Éric Cantona, el futbolista que pateó a un ultra y no se arrepiente de nada: “Le daría más fuerte”
Para Éric Cantona el peor adjetivo que le pueden colocar es el de “imperdonable”. Para él, eso significa que todo aquello que hizo o dijo es digno de condena sin posibilidad de redención. Peor que cualquier insulto. Ese término, el de “imperdonable”, fue el que la prensa francesa llevó en su portada el día del suceso que marcó la carrera del futbolista francés más talentoso e impredecible del fútbol reciente.
El día era el 25 de enero de 1995. Cantona se encontraba en su mejor momento deportivo con el Manchester United. Jugaba contra el Crystal Palace y las cosas venían calientes. Cantona había sido marcado de forma extremadamente dura y agresiva por sus rivales. El árbitro no sacaba tarjetas amarillas y el jugador francés seguía recibiendo. Al final, fue Cantona el expulsado por una falta. Cuando se iba al túnel de vestuario, miles de personas en el estadio y millones desde sus casas se quedaron atónitos cuando le propinó una patada a un espectador ultra que se encontraba en primera fila.
Los medios fueron en tromba contra Cantona, que siempre defendió que él había respondido a un comentario racista. “¡Vete a la mierda a Francia, hijo de puta francés!”, le espetó Matthew Simmons antes de recibir lo que la prensa deportiva definió como “patada de kung-fu” o “patada voladora”.
Fue un terremoto mediático que terminó con Cantona suspendido el resto de temporada, multado por su equipo y hasta condenado a dos semanas de cárcel. El jugador nunca se arrepintió. Han pasado 30 años de aquello, y el deportista ha tenido tiempo para pensar en aquella situación. Lo ha hecho. Y sigue pensando lo mismo: “Le tenía que haber pateado más fuerte. Lo merecía. Lo hice y no lo lamento”. La frase es uno de los clímax del documental con su nombre que se ha proyectado en el Festival de Cannes —donde también ha presentado una película como actor, Marvelous mornings— y que él mismo ha presentado.
Un filme que repasa de manera divertida su carrera, sus polémicas, y aquella patada a la que se dedica una parte importante de metraje. “Me merecía las suspensiones”, dice Cantona en pantalla, aunque defiende que también tenía derecho a defenderse de una agresión verbal. Años después, la prensa sigue polarizada en torno al suceso: ¿fue una patada al racismo, o un arrebato violento del enfant terrible del fútbol de los 90?
El jugador aparece en cámara hablando en primera persona de todo aquello, y pregunta al espectador claramente si él es “¿un ángel o un demonio?”. Él tiene una definición propia para sí mismo. “Soy una flor del mal”, asegura citando a Baudeleaire sobre ese temperamento que sigue ahí. Mantiene que hay que luchar por “la integridad”. Ese “sentido de la justicia” se lo enseñó su madre. O eso dice ella, pero hay otro pariente cuya sombra aparece siempre que Cantona cuenta el inicio de sus ideales. Se trata de su abuelo materno, Pere Raurich, anarquista y miliciano que combatió en la Guerra Civil de parte del bando republicano y que tuvo que huir exiliado a Francia.
Cantona siempre le menciona, y en las pasadas elecciones francesas volvió a mencionarle para pedir que no se votara a la extrema derecha. En el documental vuelve a salir su legado y la importancia de esos valores que le ha transmitido a él y su familia. Una familia que habla a cámara sobre su hijo, sobre un temperamento que dice su padre tenía desde que era un niño. Es uno de los elementos más íntimos y diferenciales de un trabajo que tampoco aporta nada nuevo más allá de la revisión por parte del propio futbolista, que se mantiene fiel a todo lo que ha ido contando estos años.
El Laurence Olivier del fútbol
El documental, dirigido por David Tryhorn y Ben Nicholas, contó con una proyección especial a la que asistieron los realizadores y el futbolista, que solo dijo sentirse “muy orgulloso” de la película. Mientras que Tryhorn y Nicholas enfatizaron de nuevo que la gran cualidad del deportista es que se “mantiene fiel a sus principios, incluso hoy”.
Los directores mezclan la entrevista a Cantona (al que ponen a ver en una sala de cine las películas que ha hecho como actor, entre ellas Buscando a Eric, de Ken Loach) con imágenes íntimas y flashbacks que repasan su carrera desde los primeros años en el Olympique de Marsella, pasando por su resurgir en el Leeds y su amago de retiro profesional con solo 25 años. Y ahí apareció el que sería su mentor y casi descubridor, Sir Alex Ferguson, figura fundamental en su vida y en el documental, donde aparece hablando a cámara y contando cómo pudo apaciguar, al menos durante un tiempo antes de la patada voladora, a la fiera Cantona.
El entrenador del Manchester United le define como un “Laurence Olivier” del fútbol moderno. Juntos lograron todo. Cuatro ligas en un momento donde el equipo estaba en una crisis que se alargaba demasiado. Cantona se retiró a los 30 años. Dejó con ganas de más, pero forjó una leyenda que se mantiene intacta y que él sigue avivando a día de hoy. “No soy un hombre, soy Cantona”, dice en un momento del filme, dejando una de esas frases lapidarias por las que fue tan odiado como alabado.
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