Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Nayib Bukele, el populista milenial que mandó parar la democracia

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele. EFE/ Jeffrey Arguedas
6 de febrero de 2026 22:05 h

1

Los promotores del apagón democrático se revelan como líderes con el poder de arrastrar amplias masas de ciudadanos hasta la periferia del sistema para cruzar el Aqueronte. Como en El Rinoceronte, aquella obra de Ionesco del teatro del absurdo que convertía en monstruos a los habitantes de un pueblo francés, víctimas de “rinocerontitis”: al principio parecía exagerado, descabellado, después se producía la metamorfosis. ¿Acaso están muy alejados de los vikingos que colapsaron el Capitolio o los hooligans bolsonaristas que quisieron tomar las instituciones de Brasilia? 

Nayib Bukele no es un empresario de bienes raíces como Donald Trump ni un economista asilvestrado como Javier Milei, declarado admirador de Jeff Beck pero que se despeina en los escenarios con aire y gestos de Gary Glitter. A diferencia de ellos, Bukele se acerca más a un personaje de Stendhal en el sentido de la pasión, la ambición y, sobre todo, la búsqueda de la gloria napoleónica. Aunque Bukele está ahora en el trance de esta última fase imperial ya que, al igual que Trump se proclama rey en X y aparece soltando excrementos al mando de un caza, Bukele en su estado de la misma red se autodefine como un Philospher King. 

A diferencia de Trump, Milei, Santiago Abascal o, incluso, Isabel Díaz Ayuso, Bukele comparte su deriva con J. D. Vance, el vicepresidente de Trump y brazo político de Peter Thiel, con un significativo pasado progresista que licuó para abrazar el populismo disruptor. Nayib Bukele es alguien que sintió desde adolescente el latido vivo de su sangre palestina y la tensión revolucionaria de la poesía de Roque Dalton. 

Gabriel Labrador, periodista en el exilio de El Faro, medio salvadoreño que se vio obligado a trasladar su redacción a Costa Rica, cuenta en un largo artículo sobre Bukele que su padre, cuarta generación de palestinos, era un próspero comerciante, polígamo y hombre de izquierdas, quien dio una vida y una educación privilegiada a Nayib, abriéndole, incluso, el camino para acercarse al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Bukele, un joven y brillante publicista, se hizo cargo de la imagen del FMLN y dio un paso más al presentarse como candidato al ayuntamiento de una pequeña ciudad. El joven que en la universidad había lucido una camiseta en la que se leía Class Terrorist ganaba así su primera elección. 

Bukele iniciaba su carrera política con la pulsión del Che pero, a diferencia de este, ya sabía moverse en la selva de lo real y rápidamente comenzó a utilizar la guerrilla en las redes sociales. Aunque era solo un foquista digital ya demostraría, desde la presidencia del país, cómo se puede aplicar la violencia en la vida cotidiana al tiempo que se pregona combatirla. Pero entonces, corría el año 2012, solo tenía 30 años, era alcalde y declaraba: “Soy de izquierda radical, porque quiero cambios radicales en El Salvador, donde no debe imperar más la ley de la jungla”.  

El siguiente paso fue el ayuntamiento de El Salvador pero el instinto revolucionario fue cediendo a la mirada populista. Se distanció del FMLN y cuenta el escritor Tom Stevenson que ya pretendía formar un nuevo partido político «que no sería ni de izquierdas ni de derechas», sino un movimiento que trascendería la vieja política. El candidato ya estaba en otra parte. Cuando ganó el ayuntamiento de la capital tenía más seguidores en Twitter que Salvador Sánchez Cerén, entonces presidente del país. 

En su libro Bukele, el rey desnudo, el periodista, escritor y jefe de redacción de El Faro, Óscar Martínez, hace una síntesis diabólica de esta deriva: “Bukele es popular desde que ganó la alcaldía de la capital en 2015. Más con la mayoría absoluta que lo hace presidente en 2021. Ocupó la Asamblea Legislativa para sustituir ilegalmente al fiscal general que lo investigaba y a los magistrados de la Corte Suprema que lo cuestionaban, puso a los suyos y tuvo poder absoluto”. 

Cuando Bukele es elegido presidente en 2019 se convierte en el jefe de Estado más joven de América Latina. Había abandonado el FMLN y bajo su nueva agrupación enterraba el bipartidismo y dejaba atrás a sus anteriores predecesores que habían sido arrestados o acusados, y todos ellos procedían de los dos principales partidos políticos de El Salvador, que habían gobernado sin interrupción durante más de dos décadas. Había sido un período de pobreza crónica, violencia infinita y emigración masiva. Bukele, por libre, llegaba como un reformista anticorrupción: «Hay suficiente dinero para todos, siempre y cuando nadie robe“. Aún hoy se escucha este lema. El dinero se sigue echando en falta.

El mundo lo conoció en la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2019, cuando, en medio de su discurso, se hizo un selfie desde la tribuna con matices pedagógicos, ya que indicó a los líderes mundiales presentes que «un par de imágenes en Instagram pueden tener más impacto que cualquier discurso en esta asamblea». Su modo de intentar minar el poder institucional de la ONU degradándolo in situ sin perder las formas es más efectivo que los improperios de Trump en ese mismo atril. No en vano, cada vez que puede, invoca a Alejandro Magno y a Steve Jobs. 

En su primera presidencia estaba en minoría en la Asamblea Nacional, donde no podía controlar ni siquiera el presupuesto. Así las cosas, anunció un plan de seguridad que no contaba con el apoyo de la cámara. Bukele demostró que disponía de una vía rápida: por las malas. Convocó al pueblo ante el Palacio Legislativo y ordenó a los militares y policías a hacer lo mismo. Entró al edificio, se sentó en la silla del presidente de la Asamblea y dijo: “Creo que está muy claro quién tiene el control de la situación”.

El cuento es muy sencillo. Para acabar con la violencia y el estado permanente de anarquía, se suprimió el Estado de derecho, ya que a través del estado de excepción se suspendieron los derechos constitucionales. El Salvador ostenta el título de la mayor población carcelaria per cápita del mundo. Los detenidos en las cárceles no tienen que comparecer ante un juez ni se les da una razón para su detención. Los opositores políticos han sido encarcelados o, con más suerte, expulsados al exilio. Bukele manda, está al frente del monopolio de la violencia y lo proclama en X: «el dictador más cool del mundo».

Es verdad que la reducción de homicidios empezó con la primera presidencia de Bukele, cuenta Óscar Martínez, “pero fue él quien la consolidó hasta mínimos históricos gracias a sus casi tres años de pactos con los criminales y el posterior régimen de excepción. Pactos secretos y estado policial, esa fue su fórmula”. 

Bukele puso fin a las maras criminales pero pactó con ellas para alcanzar la alcaldía de la capital y ser presidente después. Al final, rompió con las pandillas pero lo hizo fracturando el Estado de derecho. Las cifras son lapidarias: 87.000 salvadoreños presos en tres años en 22 cárceles de las cuales solo se enseña una. En ella se ha visto a Kristi Noem, secretaria de seguridad de Trump; a Patricia Bullrich, ministra de Seguridad de Milei y, recientemente, a José Antonio Kast, el presidente electo de Chile. Todos muy interesados en este sistema que reduce la tasa de delito e incrementa el número de votos. 

El giro ideológico de Bukele no se debe entender como un péndulo en el arco político sino como un giro copernicano desde la Constitución al arrabal del sistema democrático, periferia en la que se abraza, entre otros, con Trump y Benjamín Netanyahu, quien al igual que da la bienvenida a un gentil como Milei se congratula de tener a un descendiente de palestinos en el Consejo de Paz para Gaza. 

Cuando hablan los dirigentes de Vox o irrumpe Isabel Díaz Ayuso con ecos autoritarios, hay que discernir que la denuncia que hacen de las disfunciones democráticas no conduce a su superación sino a la supresión del sistema como lo demuestra la vanguardia que representa Bukele, alguien que llegó al poder planteando la igualdad fraterna que invoca la Biblia para acabar en el Apocalipsis: los tibios serán vomitados. Lo augura Óscar Martínez: “Todavía no hemos visto su etapa más violenta”.

Etiquetas
stats