El carnaval de Pallejà, el pueblo que fraguó una fiesta multitudinaria gracias a un grupo de cuarentones
Érase una vez un pueblo, un pueblo como tantos otros, en el que, como se suele decir, nunca sucedía nada. En ese pueblo vive gente de todo tipo, y no es ajeno a la deriva sociopolítica de los últimos años: en ocasiones aparecen pintadas con mensajes homófobos o fascistas. Sin embargo, incluso en este contexto de polarización y odio, hay algo que sus habitantes comparten, y no es (solo) su naturaleza de seres mortales, sino algo mucho más estimulante y placentero: las ganas de reír y pasarlo bien.
Con ese propósito, unido a la nostalgia por los viejos amigos del colegio, un grupo de vecinos tuvo la iniciativa, allá por los años noventa, de organizar un reencuentro de su promoción cuando cumplieran cuarenta años. Con correo postal y llamadas de teléfono, se convocó a todos los nacidos el mismo año que residían en la localidad (sí, los que no estudiaron allí y los recién llegados también eran bienvenidos). Se autodenominaron los quarantins, es decir: cuarentones en catalán.
Aquellos primeros quarantins, nacidos en 1954, organizaron una cena de reencuentro, y tanto disfrutaron que se quedaron con ganas de más, de hacer algo más juntos, algo que tenía que ser, por supuesto, divertido. Y, como estaban en una edad en la que más vale haber aprendido ya a reírse de uno mismo, decidieron disfrazarse.
Pero esta vez no harían una fiesta privada, sino que se unirían al carnaval municipal; y quien dice unirse, dice levantarlo. Porque, hasta entonces, era poco más que una fecha más en el calendario, orientada a los niños (y sin demasiado entusiasmo). Estos vecinos crearon escuela, y así nació el carnaval más espectacular de la comarca.
Este grupo de hombres y mujeres eran de Pallejà (Baix Llobregat), un pueblo barcelonés que este sábado 14 de febrero celebrará su emblemática Rua de la Disbauxa, o rúa del desenfreno, para la que este año se han apuntado unas 2.000 personas, según datos del Ayuntamiento.
Formarán comparsas, en muchos casos acompañadas de carrozas creadas para la ocasión; y a ellos habrá que sumar a quienes se apunten a la fiesta de forma espontánea y a los que formen parte del público que solo acude a mirar, desde detrás de las abarrotadas vallas o, los privilegiados, desde el balcón.
Porque vale la pena ver el desfile: desde disfraces tradicionales de princesas o payasos (modernizados para la ocasión, por descontado) a prodigios del ingenio, como las pinzas de tender la ropa, barajas de naipes (con su coreografía) o tigres enjaulados (con la jaula como carroza) o magdalenas con su envoltorio. También un kit de costura, hilo, agujas y dedal, coronado por una espléndida máquina Singer como carroza que hacía de homenaje a las costureras de ayer y hoy que forman parte de tantas familias de Pallejà, que tiene una historia muy ligada a la industria textil.
Ese grupo, el de la máquina de coser, lo integraban amigos aficionados a las labores; son una muestra de que, con el tiempo, mucha gente se ha sumado a la fiesta. Los quarantins, eso sí, siguen siendo los cabecillas y, a menudo, deciden lucirse con un disfraz que conmemore un acontecimiento crucial del año de su nacimiento (los de 1983, por ejemplo, emularon a los zombis del videoclip de Thriller, de Michael Jackson).
Pero una vez pasado su año de conmemoración, los cuarentones no se quedan en casa. La mayoría decide continuar, de modo que, en el desfile, no es extraño ver a cincuentones, sesentones y personas, incluso, de más edad bailando y sonriendo con la ilusión del primer día.
La única diferencia es que, una vez dejan de ser oficialmente quarantins, los grupos se vuelven flexibles: si uno se entiende mejor con los que tienen un año más que él, se cambia; si otro está casado con una mujer un par de años más joven, ella puede unirse de todos modos; que tienen hijos, pues bienvenidos sean. Lo importante es estar a gusto, que cada uno encuentre su sitio.
Por eso hay grupos numerosos y otros de pocos integrantes, también por edades y aficiones, y hay quien se apunta de forma libre e individual. Solo hay un requisito para apuntarse: tener ganas de divertirse, y trabajarse un buen disfraz.
La rúa del sábado culmina, cómo no, en una fiesta, que ha tenido que mudarse desde la pista del pabellón municipal, donde se celebraba en los noventa, a la plaza central del pueblo, al aire libre, para dar cabida a la concurrencia. Además, hay premios (cortesía del comercio local) para los mejores en cada categoría, que son para adultos y menores: mejor disfraz, mejor carroza y comparsa más animada, entre otros.
Todo esto sería inconcebible sin el trabajo de la KACO (Karnestoltes Comissió de Pallejà), el núcleo de voluntarios que, año tras año, se ocupa de que todo salga a pedir de boca en una celebración que no para de crecer y que sorprende, dadas las dimensiones de la localidad. Fundada en 1997, algunos de los responsables de la KACO pertenecen a los primeros quarantins que se comprometieron con esta fiesta más allá de su año y han seguido vinculados desde entonces, colaborando en la rúa, que se prepara con meses de antelación, y el resto de actividades complementarias.
Estas actividades comprenden, entre otros, la bienvenida al Rei Carnestoltes el Dijous gras (Jueves lardero), cuando se come la tradicional botifarra y se organiza un concurso de tortillas; la rúa por los comercios del sábado por la mañana, para calentar motores de cara a la noche y en la que los vendedores (también habrá premios para ellos) pueden lucir los disfraces que se han trabajado a consciencia.
Después de la fiesta del sábado, llega el carnaval infantil del domingo por la mañana, con su propia rúa en miniatura y la compañía de algunas de las carrozas que ya desfilaron por la noche; o el Dimecres de cendra (Miércoles de ceniza), con el cortejo fúnebre que concluye con el tradicional entierro de la sardina. Estas fiestas, aunque tienen un impacto menor que la gran rúa del sábado, también se han dinamizado con el tiempo; se han extendido por el entusiasmo colectivo y la generosidad de la KACO.
Mezcla de tradición y modernidad en una fiesta en la que todos tienen cabida, que no entiende de censura ni de exclusión. Es, sin duda, la más multitudinaria y espectacular del pueblo; supera con mucho las fiestas populares o la cabalgata de Reyes (para la que, por cierto, a veces se reciclan algunas carrozas). Tan grande se ha hecho ese “espíritu de carnaval” de los pallejanencs, que en ocasiones hasta se ha organizado una edición de verano, el Carnestiu (muy agradecida en 2021, cuando las restricciones por la COVID-19 impidieron la celebración de invierno).
Los primeros quarantins ven hoy cómo sus hijos continúan con la tradición (y con más ganas, si cabe: han tenido tiempo para esperarlo con fruición). Ahora se comunican con el móvil, pero las costumbres del aniversario, como la cena de bienvenida por parte de los quarantins anteriores, la organización de una gincana o su colaboración en otros festejos locales a lo largo del año, se mantienen. Y, por si alguien se lo pregunta: no, nadie está obligado a participar. Se puede declinar la invitación sin miedo a recibir una sardina pútrida como respuesta.
La historia del carnaval de Pallejà, un municipio de 12.000 vecinos que presume de ser el más grande de una comarca en la que hay poblaciones de más de 50.000 habitantes (como Castelldefels, Cornellà, El Prat de Llobregat o Viladecans), es una historia de vínculos, de espíritu colectivo, el de los sucesivos cumpleañeros y el de todos los que con amor, perspicacia y compromiso dan lo mejor de sí en esta cita anual. Porque, sí, hay mucha entrega, mucho trabajo en equipo detrás de la elaboración de los disfraces, los bailes y las carrozas.
Todo ello, por supuesto, de forma desinteresada. O, mejor dicho, con el único interés de pasarlo bien. De formar parte de una fiesta tan especial para el pueblo. De competir en buena lid con otros inventores aficionados en el montaje de una carroza que sorprenda, de un disfraz original. Espíritu colectivo, artesanía, fraternidad, humor. Todo nació por la risa: ha quedado demostrado que no hay mejor motor para lograr grandes hazañas.
Y están al alcance de cualquiera: hasta de un grupo de vecinos humilde, de un pueblo en el que nunca pasa nada… O casi: este sábado está de fiesta.
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