Diana Wynne Jones, la mujer que inspiró a Miyazaki y cuya literatura mágica hay que reivindicar y redescubrir
Existen cientos de mundos distintos, tantos como caminos que puede tomar la Historia. Cuando se produce un gran acontecimiento que puede tener consecuencias diferentes en función de sus resultados, como una guerra o una catástrofe natural, el mundo conocido se escinde para hacer posibles ambas realidades. Así coexisten diversas civilizaciones, por separado, y evolucionan cada uno a su manera, sin tener noticia de las otras. Lo más desconcertante es que cada ser humano tiene una réplica en estas otras dimensiones, con personalidades y vidas diferentes, pero con el mismo aspecto físico y otras similitudes.
Cuando alguien está insatisfecho en su mundo, puede caer en la tentación de intercambiarse por uno de esos dobles…, aun a riesgo de alterar el orden cósmico y de arrancar al otro de su hábitat natural para ponerlo en un aprieto. Porque, dato revelador, en algunos de esos mundos la magia existe, es tan natural como puede serlo, en nuestro presente, el uso de electrodomésticos o de transportes de alta velocidad. Pero, en otros mundos, la magia está prohibida o no existe. No es un mal planteamiento, ¿verdad?
Todo eso y más es posible en Los mundos de Chrestomanci, una de las mejores obras de Diana Wynne Jones (Londres, 1934-Bristol, 2011), la gran escritora de fantasía para niños y jóvenes que renovó el género con un tratamiento imaginativo de la magia. Esta serie de libros, independientes entre sí, pero interconectados por compartir el marco de un universo con múltiples planos, consta de seis novelas y un libro de relatos, publicados entre 1977 y 2006. Cada novela se desarrolla en una dimensión distinta; el nexo entre ellas es Chrestomanci, un mago con muchas vidas que tiene la habilidad de viajar entre mundos para velar por su buen funcionamiento.
Chrestomanci no es el nombre de un personaje, sino algo así como un puesto de trabajo que, a diferencia de los títulos nobiliarios, no se hereda, ya que depende de la capacidad para desempeñarlo, unas cualidades que solo unos pocos elegidos poseen: “Somos todos funcionarios del Estado”, explica. “El trabajo de Chrestomanci es asegurarse de que este mundo no esté gobernado completamente por los brujos. La gente normal también tiene derechos. Y hay que evitar que los brujos salgan a otros mundos y lo líen todo allí”. No hace falta decir que, por supuesto, habrá hechiceros malvados que harán de las suyas…

La editorial Nocturna ha emprendido la recuperación de esta serie, que para muchos es la obra maestra de la autora. Su intención es agruparla en tres volúmenes, ordenados no por fecha de publicación, sino siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos (a excepción del primero, que sí fue el que abrió la puerta a este universo). Hasta la fecha se han publicado dos, Los mundos de Chrestomanci, que comprende Una vida mágica (1977) y Las vidas de Christopher Chant (1988), y su continuación, con Los magos de Caprona (1980) y Semana bruja (1982), todos con traducción de Elena Abós. El tercer y último volumen está previsto para los próximos meses.
Niños huérfanos y una escuela de magia
La primera parte, Una vida mágica, sigue las andanzas de Eric Chant, apodado Gato, un niño que, tras perder a sus padres en un accidente, vive con su hermana mayor en casa de una vecina que se ofreció a acogerlos. La hermana, Gwendolen, es una bruja con un gran potencial. Un modesto hechicero local le da clases de magia, hasta que irrumpe en su vida Chrestomanci, un caballero misterioso que se lleva a los hermanos a su castillo, donde Gwendolen tendrá la posibilidad de continuar aprendiendo junto a los mejores.
Eso, al menos, es la teoría. En la práctica, los hermanos llegan a un lugar donde apenas son cuatro alumnos (ellos y los dos hijos de Chrestomanci) y tienen prohibido usar la magia. Tampoco les espera una existencia tan cómoda como esperaban, los otros muchachos les resultan irritantes y las empleadas domésticas, antipáticas. Gato lo lleva mejor, pero Gwendolen no está dispuesta a agachar la cabeza. La joven se rebela, y por el camino arrastra a su hermano. Mientras uno de ellos termina en un mundo paralelo, el otro deberá lidiar con una conspiración de brujos en el suyo.
Los mundos de Chrestomanci, junto con El ciclo de Terramar (1968-2001), de Ursula K. Le Guin, se considera una obra fundacional de las escuelas de magia, que anticipa a Harry Potter. No se trata de una saga planificada de antemano, sino que cada volumen surgió cuando la autora tuvo necesidad de continuar explorando ese universo, desde la mirada de otros personajes, en otros contextos, de época y de sociedad. Si el primer tomo bebe de los cuentos de hadas góticos (el castillo, la chica encerrada en contra de su voluntad, el encantamiento, el viaje iniciático), Los magos de Caprona, por ejemplo, se ambienta en Italia y su trama gira en torno a dos familias enfrentadas por el negocio de la magia, una historia con guiños a Shakespeare.
Cada libro tiene entidad propia; son como pequeñas variaciones de nuestro mundo, que juegan con el grado de magia en cada una de ellas. El hecho de que la autora continuara escribiendo novelas en este universo a lo largo de casi treinta años da una idea de hasta qué punto se sentía dentro de aquella realidad alternativa. Y cada historia tiene su sello, a saber: niños que se comportan como niños (torpes, traviesos, bulliciosos), adultos que no siempre miran por su bien (tacaños, despreocupados, malévolos), aventuras sin moralina, un estilo fresco y ligero, y mucho sentido del humor. Ah, y con una concepción de la magia personal, sorprendente y divertida.
Una gran autora por (re)descubrir
Con más de cuarenta libros a sus espaldas, casi todos para el público infantil y juvenil, Diana Wynne Jones terminó su carrera con numerosos premios y el reconocimiento de haber ejercido un papel fundamental en la transición de la fantasía épica clásica, en la estela de J. R. R. Tolkien, a la fantasía urbana contemporánea, con J. K. Rowling como referente. La autora apostó por explorar nuevos caminos sirviéndose de la imaginación y de las posibilidades infinitas de la magia, e incluso ridiculizó a los imitadores de las historias de espadas y dragones en La guía completa de Fantasilandia (1997; Nocturna, 2009), una “antiguía” de tópicos que todo aspirante a escritor del género debería evitar.
Pero ¿quién es Diana Wynne Jones? A pesar de su indudable influencia en el panorama anglosajón, en España sigue siendo una gran desconocida. Es posible que a muchos les suene por ser la autora de El castillo ambulante (1986), la novela que inspiró la película homónima de Hayao Miyazaki estrenada en 2004, y que de hecho es el comienzo de una trilogía de libros independientes que continúa en El castillo en el aire (1990) y La casa de los mil pasillos (2008), todos ellos recuperados por Nocturna en 2018. Esta editorial también ha publicado Cristal embrujado (2010), la última novela que publicó en vida.
Más allá del título que popularizó Studio Ghibli, en España sus libros se han publicado poco, dispersos en varias editoriales y con poca fortuna en la promoción. Los mundos de Chrestomanci fueron una apuesta de la editorial SM en 2002, pero, sea por una cubierta poco llamativa o por una campaña poco eficiente, no funcionaron. Nocturna ha tenido el acierto de presentarla con cubiertas atractivas, acordes con la tendencia actual con este tipo de libros, y detalles interiores como las ilustraciones de las guardas o el encabezado de cada capítulo, además del cuidado habitual en sus ediciones en la supervisión del texto, la tipografía e interlineado cómodos, buen gramaje y encuadernación resistente.
Todavía queda mucho de ella por traducir, pero este lanzamiento puede ser un principio. Sus libros, como todo clásico que se precie, han envejecido bien y siguen conectando con el público (no solo infantil: admite muchas capas de lectura) porque en lo esencial no caducan –el aprendizaje, los sentimientos de amistad, miedo o ternura, la atmósfera de alegría desenfadada– y porque la personalidad de la autora es genuina; no hay nadie como ella. Escritores de la talla de Terry Pratchett, Philip Pullman, Neil Gaiman, J. K. Rowling, Megan Whalen Turner o Katherine Rundell le deben mucho.
Vocación de cuentacuentos
Diana Wynne Jones tuvo una infancia poco convencional. Hija de educadores, su padre era tacaño a la hora de comprarle libros, por lo que en su infancia no pudo leer tanto ni tan variado como hubiera querido. A falta de libros propios, se empapó de la biblioteca familiar, con sagas nórdicas, historia grecorromana y materia artúrica. También estaba Jane Austen, a la que leyó a escondidas porque se la habían prohibido hasta que fuera mayor. Enseguida se aficionó a inventar sus propias historias, se las contaba a sí misma o a sus hermanas. Su familia no la alentaba a escribir –era una niña desgarbada, torpe, que no destacaba por nada–, pero ella lo tuvo claro desde muy joven.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando ella apenas tenía cinco años, la familia se vio obligada a llevar una existencia itinerante, hasta que en 1943 se estableció en una localidad rural de Essex. Allí, Diana y sus hermanas crecieron en las antípodas de la crianza actual, con un trato por parte de los padres que hoy hasta se consideraría negligente, con las niñas a su aire, apañándoselas para salir adelante. En sus novelas abundan los protagonistas huérfanos o aquellos que, aun teniendo padres, se sienten poco queridos; la espina de la autora está ahí, aunque siempre resta gravedad al asunto, los personajes son espabilados y aprenden a arreglárselas con sus propios medios.
Esta nueva apuesta salda una deuda importante con la autora y con los entusiastas del género, que por fin pueden disfrutar de esta gran saga de viajes mágicos
Esta nueva apuesta por Los mundos de Chrestomanci salda una deuda importante con la autora y con los entusiastas del género, que por fin pueden disfrutar de esta gran saga de viajes mágicos. Su concepción de la fantasía se aleja de las tendencias actuales: frente al dramatismo, la violencia, la hipersexualización y el dark romance contemporáneos, los mundos de Diana Wynne Jones constituyen un feliz retorno a la matriz, sus historias tienen más magia que épica, más ingenio que emociones fuertes, más comicidad que tensión erótica. Sobre todo, posee una imaginación desbordante que le permite jugar con ese lenguaje simbólico de la maravilla que tan bien comprenden los niños.
En la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, además de un cameo de la reina Isabel II con James Bond, se escuchó a J. K. Rowling, autora de Harry Potter, leyendo un fragmento de Peter Pan, el clásico de J. M. Barrie, mientras un gigantesco Lord Voldemort invadía el estadio en compañía de otros villanos de la literatura infantil y juvenil. Era el homenaje de una sociedad orgullosa de su tradición literaria, y no es para menos, con Lewis Carroll, Roald Dahl o Enid Blyton entre sus filas. En esa nómina está también Diana Wynne Jones, y ahora puede ocupar al fin el lugar que se merece entre los lectores españoles. Perderse en sus páginas es volver a creer en la magia.
Cuando crezcas y te conviertas en escritor y escribas libros, pensarás que te los estás inventando, pero en realidad todos existen, en alguna parte.
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