‘Olvidado Rey Gudú’, la obra maestra que salvó a Ana María Matute (y que también te puede salvar a ti)
La historia se ha contado muchas veces: tras su separación, en una época en la que las mujeres perdían todo derecho de custodia, Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014) tuvo que bregar para mantener la relación con su hijo, que había quedado a cargo de su ex (siempre le estuvo agradecida a su suegra, a propósito, que le permitía verlo: al final, el entendimiento llega entre mujeres, entre madres). Como resultado, cayó en una grave depresión, que frenó su hasta entonces fulgurante carrera literaria –antes de cumplir los cuarenta años ya había publicado títulos tan emblemáticos como Pequeño teatro (1954), Luciérnagas (1955), Los hijos muertos (1958) o Primera memoria (1960)–, que la llevó a un periodo de bloqueo creativo que se alargó más de dos décadas.
Durante ese tiempo, su agente, Carmen Balcells, esa mezcla de hada madrina y abogada irredenta cuando se trataba de defender los derechos de sus autores, la mantuvo durante sus problemas económicos y la animó a perseverar en la escritura de la gran novela que tenía entre manos. No era, como sus obras previas, una evocación de la Guerra Civil o la posguerra, periodos negros que marcaron a la escritora, sino algo distinto, una novela de fantasía de tintes medievales a la vieja usanza, como aquellos relatos que fascinaron a Ana María Matute desde pequeña. Teniendo en cuenta que el género no contaba con demasiados adeptos en España, y no era habitual que lo cultivaran los novelistas de las corrientes principales, aquel apoyo parecía un salto de fe, una confianza ciega absoluta.
Y, treinta años después, se puede decir que valió la pena. Una vez más, Carmen Balcells acertó de lleno: esa novela, Olvidado Rey Gudú (1996), no solo sería el gran libro de la vida de Ana María Matute, sino que se convirtió en el favorito de muchos lectores, que en muchos casos la descubrieron siendo jóvenes, gracias a las aventuras de este elenco de personajes. La escritora regresó por la puerta grande, haciendo lo que siempre había querido hacer, sin ceñirse a modas ni a lo que le había funcionado antes. En realidad, lo que le había funcionado era su buen hacer literario, algo que no desapareció, sino que alcanzó otras cotas. Los lectores veteranos comprobaron que seguía siendo una de las mejores; y los jóvenes descubrieron en ella a una aliada que entendía su mundo.
Las claves de una lectura capaz de salvar de muchos desánimos
1. Un cuento de hadas para adultos. Ana María Matute llevó el imaginario fantástico de los Hermanos Grimm y compañía (el original, es decir, el oscuro, el que no tiene un final feliz) a un nivel superlativo. Olvidado Rey Gudú es una novela redonda, total, en la que tienen cabida batallas, romances, hechizos, metamorfosis, viajes, amores y lujurias, matrimonios e incestos, conquistas y traiciones, princesas, caballeros, magos, trasgos y otras criaturas fascinantes. Es algo así como la novela que todo adulto que una vez fue un niño embelesado por los cuentos quiere leer. Un regalo. Y un reto, porque no es una obra fácil de leer, pero confía en el lector (y eso es otra forma de regalo).
2. Un viaje de resistencia, también para el lector. Umberto Eco escribió, en las notas finales de El nombre de la rosa (1980), que había concebido la novela como un viaje en el que el lector debía ascender unos primeros escalones arduos, de modo similar al mito de la caverna de Platón, para llegar más tarde a disfrutarla en plenitud. Con esta novela puede suceder algo parecido: los primeros episodios narran la génesis del reino, todo su legado, una parte en la que las historias personales apenas tienen continuidad. Eso, junto con la complejidad del estilo, que evoca el tono de las narraciones medievales, puede de entrada desalentar a algunos lectores. Aun así, merece la pena seguir, porque llegará un momento en el que esos hilos confluyan al final y toda la historia cobre un gran sentido.
3. La Reina Ardid, una extraordinaria protagonista femenina. Se podría decir que la autora jugó al despiste al poner el nombre del monarca en el título, cuando de hecho la gran protagonista de la novela, y sin duda uno de los mejores personajes femeninos que jamás se han escrito, es la excepcional Ardid. Desde su entrada en escena, como la niña desamparada con sed por aprender, somos testigos de su evolución hasta convertirse en una mujer poderosa, aunque no por ello imbatible, ni exenta de equivocarse. Ardid es el personaje más inteligente, pero también tiene miedos, es vulnerable. No le faltan aliados ni amigos: ni está sola ni niega la necesidad constante de aprender de los demás. Es leal, pacífica; y en su trayectoria se intuye mucho la de la propia Ana María Matute.
4. Reivindicación del género. Durante muchos años se ha escuchado, incluso en boca de pretendidos eruditos, que en España no se escribe (buena) fantasía. No solo es falso, sino que ignoran que una de sus mejores autoras inscribió una de sus obras maestras en él. Porque Ana María Matute amaba la maravilla de los cuentos de hadas, el imaginario medieval, las novelas de caballerías, todo ese universo mágico que de pequeña le había permitido sobrellevar su etapa de niña enfermiza y más adelante escapar por un rato de la desolación de la guerra. Con esta novela construyó un mundo propio con guiños a los clásicos que se erige como un monumento del género para lectores asiduos y puntuales.
5. El ingenio por delante de la fuerza bruta. No es una novela sobre la Guerra Civil ni la posguerra, o al menos no de forma realista, pero, desde luego, los hechos que marcaron a la autora están presentes en ella, lo mismo que su mensaje pacifista. La Reina Ardid, a diferencia de sus predecesores, no aspira a sumar territorios a sus feudos ni a aniquilar a los demás con su ejército; al contrario, aboga por el entendimiento, el respeto que puede dar pie a intercambios enriquecedores para ambas partes, empezando por una existencia tranquila en la que la gente sencilla pueda prosperar. Desde el principio, a través de este personaje se lanza un alegato a favor del estudio, el aprendizaje y el cultivo de la mente, que por supuesto exige esfuerzo, dedicación y paciencia, en contraste con el entreno de la fuerza bruta. Es asimismo un elogio de la (hoy tan denostada) figura del maestro.
La fantasía épica ha sido, a lo largo de su historia, un género muy masculino, tanto por sus autores como por sus temas predominantes
6. Conciencia feminista. La fantasía épica ha sido, a lo largo de su historia, un género muy masculino, tanto por sus autores como por sus temas predominantes. Sin renunciar a buena parte de ese imaginario de luchas y espadas –merecen una mención especial los dibujos que la propia autora hizo, durante el proceso de escritura, de las armaduras y la disposición de los ejércitos–, Ana María Matute los narra con otro enfoque, en el que Ardid y otros personajes femeninos memorables (como Tontina, Ondina o Gudrilkja) dan cabida a asuntos menos tratados en el género, como el rol de una reina madre, las ambiciones de las mujeres o la relación con su imagen y el envejecimiento. También merecen una mención los personajes masculinos que se salen del canon del héroe y se definen por otras cualidades, como la emoción (Almíbar) o la sabiduría (Hechicero).
7. La madurez como etapa de plenitud. En el género fantástico abundan asimismo los protagonistas jóvenes, tanto en los héroes que afrontan su particular viaje de iniciación a la vida adulta como en las (bellas) doncellas en apuros que son salvadas por un príncipe encantador (e igualmente hermoso). En Olvidado Rey Gudú, no obstante, vemos a Ardid crecer hasta convertirse en una mujer madura, que, lejos de hacerse a un lado, continúa activa, como la reina soberana poderosa que es. Es interesante conocerla en diferentes etapas, con sus consiguientes retos, sin idealizar ni la juventud ni la veteranía, porque en todo momento somos humanos imperfectos. Tampoco es casual que los personajes más instruidos, los brujos, sean el Hechicero y la abuela de Ondina, ambos ancianos.
8. Mensaje poderoso sobre el amor y el olvido. Es difícil resumir en pocas líneas todo lo abarca esta monumental novela, pero se pueden destacar dos puntos: la imposibilidad de Gudú de sentir amor de verdad, del apego a alguien por un sentimiento genuino, algo que contrasta con la trayectoria de otros personajes. Todos, sin embargo, son una suerte de náufragos condenados al olvido, con un final similar al de Cien años de soledad. De algún modo, nos recuerda la naturaleza efímera de la existencia humana; y nos recuerda que, puestos a desaparecer, más vale haber vivido sin coraza, y sin estar pendiente de la pretendida posteridad, que dedicarse a sembrar el odio y el temor en los semejantes. En otras palabras: un sí rotundo al amor y a las segundas oportunidades en etapas tardías de la vida (la autora lo sabía bien), aunque su desenlace no sea el de un cuento de Disney.
9. El sentido del humor. Olvidado Rey Gudú es una novela muy oscura, muy cruenta, con personajes toscos, huraños y vengativos que actúan con una ferocidad despiadada. Y en su trasfondo se tratan asuntos complejos, llenos de aristas y controvertidos; nada de moralejas amables. Con todo, como los grandes maestros, la autora salpica la obra con un sano sentido del humor, por ejemplo, en la original elección de los nombres de los personajes, que tanto por significado como por sonoridad dan pistas (o trampas) sobre su carácter (Ardid, Almíbar, Predilecto Furcio, Tontina). Esas humoradas, en forma de ironía, también están presentes en la narración, que no da puntada sin hilo y deja caer algún que otro guiño. Ana María Matute no tiene un estilo simple, pero, cuando se conecta con ella, cada frase de su prosa deviene un auténtico deleite.
10. La fantasía como metáfora del trauma. ¿Qué son los cuentos de hadas sino un armazón de símbolos con los que el niño comienza a entender los misterios humanos? ¿Acaso no son las novelas de fantasía y ciencia ficción unos retratos atinadísimos de los conflictos presentes en la sociedad contemporánea? Los hechizos, las metamorfosis, los personajes mitológicos y el sentido de la maravilla en general nunca han sido un recurso decorativo, sino que están cargados de significado, y, cuando se eligen con inteligencia, pueden alcanzar tanta o más penetración que una novela realista. Por ello, en el fondo, Olvidado Rey Gudú no es tan distinta de sus predecesoras: difiere en la forma, pero en el fondo no deja de ser la culminación de lo que siempre estuvo en su obra: la infancia rota por la guerra, la violencia del ser humano hacia sus semejantes, la fuerza del amor para elevar el espíritu humano, el desgarro de la pérdida, la depresión, el refugio de los libros y el estudio, la amistad, el olvido, la esperanza.
Bonus track. Para quienes ya hayan leído Olvidado Rey Gudú –o quienes se nieguen en redondo a sumergirse en una novela de fantasía (¡allá ellos!)–, ahí van dos sugerencias de la misma autora: Los hijos muertos (1958), otra novela extensa, escrita con esa prosa rica en matices, símbolos e imágenes, que, como bien decía Almudena Grandes, es una de las mejores obras que se han escrito sobre la Guerra Civil española; y, para los que no tengan ánimo para una aventura de largo aliento, pero no renuncien a un toque de maravilla, los cuentos reunidos en el volumen La puerta de la luna: Ana María Matute también fue una cuentista fabulosa, una faceta que no se le reconoce lo suficiente. Sea como sea, no hay que dejar de leer a la autora. Ella sí que no debe caer en el olvido.
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