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‘Habitaciones separadas’, la novela queer que Luca Guadagnino llevará al cine y que entierra la obligación de tener pareja

El escritor Pier Vittorio Tondelli

Cristina Ros

24 de febrero de 2026 22:20 h

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La llamada de un antiguo amor que quiere despedirse hace trastabillar la vida de Leo, un escritor italiano treintañero que no ha vuelto a tener una relación estable desde entonces. Su ex, Thomas, es un joven alemán, un aspirante a pianista al que la enfermedad trunca cualquier posibilidad de futuro. Corren los años 80, y si gestionar el duelo siempre es difícil, todo se complica aún más cuando se es un hombre homosexual que no encaja, pero querría encajar, en los patrones sociales establecidos

De esa búsqueda (infructuosa) de pertenencia va Habitaciones separadas (1989; Lumen, 2025, trad. Alessandra Picone y Matteo Caboni), la última novela del escritor y periodista Pier Vittorio Tondelli (Correggio, 1955-Reggio Emilia, 1991). El libro, que ya había sido publicado en castellano por Barataria en 2008, vuelve a estar de actualidad después de que Luca Guadagnino, el director de la película Call Me By Your Name (2017), anunciara su proyecto de adaptarla al cine.

Habitaciones separadas es una de esas obras que corren el riesgo de quedar desfiguradas por la historia personal del autor, con la que parece trazar paralelismos. Tondelli murió a los 36 años, después de contraer el VIH. Una última novela, aunque se escriba sin que el escritor sea consciente de que ya no habrá más, suele leerse en clave de legado, de las palabras finales que quiso decir. Es uno de los vicios de la crítica literaria, y todavía más del marketing editorial. Esto ha provocado que Habitaciones separadas sea catalogada en ocasiones como “la gran novela queer” o “la novela sobre el VIH”, lo que es como decir que El Quijote es la gran novela sobre los hidalgos de Castilla.

El que la avalen escritores como Edmund White o Andrew Sean Greer, conocidos por explorar la identidad queer, quizá tampoco ayuda. No porque ellos no le hagan justicia —al contrario: son dos magníficos escritores—, sino porque parece que, cuando se escribe sobre una determinada identidad, los lectores potenciales solo son quienes se identifican con esa identidad. Una atribución injusta y limitadora, porque la literatura trasciende ese tipo de categorías. No soy un hidalgo de Castilla, pero El Quijote me habla a mí, ilustra la locura, la libertad, la lealtad, divierte con su humor, hace pensar con sus imágenes.

En este sentido, la muerte de un joven homosexual en plena epidemia de sida no es lo que hace de Habitaciones separadas una obra relevante, sino una circunstancia más (que, sí, coincide con la vida del autor) de la que se sirve para expresar una visión profunda de la soledad, el desarraigo emocional, la búsqueda de pertenencia o la necesidad de otras formas de amor. La nueva edición cuenta con un prólogo de André Aciman, autor de la novela Call Me By Your Name (2007). Más allá del futuro filme, la afinidad no es de extrañar: ambos escritores comparten una determinada sensibilidad, una mirada hacia la relación entre la escritura y el amor, entre el amor que se vive y el que se escribe.

Habitaciones separadas sigue los pasos de Leo, el escritor, desde que recibe la noticia y se despide de su antiguo compañero. El autor se decanta por la tercera persona, aunque con una introspección tan profunda, con un estilo intimista que no teme penetrar hasta lo más hondo del abismo humano, que casi se escucha la conciencia del protagonista. Podría decirse que el duelo socava una herida que ya existía desde la ruptura, y que no es tanto el echar de menos al otro como la dificultad para reconstruirse, para rehacer la vida —en un sentido más amplio que el de tener una nueva pareja— tras una separación.

La necesidad de encajar en el patrón establecido

Ese desamparo emocional, pero también social, puede experimentarlo cualquiera, sea cual sea su identidad sexual. E incluso sin ruptura amorosa de por medio: se trata de comenzar de cero tras un fuerte revés, que puede ser de otra naturaleza. No obstante, la comunidad LGTBIQA+, tan a menudo obligada a ocultarse o reprimirse, lo ha padecido más a lo largo del tiempo: la ausencia de referentes a los que agarrarse en una sociedad en la que parece que solo se puede ser un adulto funcional cuando se encaja en el patrón establecido, el del matrimonio heteronormativo y la familia.

El conflicto interior del protagonista es que, al estar soltero, ha perdido el vínculo que lo aferraba a la sociedad. No se trata tanto de la identidad homosexual —en el círculo de los escritores y artistas está más aceptado que en otros sectores, Leo nunca lo ha ocultado y no le faltan amigos— como de un sentido de pertenencia. Y es que todo parece orientado para emparejarse, pero él no quiere, o no ahora, al menos, y no sabe si algún día querrá. Conoce a otros hombres, no es un eremita encerrado en su burbuja, pero el problema no es que no se entiendan, sino que, al escoger estar solo, se ve cojo, no hay sitio para él.

La naturaleza de su oficio también influye: un escritor no tiene por qué llevar una vida ordenada, con su trabajo fijo y convencional. Leo lleva una vida errante, viaja mucho, carece de responsabilidades familiares, disfruta de las aventuras pasajeras. En el pasado trató de impostar unas pautas de conducta para sentirse integrado, pero incluso superada la fase de liberación sigue afrontando obstáculos, le falta anclaje. Tiene que inventar su propia forma de vivir, con sus normas, sin dejarse condicionar; un tema que hoy, en esta modernidad líquida, se reconoce en muchas familias que se reconstruyen a su manera.

Fotograma de 'Call me by your name'

Hay que ser muy valiente para atreverse a vivir en consecuencia con los propios valores cuando estos no responden al modelo hegemónico. La libertad de elección conlleva falta de certezas, y entonces surgen el miedo, la duda, la soledad. Ahora apenas se comienza a pensar en quién cuidará de aquellos que han abrazado la soledad voluntaria; Tondelli detectó esa arista en el sistema occidental que va dejando atrás a la familia tradicional. El título evoca la independencia del hacer las cosas cada uno a su manera, de buscar la forma de habitar el mundo que mejor se adapte a uno; el espacio entre las habitaciones como símbolo de autonomía, control, libertad de acercarse al otro o no.

Habitaciones separadas es también una novela sobre amor. Mejor dicho: una novela con algunas de las páginas sobre sentimientos más hermosas que se han escrito en el pasado reciente (si fuera una película, sería cine de autor, del exquisito). No tanto porque narre una historia de amor singular sino porque Tondelli es un maestro de la literatura de las emociones. El libro es un descenso al infierno de Leo, que, en su búsqueda sin brújula, se mueve por diferentes ciudades: Milán, Londres, Nueva York, el recuerdo de un viaje a España. Frecuenta los ambientes nocturnos y se mezcla con los estratos sociales bajos, radiografía de la explotación del primer mundo, trabajadores en quienes busca la proyección exterior del malestar que sufre por dentro.

La libertad de imposiciones

El autodesprecio como forma de soportarse (llamarse “putero” a sí mismo después del desenfreno en un club de boys o visitar las barriadas de inmigrantes con la convicción de que esa suciedad externa refleja quién es el); el retorno al pasado, la reapertura de heridas de la niñez para explicarse como adulto (el pueblo, la casa de los padres, lugar de murmullos, estigmas y masculinidad bruta —la fiebre futbolera frente a su gusto por el arte—, el refugio en ambientes “femeninos”); o repensar su vínculo con la religión (tener fe en Dios pero sin compartir un credo concreto) son algunos de los puntos de su búsqueda.

Habitaciones separadas, además de ser pionera en abordar las relaciones entre hombres sin ambages, adivina la carencia de una época en la que han caído viejas pautas sociales pero aún no se ha asentado una alternativa sólida a estas. Nos hemos liberado de imposiciones —una única forma de amar, la familia nuclear como base—, pero esto ha revelado fragilidad, soledad, estados emocionales a la deriva: “Si su vida sentimental es un desastre, si en lo más profundo está inquieto y no encontrará nunca la paz, es porque él es diferente y se tiene que construir una escala de valores partiendo precisamente de esa diversidad suya”, se dice el protagonista. 

Tondelli hace una inmersión brillante en el extrañamiento de un hombre en un momento de pérdida de rumbo, un hombre en la encrucijada entre la vida ligera y el anclaje, con la escritura como único punto de soporte real, el canal donde el escritor expresa quién es (“La escritura se nutre de la distancia, pero, del mismo modo, también puede alimentar esa distancia”, en palabras de Aciman). Lleva a cabo una autoexploración sin egotismo que regala páginas bellas y a la vez lúcidas, páginas elegantes, envolventes como las de una Marguerite Duras, de una hondura poco común, con lo difícil que es escribir sobre el amor —la imposibilidad de llegar al otro, de dejarse conocer del todo— sin afectación. Su viaje de autodescubrimiento no ha envejecido nada, que resuena con las preguntas del presente y que por fin podemos celebrar como la obra maestra que es.

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