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‘Los Juegos del Hambre’ no terminan y realizan una última cosecha que denuncia la manipulación informativa

Fotograma de 'Amanecer en la cosecha'

Cristina Ros

14 de abril de 2026 21:54 h

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El epígrafe de George Orwell lo advierte: “Toda propaganda es mentira, incluso aquella que cuenta la verdad. Creo que eso no importa, siempre y cuando se sepa lo que se está haciendo y por qué”. Le siguen unas citas de William Blake y David Hume en la misma línea: la verdad y la invención, el poder y la sumisión, la creación de la opinión pública. Hay mucho del espíritu del Gran Hermano orwelliano en Amanecer en la cosecha (Molino, 2025; trad. Pilar Ramírez Tello), la última novela de Los Juegos del Hambre cuya adaptación acaba de estrenar su nuevo tráiler y que se desarrolla veinticinco años antes de la primera parte y está protagonizada por un joven Haymitch, a quien conocimos —interpretado en las películas por Woody Harrelson— como el mentor de Katniss y Peeta durante los Juegos.

Suzanne Collins (Hartford, Connecticut, 1962) dejó bien cerrada la trilogía original, Los Juegos del Hambre (2008), En llamas (2009) y Sinsajo (2010), pero unos años después, y sin haber publicado nada en ese tiempo, sintió la urgencia de volver a ese mundo con otra perspectiva, tenía algo nuevo que contar. De ahí surgió Balada de pájaros cantores y serpientes (2020), una precuela que acontece 64 años antes del primero, protagonizada por Coriolanus Snow, el futuro presidente de Panem. Lejos de estirar el chicle, la autora demostró que aquella indagación en las aristas más oscuras de su universo tenía sentido; y lo volvió a demostrar con esta quinta entrega, que llegará a las pantallas el 20 de noviembre.

Más que un producto comercial

Cuando un libro tiene éxito, las sospechas se ciernen sobre él. Si además es juvenil, y se ha adaptado al cine con un gran revuelo, los prejuicios se multiplican. En el caso de Los Juegos del Hambre, un reproche habitual es una supuesta falta de originalidad, por tener puntos en común con Battle Royale (1999), la novela distópica de Koushun Takami. Un reproche sin mucho fundamento, puesto que, en lo esencial, todos los tropos literarios se han explotado hasta la saciedad. La cuestión es que cada autor sepa hacer algo personal a partir de esa base; el cómo, no el qué. Y Suzanne Collins lo logró con solvencia.

Puestos a buscar influencias, más vale fijarse en el mito del Minotauro como inspiración de los Juegos: los ciudadanos pagan un “tributo” (un chico y una chica por distrito, cada año), tras haber perdido la guerra civil contra el Capitolio, que ostenta el poder en esta sociedad futura dictatorial. Esa es una de las muchas referencias a la cultura grecolatina: desde expresiones en latín, como el nombre del país, Panem (panem et circenses, pan y circo) a elementos como la Cornucopia, el Capitolio, la arena o los nombres de muchos personajes (Plutarch por el historiador Plutarco, Seneca Crane por el filósofo Séneca), o los propios Juegos, que emulan los combates de gladiadores del circo romano.

La otra gran influencia es la experiencia del padre de la autora en la guerra, que se nota sobre todo en la última parte, Sinsajo. En esta trilogía la violencia no es gratuita ni se limita a criticar la cultura del reality-show, la presión estética, el uso de menores como objeto de entretenimiento y las desigualdades sociales. Tiene muchas capas, el mundo imaginado por Collins está diseñado con encaje de bolillos, y, aunque la historia tiene un triángulo amoroso, el centro no está puesto en el romance, algo de lo que adolecían muchas sagas juveniles contemporáneas. No, no es Crepúsculo (2005) ni After (2013). Aquí hay acción, intriga, sentimientos y un revestimiento político impactante.

Lejos de la complacencia, Suzanne Collins se diferenció de lo que se estilaba entonces –el romance paranormal de vampiros o lobos adolescentes, con una protagonista gris y un chico “malo” como interés amoroso–, apostó por unos personajes complejos y temas arriesgados en literatura juvenil, con una humanidad sobrecogedora. Hizo algo propio, no copió la fórmula de nadie, sino que supo aprovechar el lenguaje del mito para transmitir una verdad que había conocido de forma estrecha, a través de los recuerdos de su padre o de lo que observaba ella misma en la sociedad capitalista. Después de triunfar se publicaron decenas de distopías apocalípticas; había creado escuela.

El origen de Haymitch Abernathy

A Haymitch Abernathy lo conocimos en Los Juegos del Hambre como un hombre de mediana edad con problemas con la bebida, torpe en las relaciones sociales, irónico e imprevisible; un inadaptado que no superó su victoria en los Quincuagésimos Juegos. La nueva novela narra justo esa gesta, y comienza como la primera parte, con el día de la cosecha, esto es, la jornada en la que se elige por sorteo a los tributos –adolescentes de entre doce y dieciséis años– de los próximos Juegos del Hambre. En esta edición, en honor al Vasallaje de los Veinticinco, que se celebra cada veinticinco años, por partida doble: dos chicos y dos chicas por distrito.

Haymitch, como Katniss y Peeta, pertenece al Distrito 12, el último. Cada distrito se asocia a una actividad económica, y el 12 es el de la minería, el más pobre junto con el 11 (agricultores, los descendientes de los esclavos). Y, a los dieciséis años, que son los que cumple justo el día de la cosecha, el joven Haymitch trabaja en el contrabando de alcohol para ayudar a su madre y a su hermano pequeño, que, tras la muerte del padre en la mina, no tienen a nadie más. Como todos los muchachos del Distrito 12, aprendió a ganarse el pan. Él mismo reconoce que no es ningún lumbreras, pero tampoco le pide demasiado a la vida, tan solo una existencia tranquila junto a su novia, Lenore Dove.

Como Katniss en la trilogía, Haymitch narra su historia en primera persona, lo que nos permite conocerlo mejor, y en tiempo presente, una apuesta poco frecuente que lo dota de emoción. Sabemos que saldrá reclutado en esa cosecha tan feroz como La lotería de Shirley Jackson; también sabemos que ganará los Juegos. Lo que no sabemos es cómo ocurrirá todo eso (de nuevo, el cómo, no el qué). Y hay una pregunta latente: por qué un chico tan sencillo y tenaz como él terminó convertido en un adulto disfuncional. Sí, sobrevivir a la trituradora de los Juegos tuvo algo que ver –los ganadores son como los veteranos de guerra: recibidos como héroes, traumatizados de por vida–, pero hubo más.

Fake news y manipulación informativa

Todo lo que funcionaba en las otras entregas –la estructura en torno al desarrollo de los Juegos, con algo que trasciende al concurso y unos personajes que evolucionan–, vuelve a cumplir con creces (además, hay guiños a las familias de Katniss y Peeta, entre otros iconos de la saga). Ahora bien, si la autora tuvo la necesidad de ponerse a escribir no fue para narrar lo mismo. En estos años, la sociedad occidental ha cambiado; algunos conflictos siguen vigentes, pero otros han surgido o se han acentuado desde entonces. Suzanne Collins tiene la virtud de saber acompasarse con los tiempos: detrás del relato de Haymitch, dispara rotunda al presente.

En Panem no existen las redes sociales ni se utiliza la expresión fake news, pero el libro de algún modo denuncia todo eso: la manipulación de los medios de comunicación y la espectacularización de la intimidad. Haymitch sabe de qué van los Juegos, los ha visto por televisión desde que era niño; sin embargo, vivirlos desde dentro, desde el momento en el que lo eligen, le descubre in situ toda la maquinaria salvaje que hay detrás: los incidentes o chispas de insurrección que jamás se emitirán, el intento de utilizar a las familias de los tributos y sus vidas personales para conmover al espectador, el trato a los jóvenes como animales de ganadería intensiva, la represión sin paliativos.

En este contexto, Haymitch, que se sabe condenado de antemano, solo tiene un deseo: morir con dignidad. Mantenerse íntegro ante la inminencia de la muerte, guardarse para sí lo más valioso que tiene, no vender aquello que no pueden quitarle: sus sentimientos, sus principios, sus metas, todo lo que guarda dentro. Desde el principio se insiste mucho en esa idea: “No dejes que te usen”, le aconseja su familia antes de separarse. “No les dejes pintar sus carteles con tu sangre, siempre que puedas evitarlo”. Solo que no es tan fácil hacerlo cuando tu vida es lo que está en juego. Y hay un reto adicional: si se filtran las imágenes y se manipula a destajo, ¿cómo comunicar al público la verdad?

Fotograma de la adaptación de 'Amanecer en la cosecha'

El punto de partida de Haymitch es un poco distinto al de Katniss en Los Juegos del Hambre, por cuanto él ya tiene una pareja estable y un proyecto de futuro claro. Cuando el equipo del programa se da cuenta de ello, trata de utilizar su historia de amor como cebo para la audiencia, pero ni él ni su chica ceden. Su postura contrasta con los valores actuales, donde prima la sobreexposición de la intimidad en las redes sociales y uno mismo se convierte en un producto sin que nadie se lo pida.

Hay más asuntos subyacentes: el valor de la comunidad, el trabajo en equipo, la unión frente a la adversidad como revulsivo; la subsistencia mediante la economía sumergida; el negocio apostar, que aprovecha la desesperación ajena para obtener beneficio; la obsesión por el físico, por mantenerse joven y sensual; la cultura local, inmaterial, transmitida de generación en generación, como las canciones de Lenore Dove (lo improvisado, efímero y genuino frente a aquello prefabricado, filmado e interesado; el valor de la experiencia real frente a la visualización en la pantalla); la dificultad para saber en quién confiar y tejer alianzas cuando no sabes si los demás están a tu favor o mienten (en particular, los adultos involucrados en los Juegos).

Mantenerse íntegro, mantenerse humano

Es injusto que, a veces, lo único que se valore de esta saga sea su naturaleza “adictiva”. Hay muchas novelas que atrapan y tienen un buen ritmo, pero lo que distingue este ciclo es su discurso filosófico, la dualidad ética y moral que se entrevé a través de situaciones complejas, personajes complejos. Amanecer en la cosecha no es ninguna excepción: no tiene nada que envidiar a la trilogía; es, de hecho, más contundente aún en su denuncia, que siempre reviste un mensaje constructivo: conservar la integridad pase lo que pase. No podemos controlar lo que harán con nuestra imagen (o datos), pero podemos evitar que muestren algo que no queremos si nos negamos a actuar de ese modo.

Pueden manipular, no inventar (al menos en principio). Y la decisión de a qué y a quién mantenerse fiel depende solo de uno mismo. Sin duda, un planteamiento estimulante en una novela que es, también, un viaje iniciático sobre hacerse adulto, sobre dejar atrás el paraíso irrecuperable de la infancia, que a los tributos se les arranca como a los niños de la guerra, de un día para otro, sembrando violencia, muerte y destrucción. La autora vuelve de este modo a conectar con el presente, con las cuestiones que afectan a los adolescentes (y a la población en general). Denuncia ese adormecimiento colectivo que nos mantiene pasivos, inconscientes de nuestro poder, en lugar de rebelarnos ante las injusticias.

Estos libros son alimento de calidad para la resistencia. No deja de ser una ironía cruel que, por su éxito, se hayan convertido en un producto más de la cadena capitalista. Con motivo del lanzamiento de esta quinta parte, en España la editorial organizó una fiesta, llamada la Gran Gala del Capitolio, en una discoteca de Madrid (30€ por entrada, con “regalos” de merchandising incluidos). Además, relanzó toda la saga en ediciones especiales de tapa dura con los cantos tintados, siguiendo la última tendencia en juvenil de las ediciones de coleccionista con brillibrilli, de tiraje limitado y, por supuesto, más caras.

“En ciertos momentos, lo único que puedes controlar es tu actitud”. Es difícil actuar con coherencia cuando la industria, el sistema, no lo ponen fácil. Por suerte, lo interesante de una obra literaria no es el envoltorio ni el ruido que genera, sino el poso que deja tras su lectura. Y, ahí sí, no hay duda: Amanecer en la cosecha es una nueva pieza brillante de una serie magistral, una novela que enriquece, matiza y, sobre todo, dialoga con la actualidad, estimula el análisis, anima a desentumecerse, a reaccionar. No hay escritora más consecuente que Suzanne Collins: nos recuerda la importancia de ser dueños de nuestro destino cuando aún estamos a tiempo; y nos urge a no olvidar que, aunque nos pretendan dividir, estamos en el mismo bando. Juntos somos más fuertes.

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