Carta de amor a Cartagena: una ciudad rota en sus calles y en su política local
Dos veces se ha fijado Hollywood en la ciudad de Cartagena. Una fue en 1989, cuando a algún ejecutivo de la meca del cine se le ocurrió que el desvencijado casco antiguo de nuestra ciudad se parecía mucho al Beirut de las muchas guerras libanesas. Pusieron las cámaras en varias calles y solares abandonados del centro, añadieron tres decorados desangelados, colgaron pósters de Jomeini y el resultado se puede ver en algunas escenas de una macarrónica película bélica de baja estofa: Navy Seals, con Charlie Sheen.
25 años después el panorama urbano de la ciudad no había mejorado mucho: en 2015, con unos cuantos escombros y cascotes esparcidos por los solares desventrados de la calle de las Beatas se pudo recrear el IraK bélico que aparece en otra peli barata norteamericana, esta vez con heroína femenina, que los tiempos han cambiado, aunque Cartagena no: Megan Leavey, protagonizada por la actriz Kate Mara.
Dicen que no somos lo que creemos ser: somos como nos ven los demás. Y el casco antiguo de Cartagena es visto como un desastre urbanístico que salta a los ojos de cualquiera, un escenario de guerra con edificios sin restaurar, aceras rotas, solares que da pena verlos, fachadas sujetas con hierros al suelo para que no se caigan… Un ejemplo palmario de abandono institucional.
Una moción de censura fallida
Esta anécdota cinematográfica explica muchas de las cosas que pasan aquí. Cartagena está rota en sus calles y fachadas, y en su política local también. Este mes de mayo ha habido una jugada política que refleja esto: un intento de moción de censura para desalojar al PP de la alcaldía, propiciado por la implosión de Vox, cuyos cuatro concejales se han peleado entre ellos y ha habido una confusión de transfuguismos bidireccionales alentados primero por la oposición y después por el propio gobierno municipal.
Este vertiginoso vodevil se ha saldado con una victoria tamayesca de la alcaldesa pepera, que ha salvado la alcaldía al quedarse al final con los dos tránsfugas exvoxeros que han cambiado de bando tres veces en un mes, mientras que los dos leales a Vox se quedan fuera del gobierno municipal y con cara de circunstancias y los impulsores de la moción, compuestos y sin novia. Ningún partido es inocente: ese Ayuntamiento es un mercado persa en el que todos llevan diez años tejiendo alianzas contranatura, cambiantes e imposibles, y jugando al mismo juego de aprovecharse de compraventas de concejales fruto de un transfuguismo que, increíblemente, permite el sistema político español. La política en Cartagena está llena de explosiones, cadáveres, cuellos sanguinolentos, escombros y cascotes y malos de película cutre: igualito que en los ínfimos films de guerra que Hollywood rodaba aquí no hace tanto tiempo.
En esta moción de censura, tanto los de un bando como los del otro dicen hacerlo por Cartagena. Respetemos a quienes lo creen de verdad. Otras personas ven otras motivaciones: resuena estos días aquella pieza de salsa caribeña tan buena titulada Quítate tú pa ponerme yo, de la Fania All Stars. La ironía que no falte. Otros ven otra metáfora menos divertida: una pelea a navaja en la que cualquiera es capaz de perder los dos ojos con tal de arrancarle uno al contrincante, bajo la siniestra premisa de yo me habré quedado ciego, pero estoy contento porque te he dejado tuerto a ti. La venganza de la venganza de la venganza anterior, y nada más. Es una ciudad que ha tenido mala suerte con sus políticos. Con todas y todos ellos.
Crisis de ciudad
Ese desastre político revela una crisis más profunda. Una crisis de ciudad. Cartagena, que en 1900 llegó a ser la séptima ciudad española en población, ha venido bajando posiciones en ese ranking en los últimos 40 años mientras todas las demás ciudades del entorno, significativamente Murcia (+9.5%) pero también Alicante (+12%), Elche (+9%), Valencia (+7%), Almería, (+6%) han venido creciendo mucho más en número de habitantes.
El engordamiento de la capital murciana en detrimento de las otras ciudades de la región es causa y también consecuencia de este estado de cosas. Murcia ciudad es la esponja que lo absorbe todo: ha crecido un 9.5% en población en una década mientras Cartagena solo lo ha hecho en un 2%, y eso que ha habido un incremento de población migrante ligada al trabajo agrícola en el campo en torno al Mar Menor. La comarca de Cartagena debería salirse de las estadísticas dado el auge agrario exponencial vivido con el incremento de los regadíos y el desarrollo brutal del sector agroalimentario, pero no es así. Hay muy pocos habitantes más, y también con un índice mayor de pobreza derivado de los bajos salarios que se pagan en la agricultura, situados en el entorno del salario mínimo interprofesional.
Infraestructuras obsoletas, industria renqueante
Y mientras, el AVE sigue sin llegar a la ciudad, que lo hará con 20 años de retraso, al igual que el anfiteatro romano. Hay tortugas y caracoles que avanzan con más velocidad que los proyectos eternamente aplazados de Cartagena. Tiene unos amigos en Alicante, Valencia o Málaga que van o vuelven de Madrid en dos horas; el cartagenero o quien nos visite sigue tardando cuatro o cinco en unos trenes imposibles. Teníamos un aeropuerto en San Javier con buena afluencia de turistas; lo clausuraron para inaugurar el aeromuerto (con eme) de Corvera que sigue sin llegar al millón de viajeros anuales. Por otro lado: ¿han probado a hacer pipí en la estación de autobuses de Cartagena? Ni lo intenten: hay presidios en el África subsahariana cuyos váteres están en mejor estado que esos. Y tampoco vayan con silla de ruedas ni con carricoches: la rampa mecánica que hay en el exterior lleva rota tantos años que nadie recuerda haberla usado nunca. Escaleras para arriba y escaleras para abajo. Es lo que hay. Una desidia y un abandono inexplicables.
Tenemos mala suerte industrial también: hay bonanza económica en una Región de Murcia cuyas empresas van viento en popa, y la única grande que va a acabar cerrando está, cómo no, en Cartagena: SABIC. Por otro lado, si se le echa un vistazo a cualquier ranking de las empresas con sede social en la Región de Murcia con mayor facturación, de Cartagena solo sale una entre las diez primeras, o nueve entre las cien primeras. Si no fuera por las grandes corporaciones cuya sede social está en Madrid -Repsol, Navantia, Enagas…- Cartagena sería un desierto industrial. Esa infrarrepresentación de empresas cartageneras en esa lista evidencia que falta músculo empresarial local, falta tejido de medianas empresas, faltan empresarios de los que sí aparecen y prosperan en el resto de la Región de Murcia con firmas de muy diversos sectores que sí crecieron y sí se multiplicaron. Nadie de aquí invierte nada: falta emprendeduría. La economía local languidece a la espera de inversiones exteriores que aparecen y desaparecen sin control alguno.
Luces y sombras en el turismo local
En el panorama urbano de la moderna Cartagena también hay luces. Superada la reconversión industrial de los 90, la ciudad encontró una nueva oportunidad con el teatro romano, un descubrimiento arqueológico de 1987 y abierto al público en 2008 tras (otra vez) veinte años de excavaciones y espera. El nuevo teatro romano atrajo algo nuevo a la ciudad: los cruceros del Mediterráneo hacen ahora escala en Cartagena para visitar un monumento espectacular que estuvo oculto 2000 años. Los turistas que se desparraman desde barcos que proceden de Mallorca, Génova o Marsella transitan exclusivamente por un kilómetro exacto que parte desde la terminal de cruceros y continúa por el muelle de Alfonso XII, la plaza de los héroes de Cavite, la plaza del Ayuntamiento, la calle Mayor, las Puertas de Murcia y la calle del Carmen. Esa línea constituye la milla de oro, cuatro calles donde la belleza de los palacios modernistas asombra a unos turistas que, ay, nunca pernoctan en la ciudad, porque los cruceristas llegan a las ocho de la mañana en barco y vuelven a irse a las seis de la tarde. Desayunan, pasean, compran un souvenir, comen una paella, toman un café y se largan. A la hora de cenar no queda nadie.
Es un turismo de relumbrón y a medio gas que alimenta unos cuantos negocios hosteleros, pero no a los hoteleros. Lo bueno es que no hay peligro de gentrificación ni alteran el mercado inmobiliario como sucede en las barcelonas y venecias devoradas por el turismo, porque nadie duerme aquí. Pero eso sí: esas cuatro calles lucen de maravilla y el Ayuntamiento las cuida como si fueran oro en paño. Hasta teselas de sombra han instalado al modo malagueño en la cartagenera calle del Carmen por la que pasean los turistas lejos de las fachadas rotas de calles que tampoco es que estén mucho más allá.
Muchas sombras y pocas luces en el panorama cultural
Y el mundo cultural no está mucho mejor. Nos prometieron restaurar el viejo Cine Central: diez años estamos esperando, y eso que el gobierno regional y el gobierno local son del mismo partido. Va uno a Murcia y ve cómo el viejo Cine Salzillo hace más de 20 años que fue esplendorosamente reconvertido en la Filmoteca Regional. Ay, los murcianos, qué bien se lo montan y qué bien les va todo, hay que ver. Hay un Teatro Circo en Murcia restaurado; hay un Teatro Circo en Cartagena abandonado y esperando rehabilitación pública para la que, por lo visto, falta presupuesto.
Nuestros teatros y cines públicos están cerrados todo el año esperando una inversión que los reforme, pero todos los años nos gastamos 400.000 euros del erario municipal y 375.000 del regional en un festival privado de heavy metal generosamente regado con dinero público que dura solo cuatro días. Su empresario y los fans de Iron Maiden ahorran dinero y están felices. La ciudadanía de Cartagena, quizá no tanto. Ah: también impulsa el Ayuntamiento las Cruces de Mayo, con música de sevillanas y trajes de faralaes y rosas clavadas en los peinados de las cartageneras, una “tradición” inventada que ni sabíamos que teníamos. Antes había pintadas muy graciosas en los muros que decían 'Cartagena is not Murcia' o '¿Murciano, yo? ¡Un pijo!' Ahora, por lo visto, somos más de Sevilla. ¡Qué bien!
La ciudad desgraciada
En Murcia todo el mundo está contento. En Cartagena estamos todos enfadados. La ciudad feliz frente a la ciudad perdedora. Hemos tenido mala suerte con todo. Con la geografía, con la historia, con la industria, el medio ambiente, los trenes, los teatros, los cines, las fiestas, los puertos y aeropuertos… y con los políticos locales también. Para describir la situación de esta ciudad de pasado esplendoroso, presente gris y futuro incierto se requeriría mucho más que un artículo de 1.500 palabras. El memorial de agravios -y de culpas propias, también- da para una enciclopedia.
Todos nos preguntamos por qué esta ciudad no prospera como debería, por qué a todas las ciudades de nuestro entorno les va bien y Cartagena no levanta cabeza. Salimos en los telediarios nacionales por los exabruptos de políticos locales excéntricos que están perpetuamente enfadados. Pero nadie encuentra la respuesta a la pregunta de por qué esta es la ciudad de la mala suerte.
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