba a quedar como la escritora de una única obra, pero esta nueva publicación, Anuncios, presentada como “novela” y acompañada por una nota de presentación que dejó la propia autora, suma una pieza más –una incógnita más– a ese misterio insondable de su arte, de su núcleo de irradiación. Porque, otra vez, brilla ese carácter singular, inclasificable, único, que confunde al lector al tiempo que emana una especie de belleza, una autenticidad de la palabra literaria.

El planteamiento del libro ya resulta clarividente: un hombre, llamado Don, habla solo. En realidad, se dirige a una mujer, pero ella no responde; es una oyente silenciosa, como Camila Cañeque en sus representaciones. El texto es una sucesión de rayas de diálogo que no llegan a conformar ningún diálogo; no hay interacción, solo un monólogo, pero un monólogo fragmentado, de ocurrencias dispersas, siguiendo el vaivén errático de los circuitos neuronales. Algo así como una cuenta de Twitter convertida en libro, en arte; la máxima expresión del ego en la actualidad.

Otra vez brilla ese carácter singular, inclasificable, único, que confunde al lector al tiempo que emana una especie de belleza, una autenticidad de la palabra literaria

La cubierta, sobria, va en consonancia: dos rostros), como sombras, mirándose, frente a frente, sobre un fondo blanco; la única nota de color, el título, Anuncios, en rojo, como esos paneles publicitarios que irrumpen con chiribitas en el paisaje urbano. El “anuncio” se relaciona con el comportamiento del protagonista: es un hombre-anuncio, un hombre que se anuncia, un hombre de muchos anuncios, aunque él no sea consciente de que se está vendiendo, aunque ella no lo compre. Una metáfora de nuestra era: la atención del internauta como mercancía, cada individuo como vendedor-producto en sí mismo en un teatro de marionetas que esconde la identidad del titiritero.

La estructura también reviste ingenio: los capítulos en los que se expresa Don llevan un número 1 (un personaje al habla); hay otros, con el número 2, en los que se evoca un bar cosmopolita de donde entran y salen unos figurantes que, como el protagonista, alzan la voz sin establecer una comunicación recíproca. Por último, hay también unas pocas partes con un 0, en las que, al menos de entrada, no hay “nada que mostrar” (sic). Los tres números (0, 1, 2) pueden entenderse como un guiño a los códigos de programación: frente al discurso complejo y ramificado de las narrativas clásicas, la categorización, la ruptura del relato, la descomposición en fragmentos inconexos como rasgo de la cultura capitalista. Imposible una historia continuada; imposible una novela total.

Entrando en el contenido, del protagonista se van dejando entrever algunos datos: está inspirado en un artista lituano que la autora conoció en Nueva York, la ciudad donde se mueve aún; un hombre que elige vivir fuera del orden y las convenciones, que transita, en su discurso, de lo alto a lo bajo, de lo existencial a lo trivial, de la filosofía al sexo, de la denuncia social al capricho, de la música al humo de los cigarrillos. No compone un relato; es la manifestación de una divagación, que encarna el espíritu de este tiempo. 

Camila Cañeque hace de la literatura, performance; o, mejor, convierte la performance en obra literaria, en palabras, una expansión de lo que ya hacía con su cuerpo. Con ello, la fija para la posteridad, porque en el futuro, quien quiera respirar nuestro air du temps, el del ámbito de los artistas por lo menos, lo podrá hallar en sus páginas. Y con humor, también, porque todo monologuista-comediante tiene un punto de reírse de sí mismo, incluso (o sobre todo) al hablar de cuestiones que se asumen serias. Porque esta época tiene, también, esa comicidad grotesca de la sátira tan arraigada en el canon español.

Artefactos prodigiosos

Son muchos los escritores que llevan a cabo un proyecto experimental, o que reciben este calificativo (o sus afines “híbrido” o “artefacto”) por parte de la crítica. A veces, sin embargo, lo que se presenta como “experimental” no son más que intentos fallidos, por lo general amalgamas de discursos con demasiadas pretensiones intelectuales, que bajo la fragmentación formal encubren incapacidad para la narración y la construcción de personajes. En suma, son libros mediocres y sin alma.

Camila Cañeque, autora de 'La última frase'

Anuncios, por suerte, no va por ahí: bajo su aparente simplicidad (un hombre hablando) va trenzando una cadencia, mantiene una coherencia interna que funciona como el hilo sobre el que un funambulista avezado (la autora) discurre sin trastabillarse, incluso con elegancia. Encadena frases que son como perlas, en ocasiones una ocurrencia, en otras una reflexión, con frecuencia comentarios mundanos; el personaje se construye por sus palabras, es un ser que habla, discursivo, como somos al comunicarnos por la pantalla.

Camila Cañeque no es la única autora que descoloca el panorama literario después de hacer carrera en las bellas artes: algunas de las voces más personales y disruptivas de los últimos años en el panorama literario vienen del mundo del arte o tienen formación afín, como María Gainza, Irene Solà o Alicia Kopf. Irene Solà, por cierto, explica que de las bellas artes aprendió a trabajar sola en una obra que nadie le había pedido que hiciera. Seguro que Camila Cañeque estaría de acuerdo: comparte con ella esa libertad absoluta, esa independencia que, bien encauzada, es lo que seduce al lector.

No es extraño que entre sus devotos se encuentre Enrique Vila-Matas: ella podría ser su heredera, no porque su obra se parezca a la de él, sino porque comparten la irreverencia, por expresarlo de algún modo, la intención de crear un estilo propio jugando a mezclar ficción y realidad, dejándose influir por otras artes, buscando un tipo de narrativa que revienta la definición tradicional de novela, y siempre con mucha ironía y lucidez, una inteligencia insobornable para detectar puntos de quiebre personales y colectivos. (Ah, qué gran conversación entre ambos nos hemos perdido.)

Hay pocas obras, y aún menos creadores, que marquen un punto de inflexión en la trayectoria del lector. De cualquier ámbito: literatura, artes plásticas, cine, música, danza, teatro. Obras que irrumpen contra la inercia en el modo de leer, de entender, acaso de disfrutar; que obligan a reaccionar desde otra perspectiva, que desempolvan y proponen nuevas rutas. No es un arte siempre comprendido por sus coetáneos, pero al menos no se le puede negar el arrojo de salirse del molde, con ambición e inteligencia.

Esos atributos también los reúne, por supuesto a su manera, otra artista de hoy: Rosalía, que, además de componer y cantar y bailar, es una gran lectora. Sería interesante hacerle llegar los libros de Camila Cañeque, si es que no los ha leído ya. No es que se parezcan (ambas son demasiado únicas para admitir comparaciones), pero, desde sus respectivos campos, se entenderían. De ahí también saldría un fructífero diálogo (artístico); quién sabe si una colaboración entre genias.

Pero esto son solo apreciaciones de una lectora que, como los personajes de Anuncios, entra al ruedo, suelta una retahíla de frases con más o menos sentido y espera (o no) la respuesta del lector (si es que hay un lector, si es que emite una respuesta). Al no estar ella para las declaraciones, todo lo que se dice sobre el libro queda en manos de otros. Si su ausencia fuera voluntaria, este sería el mejor modo de dar vida a la obra literaria: dejar que circule sola, como dice Elena Ferrante, que cada lector la haga suya (o no) a su manera. Porque, esto lo decía Ana María Matute, nadie lee nunca el mismo libro.

Y seguro que Camila Cañeque estaría de acuerdo.

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