25 años de ‘La sombra del viento’, el fenómeno literario que llevó la Barcelona gótica por todo el mundo
En los albores del nuevo milenio, el manuscrito de un escritor desconocido, presentado al Premio Fernando Lara de Novela que convoca el Grupo Planeta, llamó la atención de Enrique Murillo, uno de los lectores encargados de filtrar los textos para el jurado. En realidad, su autor no era un novato: llevaba cerca de diez años curtiéndose en el ámbito juvenil, donde debutó con gran éxito en 1993 con El príncipe de la niebla, novela ganadora de la primera edición del prestigioso Premio Edebé en esta categoría, reeditada muchas veces ya desde antes del salto a la fama de su artífice.
En aquella ópera prima, como en los tres títulos que la siguieron, ya se perfilaban los rasgos que habían de definir el universo narrativo de su creador, a saber: la atmósfera gótica, deudora de la novela inglesa del siglo XIX; un misterio que coquetea sin pudor con lo sobrenatural, aunque sin entrar de lleno en la literatura fantástica; un protagonista adolescente, en esa edad de los descubrimientos que contiene tanta emoción como espíritu de la aventura; y, en general, una historia en la que la acción convive en una dimensión íntima que permite empatizar con los personajes y crecer con ellos.
Pero entonces, cuando Enrique Murillo leyó el manuscrito, aún no se sabía nada de eso. La literatura infantil y juvenil habita su propio circuito al margen, al que pocos adultos se asoman (y no sin condescendencia). Quizá este desconocimiento de su trayectoria previa jugó incluso a favor del autor, porque evitó que su nueva obra se encasillara en la misma categoría, lo que, a efectos prácticos, habría reducido su público potencial. Sin embargo, esta vez el camino iba a ser diferente.
Porque Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964-Los Ángeles, 2020), ese autor tan discreto como omnipresentes fueron sus libros, quiso que aquel manuscrito tomara otro camino. No ganó el premio –es uno de aquellos casos en los que tiene mucha más relevancia la novela no ganadora que la premiada–, pero ganó un primer lector (y defensor) de lujo. Enrique Murillo no era un tipo cualquiera en el mundo editorial: recomendó al editor que publicara aquella novela, y así se hizo. La sombra del viento (2001) dejó de ser un montón de papeles en los despachos y llegó al mercado, al alcance de todos.
Una apuesta por la literatura comercial
El libro, envuelto en una cubierta en blanco y negro de aire nostálgico, llegó al mercado en 2001 con plena conciencia de lo que era: una apuesta por la literatura comercial, por las historias que hacen disfrutar, que proporcionan un entretenimiento sin pretensiones. Se le dedicaron escaparates y stands en las grandes cadenas de librerías, contó con una gran visibilidad pese a tener un autor desconocido. Aun así, podría haber fracasado: no era la primera ni la última apuesta en clave popular de Planeta; de hecho, cada año hay alguna que otra. No es tan fácil gestar un best-seller, aunque analizar las claves de su éxito a posteriori lo haga parecer así.

Sea como sea, aquel lanzamiento seguía acompañado de la buena fortuna, que le hizo llamar la atención de numerosos lectores y colarse en los hogares entre los regalos de Navidad. Y no solo se vendió, sino que ocurrió algo mucho más mágico: se leyó, se leyó y mucho. Y rápido: tenía la insondable virtud de “atrapar”, contaba con un “ritmo trepidante” antes de que esta expresión se volviera manida. Se notaba el oficio del autor, curtido en mil lecturas de aventuras y suspense psicológico. No inventó ninguna técnica que no hubieran usado ya Wilkie Collins o Sir Arthur Conan Doyle, pero supo asimilar bien esas herramientas, hacerlas suyas e integrarlas en un relato más afín a su tiempo.
Y había algo más: emoción. El suyo no era el entretenimiento vacío que traería pocos años después Dan Brown con El código Da Vinci (2003); en La sombra del viento había algo más que la mera trama de búsqueda de pistas y resolución del misterio, por mucho que el papel de esta no pueda infravalorarse. Tenía algo más importante: personajes con entidad, con carisma, memorables. En concreto, una voz narrativa, la del joven Daniel Sempere, al que enseguida se toma afecto. Un chico humilde, huérfano de madre, que en las primeras páginas sufre por no ser capaz de recordar ya el rostro de su progenitora.
El Daniel del primer libro es un muchacho tímido, que ha crecido entre los volúmenes de la librería de viejo de su padre, en un barrio discreto donde ha conocido de primera mano cómo la policía franquista se ceba con los más vulnerables. Los libros, la ficción, le permiten forjarse un universo paralelo mientras crece, pero convertirse en adulto lo lleva a enfrentar el mundo de verdad, tras un singular rito de paso: el descubrimiento del Cementerio de los Libros Olvidados, una ocurrencia que terminó bautizando esta saga.
No es un pasa páginas inocuo
Dicen que la ficción comienza cuando lo extraordinario aparece en una vida ordinaria, y a Daniel se le cruza un enigma envuelto de peligro cuando toma prestado el libro de un tal Julián Carax. Lo que vive a partir de entonces lo empuja a crecer, de la mano de esa intriga de tintas paranormales, enraizada, eso sí, en la cruda realidad de la sociedad de posguerra. Por el camino, se enamora de Beatriz, la señorita que parece inalcanzable; y conoce al simpar Fermín Romero de Torres, un personaje que camufla las heridas bajo la máscara del humor, y que podría haber salido de las páginas más inspiradas de Francisco Ibáñez. Este singular mentor guía a Daniel por la ciudad al tiempo que le abre los ojos sobre la cara más cruel del régimen.
Ese es un aspecto que se suele pasar por alto al enumerar sus cualidades: hay una crítica nada velada a los abusos del franquismo, al estado de pobreza y desamparo en el que quedó la mayor parte de la sociedad. Fermín, tan querido por los lectores por su lengua afilada, es un hombre que, como se revelará con detalle a su debido tiempo, ha sufrido torturas y todo tipo de humillaciones. Es, más que nada, un superviviente. Sí, La sombra del viento es un estupendo pasa páginas, con sus misterios y sus pasiones; pero no es inocuo, no del todo, y esto le confiere una humanidad conmovedora.
De hecho, La sombra del viento tiene muchos aciertos: la construcción al estilo de los clásicos decimonónicos, que asegura la tensión narrativa y es amable con el lector, al proporcionarle unos patrones conocidos; un elenco de personajes sólido, representantes de diferentes capas de la sociedad, que evolucionan libro a libro; su condición de libro sobre libros (bookish book), con hallazgos como el Cementerio de los Libros Olvidados, que es como darle una palmadita en la espalda al lector acérrimo, es estar entre amigos; y, por supuesto, la recreación de una Barcelona oscura y fascinante.
Quizá esa sea la aportación más genuina del autor: su mirada sobre Barcelona, la ciudad en la que creció y con la que ya realizó un primer esbozo en Marina (1999), la novela que precede a La sombra en el viento y que, más breve e intimista, el propio Carlos Ruiz Zafón consideraba su favorita. La clave de esa Barcelona reside, tal vez, en el hecho de que es sombría no solo por la posguerra, un dolor que impregna los sueños y las expectativas de los personajes; sino por un componente arcano, que juega con la ambigüedad de lo sobrenatural. No inventó el género gótico, pero lo trajo a su casa; y, de ahí, al mundo.
Porque La sombra del viento cruzó fronteras, se convirtió en un éxito internacional sin precedentes. La elogió hasta Stephen King, que es como recibir el aplauso del Dickens del siglo XXI. Llevó Barcelona, la Barcelona zafoniana, por todo el globo; y aún hoy sigue siendo una de las obras que más han hecho por descubrir la ciudad al mundo, signifique eso lo que signifique. Una Barcelona que él veía como un mapa de túneles laberínticos, carriles de tren que conectan algo más que simples estaciones y puertas a almacenes insospechados y otros secretos cautivadores.
Virtudes y objeciones
Frente a ese imaginario seductor, sus críticos se fijaron en la debilidad del estilo: que si un léxico poco preciso, que si una expresión manida por aquí, que si una cursilería por allá. También se le reprochó algún anacronismo, aunque su propósito no fue nunca firmar una novela histórica o realista. O ciertas trampas en la resolución del misterio, cierta falta de recursos (no deja de ser una sucesión de personajes que van confesando secretos, con más o menos mentiras). Y luego están los más exquisitos, claro, los que lo critican por su condición de novela popular, por no jugar en la liga de la gran literatura.
Más allá de los prejuicios elitistas, no se puede negar que las objeciones tienen, en su mayoría, fundamento. Con todo, que los árboles no impidan ver el bosque: Carlos Ruiz Zafón no era el prosista más brillante, ni el novelista más innovador, ni el mejor artífice de tramas de suspense; aun así, tenía algo. Tenía dos virtudes poco comunes: por un lado, unas dotes de narrador que sumergen al lector en la historia; y, por otro, la evocación de una atmósfera absolutamente embriagadora, que deja poso más allá de la lectura (y que le ha reportado algún que otro imitador).
Además, no estiró el chicle con los cuatro volúmenes: desde el principio tenía la historia montada en su cabeza, con el acierto de “renovar” cada nueva entrega al narrarla según los parámetros de un género distinto: La sombra del viento, la novela de formación: El Juego del Ángel, la novela gótica más truculenta y sobrenatural; El prisionero del cielo, la novela picaresca; y El laberinto de los espíritus, la novela policíaca. Guiños a autores como Oscar Wilde, Mary Shelley, Emily y Charlotte Brontë, Charles Dickens, Victor Hugo, Sir Arthur Conan Doyle, Alexandre Dumas o Henry James.
Quién era Carlos Ruiz Zafón
De él, de Carlos Ruiz Zafón, se sabe lo poco que él quiso que se supiera. Participó en las campañas de lanzamiento de sus libros, pero, por lo demás, mantuvo un perfil bajo, no quiso ser columnista ni formar parte de la esfera pública. Durante su primera etapa profesional, se ganó la vida (y nada mal) como publicista. El Premio Edebé le permitió dar un giro a su carrera y a su vida, y se marchó a la ciudad de los sueños, Los Ángeles, donde residió hasta su muerte. Trabajó en la industria del cine y continuó escribiendo.

Como niño de la Barcelona de posguerra –aquella que tan bien retrató en Marina, quizá su obra más autobiográfica–, el arte de Gaudí y una temprana fascinación por los dragones –tenía una colección con figuras de todo tipo– avivaron su imaginación y le permitieron cruzar los muros de la realidad gris que lo rodeaba. El cine, otra influencia clave, terminó de estimular su mente, una mente que, aunque impregnada de letras, él decía que le funcionaba más bien como la de un arquitecto, entendía la ciudad como una capa de planos, con cada engranaje tan bien encajado como en sus ficciones.
Esa ciudad le llevó a vender más de veinticinco millones de ejemplares en todo el mundo, en más de treinta idiomas, además de recibir numerosos galardones. Ahora vuelve a las librerías con una edición especial que, siguiendo las últimas tendencias, tiene los cantos tintados. Hay obras que no valen un Nobel, quizá, pero que generan un fenómeno social que, a su modo, tiene también un valor incuestionable. Porque influye, en la vida y en quienes escribirán después.
Tal vez porque conoció las telarañas del séptimo arte, nunca quiso vender los derechos para una adaptación audiovisual; tampoco quiso inaugurar un Cementerio de los Libros Olvidados real. Defendía que no todo tiene que convertirse en materia de cine, no todo se debía explotar hasta el infinito solo porque se presente la oportunidad; hay historias, imaginarios, que pertenecen a la palabra escrita, y ahí deben permanecer. Por eso, hoy, para volver a esa Barcelona hipnótica, o para entrar en ella por primera vez, no vale ningún atajo, ningún sucedáneo: tan solo queda el camino, viejo pero seguro, de leer.
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