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¿Qué sentido tiene el anonimato en la literatura en el siglo XXI?

Los libros ‘a ciegas’ de Barrett.

Cristina Ros

30 de mayo de 2026 22:21 h

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Cuando somos niños, no nos preguntamos por la autoría de una obra literaria: nuestro primer contacto con la literatura suelen ser esos cuentos que, aunque se editen bajo el nombre de quien los recopiló, son el resultado de una larga tradición oral en la que han sufrido numerosas variaciones. Más adelante, con los libros para primeros lectores, los escritores son percibidos como poco más que un nombre que aparece en la cubierta, el nombre de alguien vivo o muerto, qué más da; lo único que nos importa es el relato.

Sin embargo, con los años esa “pureza”, por así decir, se pierde. El autor comienza a ser un elemento destacado en torno al acto de leer, bien porque desde las clases de literatura obligan a aprenderse unas líneas de su biografía, bien porque como lectores aficionados nos interesamos por ellos e incluso acudimos a sus firmas. El anonimato queda relegado a clásicos como el Lazarillo de Tormes, sobre los que de hecho ya existen indicios sobre su autoría; o como un fenómeno histórico, como las escritoras que se escondieron bajo un seudónimo masculino para que sus publicaciones se tomaran en serio, como Caterina Albert (Víctor Català) o Mary Ann Evans (George Eliot).

Más allá de los grandes clásicos, hoy es muy difícil dar con un libro del que no se sepa nada sobre el autor. A las transformaciones socioculturales —la consolidación de la obra de autor en la narrativa moderna frente a la tradición oral— se ha sumado la exposición (¿explotación?) mediática, que desde la existencia de Internet y las redes sociales va en aumento. El escritor no se limita a escribir: también se dedica a promocionarse, por su cuenta o siguiendo las indicaciones de su editorial (entrevistas, presentaciones, vídeos, conferencias y cualquier tipo de evento). A veces, el número de seguidores que acumula en las redes se convierte en un valor añadido para que las editoriales apuesten por él.

El reto de no comprometer la propia imagen

En estas circunstancias, el lector puede añorar la ingenuidad del niño que se enfrentaba a la lectura sin prejuicios de ningún tipo. Ahora, es inevitable tener alguna referencia del escritor, sea por una entrevista que hemos leído, porque nos resulta simpático en Twitter o porque ha salido en televisión. No llegamos vírgenes al libro. El escritor, por su parte, debe sacrificar tiempo de escritura en hacer de promotor de sí mismo, a riesgo de que la imagen proyectada perjudique la percepción del lector sobre su obra. No todos se saben desenvolver con la prensa, ni son derroches de simpatía, ni están siempre de humor para escribir largas dedicatorias o pararse a charlar con el lector. Sus atributos personales no mejoran ni empeoran el libro, pero condicionan su recorrido.

La pregunta es: ¿se puede publicar un libro e incluso desarrollar una carrera literaria en pleno siglo XXI sin comprometer la propia imagen? La respuesta es que, aunque no sea sencillo ni habitual, no es imposible, no. Ahí van algunos ejemplos:

1. Los libros ‘a ciegas’ de Barrett. Esta pequeña editorial sevillana, ya conocida por asumir riesgos como su editor por un libro, celebra su décimo aniversario con el lanzamiento de ocho títulos sin identificar a su autor, que puede ser un debutante o un veterano que ha mostrado su complicidad con el proyecto. No obstante, cabe preguntarse si este anonimato se mantendrá, o las identidades saldrán a la luz al cabo de un año (de momento, la editorial ya impulsa juegos para adivinarlas), por no hablar de que una iniciativa como esta sería difícil de hacer en un sello grande e influyente.

2. El caso Elena Ferrante. Ella —en femenino porque, sea quien sea, ha elegido firmar como mujer— es el paradigma de cómo dejar que la obra circule verdaderamente sola. Al contrario de la sospecha de que se trata de una estrategia de marketing, la autora empezó a publicar en los años noventa, pero la fama internacional no le llegó hasta cerca de treinta años después, con La amiga estupenda (2011-2014); de ser una estrategia, sería la peor de todas, porque además se cree, no sin fundamento, que le ha costado premios (algunas organizaciones exigen la asistencia de los autores premiados).

En entrevistas por escrito, ha dejado entrever que en su juventud tuvo una mala experiencia con algo relacionado con la exposición mediática, de ahí que optara por estar al margen. Y aun así, no la han dejado tranquila: en cuanto comenzó a despegar, se sucedieron los rumores, y el summum llegó con la bochornosa investigación de las cuentas bancarias de una colaboradora de la editorial para señalarla como el nombre detrás de Ferrante.

3. La polémica de Carmen Mola. En este caso, al trío Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero sí le interesó salir del anonimato: para embolsarse el Premio Planeta, por un lado, y para impulsar sus carreras individuales, que hasta entonces habían pasado desapercibidas. Mucha gente se llevó las manos a la cabeza porque tres hombres osaran firmar con un nombre de mujer —se dijo que formaba parte de una campaña, como si por ser mujer hoy fuera más fácil publicar ficción criminal; como si a Lorenzo Silva, Víctor del Árbol, Juan Gómez-Jurado, César Pérez Gellida y Javier Castillo no les leyera nadie—.

En realidad, tenía también un sentido práctico: un libro con tres autores desconocidos, para más inri de nombres y apellidos comunes, sería de todo menos comercial. En las obras de autoría múltiple, el seudónimo tiene justificación, tanto si se conoce a los escritores como si no (otro ejemplo reciente es el de Tristán Paniagua y Yo presidente, obra basada en hechos reales de tres autores que han trabajado en política).

4. El famoso enmascarado. Durante su primera etapa como escritor, Máximo Pradera se ocultó bajo el seudónimo Joseph Jelinek para publicar una serie de novelas de intriga en las que la música tenía un papel destacado. Cuando alguien popular tiene intención de labrarse una carrera literaria, o al menos de ser tomado en serio al publicar un libro, puede optar por renunciar a las ganancias que le reportaría su nombre auténtico (y su presencia física en la campaña de lanzamiento) y firmar con seudónimo. Eso sí, como le ocurrió a Máximo Pradera, es posible que los rumores (fundados) sobre su identidad no tardaran en aparecer.

Por otra parte, J. K. Rowling —por aquel entonces toda una estrella mediática—, quiso saber qué ocurriría con sus manuscritos si no los firmara ella, así que se camufló como Robert Galbraith para publicar un ciclo de novelas de intriga de corte más adulto. La descubrieron pronto, pero mantiene el seudónimo para diferenciar esta obra de su narrativa para niños y jóvenes.

5. Protección del periodista de investigación. A principios de este siglo, títulos como Diario de un skin (2003) o El año que trafiqué con mujeres (2004) se colaron entre los éxitos de ventas. Los firmaba un tal Antonio Salas, seudónimo de, dice la biografía, un periodista de investigación español que, por los riesgos asumidos durante su trabajo, no puede revelar su nombre. Los hay que, en cambio, publicaron a cara descubierta, como Roberto Saviano (Gomorra) o, sin salir de España, Nacho Carretero (Fariña) o Luis Gonzalo Segura (Un paso al frente); aunque, a juzgar por el coste personal que puede tener para ellos, quizá alguno hoy optaría por hacer como Antonio Salas.

6. Protección de la intimidad propia o de la familia. Delphine de Vigan debutó con Días sin hambre (2001), una novela inspirada en la anorexia que sufrió en su juventud, por la que llegó a estar ingresada en una clínica. Ese primer libro, tan doloroso para ella y para su familia, se publicó bajo el seudónimo de Lou Delvig. Como la autora tenía la intención de seguir escribiendo, sin embargo, el seudónimo desapareció en las ediciones sucesivas. De haberse quedado en la autora de ese único libro, sería entendible que ella, con una vida ajena al mundo de las letras, prefiriera mantenerse al margen de él una vez ya había volcado sus recuerdos en él.

Los escritores profesionales no suelen esconderse al exponer su intimidad, por mucho que en ocasiones algunos familiares se molesten, como le ocurrió a Karl Ove Knausgård o a la propia Delphine de Vigan, unos años más tarde, con su obra más celebrada, Nada se opone a la noche (2011). Otro caso es el de Freida McFadden, autora del thriller superventas La asistenta (2022): siempre admitió el uso de ese seudónimo para separar su carrera literaria, con esa inclinación por los temas oscuros, de su trabajo como médica especializada en lesiones cerebrales. Temía que un ámbito interfiriera en su proyección profesional, de modo que, aun escribiendo ficción, no ha revelado su verdadero nombre, Sara Cohen, hasta este 2026.

7. El señor que se hizo pasar por jovencita. Sergi Puertas rondaba la cincuentena cuando, con algunas novelas publicadas en editoriales pequeñas sin repercusión, llamó a la puerta de Impedimenta firmando con un nombre de mujer y adjuntando la fotografía de una joven atractiva. Había movido ese manuscrito por diferentes editoriales, Impedimenta incluida, sin éxito, de modo que, frustrado, y viendo que las escritoras parecían estar en un momento de eclosión, decidió intentarlo con un seudónimo. Esta vez, la editorial quiso publicarlo.

La polémica no se desató porque el autor se sinceró con sus editores y el libro fue publicado con su nombre, pero luego ha contado su historia en los medios. A su lado, lo de Carmen Mola no pasa de juego inocente. Y, sí, este caso debería hacernos pensar: a las editoriales, pero también a nosotros como lectores: ¿Hasta qué punto nos influyen los factores de afinidad (de género, ideología, edad u otros) a la hora de elegir a qué autor leemos?

Lo más probable es que quien publique hoy bajo seudónimo tenga, en la práctica, poca repercusión, lo mismo que la inmensa mayoría de escritores no anónimos que publican todos los años

8. Una faceta secundaria. Algunos escritores eligen separar de forma deliberada, por motivos de género, una parte de su producción: John Banville se convierte en Benjamin Black cuando escribe novela negra, al igual que Joyce Carol Oates en las novelas que firmó como Rosamond Smith y Lauren Kelly; Flavia Company se desdobla en Haru o Andrea Mayo para explorar diferentes registros; la escritora de literatura infantil y webcómic Ursula Venon adoptó el seudónimo T. Kingfisher al comenzar a publicar para jóvenes y adultos; Luisa Etxenike es Antonia Lassa cuando publica historias de suspense. Son solo unos pocos ejemplos de una práctica bastante extendida, sobre todo en ámbitos como la novela negra o la romántica. Eso sí, rara vez el autor se esconde de verdad; tan solo utiliza un seudónimo para separar estilos o géneros.

9. El escritor tan prolífico que su editorial no da abasto. Stephen King ha publicado algunas novelas como Richard Bachman. Por una parte, en la industria editorial no es habitual publicar más de un libro al año de un mismo autor (y esto ya es excepcional, al alcance solo de privilegiados como Amélie Nothomb o Joyce Carol Oates), y ya se sabe que Stephen King, sobre todo en su juventud, escribía a un ritmo desaforado. Por otro lado, dado que el éxito le llegó muy pronto, sentía curiosidad por saber qué ocurriría si sus libros no llevaran su nombre (hoy podría apuntarse al experimento de Barrett). Se inventó una biografía que justificara la ausencia mediática del autor, y publicó varias novelas. Sin embargo, le ocurrió como a Elena Ferrante: dieron con él tras investigar sus cuentas.

10. Lorenzo C. Acebedo, ¿el próximo en seguir los pasos de Carmen Mola? La biografía de este autor asegura que bajo el seudónimo se esconde alguien que “abandonó en su juventud los estudios teológicos por el retiro monacal y, algún tiempo después, el retiro monacal por una mujer”. En 2023, publicó La taberna de Silos, la primera entrega de una trilogía con ecos de Umberto Eco, cuyo protagonista, nada menos que Gonzalo de Berceo, trata de resolver el asesinato de un monje en el monasterio. Se trata de una novela con mayor textura literaria, además de humor inteligente, de lo que el argumento deja entrever, por lo que enseguida se sospechó que quien firma es en realidad un escritor consumado, tal vez alguien que con su nombre no vende demasiado.

Las pesquisas apuntan a nombres como Rafael Reig, Antonio Orejudo u Óscar Esquivias; los dos primeros publican en Tusquets, la misma editorial que ha dado a conocer al misterioso Lorenzo C. Acebedo. Un sello que, por cierto, forma parte del Grupo Planeta. Quién sabe, como a veces el Premio Planeta distingue a un escritor de verdad, y no tiene reparos en premiar libros que son la continuación de una serie en curso, tal vez aprovechen la publicación de la tercera entrega del improvisado detective riojano para desvelar el secreto.

A todo esto, estos son solo casos que han tenido cierta trascendencia. Lo más probable es que quien publique hoy bajo seudónimo tenga, en la práctica, poca repercusión, lo mismo que la inmensa mayoría de escritores no anónimos que publican todos los años. Abrirse camino en el mundo literario cuesta, y jugar a hacerse el misterioso no garantiza ni mucho menos el éxito, como tampoco lo aseguran un gran número de seguidores en las redes o una significativa presencia mediática (más de uno se asombraría al conocer las cifras de ventas reales de algunos de estos autores). En definitiva, al final, como siempre, lo único que cuenta es tener una verdadera devoción por el oficio; de lo contrario, entrar en el circuito editorial, con o sin máscara, no compensa.

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