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OPINIÓN | 'Preocupación, desconcierto e impotencia', por Esther Palomera
EN PRIMERA PERSONA

Arder por nada: viví el bombardeo en Venezuela y Trump nos ha dejado el peor de los mundos

Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, llegan al helipuerto de Wall Street durante su traslado a la corte federal para su comparecencia ante el tribunal en Nueva York el 5 de enero.
9 de febrero de 2026 21:30 h

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Dormía profundo cuando el revuelo de mis gatas me despertó. Una me daba con la pata en la cara, las tres se me subían por la espalda, saltaban en la cama y tiraban cosas al suelo. Me incorporé sin comprender lo que pasaba. En pocos segundos escuché el estruendo, tiroteos y lo que pensé que eran helicópteros.

Corrí a mi biblioteca a encender la computadora y me metí en X. ¿Nos están bombardeando? Nos están bombardeando.

A la mayoría la tomó por sorpresa. Después de cinco meses de amenazas en las que pocos creían, llegó el lobo y derrocó a Nicolás Maduro. O lo secuestró, como dicen los izquierdistas del mundo, y los chavistas.

De imprudente me asomé por la ventana: un sinfín de columnas naranja intenso, como si un dragón exhalara fuego con fuerza hacia el cielo. Desde mi casa, en una zona alta de Caracas, divisé varios puntos arder. Parecía que intentaban formar una figura geométrica.

Se escuchaban las aspas de los helicópteros. Había aviones que solo vi en Instagram. Fuego, miedo e histeria esparcido por todo el valle de Caracas, La Guaira y Aragua. En muchos sitios se fue la luz y en mi casa se cayó internet, pero yo tenía señal en mi móvil.

Leí en el 'New York Times', hace pocos meses, a un exmarine curtido en mil guerras: juraba que el tándem Trump-Rubio nos atacaría. Algo se me rompió dentro. Tuve un pánico ciego: nos van a bombardear, nos van a bombardear. Tomé clonazepam para calmarme. Esa semana se lo conté a mi psiquiatra con vergüenza. Hablo de obsesión y paranoia. Yo no sabía cuándo, pero sabía que sí

Los gringos al final nos atacaban, todo el mundo lo tenía claro. Aunque nadie sabía del destino de Nicolás, Cilia, Diosdado ni los hermanos Rodríguez.

Mis ventanas crujían y la estructura de metal se movía al ritmo de una danza macabra. En las redes, la gente de casas aledañas a los blancos de los norteamericanos, contaba lo que veía. Reportaban desde La Carlota, en los alrededores de la base de aviación y de la Casona; desde Prados del Este, Manzanares y Cumbres de Curumo, cerca de una de las entradas de Fuerte Tiuna, donde estaba el búnker de Maduro.

El ruido desesperante de la “operación quirúrgica” duró un poco más de dos horas. La “extracción” de Maduro y Cilia, menos de tres minutos. Allí sí hubo enfrentamientos y liquidaron a todo el mundo. 130 muertos, destrozos en toda Caracas, el aeropuerto de Higuerote en ruinas, los edificios frente a Maiquetía arrasados. También lanzaron drones sobre la zona y, por rebote, destruyeron edificios residenciales. Murieron vecinos y perdieron sus casas. Pero fue una operación limpia, hecha con pinzas. Ninguna baja de marines. No quiero saber qué pasaría con una invasión.

Cerca de las cuatro terminó el bombardeó, pero pasaron horas antes de que pudiera hacerme una idea de lo que había pasado. ¿Nos habrían invadido? ¿Habrían entrado los marines? El silencio era aterrador. Nada se movía, no se escuchaba ni una voz, creo que la gente susurraba. Ese silenció se prolongó un día y medio.

Desprevenida como muchos, no había guardado comida. Los gabinetes estaban vacíos; en la nevera, solo agua. Llamé a la panadería que queda a dos cuadras de mi casa: ¿iban a abrir? Me preguntaron si estaba loca. Sí tenía un buen acopio de pienso para gatos y medicamentos por otra razón: sospechaba que el bloqueo nos iba a llevar a un escenario como el de 2016. Nada de comida ni medicamentos a menos que te los mandaran del exterior o pudieras viajar para aprovisionarte. Pero esa es otra historia desgarradora: los años del hambre.

Le escribí a un amigo que vive cerca de Fuerte Tiuna, en el este de Caracas, en un reducto de nuestra extinguida clase media. Nada: solo una raya en su WhatsApp. Me alarmé. Pensé que el ataque a la fortaleza de Maduro había arrasado su casa. En redes circulaban videos de helicópteros y aviones norteamericanos enzarzados en combates contra el fuego antiaéreo venezolano. Me escribió cuando volvió la luz: estaba vivo y su edificio intacto, pero en shock.

Mi hipótesis es que Diosdado quiso pelear y los demás optaron por negociar con el fascista de Donald Trump. O tal vez no quería que Delcy tomara el lugar de Maduro. Es poco lo que se llega a saber de las intrigas palaciegas. Especulaciones, lo que publican medios internacionales, y más especulaciones

Leí en el New York Times, hace pocos meses, a un exmarine curtido en mil guerras: juraba que el tándem Trump-Rubio nos atacaría. Algo se me rompió dentro. Tuve un pánico ciego: nos van a bombardear, nos van a bombardear. Tomé clonazepam para calmarme. Esa semana se lo conté a mi psiquiatra con vergüenza. Hablo de obsesión y paranoia. Yo no sabía cuándo, pero sabía que sí.

El 4 de enero me llamó: “Tenías razón. Nos bombardearon”.

Esa lectura había producido una epifanía, tuve la certeza visceral de un final cruento.

La aparición de Delcy Rodríguez

En algún momento de esa mañana, Delcy Rodríguez dijo en VTV que habían secuestrado a Maduro y a Cilia. Por un momento pensé que estaba en Rusia con su hermano Jorge, porque no había imagen. No fue así. Horas más tarde, Delcy apareció en Miraflores. Mi recuerdo sobre lo que dijo es brumoso.

Al día siguiente, cuando se instaló el Parlamento para el período 2026-2031, su hermano Jorge Rodríguez, el sempiterno presidente de la Asamblea Nacional, la juramentó como presidenta encargada. La acompañaban los ministros de Defensa y de Justicia, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello. El rostro furioso e impotente de Cabello me impresionó. Los labios fruncidos y la mirada asesina.

Mi hipótesis es que Diosdado quiso pelear y los demás optaron por negociar con el fascista de Donald Trump. O tal vez no quería que Delcy tomara el lugar de Maduro. Es poco lo que se llega a saber de las intrigas palaciegas. Especulaciones, lo que publican medios internacionales, y más especulaciones.

Silencio sobre los muertos

Lo que de verdad pasó ese día, pocos lo saben. El Gobierno ha guardado con celo el nombre de los fallecidos y ha dado una cifra que dista mucho de la publicada en medios internacionales. Solo se sabe que murieron 32 cubanos, porque se repatriaron sus cuerpos y Díaz-Canel hizo un funeral con honores.

El miedo, el cerco policial y la autocensura por prevención han hecho que los periodistas no salgan a buscar esas historias. Además, la ciudad está tomada por los cuerpos policiales y militares, cualquiera que sea su nombre. Todos intimidan. Llevan capuchas y fusiles inmensos. Al principio había muchas alcabalas. A mí todavía me aterrorizan, lo confieso.

Pero fuera sí se han publicado algunas buenas historias, antes y después. Recuerdo una de la BBC: un padre en duelo por su hijo. Ahí estaba el hombre en el Cementerio del Sur, apoyado en un murito de cemento, con la mirada fija en la foto de su hijo junto a su lápida. Era un cadete muy joven. Ese rostro de dolor por una muerte en vano me hizo soltar unas lágrimas. Todo por una guerra que ese muchacho no querría pelear. Quise abrazar a ese padre desconsolado.

Imagen de un edificio de viviendas destruido por el bombardeo estadounidense en La Guaira (Venezuela).

De nuestros muertos nadie habla. Están fuera del debate público. La oposición los ignora: son pobres. Y al gobierno de facto tampoco le interesa divulgar la dimensión del ataque y las historias de los caídos. Según el New York Times fueron 130, no los 75 que reporta el Ministerio de Defensa.

En Catia La Mar, cerca del aeropuerto de Maiquetía, y en Higuerote hubo víctimas civiles y edificios residenciales en escombros. Tres semanas después del ataque, el alcalde de Baruta, Gustavo Duque, visitó La Carlota y escribió en un post que el 90% de las casas cerca de La Carlota estaba en ruinas. La Alcaldía prometió ayudar a reconstruirlas.

La renuncia a la política

Quizá soy rara, pero a mí me dolían y me duelen esas muertes que se despachan como “daño colateral”. En algunas personas, el odio a Maduro y la felicidad por su secuestro han borrado todo rastro de humanidad. Me indigna que en todo este largo conflicto paguen los más inocentes, y que los líderes ni siquiera por pudor hablen de las vidas truncadas.

Es un peaje, dicen muchos, el precio que hay que pagar por salir del chavismo. Me niego a verlo así. Al chavismo había que vencerlo con un verdadero trabajo político. Es verdad que son tramposos, hasta criminales, pero no acepto el “solos no podemos”. Nunca vi a la oposición chilena ni a la argentina pedir invasiones para salir de Pinochet o de Videla. Una cosa es concitar todo el apoyo contra la dictadura, otra que unos exiliados y una mujer ambiciosa —que ha demostrado no saber de política— invocaran por enésima vez la fuerza bruta y una intervención.

Soy de las pocas periodistas venezolanas que desconfía de María Corina Machado. Siempre he rechazado las salidas insurreccionales y las sanciones económicas. Me pareció absurdo que le dieran el Nobel de la Paz a Machado e interpreté el discurso del Comité como una justificación de la fuerza bruta. Es verdad que el chavismo está atornillado al poder y cada vez que parece vencido se saca un as de bajo la manga e invierte la situación. La gente dice que lo hemos intentado todo y eso en parte es verdad. Pero jamás hemos tenido una autocrítica sincera de las torpezas de la oposición que han contribuido a fortalecer al chavismo.

Nunca vi a la oposición chilena ni a la argentina pedir invasiones para salir de Pinochet o de Videla. Una cosa es concitar todo el apoyo contra la dictadura, otra que unos exiliados y una mujer ambiciosa —que ha demostrado no saber de política— invocaran por enésima vez la fuerza bruta y una intervención

Nadie ha reconocido que los llamados a la abstención fueron errores garrafales. Tampoco que las aventuras insurreccionales, amén de inútiles, dejaron a una catarata de civiles y militares presos. Pienso en el ataque con un dron a Maduro en el centro de Caracas o en la ridícula “operación Gedeón”, lideradas por Julio Borges y Leopoldo López, respectivamente. Puedo seguir enumerando todas las locuras de unos adversarios que han demostrado, en estos 25 años, no ser una alternativa de poder. María Corina Machado ha formado parte de todos estos desastres. Hasta del golpe de Carmona Estanga en 2002. El mismo elenco de gobierno y la misma oposición han ido envejeciendo sin dar paso a nadie. Un statu quo al que no le importa la gente.

Después de meses de un intenso lobby en Washington, de cortejar a senadores republicanos y a aliados en toda la fauna de la extrema derecha latinoamericana y europea, se creó un clima proclive a que Maduro saliera al costo que fuera. Pero los medios que emplees determinan el fin. El uso de la fuerza es la renuncia a la política, es claudicar, y muestra que no crees en la democracia, sino en el poder. Es raro que una persona pida un ataque militar en su propio país para que, cuando depongan al dictador... Eso es tercerizar la acción política.

Al final, esa oposición en el exilio junto a María Corina Machado ha perdido su apuesta. Después de todo lo invertido en campañas de apoyo a una salida militar, Trump y Marco Rubio decidieron que gobernara el chavismo, la causa era conocida. Machado no tiene apoyo interno para gobernar, informó la CIA. Ni falta que hacía. Sabíamos que no existía ese plan de 100 horas para tomar el control del territorio, que era absurdo. La verdad es que ni el chavismo tiene un verdadero control territorial.

La destructiva operación quirúrgica nos dejó en el peor de los mundos. Seguiremos con el chavismo quién sabe hasta cuándo y hemos vuelto a 1900. Somos una colonia americana que va a beneficiar con su petróleo nada más que a los estadounidenses

Los medios internacionales revelaron las inconsistencias del programa de gobierno de Machado. No era verdad que el 80% de los militares estuviera con la oposición ni que se pudiera purgar al otro 20%. Era fácil adivinarlo. ¿Cómo se sostiene Maduro entonces? No eran más que inferencias de los resultados del 28 de julio. Pero una cosa es votar sin que nadie te vea y otra cuadrarte ante otro comandante.

La destructiva operación quirúrgica nos dejó en el peor de los mundos. Seguiremos con el chavismo quién sabe hasta cuándo y hemos vuelto a 1900. Somos una colonia americana que va a beneficiar con su petróleo nada más que a los estadounidenses. Aunque sea inverosímil, mucha gente piensa que Delcy Rodríguez cumplirá los designios de Trump y calmará a los chavistas que se sienten vejados. Creen que lo hará para evitar el segundo bombardeo con el que Washington nos ha amenazado varias veces. Yo no lo creo.

Si María Corina fuese norteamericana y hubiese promovido —aun sin éxito— un bombardeo a Estados Unidos, la habrían procesado por traición a la patria. Es falso que en el amor y en la guerra todo valga. Hay líneas que no deberíamos cruzar. Machado y su oposición, para mí, están fuera del juego político por su sectarismo y por la gracia del bombardeo. También por su falta de empatía: ni siquiera han presentado sus condolencias a las familias de las víctimas. Es como si la gente afectada no existiera.

A mí me inquieta pensar en cómo vamos a librarnos del doble yugo que ahora nos oprime. Creo que será más fácil salir del chavismo que expulsar a los norteamericanos de un país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Seguro que ni llegaré a verlo.

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