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Solvej Balle, la narradora que analiza la vida atrapada en un bucle temporal

La escritora danesa Solvej Balle, autora de 'El volumen del tiempo'

Cristina Ros

1 de junio de 2026 21:35 h

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No sería de extrañar que, más pronto que tarde, el Premio Nobel de Literatura volviera a recaer, después de distinguir al noruego Jon Fosse en 2023, en un escritor nórdico, y no porque los suecos tengan predilección por sus vecinos: autores como la islandesa Auður Ava Ólafsdóttir, la finesa Sofi Oksanen, la danesa Kristen Thorup y los noruegos Vigdis Hjorth, Karl Ove Knausgård y Per Petterson llevan años acumulando méritos. Y, a ellos, hay que sumarles otro nombre, el de la danesa que está escribiendo uno de los proyectos narrativos más ambiciosos de la actualidad, una obra con potencial para hacer historia.

El volumen del tiempo es el nombre con el que la Solvej Balle (Bovrup, Sønderjylland, 1962) ha bautizado su ciclo narrativo en curso, del que están previstos siete tomos. En danés, comenzaron a editarse en 2020, y en 2025 ya se habían publicado seis; mientras que en España disponemos por ahora de los tres primeros, publicados por Anagrama con traducción al castellano de Victoria Alonso y al catalán de Maria Rosich. Solvej Balle ya tenía una trayectoria a sus espaldas cuando comenzó a escribirlo, pero ha sido este proyecto el que le ha permitido consagrarse y darse a conocer a nivel internacional. Entre los reconocimientos que ha recibido, destacan el Premio de Literatura del Consejo Nórdico 2022 y, por su traducción al inglés, la nominación al Premio Booker 2025.

Una obra literaria de esta magnitud suele acaparar la atención de inmediato; al fin y al cabo, su creadora está dedicando una parte sustancial de sus años a ella –incluso cuando los volúmenes no son demasiado extensos: estos tienen en torno a doscientas páginas–, por lo que se tiende a pensar que, como mínimo, algo tendrá, no será un librito trivial. Ahora bien, amplitud no es sinónimo de excelencia: algunos escritores, precisamente, naufragan cuando emprenden “la gran novela” por un exceso de autoconciencia. Por fortuna, no es el caso de Solvej Balle con El volumen del tiempo.

Atrapada en el tiempo

“Era dieciocho de noviembre por cuarta vez y en aquel momento ya supe que aquel día tampoco iba a permanecer en su recuerdo”

Tara Selter y su marido Thomas son una pareja de anticuarios especializados en libros ilustrados del siglo XVIII. Durante un viaje de trabajo a París, ella, que viajaba sola, se hace una pequeña quemadura con una estufa de gas. Después, se acuesta en el hotel con la intención de continuar su itinerario la próxima jornada. Sin embargo, cuando a la mañana siguiente se despierta, se da cuenta de que el calendario sigue marcando el mismo día: 18 de noviembre. Ella recuerda que ya ha vivido esa fecha, pero todo se repite. Los demás, los que están a su alrededor, no la han vivido; para ellos, es 18 de noviembre por primera vez, las horas no han transcurrido.

Cuando comienza la narración, donde nos habla ella misma en primera persona, la protagonista ya lleva más de cien repeticiones de aquel fatídico 18 de noviembre, su particular día de la marmota. Ese es el primer acierto de la autora: nos ahorra todo el momento de incredulidad, conocemos a una protagonista ya curtida en lo que ocurre, que ha tenido oportunidades para poner a prueba su situación y tratar de solucionarla. Sin éxito, claro: al inicio de la narración, ha regresado a su casa, donde se instala en la habitación de invitados, que ha convertido en una especie de búnker.

Pero ¿cómo ha llegado hasta ahí? En un principio, Tara repasa cada paso que dio aquel día, en el que solo detecta dos posibles anomalías: el sestercio romano que adquirió y la quemadura. Sin embargo, aun introduciendo minúsculas variaciones –las que dependen tan solo de ella misma, no de los demás–, permanece en el bucle. No encuentra la causa, si es que la hay, de modo que no sabe cómo actuar, dónde hallar la rendija por la que se coló, si es que se puede hablar en estos términos. La tragedia es que no existe siquiera un lenguaje con el que referirse a lo que le ocurre; esto solo era algo de ciencia ficción

Soledad, envejecimiento, miedo

“Vivíamos en dos tiempos diferentes, simplemente eso. Eran dos tiempos cuyos márgenes se habían desbordado. Y en algún punto los ríos se encuentran y corren juntos”

Tara es consciente de que, mientras ella permanece atrapada, es probable que el resto de la humanidad esté avanzando, es decir, que en una suerte de dimensión paralela los días transcurran con normalidad y la gente viva nuevas experiencias. Esa “gente” incluye su círculo íntimo: su marido. La gestión de una pareja en la que sus integrantes no pueden acoplarse es un punto fuerte de este ciclo: de entrada, al ver que por sí misma no logra revertir la situación, Tara decide regresar a casa (aunque el 18 de noviembre se repita en el calendario, ella tiene libertad de movimiento para no hacer las mismas acciones que la primera vez) para contarle lo que le ocurre.

Por supuesto, eso implica muchos intentos, porque a la incredulidad esperable se suma la dificultad añadida de tener que repetirle lo mismo durante días, hasta que, por fin, se dan las circunstancias para tramar un plan juntos que la saque del limbo. Solo que –y se sabe de antemano– nada da sus frutos; la protagonista sigue en el mismo día. Con todo, estos intentos, y, por extensión, las tensiones emocionales que generan, son lo que nutre la novela: aunque carezca de una acción progresiva al uso, en ese dar vueltas en círculos mantiene la atención del lector (y tiene mérito, dada la vastedad del ciclo).

Tara se da cuenta de que, a diferencia de las personas con quienes interactúa, que siguen igual que estaban ese 18 de noviembre original, ella cambia, el cuerpo sigue el curso de la naturaleza: la quemadura se quema, el cabello crece. Hay un momento en el que Tara teme envejecer mientras su marido –el marido con el que puede interactuar desde su plano– permanece congelado en la mediana edad. Claro que no hace falta irse al plano físico para temer el distanciamiento entre ellos: si ella se reincorporara al orden natural, se habría perdido tantas vivencias que sería casi como despertar de un coma. No puede compararse con un preso, porque ni siquiera desde la cárcel están tan desconectados.

El miedo a que su marido perciba el desajuste –los cambios en ella, comportamientos difíciles de justificar incluidos–, junto con su propia frustración por no poder disfrutar de su relación como debería, la conducen a confinarse en ese cuarto. Está sola, porque no conoce a nadie que se halle en aquel estado. Como quien no quiere la cosa, Solvej Balle condensa muchos terrores contemporáneos en este planteamiento imposible: la soledad no deseada; la inseguridad en muchos niveles; la sensación de vivir como un hámster en la rueda, repitiendo día tras día lo mismo sin estar en el presente; la falta de conexión con los demás, pese a encontrarnos rodeados de sus identidades virtuales.

Entre la supervivencia y la búsqueda interior

“En lugar de movernos vacilantes, con precaución, en un asombro continuo, vamos por la vida como si nada hubiera pasado, subestimamos lo extraordinario, y el vértigo solo aparece cuando la existencia se muestra como lo que es: inverosímil, imprevisible, extraordinaria”

Además de envejecer, se produce otra evolución de naturaleza fisiológica: la comida que toma desaparece, lo que implica que los estantes de los supermercados y tiendas se van vaciando a medida que consume. Esto, además de un problema logístico, amenaza su supervivencia, por lo que, a la manera de un Robinson Crusoe, Tara debe convertirse en una superviviente, solo que en una isla tan grande como el planeta Tierra.

Estas dificultades que se van añadiendo a la historia, como el jugador que supera niveles de un videojuego –otro paralelismo con la realidad–, o como el viejo juego de las sillas en el que cada vez quedan menos sitios donde sentarse, son esenciales para mantener e incluso incrementar la tensión narrativa; y, cuando hablamos del salto de un libro a otro, el reto se vuelve más importante. La autora consigue algo muy complicado, como es dotar de dinamismo una trama estática: la receta del cambio en la continuidad funciona.

Y funciona porque va acompañada de una prosa clara, incisiva y nada proclive al sentimentalismo, ni siquiera al hablar de amor (porque, y esto es todo un acontecimiento en una obra literaria actual, Tara y Thomas se quieren, son un matrimonio bien avenido que no estaba atravesando ninguna crisis aquel 18 de noviembre). Reflexiva, también, porque la búsqueda de Tara tiene mucho de meditación existencial: paradójicamente (o no), ha tenido que pararse el tiempo para que pudiera detenerse a analizar su vida.

El volumen del tiempo no puede inscribirse en el género de la ciencia ficción según los códigos tradicionales, pero es, como las buenas novelas de esta categoría, filosófica e inquietante, porque interpela de forma directa nuestro presente. Captar ese cúmulo de malestares y concentrarlos en la peripecia de un solo personaje es otro de sus méritos. Sin duda, hay mucho que decir –y habrá más cuando se haya publicado por completo– de esta obra. De momento, quédense con el nombre de la autora, Solvej Balle, porque ella sí que tiene un futuro real por vivir, y va a estar lleno de reconocimientos.

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