Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
El Gobierno trata de levantar un muro contra la privatización de servicios
Qué es la OTAN 3.0 y cómo el debate nuclear anega las capitales europeas
Opinión - 'El faro del mundo libre', por Rosa M. Artal

Matteo Salvini, nacionalismo para camaleones

El vicepresidente del Gobierno italiano y líder de La Liga, Matteo Salvini. EFE/EPA/RICCARDO ANTIMIANI
13 de febrero de 2026 22:00 h

0

Matteo Salvini es el hombre que Vox, afortunadamente, no tiene entre sus filas (su intención de voto podría inflamarse aún más). Al contrario de Santiago Abascal, il Capitano, apodo con el que lo llaman sus simpatizantes, puede deambular de playa en playa, mojito en mano, sumando voluntades, pinchar música o compartir cervezas con quienes se acercan en cualquier pueblo de Italia. Es una versión tosca de aquel personaje que interpretó Vittorio Gassman en Il Sorpasso, una road movie de Dino Risi, un simple vividor, un seductor frívolo, al volante de una veloz Lancia Aurelia, que recorre la costa del Adriático durante un verano de los años sesenta en compañía de un imberbe Jean Louis Trintignant que descubre el mundo de su mano al ritmo de un twist.

Los acompañantes de Salvini son seguidores deslumbrados ante cada desmán de un personaje camaleónico, capaz de cualquier giro político y que hoy, al menos en el plano narrativo, se ha ubicado a la derecha de la presidenta Giorgia Meloni y su partido, Fratelli d´Italia. Su luz ahora está atenuada por el brillo pragmático de Meloni pero juega, como vicepresidente de Italia, un rol central en el ajedrez geopolítico de las fuerzas disruptivas en Europa.

Salvini se dio cuenta muy pronto de que la política es un vehículo hacia el poder, que el programa era él mismo y, por lo tanto, no había tiempo que perder. Fue elegido concejal del ayuntamiento de Milán siendo estudiante de derecho con solo veinte años. En la universidad estaría dieciséis años sin conseguir graduarse pero cuando abandonó los estudios fue reelegido como diputado del Parlamento Europeo. La carrera estaba en otra parte. En esos días su hoja de ruta era liberar a la Padania de la mordaza de Roma. 

Periodista autodidacta pero inquieto, la experiencia le permitió descubrir la influencia que la televisión poseía entonces como prescriptora de relatos políticos. Cuando comienza a militar en la Lega Nord, el partido independentista de Umberto Bossi, Salvini era un actor de la izquierda radical, clave política con la que interpretaba su vocación secesionista. Tal es así, que cuando Bossi, en un alarde creativo del nacionalismo portátil decide, en 1997, llamar a elecciones al Parlamento Padano, una institución imaginaria, Salvini se presenta encabezando la lista electoral “Comunistas Padanos”.

Parafraseando a Verdi, Salvini è mobile, e instintivamente, atendiendo a la razón práctica, abraza la versión más extrema del populismo secesionista y xenófobo y, prueba de ello, según apuntan los politólogos Daniel Vicente Guisado y Jaime Bordel Gil en su ensayo Salvini & Meloni, hijos de la misma rabia, elige como diana a una mujer negra, Cécile Kyenge, ministra del gobierno progresista de Enrico Letta, con acusaciones hoy cotidianas en España: “es el símbolo perfecto de una izquierda hipócrita y benévola”, vociferaba, “que quiere regularizar la inmigración clandestina”. Salvini consiguió que Kyenge dimitiera y desde entonces, ninguna otra persona de color ocupó un puesto en un gobierno italiano. Salvini es un agente catalizador que transforma todo lo que señala. 

En esos días, il Capitano, estaba ocupado en un referéndum, también imaginario, que el gobierno italiano dejó realizar siguiendo el principio pragmático de no caer en la torpeza de perseguir aquello que no existe. Tiempo después, el desgaste de Bossi y la dinámica limitada de una agrupación regional permite a Salvini tomar los mandos y desde el liderazgo de la Lega Nord comenzar a reducir la demanda de independencia y a soltar soflamas contra Europa: “Esta no es la Unión Europea, es la Unión Soviética, un gulag del que saldremos”. 

Atrás queda la Padania, un mapa que solo existía en los papeles de la Lega del mismo modo que Macondo está acotado en las páginas de Cien años de soledad y Salvini, con un nuevo giro cambia su plantilla nacionalista y pone en evidencia lo pueril de un relato que se origina en una de las zonas más ricas de Europa, el norte de Italia, donde una clase política atascada en la pubertad, como si de una enfermedad infantil se tratará, víctima de la opulencia y de una necesidad patológica por singularizarse, crea fronteras imaginarias. Borges lo señalaba a propósito de su país: “El vicio más incorregible de los argentinos es el nacionalismo, la manía de los primates”. 

La plasticidad política de Salvini y la suerte que apoya muchos de sus giros, le permiten ser uno de los favorecidos en el proceso Tangentopoli, conocido como Manos Limpias, el tsunami judicial que en los años noventa sumió a la clase política italiana en un desprestigio licuando a los partidos históricos y permitiendo la emergencia de Silvio Berlusconi, antesala del actual gobierno populista de Meloni y Salvini.

Giuliano da Empoli dice que si Heinrich Mann sugería que Napoleón era una bala de cañón lanzada por la Revolución francesa, se podría afirmar, en toda proporción, que Beppe Grillo y Matteo Salvini son las balas de cañón lanzadas por Tangentopoli. Da Empoli, sin embargo, desacraliza la operación higiénica señalando que la semilla del populismo ya germina en Manos Limpias al convertir en espectáculo la épica de los pequeños jueces contra las elites corruptas. No es casual que varios magistrados entraran en política, fundaran partidos y llegaran a ser ministros. Este es el escenario para que un cómico como Beppe Grillo lleve al poder al Movimento 5 Stelle y Salvini se preste a secundarlo en el gobierno italiano con la Lega

La revista Time saludó al nuevo vicepresidente y ministro del Interior de Italia con una portada con su cara atrapada por los márgenes y una cierta bonhomía en la sonrisa bajo el título: “El nuevo rostro de Europa”, que se convertía en amenaza en las páginas interiores del reportaje: “¿Por qué Salvini es el hombre más temido de Europa?” La respuesta estaba en la gestión que, desde La Bestia, su plataforma de comunicación invadía las redes de odio racial, haciendo referencia a los supuestos abusos cometidos por inmigrantes ilegales sin reparar en las dimensiones. Algunas veces, incluso, abrazando causas involuntarias como el animalismo, al subir un tuit con imágenes de un musulmán en Nápoles que se aprestaba a matar una cabra para celebrar un ritual de la fiesta del sacrificio. 

Hoy Salvini está en un segundo plano pero junto a Meloni, cubren el espectro de la ultraderecha en Europa con intereses geopolíticos divergentes pero que, en definitiva, abarcan toda la mancha ultra. Salvini está aliado con Marine Le Pen, Viktor Orbán y Abascal, manteniendo vasos comunicantes con Vladímir Putin, en tanto, la presidenta italiana cubre el espectro atlantista afín a Trump, junto a los ultras polacos, checos y belgas entre otros partidos radicales europeos. Si la evolución electoral en el sur de Europa marca triunfos para Abascal y Le Pen, Salvini será una figura que pretenderá, a esa altura, ser, parafraseando a Time, “el viejo rostro de Europa”. 

El Gatopardo de Giuseppe Lampedusa es una novela existencialista que con el tiempo devino en manual político, cuya pedagogía indica modificar algo para que las cosas sigan igual. Georgia Meloni, en un pase maquiavélico, simula seguir esta estrategia pero, en ella, solo es un movimiento táctico: su fin último es cambiar el marco político italiano. Salvini, con el mismo propósito, no repara en daños y no tiene otro proyecto que dinamitar Italia y después, con sus pares, Europa: cambiar todo para que nada vuelva a ser igual.

¿Acabará como el protagonista de Il Sorpasso? Gassman acelera el Lancia estimulado por el joven Trintignant que no deja de jalearle, hasta que en una curva se estrellan y el coche cae por un acantilado llevándose a Trintignant en la caída pero Gassman se salva. Enric Juliana, quizás el analista español que mejor conoce este país, sostiene que en Italia gustan los líderes fuertes para derribarlos. Si su profecía se cumple, Salvini, al igual que Meloni, sucumbirán. Claro que, como le pasó a Tritignant en la película de Risi, los italianos correrán la misma suerte.

Etiquetas
stats