De Sally Rooney a Sara Mesa: por qué los nuevos escritores ya no necesitan las redes sociales para triunfar
En la industria cultural conviven dos líneas: el entretenimiento masivo, que se alimenta de productos con fecha de caducidad, y la creación artística en un sentido más exquisito, dirigida a un público más reducido, consciente y con curiosidad intelectual. En el primer mercado prima la inmediatez, por lo que se busca el rendimiento rápido, a menudo con seguidores ganados de antemano. En el mundo del libro, esto se traduce en que primero se crea al personaje mediático (antaño los rostros televisivos y de la prensa rosa; en los últimos años los influencers de las redes sociales) y luego el sector lo convierte en autor de uno o más libros, o, como mínimo, le paga por firmar con su nombre ciertos títulos.
En esos casos, es habitual que las notas de prensa y las fajas promocionales proclamen “El fenómeno que cuenta con [insertar número con muchos ceros] seguidores en redes sociales” como un mérito, un “argumento de venta”. Esto tiene mucho éxito, oiga, así que no se lo pierda, no se quede atrás, cómprelo, descubra al personaje del que todo el mundo habla. Sí, una estrategia vieja y gastada, pero que, a corto plazo, aún funciona, incluso consigue que los medios de comunicación tradicionales se hagan eco de ellos. Aunque es posible que en dos o tres años esos libros se vendan a precio de saldo, y no pasará nada, porque nunca estuvieron pensados para durar. No son libros de escritores.
La literatura, la literatura de verdad, se hace en otra parte, del mismo modo que el cine no se hace con el taquillazo de la temporada ni la música con el Festival de Eurovisión. En ese otro circuito no importa la presencia digital del autor, por mucho que se repita hasta la saciedad que hoy el creador debe ser un todólogo que escribe, opina, habla en público, escribe tuits, publica reels, posa con ropa de diseño, acepta invitaciones y, en suma, se presta a lo que le propongan con tal de que más gente sepa su nombre. Y quizá se aprendan su nombre, sí, y se enteren además de cómo piensa y padece; pero, malas noticias, eso no garantiza más lectores para sus libros.
La omnipresencia digital suele ser una mala inversión a largo plazo, a menos que sea el propio creador quien disfrute de esa faceta y se prodigue en ella con gusto, que de todo tiene que haber. La buena noticia, para los más reservados, es que no es imprescindible. No es imprescindible tener una cuenta en todas las redes sociales, no es imprescindible mantenerse activo en ellas ni interactuar con el público potencial, no es imprescindible dominar la jerga de las comunidades literarias en línea ni hacer montajes visuales para dar a conocer un libro. Y no hay que irse a los escritores que comenzaron su andadura en la era analógica para demostrarlo: en la generación milenial y posteriores cada vez hay más ejemplos de ello.
Triunfar sin el apoyo de las redes sociales
La irlandesa Sally Rooney (Castlebar, 1991) es seguramente la escritora que más ha conectado con las generaciones milenial y centenial. Su impulso no vino de la mano de Internet, sino de un sistema tradicional: la influyente agencia literaria de Andrew Wylie, que enseguida detectó su talento y logró que hasta siete editoriales pujaran por su primer libro, Conversaciones entre amigos (2017), además de vender los derechos de la misma en numerosos países. El fenómeno fue a más con su segunda novela, Gente normal (2018). Desde entonces, tuvo la oportunidad de convertirse en una figura activa en el debate público; en lugar de eso, no utiliza las redes sociales, solo concede entrevistas de forma muy puntual y defiende la importancia de la privacidad y la libertad creativa.
Lo mismo sucede con Emma Cline (Sonoma Country, California, 1989), que en 2016 dio el salto a la fama con Las chicas, la novela inspirada en la secta de Charles Mason que se vendió en Estados Unidos por dos millones de dólares. Dejando al margen si el adelanto estaba justificado o no en términos literarios, lo cierto es que, como autora, ha mantenido un perfil bajo: se hizo una cuenta en Instagram, pero apenas compartió dos o tres posts, y lo dejó. No iba con ella, aunque sí le interesan los conflictos que suscitan las redes como tema literario, por ejemplo, para hablar de la alienación que produce crear una narrativa acerca de uno mismo en los perfiles sociales.
En España, los tres autores milenial que más han dado que hablar en lo que llevamos de década también recelan de este tipo de plataformas: ni Irene Solà (Malla, 1990) ni David Uclés (Úbeda, 1990) ni Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) contaban con una vasta comunidad de seguidores antes de empezar a publicar. Cuando vieron la luz sus novelas más aclamadas, ya tenían una breve trayectoria previa con publicaciones en sellos más pequeños. Lo que resultó providencial para los tres fueron dos cosas, y una de ellas es la de siempre: la apuesta de una editorial grande detrás, que les garantizó presencia en los medios tradicionales y una amplia distribución en las librerías.
Con respecto al segundo motivo por el que destacaron, podemos aventurarnos a afirmar que fue no tanto la calidad literaria (que también) como la originalidad de su propuesta: tanto Canto yo y la montaña baila (2019) como La península de las casas vacías (2024) y Los Escorpiones (2024) son novelas que se distinguen entre las tendencias actuales, cada una a su manera, y eso, unido al apoyo editorial, llama la atención. El proceso es justo a la inversa que con los influencers: ellos primero crearon la obra, y luego se les comenzó a poner cara en la prensa; mientras que los influencers son ellos mismos la marca, y el eventual libro, un producto más de su oferta de servicios.
David Uclés se mantiene más activo en Instagram desde que publicó, para informar de las fechas de su larga gira promocional; pero ha declarado en más de una ocasión que tiene ganas de terminarla para encerrarse a escribir sin interrupciones. Sara Barquinero, por el contrario, tomó la decisión de cerrar su cuenta tras publicar Los Escorpiones, y este año disfruta de una beca en Roma, donde trabaja en su nueva novela sin necesidad de exponerse. En esta entrevista, comenta: “Lo que más me ha disgustado [de publicar] han sido las cuestiones relacionadas con la exposición. No entiendo cómo otros escritores pueden hacerlo. De hecho, hace un par de meses me quité todas las redes sociales, que era algo que llevaba deseando hacer desde que saqué la novela”. Irene Solà, por su parte, solo utiliza Instagram para anunciar nuevas ediciones y traducciones de su obra, con una foto sencilla y un estilo neutral que no da pie a tomarse confianzas.
Libros en las redes, autores fuera de ellas
Con todos ellos se da una paradoja: se habla mucho de sus libros en las redes sociales, porque atraen a muchos lectores jóvenes, pero sin que ellos intervengan, sin que estén presentes como autores. Como defiende Elena Ferrante, que conoce mejor que nadie lo que significa hacerse invisible para dar el protagonismo a tu creación, es la obra, la obra sola, la que tiene que abrirse camino. Con ellos así ha sido. También con Cristina Morales (Granada, 1985), otra autora milenial sin redes sociales, que con Lectura fácil (2018) ganó nada menos que el Premio Herralde y el Premio Nacional de Narrativa. Y con Virginia Feito (Madrid, 1988), que pasó del anonimato a la fama con su primera novela, La señora March (2023), sin que antes se supiera nada de ella.
Si vamos una generación más atrás, hay autores nacidos en los setenta –la generación X– que comenzaron su andadura editorial en la era 2.0, después del estallido de la crisis económica de 2008 y, por lo tanto, después del cambio de paradigma en el sector, con adelantos magros y un periodismo cultural en crisis. Nombres como Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972), Sara Mesa (Madrid, 1976), Eva Baltasar (Barcelona, 1978) o Edurne Portela (Santurtzi, Vizcaya, 1974) hacen su camino sin buscar el eco mediático; cumplen con la campaña de promoción cuando publican una novedad, y listo.
Voces extranjeras como Chimamanda Ngozi Adichie (Enugu, Nigeria, 1977), Zadie Smith (Londres, 1975), Maggie O’Farrell (Coleraine, 1972) y Olivia Laing (Buckinghamshire, 1977), entre otras, tampoco utilizan las redes, sobre todo para proteger su vida privada y evitar las distracciones mientras trabajan. En algunos casos, tuvieron cuentas en Facebook o Twitter en algún momento, pero terminaron desencantándose y se dieron de baja; un viaje de ida y vuelta con el que muchos (ex)usuarios se identifican. Olivia Laing reflexionó sobre el tema en este artículo.
Así que no, no hace falta ser un boomer como Jonathan Franzen (Chicago, 1959) para rechazar las redes sociales (aunque él fue uno de los primeros en advertir sus riesgos, hay que reconocérselo). Los discursos de odio, la sobreexposición de la intimidad, la pérdida de atención y las distracciones constantes son razones más que suficientes para que los escritores, que por naturaleza suelen ser grandes solitarios, huyan de estos nidos. La vida de los libros demuestra que su recepción no depende del número de seguidores, no cuando uno aspira a ser un escritor literario, un escritor de verdad.
Los escritores en ciernes, en lugar de lloriquear porque las editoriales no les publican por no tener muchos seguidores, deberían preguntarse qué tipo de autor aspiran llegar a ser. ¿Quieren emular a los expertos en moda, los cocinillas, los gamers y gurús de diversa índole, y publicar algún libro rápido sobre el contenido por el que destacan en las redes? ¿O quieren ser escritores con conciencia de estilo, de los que emocionan con las palabras, hacen pensar, cambian la perspectiva de ver el mundo y perduran en el tiempo? Para lo primero, háganse famosos antes. Para lo segundo, escriban, escriban y escriban, hasta hacer algo tan bueno que nadie se lo pueda rechazar.
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