Del mar, el conejo y de Cartagena, el caldero
Suena extraño. O mejor dicho, ya no suena porque, simplemente, no rima. Ese típico refrán que todos llevamos en mente desde la infancia —«del mar, el mero y de la tierra, el cordero»— que en mi tierra declinó en un —«del mar, el mero y de Cartagena, el caldero»— es muy probable que en unos años se quede sin su parte fundamental: el mero. Una especie que, después de convivir con nosotros millones de años, se encuentra amenazada y en regresión absoluta en nuestro mare nostrum, entre otros factores, a las temperaturas que están alcanzando sus aguas por el calentamiento global.
Mientras este emblemático pez nos abandona, otras especies como el pez conejo —un absoluto desconocido para nuestra cultura y gastronomía, pero un invasor en toda regla procedente del mar Rojo— corren que se las pelan por nuestros caladeros. ¿Quién sabe? A lo mejor en unos años nos estamos comiendo un típico arroz a banda con pez conejo pescado en la reserva marina de Cabo de Palos. Real a la par que distópico todo.
Sí, el cambio climático galopa y no solo nos va a obligar a encapsularnos más días de la cuenta bajo el aire acondicionado o convivir con veranos de 4 o 5 meses, sino que nos va a hacer perder costumbres, recetas y hasta el refranero. Por cierto, otra especie que se nos está yendo es el chanquete ante lo cual la pregunta resulta más que evidente ¿Qué sería de aquel Verano Azul sin el barco de Chanquete, sin el entrañable personaje y sin sus cánticos? Lo dicho, otro mundo...
Profundicemos livianamente y de manera cercana en el asunto. Tal y como citaba Karl Marx en sus obras, lo que define al ser humano no es su religión, su moral o sus ideas abstractas, sino sus condiciones materiales de existencia; es decir, su entorno, su trabajo, su hábitat, su clima... Y es aquí donde la crisis climática está moldeando de lleno nuestras vidas. Nos enfrentamos al cambio más sustancial y extremo de nuestra historia como Homo sapiens sapiens. Variar las temperaturas de nuestro planeta tan solo es —ya lo está siendo— el desencadenante de múltiples, profundos y aún desconocidos cambios sobre los ciclos naturales y sociales: regímenes de lluvias impredecibles, alteración de la orografía y límites costeros, desplazamiento de especies y transformación del paisaje, ... que indudablemente están desvirtuando nuestra salud, bienestar , cultura o la propia economía, cuya certidumbre y bonanza depende en más de un 60% o 70% del estado y calidad del medio natural.
El planeta ha sufrido múltiples cambios climáticos y versiones de sí mismo a lo largo de su evolución, sin embargo, es la primera vez en la historia en la que el desencadenante de este cambio resulta ser el comportamiento de una especie que lo habita: la primera vez que tiene un origen antropogénico. Hoy, esa cadena de volcanes de otros tiempos, aquel meteorito que acabó con los dinosaurios... somos tú y yo. Concretamente, nuestros hábitos y el consumo de energías fósiles, cuyos gases de efecto invernadero nos están llevando al extremo, pero no de la supervivencia del planeta - no seamos tan soberbios y ególatras- el planeta se reconvertirá en otra cosa y generará de nuevo otra vida con una atmosfera de metano u otros gases, su metabolismo mutará una vez más en otras formas... Aquí quien se la juega somos nosotros como especie que debe sobrevivir en nuestra única casa conocida. En pro de lograrlo quedó en el camino el espíritu y objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento muy por debajo de los 2 °C. La realidad es tozuda y el año 2024 pasó a la historia como el primer año completo en el que la temperatura media global superó el umbral crítico de los 1,5 °C por encima de la era preindustrial.
Todo esto y algo más, lo explico en mi recorrido por foros, aulas de colegios, institutos, universidades y también barras de bar, dónde suelo mostrar estos datos de manera dinámica utilizando los geniales histogramas de Ed Hawkins o las lecciones de la economía del dónut de Kate Raworth, también pregunto a los alumnos por sus sensaciones y por supuesto les hablo de las mías y de la primera vez que sentí en mis propias carnes cómo el cambio climático moldeaba mi hábitat y mis recuerdos para siempre.
Fue en agosto de 2022. Un cotidiano baño en la Manga de toda la vida: el ajetreo de las familias, la típica y apresurada caminata por la arena caliente y, de repente, ¡ZAS! El agua ardía. Fue una sensación de mar tropical, de aguas del Índico... ¡casi de Mar Menor! No tardé en encontrar los datos que confirmaban lo que había sentido. La boya de Puertos del Estado situada en Cabo de Gata marcó ese verano la temperatura más alta jamás registrada hasta entonces: 28,5 °C (1,4 °C por encima de la media). Todo hubiese quedado en una anécdota del tipo “¿te acuerdas de aquel verano...?” si la situación se hubiera estabilizado. El problema es que esta deriva no ha dejado de crecer exponencialmente y cada año superamos el récord de la serie histórica, sin ir más lejos la agencia espacial europea, la ESA publicó la semana pasada un informe en la que sitúa la Mediterráneo entre 4º y 6º por encima de la media, una verdadera locura. Un agua cada vez más caliente que como la energía no se destruye sino se transforma y carga nuestros cielos de vapor que en temporada de danas volverá a caer, cada año con más violencia y daño. Algunas cosas se sienten, otras simplemente las prevemos y aprendemos por que la ciencia nos lleva dibujando escenarios desde hace décadas, este es el caso de la cuenca mediterránea sobre la que el IPCC ya indicó hace años que sería un punto caliente —al fin y al cabo, un vaso pequeño se calienta y se enfría antes que uno grande—, pero lo que está ocurriendo en el resto de Europa central supera todas las previsiones.
Según indican Copernicus y la OMM, el viejo continente es el que más rápido se está calentando del planeta y más allá de la anécdota de que los franceses, alemanes o belgas tengan que cambiar sus horarios productivos y adoptar la siesta española para evitar un golpe de calor en pleno junio antes de que se desmayen por sus calles o de que tengan que instalar sí o sí aire acondicionado en casas, metros u hospitales huyendo de temperaturas que han rozado los 50 º , o reponer las vías del tranvía en Leipzig porque se han derretido esta crisis se está llevando por delante muchísimas vidas humanas y se prevén muchas más. La últimas olas de calor de estas pasadas semanas ha acabado con la vida de miles de personas en España, Francia... y resto de Europa. Una realidad que, más pronto que tarde, volverá a llamar a nuestra puerta superando de nuevo las temperaturas anteriores. Ciudades como París, Berlín, Bilbao... han alcanzado sus máximas históricas, también Cantabria que alcanzó unos desorbitados y desconocidos 43º¡En junio!
Cambiar el mero por el pez conejo en el caldero no es una simple anécdota gastronómica, es la metáfora perfecta de un mundo que se deshace ante nuestros ojos. La pérdida de nuestro recetario, de la frescura de nuestros mares y de la seguridad de nuestro clima no es una distopía futurista; es el precio que ya estamos pagando por ignorar los límites de la física planetaria que está segando no solo nuestra calidad de vida, nuestras propias vidas. Si no transformamos de raíz nuestros hábitos de consumo y nuestra dependencia de las energías sucias, terminaremos por asumir que la normalidad era esto: vivir en un planeta hostil donde hasta los refranes de nuestra infancia han dejado de rimar. Hay que negar al que niega, hay que arrinconar al desconocimiento y el bulo, escuchar sin ambages a la ciencia y sentir el planeta pero también hay que dejar de votar y apoyar a partidos negacionistas, anti ciencia y anti agendas 2030, no podemos dejar nuestro planeta en sus manos, se nos va la vida en ello. Con todo el cariño pero también con toda la responsabilidad “disfruten del verano más fresco del resto de sus vidas”.
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