“Los resultados no fueron una sorpresa, la sorpresa es que no se haya conseguido antes”, reflexiona Lucas Melcón, más conocido como Malacara, sobre el triunfo del 17M fue de Adelante Andalucía con ocho parlamentarios. Los mismos que recitan los versos de Jesús Bienvenido o los de El Cabrero, que beben de la transcripción fonética de Califato ¾ o de la pasión por el acento andaluz, y van a la Feria de Jerez el día de reflexión y luego a votar vestidas con la kufiya. Una amalgama de elementos culturales e identitarios construida poco a poco, despacio pero sin freno, y que ha tenido su gran explosión en las elecciones autonómicas con el ofrecimiento a la llamada generación Mollete de un discurso basado en la alegría y un andalucismo que reivindica la fuerza del sur sin depender de cuitas nacionales.
“Hace un uso honesto de la iconografía y de la forma de expresar y entender el mundo que tenemos, no creo que imposte nada y, al final, nacen de una juventud andaluza que siempre ha utilizado esas mismas expresiones que utilizan mis propios amigos”, detalla el creador de contenido. Una cosa que le llamó la atención en uno de los debates electorales fue la réplica de José Ignacio García al candidato de la ultraderecha, “'¡pamplinas!' o '¡deje de decir tonterías!', una cosa que diría yo mismo”. Más allá de la anécdota, los mensajes del orientador educativo no son simplistas, al contrario, vienen cargados de contenido, reivindicaciones y propuestas que traslada al electorado con naturalidad, utilizando un lenguaje que huye de los circunloquios y da en la diana de la discriminación histórica.
Pero, ¿qué es la generación mollete? Tal y como acuñó el politólogo Jesús Jurado, se trata de una corriente engarzada al crecimiento de la generación millennial, nacida entre 1980 y 1995. Al amparo de una autonomía andaluza ya en pleno desarrollo y que tiene su símbolo en ese desayuno de mollete con aceite que se sirve en los colegios al hilo del 28F, el día de la comunidad. Es lo que también se ha dado en llamar tercera ola andalucista, tras la primigenia que arrancó con Blas Infante en las primeras décadas del siglo XX y la segunda que le tomó el relevo en la Transición.
Más voto entre la juventud y el centro urbano
Una generación que, ya por la treintena, plantea una reivindicación de un andalucismo sin complejos, divertido sin por ello dejar de ser crítico, contestón, también peleón y, sobre todo, consciente de sus orígenes de clase y en el que une tanto la protección del territorio en clave económica y política, como en la vertiente más social, donde hay lugar a un feminismo con poderío, desordenado y que brama como un huracán, a la apertura y acogida de la migración, ya sea en clave autonómica o refiriéndose al genocidio en Palestina, o cultural con la renovación del andalucismo en manos de artistas de la talla de la rapera y poeta Gata Cattana, la cantaora Rocío Márquez, La Plazuela, Volante de la Puebla, Rosario La Tremendita, la escritora granadina Cristina Morales o Califato ¾, entre otros muchos que pervierten y desmontan el canon. Mientras en las camisetas de los militantes se plasma a García Lorca o al padre de la patria andaluza, las consignas en el escenario de García advierten: “No vamos a pedir perdón por tener un partido andaluz”.
A partir de los datos recopilados por elDiario.es, se observa en los gráficos que Adelante aumentó el porcentaje de voto el 17M en todas las franjas de edad, pero tiene especial relevancia en las zonas muy jóvenes (10%), jóvenes (9,1%) y en la media de edad (11,2%) frente a las zonas envejecidas (9,9%) y las muy envejecidas (44,3%), además de en las ciudades con más de 250.000 habitantes. Algo que coincide con el barómetro del 'CIS andaluz', en el que la propuesta tenía más aceptación en la franja de edad comprendida entre los 25 y 34 años. Por otra parte, los 401.732 votos que logró la formación andalucista el domingo se lograron, sobre todo, en las provincias de Sevilla y Cádiz, donde se antepusieron como tercera fuerza a la ultraderecha. Así, habrá una legislatura en la que los andalucistas inclinen la balanza de las izquierdas formando grupo parlamentario con sus ocho escaños tras haber sacado solo dos en las autonómicas de 2022.
“Tiene un componente independiente muy importante”, subraya Malacara, “Adelante no tiene que pagar las cuentas de otra gente en otras regiones porque sus estrategias no hayan sido buenas o hayan dinamitado partidos enteros”. No hace falta dar nombres, pero la desaparición de Ciudadanos y Podemos en menos de una década son el ejemplo claro de lo que expone el gaditano. ¿Tal vez para Por Andalucía los morados fueran una cortapisa, o que en el ADN de la propuesta estuviera Movimiento Sumar, con los que están enfrentados en el Congreso? “No le debe nada a nadie, no tienen a sus espaldas una mochila con decepciones, y han sabido conectar con la gente descontenta”, aunque hace un alto en el camino, “solo diría que ha tardado mucho en fraguar y que ya en 2022 echaba de menos esto, pero el tiempo tiene sus cosas”. También, las guerras internas de las izquierdas, entre otros ingredientes, impidieron la atracción de un electorado que sufría en aquel entonces las consecuencias de la pandemia de la covid-19.
Herramienta política y de movilización
“No se trata de un clic entre Adelante y los votantes, sino un desarrollo lógico y normal”, detalla la socióloga y politóloga onubense Isabel Serrano. “Desde hace tiempo se fragua un movimiento identitario y cultural en torno al andalucismo político, no hay más que ver los carteles electorales de esta campaña en la que todos utilizaron el verde autonómico, hasta Vox que está en contra”, explica, “la diferencia es que, mientras que PP y PSOE vacían el andalucismo de contenido para que solo sea bandera y folklore, esta generación mollete ha crecido con valores culturales y referentes que se han transformado en una herramienta política y de movilización que, finalmente, ha generado ilusión”. A la generación mollete, que vivía con los sueños desdibujados de la Expo '92, le estalló la crisis de 2008 y, a falta de perspectivas laborales que correspondieran con su mejor preparación —García consiguió su plaza en 2021—, habría que sumar otras frustraciones, como la vivienda o la escalada de conflictos internacionales.
De repente, como señalaba el propio Jesús Jurado, los mismos retos que tuvieron la generación de los 60 y de los 70 se repetían como en el mito de Sísifo: el desempleo, la estructura agraria, la brecha en exclusión social, pero en esta ocasión, el orgullo andalucista se sobrepone al hartazgo y busca soluciones con y desde el sur. Casi como una réplica del catalanismo que aún tiene que construir su camino. Es más, el antropólogo Isidoro Moreno relaciona “la vía de la izquierda soberanista” con la atracción del voto de los jóvenes y de otros grupos que, sin Adelante, hubieran optado por la abstención. “Los brotes verdes que, desde hace unos años, sobre todo en el ámbito cultural, una nueva era del andalucismo se manifiestan ahora también en el campo político-electoral”, resume en un análisis difundido en sus redes sociales.
Es más, Serrano estudió precisamente el trasvase de esa raíz hace unos años al márquetin de Cruz Campo, porque cuando el capitalismo aprovecha un filón es seña de que algo se está removiendo. “Adelante ha ocupado un espacio que estaba huérfano”, apunta, “y me encantaría que Andalucía tuviese voz propia en el Congreso, algo que solo ha pasado con el Partido Andalucista, ya que las izquierdas territoriales son capaces de influir en la mejora de infraestructuras o de presupuestos, algo que muchas veces se escapa a la lógica de los partidos estatales”.
El orgullo andaluz
Al final de la noche electoral, Manuel Gavira y los cabeza de lista por Vox coreaban el “¡viva España!”, repetida en todos y cada uno de los mítines que les ha llevado por el territorio andaluz durante los 15 días. El verde de Vox no se identifica con el verde de la bandera autonómica, es más, repelen y advierten que romperán con el estado de las autonomías, por lo que se apropian de la rojigualda y de los elementos históricos de lo que consideran como un pasado esplendoroso, ya sea subrayando que van a la “reconquista” del poder gubernamental desde Andalucía mientras rechazan la herencia islámica y tildan de “invasión” a procesos como la regularización extraordinaria.
Frente a ello, los de José Ignacio García levantan el puño cuando cantan el himno de Andalucía con las plazas llenas y nombran a la clase obrera, antifascista, feminista, ecologista, es decir, a aquellas que creen que es posible un cambio. Que hay más opciones. Malacara lo define así: “El orgullo andaluz es el de la generosidad y la modestia, de la inclusividad y de que aquí hay sitio para todo el mundo. Es muy potente, no es un orgullo enfadón, más bien de defensa, no solo identitarias, sino de las cosas que más nos afectan a las clases populares... Es un orgullo de lo popular, que es Andalucía, que siempre ha sido un pueblo humilde”.
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