Venezuela continúa las labores de rescate, pero la esperanza empieza a desvanecerse: “Es un 'shock' colectivo”
Los intentos de rescatar personas con vida tras el doble terremoto que dejó cicatrices en Caracas y devastó el estado La Guaira, en la costa de Venezuela, han continuado este martes, seis días después de la tragedia que ha causado al menos 1.719 muertos, principalmente por el colapso de numerosos edificios.
Pero, entre los equipos, las esperanzas de encontrar más supervivientes bajo los escombros comienzan a desvanecerse. Los rescatistas de Ecuador y Estados Unidos suspendieron sus operaciones a primera hora del martes en Macuto, en La Guaira, tras más de 40 horas de trabajo al dejar de recibir respuesta de una madre y sus tres hijos atrapados bajo un edificio de nueve plantas, según informa Reuters.
Mientras siguen los trabajos a contrarreloj y circulan vídeos de rescates “milagrosos”, como el de un niño de tres años tras seis días atrapado entre los escombros, los venezolanos que vivieron el temblor tratan de recomponerse de una experiencia común para muchos: la vulnerabilidad ante un desastre que escapa al control.
Claudia Nazoa se encontraba en su apartamento de Caracas cuando comenzó el seísmo. La cineasta lo describe como “infernal”: el rugido, la destrucción de una vida material acumulada durante años. Su prioridad fue salvar lo que importaba. Evacuó entre escombros e inundaciones, se fue a casa de una amiga con incertidumbre sobre su futuro. Félix Ruz vivió el terremoto con su familia. Las salidas quedaron bloqueadas. Este transportista en Caraballeda durmió en el coche, afrontó restricciones y careció de servicios básicos. Pero también presenció actos de solidaridad.
Un rugido
Claudia Nazoa es sobrina de uno de los poetas más famosos de Venezuela: Aníbal Nazoa. Dacha, como la llama todo el mundo, vive en el barrio de San Bernardino, otra de las zonas castigadas en Caracas junto con Altamira. Sobrevivió al terremoto del miércoles en el piso ocho de su edificio junto a una amiga. Aunque fue rescatista y vivió el terremoto de Caracas de 1967 cuando era adolescente, asegura que no es comparable en absoluto. “Esto fue infernal”, dice.
Estaban degustando vinos que Dacha había traído de Madrid cuando sonó una alarma antisísmica a las 18:00 horas. “Mi amiga me dice: 'Está temblando'. Empezó a moverse el suelo de una manera terrible”, relata. El apartamento se movía como “una coctelera” mientras ambas se aferraban a las vigas de su piso. “Sentimos cómo el mundo se caía alrededor. Era un ruido, un rugido como una fiera enorme”, cuenta a elDiario.es.
Vi cómo se caía mi vida alrededor de mí, cómo se destrozaban los recuerdos de toda una vida de viajes
Su piso estaba lleno de antigüedades, colecciones de frascos de farmacia antiguos, cuadros y objetos de arte que se destruyeron. “Yo vi cómo se caía mi vida alrededor de mí, cómo se destrozaban los recuerdos de toda una vida de viajes”, dice. Sin embargo, su prioridad era distinta: “Lo único que me importaba era mis gatas. Lo único que me importaba en ese momento era que mis animales estuvieran vivos”.
El apartamento se inundó cuando se reventaron las cañerías del piso de arriba. “Salimos corriendo por las escaleras oscuras, bañadas de agua como si nos hubiéramos tirado a la piscina”. En la calle escucharon gritos de vecinos atrapados y ambas lograron ayudarlos a salir.
Los bomberos evacuaron preventivamente el edificio. Dacha permanece refugiada en casa de una amiga sin saber si su piso será habitable. Cuando pudo, regresó a por sus gatas. “Caminé sobre por lo menos 30 centímetros de vidrios rotos, de recuerdos rotos, de vida rota”.
“Caminaba e iba dándole gracias al universo, gracias a Dios, porque estoy viva y mi familia está viva y está entera. Estamos en un shock colectivo”, asegura. Denuncia, además, que funcionarios públicos cobran entre 1.000 y 2.000 dólares a familiares en la morgue para devolverle los cadáveres y que en ningún momento nadie se ha acercado a su edificio a hacer una inspección para saber si es habitable o no.
Ayuda incondicional
Félix Ruz vivía en una casa de tres pisos en Caraballeda, La Guaira —epicentro de la devastación—, y él alquilaba un piso en la plata baja. Cuando pasaron los terremotos, decidió salir de allí con su familia inmediatamente. Mientras bajaba por Caraballeda, vio los edificios caídos y las grietas que se abrieron en las calles. Su vivienda no colapsó, pero se quedó sin agua, sin luz y no tenía comida. “Realmente la experiencia fue complicada, muy duro porque no podíamos salir”, dice al elDiario.es.
El desalojo fue complejo. El puente del río San Julián que atraviesa Caraballeda quedó fracturado, igual que las estructuras de Los Corales y Caraballeda. La salida de la zona se hizo difícil.
Los rescatistas que llegaron unas horas después pedían silencio para trabajar. Ruz se desplazaba con sus niños, de 12 y 4 años, y su esposa. Durmió en el coche durante las primeras noches a la intemperie. Observó que los efectivos policiales restringían el paso a La Guaira a quienes no tenían salvoconducto. “Es un momento crítico, todos estamos angustiados, la gente no sabe qué hacer”, dice.
Las primeras noches las pasó en el kilómetro cero en un puesto de la Guardia Nacional, que está en la autopista que conecta a Caracas con La Guaira, donde recibió atención. La Guardia Nacional apoyó el proceso y le dieron colchones y comida.
En búsqueda de ayuda, se fue a Caracas a echar gasolina y luego a Fuerte Tiuna, el complejo militar más importante del país. Allí le dijeron que podía encontrar abrigo en El Parque del Este. Ruz, que es gandolero y transportista, advierte de que hay personas que se escudan en donaciones para entrar a saquear casas y edificios y recomienda que se dejen en centros de acopio para evitar que se dispersen.
El hombre permanece incomunicado. No hay agua potable. Su casa está alquilada, pero las réplicas sísmicas lo mantienen en vilo. “La Guaira está contaminada”, dice. En su experiencia en el refugio, ha recibido ayuda de todo tipo, hay comida y agua de sobra. La solidaridad ha sido total. Mientras la tragedia pasa, Ruz y su familia están seguros.
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