Andrey Zvyagintsev desangra desde el exilio a una Rusia infectada por Putin y la guerra en la excelente 'Minotauro'
Es curioso que dos directores de esta sección oficial hayan decidido mirar a dos autores y hacer remakes de dos de sus películas. Más curioso aún es que ambos sean dos cineastas en el exilio, huidos de sus países por alzar la voz contra regímenes dictatoriales. Es como si ambos tuvieran que recolocar las piezas de su creación desde ese nuevo lugar donde comienzan una nueva vida. Pero mientras que Asghar Farhadi coge el sexto capítulo del Decálogo de Kieślowski y se muestra incapaz de acomodar sus intereses a su nuevo país, dejando un simple divertimento sobre cómo el arte y la ficción se contaminan, el ruso Andrey Zvyagintsev consigue avanzar en una filmografía que se ha encargado de radiografiar un país en decadencia.
Zvyagintsev había ido sorteando la censura rusa con sus primeros filmes, pero con Leviatán, que apuntaba directamente a la corrupción del país, y con Sin amor, cuyos dardos a cómo esa corrupción se trasladaba a un padre y una madre que no querían quedarse con su hijo en un divorcio, fue atacado por antipatriota y puesto en el ojo del Gobierno.
El cineasta salió de Rusia en 2023, después de haber estado a punto de fallecer por un Covid que le tuvo en coma durante mucho tiempo. Su primera película después de todo ello, Minotaur (Minotauro), es un remake de La mujer infiel, de Claude Chabrol. Sin embargo, aquí Andrey Zvyagintsev encuentra que rehacer un clásico de un cineasta mítico tenga sentido. El francés fue un maestro en clavar su bisturí en la burguesía de su país. En esa película, en 1969, mostraba la obsesión de un burgués adinerado cuando se entera de que su mujer está teniendo un affaire con un artista.
De alguna forma, Zvyagintsev nos hace incluso reflexionar sobre el propio remake. ¿Qué sentido tiene contar la misma historia otra vez? Pues incidir en que un mismo suceso es completamente diferente dependiendo de dónde y cuándo suceda. La Francia burguesa de finales de los 60 y pasado el mayo del 68 no tiene nada que ver con la Rusia actual, donde el director ruso coloca la historia.
Porque sí, los sucesos que ocurren en su centro —la excusa argumental— son los mismos, pero el contexto político y social atraviesa todo, y en esta ocasión lo contamina. Lo que dice Zvyagintsev de forma magistral es que un país corrupto crea ciudadanos corruptos. El protagonista es aquí un oligarca ruso, un empresario que se enterará de la infidelidad de su mujer y tomará las mismas decisiones que tomaba el protagonista de la de Chabrol. La diferencia es que ocurre en una Rusia podrida, corrupta y donde la guerra ya lo ha infectado todo.
Ese contexto y cómo lo retrata, sin subrayados evidentes, es lo que eleva Minotauro a película mayor y clara candidata a la Palma de Oro. El mismo empresario sin escrúpulos tendrá que elegir a catorce de sus trabajadores para que vayan a la guerra. La invasión de Ucrania está presente en cada fotograma, aunque no se mencione: los carteles en las calles, donde se ofrece dinero por alistarse, el reclutamiento… así hasta llegar a una escena donde se ve de nuevo otra de las patas de ese país en descomposición: la religión.
Que sean catorce personas no es casualidad. Catorce eran, siete hombres y mujeres, los que se llevaban al laberinto del minotauro como sacrificio de la bestia. Aquí son catorce inocentes que no saben que van a ser mandados para alimentar la sed nacionalista de su presidente, Vladímir Putin, el minotauro en la sombra.
Los burgueses de Chabrol solo se preocupaban de sus problemas, y los de Zvyagintsev también. La diferencia es que aquí los empresarios pueden vengarse de alguien mandándole al frente, y mientras solucionan los problemas del primer mundo los trenes regresan del combate llenos de los cuerpos de jóvenes muertos por unos principios que no entienden. Zvyagintsev desangra a Rusia desde su exilio y lo hace manteniéndose fiel a sus recursos estilísticos. Planos estáticos, con movimientos de cámara lentos, que escrutan cada rincón, cada hecho. Se toma su tiempo para contar una historia de venganza, para un país vengativo. Concluye su Minotauro, además, con un plano para el recuerdo: una grabación de móvil de un cielo cuya ambigüedad nos vuelve a recordar a las bombas de la guerra.
Un Mungiu menor
Junto a Andrey Zvyagintsev, otro de los directores más esperados era el rumano Cristian Mungiu, que ya sabe lo que es ganar la Palma de Oro gracias a su brutal película sobre el aborto en la época de Ceaucescu, 4 meses, 3 semanas y 2 días. Desde entonces ha realizado un cine que comparte con el del ruso su capacidad de clavar el colmillo en su país. Siempre retratando pequeñas comunidades a las que un conflicto moral saca su peor cara, el director repite fórmula con su película más ambiciosa, Fjord.
La más ambiciosa porque, de partida, cuenta con dos estrellas en su reparto (Sebastian Stan y Renate Reinsve) y porque llega de la mano de Neon, que también distribuye Minotauro en EEUU y que ya suma seis Palmas de Oro consecutivas.
La diferencia es que, si el director ruso continúa con sus tropos habituales para llevarlos a un nuevo sitio, Mungiu los ha reblandecido. Esta es, sin duda, una película suya, pero a ratos parece como si alguien le hubiera pedido a una inteligencia artificial que escribiera un guion ‘a la Mungiu’ pero para un público más amplio.
El director se va a un pueblo noruego donde llega una familia rumana ultrarreligiosa. Una posible agresión a un menor hace que la comunidad se enfrente a ellos. Mungiu plantea un conflicto actual e interesante: ¿qué hacemos con esas familias cuyos valores, que rozan el fundamentalismo, afectan a sus hijos? Esa pregunta la enfrenta, además, a una superioridad moral progresista y nórdica. El problema es que lo hace de la forma más simplona posible. Mungiu, siempre partidario de la ambigüedad en sus películas y de no dar nada mascado, se equivoca aquí de lleno al hacerlo. Porque para no dar la razón del todo a ninguno de los bandos, utiliza los argumentos más demagogos posibles, especialmente en un juicio donde la inverosimilitud impregna todo, igual que el personaje de Renate Reinsve, a la que por muchas gafas de pasta y pañuelo en la cabeza no te crees como madre ultracatólica.
Fjord no es una película desdeñable: acierta en su conflicto y Mungiu siempre es capaz de crear escenas tensas y notables. Pero sorprende que un director tan fino haya sido capaz de rodar escenas tan obvias como la discusión donde las trabajadoras sociales muestran su superioridad mientras una bandera del país ondea constantemente de fondo detrás de una ventana. Una pequeña decepción en una carrera hasta ahora inmaculada, aunque el poder de su tema pueda colocarla en el palmarés del próximo sábado.
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