John Banville: irlandés, látigo de la moral católica, Príncipe de las Letras, Benjamin Black

Nuestro último Príncipe de Asturias de las letras, el irlandés John Banville

A John Banville (Wexford, 1945) no le tienen mucha estima en su país. Él mismo lo ha confesado en alguna entrevista: “Sé que no soy bienvenido”. Su discurso ácido y sarcástico, látigo de los códigos morales y católicos de Irlanda, le ha puesto en numerosas ocasiones cara a la pared de la oficialidad. En sus libros tampoco se corta: dispara contra las apariencias, contra todo lo que las buenas-familias-decentes esconden bajo la alfombra. Sólo hay que echar un vistazo a los títulos que firma como su alter-ego Benjamin Black como En busca de April o Venganza. En ellos hay asesinatos, sexo, y toda la retahíla de los viejos pecados capitales. Por mucho que a ciertos irlandeses le moleste.

John Banville, Príncipe de Asturias de las Letras

John Banville, Príncipe de Asturias de las Letras

Y, sin embargo, sus conciudadanos no pueden negar que poseen a uno de los mejores escritores vivos de la actualidad. El último premio Príncipe de Asturias de las Letras –aún no sabemos quién se lo entregará en octubre, si el nuevo rey Felipe VI o su hija Leonor- también ha ganado el Booker (en 2005 con El Mar), el Premio Austriaco de la Literatura Europea (2013) y el Franz Kafka (2011). Sólo le queda el Nobel para entrar en el Olimpo, galardón que por otra parte ha ido a parar en varias ocasiones a tierras irlandesas de la mano de W.B. Yeats, Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney (Joyce se quedó en la cuneta, pero ese es otro debate). No, Irlanda no puede negar que aún se guarda un as en la manga para llevarse la medalla de la Academia sueca.

¿Y qué hace grande a Banville? Es posible que a día de hoy sea uno de los pocos autores que tienen dos tipos de público lector. El escritor, que comenzó su faceta literaria en 1970 con los relatos Long Lankin después de haber trabajado como periodista en The Irish Press, ha sabido reinventarse con los años y crear su propio alter-ego, Benjamin Black. Así, mientras que la propia prosa banvillesca, la que seduce en libros como El Mar, Eclipse, Los Infinitos o Antigua Luz, es preciosista, sin apenas diálogos y en las que el escritor parece desentenderse de lo que les ocurre a los personajes, cuando se convierte en Black aparece el azuzador de la moral, el tipo que quiere rendir cuentas con su país y al que no le pasa ni unaEl MarEclipseLos InfinitosAntigua Luz. Y quien, por otra parte, ha revitalizado el género negro como pocos en la literatura más reciente.

Este doppelgänger, esta especie de Dr Jekill y Mr Hyde, viene muy marcado por lo que vivió en su infancia y sus inicios como plumilla. Hay que retrotraerse a los años cincuenta –década en la que ambienta todas sus novelas negras- para encontrarse con un país donde apenas existía aquello de la separación entre Iglesia y Estado, situación de la que aún tiene un recuerdo amargo.

Así lo ha contado en otra ocasión: “Estoy enfadado con la Iglesia, con la cobardía y la estupidez de nuestro país. Cuando yo tenía unos quince años, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, mi madre acostumbraba a leer las revistas Woman y Woman’s Own. Eran revistas inglesas sobre patrones para hacer punto, recetas y algo de crónica social. Y tenían muchísimo colorido. Ella fue un día a confesarse y le dijo al cura que leía esas revistas, y él le contestó que tenía que dejar de leerlas inmediatamente. Y mi madre dejó de leerlas. Es solo una pequeña anécdota, pero es una de esas cosas que aunque sean nimias te enfadan muchísimo. Lógicamente había cosas peores, como niñas que se quedaban embarazadas, niñas que trabajaban como esclavas, niños que iban a trabajar, pero para mí esos pequeños incidentes resumen todo ese periodo”.

No obstante, no es sólo el cabreo por haberse criado en una sociedad cerrada llena de niños en orfanatos, hijos de madres solteras – lo que hizo que en 2006 creara al personaje de Quirke para dar rienda suelta a sus pasiones hedonistas (y a su látigo anticatólico). Banville es un autor consciente de que el preciosismo de los libros que firma con su propio nombre es casi sólo del regusto de los críticos. “Si escribes libros como Banville no vas a poder vivir de ello. Tienes que hacer algo más, es lo que nos piden estos tiempos. Yo no podía soportar la idea de ingresar en el mundo académico, la idea de enseñar no me gusta”, ha confesado. Él es un tipo al que le gusta vivir lo contemporáneo. Por eso también se hizo periodista y actualmente aún colabora con The New York Reviews of Books.

Se podría cerrar este perfil definiendo a Banville como un punk al que le llegó un poco tarde el movimiento de los Sex Pistols o Joy Division, aunque seguro que conoció a The Dubliners y The Pogues. Si lo encuentran por la calle o cuando le vean recibiendo el Príncipe de Asturias les parecerá todo un caballero irlandés, pero si entran en sus libros observarán que teclea con malicia desnudando las vergüenzas de un país que aún esconde esqueletos de bebés en los jardines de sus orfanatos. De momento, estos son sus imprescindibles:

Como John Banville:

El libro de las pruebas: La novela de la confesión de un crimen que no debería haber sucedido. O quizá sí. Un crimen absurdo cometido por un científico brillante, impelido por la necesidad o por no se sabe muy bien las razones. Con esta novela fue finalista del Booker en 1989.

El mar: Con esta novela consiguió el Booker en 2005. En ella, Banville ahonda en lo que supone la pérdida y el abandono y cómo podemos asimilarlo y reconciliarnos con todo ello. Una historia que rinde cuentas con el pasado y el significado de los recuerdos.

Los infinitos: Una historia sobre la mortalidad (y la inmortalidad de los dioses). De nuevo, una de las referencias de Banville: la reunión familiar y las relaciones que se tejen entre ellos, no tan limpias como parecen a priori.

Antigua luz: El amor hacia las mujeres está presente en esta historia en la que Banville vuelve a colocar la trama en un asunto que choca con la moral católica, y en la que hay otra vuelta de tuerca a la memoria (y los recuerdos) con bastantes dosis de intriga.

Como Benjamin Black

El secreto de Christine: Con esta novela, Banville entró en el universo del género negro y recreó el ambiente que estaría presente en sus novelas posteriores: una Iglesia católica corrompida en los años cincuenta, mujeres a las que esconden por estar embarazadas y proceder de familias desfavorecidas y una sociedad que mira para otro lado.

En busca de April: Un escándalo familiar y la desaparición de una chica son los pilares de esta novela en la que a priori no hay crimen. Los códigos biempensantes son los que imperan en una sociedad que no acepta rebeldías.

Venganza: En esta historia hacen su aparición los celos y otros sentimientos que solemos esconder, como la venganza y el deseo de hacer daño al otro. Bajas pasiones endulzadas con la fachada que crean el dinero y la posición de familia bien y pija.

La rubia de ojos negros: Quizá el mayor reto de Banville hasta la fecha: recrear una historia como si la hubiera escrito Raymond Chandler reviviendo a Philip Marlowe. Y le sale extraordinariamente bien.

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4 de junio de 2014 - 20:54 h

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