Adiós a 'El Cabrero', la voz jonda, blasfema y libérrima
Ni su remoquete artístico ni su peculiar indumentaria permitieron nunca a José Domínguez Muñoz, 'El Cabrero', pasar desapercibido en el concurrido mundillo del flamenco. Tampoco su cante, lleno de honestidad y compromiso, que lo convirtió en un nombre cotizado en la era dorada de los festivales, allá por los años 80; ni su peripecia vital, que incluyó una esperpéntica condena por blasfemia con pena de cárcel en plenos rigores franquistas.
Este miércoles, según ha informado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook, el artista ha fallecido tras una larga enfermedad. “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”, ha trasladado a través de esta red social.
Hijo y nieto de cabreros, nacido en la localidad sevillana de Aznalcóllar en 1944, el artista nunca dejó de ejercer el oficio de sus mayores, a pesar del reconocimiento obtenido en su faceta escénica. “Sigo con las cabras”, le confesó al periodista José María Velázquez-Gaztelu, “para no andar dando los buenos días y las buenas tardes y andar soplando corbatas”, aunque también aseguraba que le gustaba “dormir en el baldío antes que en el redil”. Se fogueó en los primeros 70 en la compañía teatral La Cuadra de Sevilla, nacida de la mítica taberna homónima regentada por Paco Lira y conocida por sus textos contestatarios, en sus primeras giras por Europa conoció a Elena Bermúdez, quien sería su compañera de vida y su cómplice para todo, desde la escritura de letras a la representación artística.
Una veintena de discos jalonan una obra que se caracterizó, amén de su natural rebeldía canalizada a través del flamenco, por una concepción amplia de este arte, que incluyó la defensa de palos considerados “menores” por una parte de la afición, sobre todo los fandangos de Huelva, que bordaba en sus recitales, pero también trillas, tonás, soleares, seguriyas y malagueñas, haciéndose acompañar siempre por grandes guitarristas: Paco del Gastor, Manuel de Palma, Eduardo de la Malena, Rafael Rodríguez El Cabeza, José Luis Postigo, Niño Elías, Manuel Herrera...
Su peripecia vital y artística quedó reflejada en dos documentales, la producción francesa El Cabrero. El canto de la sierra (1988), nunca proyectado en España, y Mi patria es la libertad (2024), de Joaquín Mimbrero, estrenado coincidiendo con su 80 cumpleaños. En ellos se recogen episodios fundamentales de su vida, que a menudo daban testimonio de su innata rebeldía: desde el castigo en el polvorín del Cerro de San Cristóbal que cumplió mientras hacía el servicio militar, a su paso por la cárcel, primero por una riña con un guarda forestal y luego por la mencionada condena por blasfemia, de la que salió indultado tras 22 días de presidio gracias a la movilización de grandes nombres del flamenco, con el sumo pontífice Antonio Mairena a la cabeza. Al Cabrero se le atribuye también esta reflexión, fruto de la mencionada experiencia: “Cuando un tío está en la cárcel, y si no sale de la cárcel, por lo menos sale su voz. A la voz no hay quien la pare, ni rejas ni paredes”.
Lo cierto es que El Cabrero se batió el cobre en todos los frentes, el de las servidumbres de paso, el de los límites del flamenco y el de la libertad de expresión. “Mientras que haya un hambriento/ que no hablen de igualdad./ Ya se encarga el capital,/ la monarquía y el clero/ que 'haiga' desigualdad”, denunciaba en una de sus letras más conocidas. Y aunque fue objeto incluso de alguna campaña de descrédito, lo cierto es que su carisma y su figura nunca fueron doblegados por presión externa alguna. Su simpatía por causas como la de Marinaleda, el pueblo sevillano del alcalde y sindicalista Sánchez Gordillo, cuyo festival flamenco no se perdió en casi cuarenta años ininterrupidos, era igualmente indisimulable.
Un ictus le retiró de los escenarios en 2020 tras medio siglo de carrera cantaora, condenándolo a oficiar ahora como “pastor de nubes”, aunque no le faltaron el respeto de sus compañeros y el cariño de sus seguidores. Este miércoles, temprano en la mañana, dejaba de respirar un artista único, la penúltima leyenda del flamenco de la Transición, que ya brilla en el firmamento de la memoria junto a sus compañeros Camarón, Lebrijano, Bernarda y Fernanda o Fosforito.
0