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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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De melenudos peligrosos a turistas culturales

Imagen de archivo de la banda estadounidense KISS durante el concierto dentro del Rock Imperium Festival, en Cartagena, Murcia. EFE/ Juan Carlos Caval

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En 1996 vino Iron Maiden a la Región de Murcia. Todavía no había regresado Bruce Dickinson y el micrófono lo empuñaba Blaze Bayley. La entrada costaba casi tres talegos, unas 3.000 pesetas. Traducido a la moneda de hoy, unos veinte euros. Cuesta creerlo cuando ahora ver a una gran banda puede costar cinco o seis veces más.

Regresaron en el verano del año 2000, ya con Dickinson de nuevo al frente. Entre una visita y otra tuve la suerte de trabajar en el Mar Menor Rock, montando escenarios y haciendo todo aquello que nos dejaran hacer. Cobrábamos a talego la hora, una pasta entonces —apenas seis euros de hoy— y, sin saberlo, estábamos viendo desfilar a buena parte de la historia del heavy metal. La historia no terminó ahí. En 2005 Iron Maiden regresó de nuevo a la Región, esta vez como cabeza de cartel del Lorca Rock, en la que fue su única actuación en España durante aquella gira. Visto con perspectiva, no deja de sorprender que una comunidad como la nuestra consiguiera reunir tres conciertos de Iron Maiden en apenas una década.

Por el Mar Menor Rock también pasó Motörhead, con Lemmy Kilmister al frente. De aquella visita recuerdo menos el concierto que el ritual previo. Sus pipas eran auténticos armarios empotrados. Uno de ellos llevaba tatuado en la cabeza rapada a Snaggletooth, la mascota de Motörhead. Nos desalojaron del escenario, nos invitaron a litros y, cuando terminó el concierto, volvimos al trabajo para construir una rampa para el gran Rosendo.

Lo que sí me hace gracia es el cambio de discurso. Del primer concierto de Iron Maiden apenas recuerdo alguna referencia en la prensa regional. Del Mar Menor Rock de 1999 sí recuerdo una columna de Jam Albarracín sobre aquellos miles de melenudos que acudieron a ver a Motörhead o La Polla Records, una banda que hoy es objeto de campañas de boicot por parte de algunos de los mismos que celebran el impacto económico de los festivales de rock. Lo verdaderamente interesante era la forma en que se les miraba. Treinta años después, esos mismos melenudos siguen comprando discos y llenando conciertos. Solo que ahora son padres y madres de familia, profesionales, empresarios, funcionarios o jubilados, y constituyen precisamente el público que, según la alcaldesa de Cartagena, deja quince millones de euros en la ciudad.

Ya no somos aquellos melenudos frente a los que se ponía en guardia a las gentes de bien ni los que amenazaban la tranquilidad de un municipio turístico. Ahora somos el impacto económico, las pernoctaciones, los hoteles llenos y los restaurantes completos. No han cambiado tanto los aficionados al rock; lo que ha cambiado es la forma de mirarlos por determinadas visiones políticas. Pero cuidado, no conviene pensar que estos proyectos son eternos.

Después del Mar Menor Rock llegó el Lorca Rock, que consiguió algo tan extraordinario como convertir a Lorca en la única parada española de Iron Maiden durante su gira de 2005. Parecía imposible que un festival de ese nivel desapareciera. Sin embargo, desapareció. Su director, Marcos Rubio, denunció que el nuevo Ayuntamiento, presidido por Francisco Jódar, al que luego le han hecho un homenaje, trataba a los asistentes «poco menos que a subhumanos».

Y, sin embargo, hoy el discurso es justamente el contrario. Y me alegro. Me alegra que el heavy haya dejado de verse como un problema para convertirse en un activo cultural y económico. Me alegra que las administraciones compitan por atraer a esos mismos aficionados que hace veinte o treinta años despertaban recelos y hoy llenan hoteles, restaurantes y comercios. No negaré que a quienes seguimos llevando el pelo largo nos produce una cierta satisfacción contemplar este cambio de discurso.

Porque de esa historia también deberíamos aprender una lección. Los proyectos culturales necesitan continuidad. El Mar Menor Rock desapareció. El Lorca Rock también. Hoy disfrutamos del Rock Imperium, y ojalá tenga una vida larga. Su organización demuestra que un gran festival empieza mucho antes de que se enciendan las luces del escenario. Los aparcamientos disuasorios, los autobuses lanzadera y la planificación de los accesos contrastan con la gestión del concierto de Roberto Iniesta por parte del Ayuntamiento de Murcia, donde miles de asistentes quedaron prácticamente abandonados a su suerte. Organizar cultura no consiste solo en contratar artistas; consiste también en cuidar al público.

Y, ya puestos, ese mismo cambio de mirada debería servir para otras manifestaciones culturales que también necesitan continuidad. Recuperar el Cine Central de Cartagena como sede de la Filmoteca Regional o apoyar un festival de heavy no son políticas incompatibles. Al contrario, forman parte de una misma política cultural: la que entiende que las ciudades se construyen con instituciones que perduran, no con proyectos que nacen y mueren al ritmo de una legislatura.

Al fin y al cabo, Iron Maiden nunca ha sido solo música. Ahí está The Trooper, que llevó a miles de jóvenes a interesarse por la carga de la Brigada Ligera en la guerra de Crimea; Alexander the Great, que despertó la curiosidad por el conquistador macedonio; o Where Eagles Dare, inspirada en la película protagonizada por Richard Burton y Clint Eastwood. El rock también conduce a los libros, a la historia y al cine. Menudo ciclo se ha perdido al no tener abierto el Cine Central.

Por eso una sociedad culturalmente madura no tiene que elegir entre Iron Maiden y el petardo de Bergman, entre Halloween y la Filmoteca, entre un festival de heavy y la recuperación del Cine Central. Necesita ambas cosas. La cultura no funciona como un juego de suma cero: cuanto más diversa es, más libre, más interesante y habitable acaba siendo una ciudad. Porque quince millones de euros de una tacada generan un gran titular; un cine abierto todas las tardes, con gente tomando un café a la salida de una película, cenando, crea negocios, los mantiene y ayuda a estructurar el centro de la ciudad más bonita de la Región. Larga vida al heavy… y también a Bergman.

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