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Dentro de la secta del 'tío Toni' desde que nacieron: “Al salir no sabes quién eres”
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Dentro de la secta del 'tío Toni' desde que nacieron: “Nos adoctrinó para cumplir órdenes, al salir no sabes quién eres”

Sara y Gabriel López en una escena del documental 'La Chaparra. Yo nací en una secta'.

Marta Borraz

29 de abril de 2026 22:10 h

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“Ya están aquí los romanos”. Es lo que Antonio Garrigós dijo cuando la Policía Nacional irrumpió en la masía de Vistabella del Maestrat (Castellón) para detenerle junto a varios miembros de la secta La Chaparra. El llamado por todos “tío Toni” era el líder de esta comunidad pseudorreligiosa que ejerció un férreo control sobre sus seguidores durante varias décadas y que fue desmantelada en 2022 tras la redada policial. De noche y con la participación de numerosos agentes, la Policía halló en la habitación de Antonio un centenar de relojes de alta gama, varios miles de euros en efectivo, estampas y otros objetos religiosos y muchos juguetes sexuales.

Gabriel López estaba allí. Fue uno de los niños, niñas y adolescentes que nacieron en la secta y fueron sometidos, como los adultos, al sistema basado en el culto y la sumisión que logró imponer Antonio, autodenominado el “enviado de Dios”. Entonces no eran capaces de poner palabras a lo que estaban viviendo, incluidos los abusos sexuales continuados que sufrieron cuando estaban dentro. “La intervención policial fue para mí un shock brutal. No entendía nada. Hubo mucha negación antes de aceptar que había estado en un grupo coercitivo y que habían abusado de mí”, cuenta Gabriel, que ahora tiene 24 años.

Lo sucedido dentro de aquella masía aislada en medio de la naturaleza forma parte de la serie documental que Movistar Plus+ estrena este jueves. Con el título La Chaparra. Yo nací en una secta, aborda los mecanismos de manipulación emocional que permitieron que hasta tres generaciones de una misma familia fueran víctimas. Allí vivieron durante años Gabriel, su hermana Sara y su hermana pequeña –aún menor de edad– junto a su padre, Carlos López, y su abuela. Todos acabaron saliendo y denunciando lo que habían vivido. El pasado marzo, la Audiencia Provincial de Castellón condenó a cinco miembros del grupo por abuso sexual infantil.

Entre los condenados no estaba Antonio Garrigós, que murió con 64 años en el Centro Penitenciario Castellón I mientras se encontraba en prisión preventiva. Según consta en la sentencia, el origen del grupo sectario se remonta a 1990, cuando el “tío Toni” comenzó a recibir a personas “con problemas de diversa índole”, a los que “atribuyéndose poderes sanadores de los que carecía”, aplicaba “terapias de corte espiritual”. Es en ese momento en el que la abuela de Gabriel, que acababa de perder a su marido y tenía un hijo de 15 años, entra en contacto por primera vez con él. Una de las cosas que le enganchó fue la idea que “vendía” Antonio de montar un albergue para ayudar a niños “de familias desestructuradas” necesitados de protección.

Gabriel López durante el rodaje del documental 'La Chaparra. Yo nací en una secta'

El grupo fue creciendo y en 1994 el líder y sus seguidores adquirieron una casa denominada El Pantano en la que, según la sentencia, se consolidó la comunidad. La compra se hizo con el dinero de los adeptos, llegando incluso alguno a vender un piso propio para ello. La vivienda se quedó pequeña pronto y en torno al año 2000 se trasladaron a vivir a la masía, donde llegaron a vivir unas 40 personas. Allí Antonio logró formar un grupo “cohesionado y manipulado” e instaurar una rutina basada en el control de cada miembro del grupo. “Las acciones se planeaban, decidían y ejecutaban por él, sin que existiera más jerarquía”, reza el fallo, que no es firme.

Poco a poco, el “tío Toni” había ido convirtiéndose en una figura casi mística para los demás, a la que debían lealtad absoluta. Era un hombre afectado por las secuelas de la polio, con varios problemas de salud, lo que generaba un sentimiento de deuda con su cuidado y atención. Se presentaba como alguien con capacidades especiales y con la misión de “salvar al mundo”, llegando al punto de anular el propio criterio de las víctimas. Los niños que nacieron allí no tuvieron nunca más referencias que aquello y el 'tío Toni' se convirtió en alguien central para ellos. “Pensábamos que todo lo que hacía era por nuestro bien y que todo lo bueno que teníamos era gracias a él. Nos solía preguntar '¿a quién quieres más al tío Toni o a los papás? Y jamás respondimos que a los papás”, cuenta Sara López.

La Chaparra fue construida por Antonio como un lugar idílico para los niños y niñas, a los que decía que eran “guerreros de la luz” y que tenían una misión que cumplir. También que solo estarían protegidos dentro del grupo y que fuera había un mundo “cruel y lleno de negatividad”. Esa fue una de las claves que guio al grupo. Rodeada de montañas, la finca era un espacio –aparentemente– de ensueño. “Teníamos unos cumpleaños que parecían comuniones, había animales, jugábamos todo el tiempo, hacíamos cabañas... Para que te hagas una idea, a los niños les regalaban caballos y quads pequeños. A Toni le queríamos y confiábamos en él por encima de todo”, explica la joven, que ahora tiene 27 años.

Los miembros más jóvenes de La Chaparra estaban en una burbuja aislada del mundo exterior –iban al colegio, pero no podían contar nada porque “nadie les entendería”– que poco a poco fue rompiéndose. Gabriel explica que a los niños y niñas les hacía “sentir especiales y privilegiados desde el minuto cero”, pero esa atención que brindaba también podía desvanecerse por cualquier motivo. “Entonces sentías el abandono y la frustración. Nos tenía enganchados emocionalmente y nos hacía sentir en deuda desde que tienes uso de razón”.

Abusos en un marco “esotérico”

La realidad es que el abuso emocional y sexual era sistemático. Como era habitual que todos los niños y niñas le dieran las buenas noches a Antonio antes de dormir, este aprovechaba el momento para perpetrar los abusos sexuales en su habitación, en la que un enorme mural de Peter Pan cubría toda la pared. Antonio les hacía creer que había que eliminar la energía negativa de sus cuerpos, para lo que debían dejarse hacer o hacer lo que él les pedía. “Con la excusa de que tenían los ovarios negros y debido a la obediencia y la admiración que sabía que despertaba, se aprovechó sexualmente” de varias niñas, según consta en el fallo. Sara tenía 12 años y acababa de bajarle la regla por primera vez cuando empezaron las agresiones, que duraron hasta los 17.

Sara López, en una escena de la serie documental.

La sentencia condena a algunos miembros del grupo como cooperadores necesarios del delito de abuso sexual, entre ellos la mujer que una noche sujetaba la mano de Sara al tiempo que intentaba tranquilizarla diciéndole que los abusos que Antonio estaba cometiendo contra ella en ese mismo momento eran por su bien. También la madre de Sara, Gabriel y su hermana pequeña está en prisión, condenada como cómplice por omisión. Según la sentencia, Sara llegó a contarle lo que pasaba en la habitación de Antonio y nunca denunció los hechos ni se marchó de la comunidad, “permitiendo que su hija pequeña asistiera a la habitación” como lo había hecho antes ella. Sara asegura que ha necesitado terapia con una sexóloga ante el “bloqueo” que arrastró tras lo vivido. “No podía ni escuchar palabras relacionadas con el sexo”, dice.

El grupo especializado en sectas destructivas de la Policía Nacional acreditó que los abusos sexuales eran englobados dentro del grupo en un marco de “carácter esotérico” y espiritual, un contexto que revestía toda la vida en la comunidad. Antonio organizaba las llamadas “escuelas”, que eran charlas en las que trataba temas de carácter sexual y bajo el pretexto de “eliminar prejuicios”, impartía su doctrina. Entre otras cosas, incitaba a las asistentes a hablar y practicar la masturbación, tener orgasmos y relaciones sexuales o decir que la sociedad estaba reprimida para, de esta forma, normalizar las conductas sexuales.

Con las mujeres adultas, la dinámica era la de generar “celos y competitividad” para ver quién de ellas estaba más cerca de él y le atendía más. El documental, que reproduce conversaciones inéditas dentro de la Chaparra, revela varias en las que Antonio les reprocha, por ejemplo, no haberle “arreglado” la barba. Cuando una mujer afirma que ella se lo propuso “y me dijiste que no”, el hombre afirma: “Ya... como nada más que me lo preguntas tú... Deja que me lo pregunte otra”. El fallo añade que Antonio “irradiaba un carisma” en las mujeres, a las que manipulaba para que “la mayoría” quisieran “quedarse embarazadas de él para engendrar seres de luz”.

La salida

La familia de Sara y Gabriel fue saliendo progresivamente del grupo. El conflicto y el malestar habían ido creciendo y Carlos, su padre, fue el primero en abandonar la comunidad tras separarse de la madre de sus hijos, a la que había conocido dentro de la secta. Lo habitual es que los hombres trabajaran fuera de la finca y también dentro, en largas jornadas de trabajo que contribuyeron a que Carlos no fuera consciente de lo que ocurría verdaderamente en la casa. Ya fuera, un día que acudió a La Chaparra a recoger sus cosas, se encontró con que Gabriel le retiró el abrazo y le dijo que les había abandonado. “Empecé a pensar que a mis hijos les habían lavado el cerebro”, cuenta en el documental.

La finca de Vistabella del Maestrat (Castellón) en la que estaba instalada La Chaparra.

Poco después, empezó a buscar información por Internet y se topó con un vídeo de Miguel Perlado, psicólogo especializado en sectas. Lo que contaba le hizo sentirse identificado. “Me llamó y me preguntó si se estaba volviendo loco. Yo le planteé que si conocía a alguien más que hubiera salido, podríamos tener un primer encuentro para evaluar en qué contexto han estado. Se juntaron casi una decena de personas y me di cuenta de que había elementos suficientes para hablar de coerción y daños sobre menores de edad. De esa primera etapa de evaluación sale un informe que acaba en la Policía Nacional”, explica el experto.

El paso definitivo de la denuncia se produjo tras varios momentos en los que algo fue rompiéndose dentro de las víctimas. . “Yo fui el último en salir de allí y en mi caso fue una sucesión de 'clics'. Finalmente pude gracias al amor incondicional de mi padre y de mi hermana”, afirma Gabriel, que destaca los mecanismos propios de los grupos coercitivos que pueden hacer que alguien, cualquiera, se vea atrapado en uno de ellos.

“Aunque desde fuera pueda surgir la idea de '¿cómo es que no se iban?', la clave es que estas dinámicas no funcionan así. Hay un proceso paulatino que acaba desbaratando la mente porque los parámetros según los cuales se interpreta todo están girados y patas arriba”, señala Perlado, que hace referencia a la estrategia de “premio y castigo” que Antonio imponía, con actitudes polarizadas de “humillación y ensalzamiento”. “Esto genera mucha dependencia emocional y un mayor sentimiento de inadecuación porque la víctima cree que está haciendo algo mal y cuando ve que algo no le agrada, piensa que es puntual o que lo ha interpretado mal”.

Empezar de cero

La sentencia de la Audiencia Provincial de Castellón deja escrito cómo los niños, niñas y adolescentes que nacieron y fueron criados en La Chaparra fueron asumiendo “un sistema de valores, creencias y principios” impuestos por el “tío Toni”, que les iba “moldeando” con la ayuda y la aceptación de “todos los miembros” de la comunidad. Por eso, salir al mundo real sin haber conocido otra cosa es para ellos partir de cero. Esta es una de las claves que aborda el documental, concebido como un “diálogo entre el pasado y el presente”, entre lo que es vivir en una secta y aprender a vivir de nuevo, explica la directora Elena Molina, que ha acompañado a Gabriel y a Sara en este proceso.

Durante la grabación de la serie, hacía relativamente poco que el joven había salido de La Chaparra, por lo que actividades como coger un autobús, salir de fiesta o empezar a trabajar se convirtieron en una cadena de primeras veces. “Pasas un montón de miedos, no sabes qué hacer ni quién eres... Te han adoctrinado para cumplir órdenes”, traslada Gabriel, que apunta a todos los daños que “no se ven”, pero que impactan con dureza. “Me veo en muchos sentidos atrasado respecto a la gente de mi edad. Ellos han pasado la pubertad y han podido crear su personalidad, pero a nosotros nos han robado todo ese tiempo. Se trata de deshacer el mapa que te habían plantado y empezar de cero porque no conoces otra cosa. Pasar de un acuario en el que te creías libre a un océano gigante”, añade el joven, que ha encontrado en el buceo uno de sus lugares seguros.

Cartas con imágenes religiosas. En el centro, una con la fotografía de Antonio Garrigós.

Miguel Perlado explica que la tarea que tienen por delante aquellas personas que nacieron en contextos sectarios es “de por vida”. El psicólogo expone que, al no haber una “identidad y personalidad previas”, estas deben ser “prácticamente inventadas”. “No hay referencias anteriores de fuera de la burbuja, que a pesar de estar atravesada por la anormalidad, forma parte de su ADN, aquello con lo que han crecido. En los adultos los efectos pueden prolongarse, pero en estos casos hablamos de aprender a relacionarse, a moverse, a entender y compartir códigos que no han formado nunca parte de su vida”.

Sara, Gabriel, Carlos y Eli miran al pasado y recuerdan lo que han vivido, pero también, y sobre todo, al presente y al futuro. Están inmersos en una pelea para que el Código Penal introduzca como delito la manipulación coercitiva, el patrón de conducta, control y dominación que emplean los líderes de las sectas para someter a las víctimas. Y es que la sentencia que condenó por abuso sexual a los miembros de La Chaparra les absolvió de asociación ilícita. Pero, sobre todo, esperan que su historia sirva para que muchas otras personas nunca pasen por algo parecido y para desterrar la idea de que esto solo le ocurre a unas pocas personas que no supieron decir que no.

“A esto, que forma parte de mi vida, quiero darle visibilidad porque yo cuando salí de allí creí que a mi familia y a mí éramos las únicas personas a las que nos había pasado y nada más lejos de realidad. Es una epidemia que es urgente abordar”, sostiene Sara, que al igual que su hermano está descubriendo sus pasiones y gustos, entre ellos el Diseño de Producto. Gabriel, por su parte, lo explica así: “No quiero pensar que otros niños puedan vivir lo que yo he vivido. No va a volver el tiempo que nos han robado, pero me gustaría contribuir en lo que pueda a que las víctimas se sientan menos solas, porque es un camino espinado y lleno de piedras”.

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