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Ilya U. Topper, periodista: “El pecado de la izquierda es haberse vendido al mercado de las identidades”

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Alejandro Luque

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Ilya U. Topper (Almería, 1972) nació en el Mediterráneo, ha crecido en él y sigue habitándolo, desde hace algunos años, como corresponsal de la agencia Efe en Estambul. Y desde el Mare nostrum sigue mirando el mundo: su último libro, El sexo según la izquierda (MSur Libros), en el que analiza la deriva del feminismo y el patriarcado, tiene una óptica que no es tanto europea como mediterránea: “Los códigos que determinan el lugar de la mujer en la sociedad y la subordinan al hombre, son los mismos a ambos lados del Mediterráneo”, afirma. “Basta con bucear un poco en nuestro pasado o leer a Lorca para verlo”.

'El sexo según la izquierda' se presenta en estos primeros de mayo. En este nuevo ensayo, el autor de títulos como Dios, marca registrada aborda una serie de asuntos de actualidad –velo islámico, prostitución, vientres de alquiler, pornografía, ley trans, violencia machista– que tienen dos cosas en común: su índole sexual y el hecho de haber sido abordados por los partidos progresistas desde ópticas que, según Topper, han traicionado a menudo los propios principios de la izquierda. Porque el libro nace, afirma el autor, desde una firme convicción izquierdista y feminista: no se trata de arremeter contra estos idearios, sino de defenderlos contra sus enemigos interiores.

“En los últimos años ha habido marchas separadas en el 8 de Marzo, porque lo que unas y otras defienden como feminismo parece ya incompatible”, explica. “Por ejemplo, la postura ante la prostitución: hay un abismo entre quienes creemos que la lucha por la libertad sexual incluye acabar con la fea costumbre de pagar por sexo, y quienes creen que el trabajo sexual es una forma digna de ganarse la vida. Ambos bandos se reclaman de izquierdas y feministas, y no hay término medio: pagar por sexo o está bien, o está mal”.

La deriva 'woke'

Otro asunto abordado por Topper es la moda de pedir espacios seguros para las mujeres, “es decir, espacios segregados en los que no se tengan que mezclar con hombres. Eso ya lo teníamos: es el harén de toda la vida. El feminismo precisamente era salir a conquistar el espacio público, exigiendo respeto en un espacio mixto”. Y tampoco se olvida el velo islamista, de nuevo en el debate público: “Para la derecha es el símbolo del islam, y como su lema es defender la España cristiana, lo rechaza al grito de ‘Moros fuera’. La izquierda también asume que es el símbolo del islam, y por eso lo celebra y lo promociona como ejemplo de una hermosa tolerancia y aceptación de culturas. En realidad, el velo es el símbolo de la ultraderecha islamista, que quiere tapar a ‘sus’ mujeres, porque su pelo es demasiado sexual, dice, e imponerles un fundamentalismo de nuevo cuño para uniformarlas como sección femenina de su ideología fascista. Luchar contra el velo no es luchar contra los musulmanes: es luchar a favor de las musulmanas y contra el fascismo religioso que las oprime. Pero eso, desde la izquierda no lo entienden”.

¿Por qué la izquierda no ha sido consecuente consigo misma? ¿Cuáles ha sido su gran pecado? “El pecado de la izquierda es haberse vendido al mercado”, asevera. “De haber vendido al mercado una serie de cajones de ‘identidad’, entre los que el cliente, es decir el ciudadano o la ciudadana, puede elegir: identidad musulmana, identidad gitana, identidad gay, lesbiana, o hasta identidad mujer... Asignando a todos un perfil, un comportamiento y hasta unos supuestos derechos diferenciados. Y lo peor es que todos esos perfiles se construyen desde la identidad de ser ‘víctima’ de algo”.

Ahí Topper entra a valorar la tan cacareada cultura woke, vocablo que, recuerda, “significa despierto, lo que quiso decir en su origen: alerta, atento a la discriminación de los demás. Pero desde la necesidad de ser consciente de que hay discriminación racista, machista y xenófoba, se ha construido una serie de colectivos de víctimas de esas discriminaciones, que ahora compiten por la atención pública y también por el dinero público”. En este sentido, la formación más próxima a lo woke en España, Podemos, “ha hecho mucho daño, sí: para presentarse como la voz de los oprimidos ha alentado la creación de estos colectivos de oprimidos que en lugar de luchar contra esa opresión la capitalizan en el mercado”.

Marca de orgullo

Por otra parte, en el libro de Topper el movimiento queer como caballo de Troya en el seno del feminismo. “El movimiento queer es una evolución de lo que fue en su día la lucha por los derechos de gays y lesbianas. Pero de pedir igualdad de derechos para todos, follen con quien follen, se pasó a reivindicar el ‘ser diferente’ como una marca de orgullo, una forma de ser antisistema -sin serlo, viendo las marcas que patrocinan la anual marcha del Orgullo-, y finalmente a crear un colectivo LGTBI+ como algo tan distinto del resto de la humanidad que ni siquiera encaja en la biología: como si fuera un tercer sexo”.

“Desde ahí”, prosigue el autor, se ha pasado a la idea de ‘cambio de sexo’, como si ser hombre o mujer fuese una cuestión no de anatomía sino de actitudes sociales. Si es de actitudes sociales, hay que tener claro qué actitudes son propias de un hombre y cuáles son propias de una mujer. Eso ya lo teníamos, y se llama patriarcado. Bueno, es una vuelta de tuerca más, porque si ves que Irene Montero les regala a sus hijas un libro que como ejemplo de diversidad incluye a adolescentes con cicatriz de mastectomía, te preguntas muy en serio cómo de patriarcal tiene que ser una sociedad para que la vía preferente de una chica para ser libre pasa por cortarse las tetas“.

Un debate, concluye Topper, viciado sin remedio... O no tanto. “Sin remedio, nunca: he escrito este libro porque creo que se le puede poner remedio”, subraya. “Pero es verdad que desde los colectivos constituidos en víctimas, con monopolio de explotación mercantil de esta condición, se intenta bloquear el debate. Y lo peor es que esos colectivos se perciben y autoperciben como izquierda, por lo que es la derecha la que se ha apropiado del discurso de igualdad y universalidad de derechos, que antes fue de la izquierda. Un filón electoral para ella. El debate está muy viciado, sí”.

Debate y griterío

Periodista de larga trayectoria, fundador de la revista digital MSur, Topper lleva 30 años escribiendo sobre feminismo, aunque todavía hay quien le niega el pan y la sal en este campo por su condición de hombre. “En redes sociales, el primer argumento para acallar a alguien es: ‘Está hablando un hombre, qué asco, fuera de aquí’. En la vida real no es así. Quien lee, aprecia el argumento, no el sexo del autor. Sin embargo, ese discurso de redes sociales ha empañado bastante la imagen del feminismo entre las generaciones jóvenes que conocen el término solo por la caricatura que predomina en redes sociales”.

Un factor que puede haber influido en el hecho de que el debate que pretendía abrir el libro aún no se haya producido del todo, aunque según Topper no es el único. “El mercado de libros hoy es de venta mínima. Para alcanzar una repercusión hace una enorme inversión en publicidad. O hay que tocar alguna fibra sensible, ya sea que te amenacen con quemar la librería o que te capitalice algún sector con muchas ganas de hacer ruido político. Que es lo que ha pasado con el libro de Juan Soto Ivars sobre las denuncias falsas, un tema que yo también toco en mi libro, pero no de una manera tan capitalizable por parte quienes quieren negar la violencia machista. Pero ¿ha abierto debate el libro de Soto Ivars? No. Ha llevado a un cierre de filas en ambos bandos. Hay más griterío que debate”.

Por último, el autor se refiere a la refundación de la izquierda española ante la nueva ola ultra en estos términos: “Como votante, veo necesario que haya una opción de izquierda fuerte, unida, para alcanzar un peso en el Congreso, u ojalá en el Gobierno, en lugar de dispersarse en diecisiete siglas regionales. Pero esa izquierda fuerte es imposible de construir si no se aclaran las bases ideológicas sobre las que debe asentarse. Y desde el nacimiento de Podemos hay en la izquierda un rechazo a debatir ideologías: se teme perder a facciones o votantes en desacuerdo y se aboga por incluir al máximo de opiniones divergentes. Pero hay cosas imposibles de consensuar. Un debate sobre la pena de muerte no se resuelve cortándole al reo solo media cabeza. Hay que tener unos ideales claros, y defenderlos, y la izquierda hoy huye de los ideales”.

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