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LOS LANZALLAMAS

Wang Huning, un chino en el zapato

El presidente chino, Xi Jinping, habla con el presidente de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, Wang Huning durante el 14º Congreso Nacional Popular de China en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, China, el 5 de marzo de 2025. EFE/EPA/WU HAO

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En la saga del ciclo de George Smiley que escribió John Le Carre poco se sabe de Karla; la némesis soviética de Smiley se dibuja por algún gesto, un cruce o un fulgor sentimental en la novela que cierra el ciclo y poco más. En la cuidadosa versión cinematográfica de El topo, el director Tomas Alfredson hurta su rostro al espectador cargando así, aún más, el mito. La cara de Wang Huning, el cuarto integrante del Politburó del Partido Comunista Chino y desde 2002, director de la Oficina Central de Investigación Política, aparece en algunos medios, pocos, casi siempre de soslayo junto al presidente Xi Jinping, y la búsqueda de alguna fisura que permita alumbrar su pensamiento en plenitud es una tarea laboriosa. 

Cuando en enero de 2020 las huestes desmadradas de Donald Trump invadieron el Capitolio, como si de un efecto mariposa se tratara, un numeroso colectivo de lectores en China salió en busca de una copia de America Against America [América contra América], un ensayo que el joven Wang Huning, de la Universidad de Fudan, había escrito a comienzos de los años noventa y en el que contaba su experiencia en Estados Unidos. El libro, prácticamente agotado entonces, llegó a venderse por un valor superior a los 2.000 euros. 

Hoy de lectura obligatoria en China, America Against America, es un minucioso trabajo de campo de un observador atento que recorre Estados Unidos de punta a punta en 1988, durante un semestre que coincide con las elecciones que George H. W. Bush ganó al demócrata Michael Dukakis. Wang Huning visita más de treinta empresas y veinte universidades, alterna con profesores universitarios, empresarios, gente de la calle y todo aquel que le parece interesante en su afán de aprehender la quintaescencia de la gran potencia occidental. Su descripción de los asentamientos de indigentes en Berkeley o la violencia de Harlem convive con el relato clínico de los despachos gerenciales en la sede de Coca Cola o la vida cotidiana de las familias americanas. Hay pasajes que se aproximan a la mirada precisa de Truman Capote acompañando a una asistenta a limpiar apartamentos en Nueva York y hay quien cita a Alexis de Tocqueville para referirse a su registro sociológico de ese momento preciso de Estados Unidos. 

Wang Huning también menciona a Tocqueville, pero de otro modo. El libro, a fin de cuentas, es la historia de un desengaño y no de una ilusión correspondida, como le ocurrió al viajero francés. 

Se sabe que Huning nació en Shangai en 1955, fue un estudiante meticuloso de política internacional, escritor de poesía en su juventud y ávido lector de literatura en francés; nunca demostró rebeldía, pero como el resto de la juventud universitaria china de los años ochenta miraba con admiración la modernidad americana y se preguntaba cuánta democracia podría asimilar el sistema chino. 

Sin duda, llevaba a Tocqueville en su imaginario cuando viajó con una beca para observar la vida cotidiana en Estados Unidos pero pronto comprendió, tal y como lo desarrolla en su ensayo, que tenía que revisar sus convicciones. Huning se pregunta en el libro cuáles son los valores dominantes en la cultura política y social de Estados Unidos, a lo cual responde que libertad e igualdad, conceptos constitucionales y defendidos por republicanos, con énfasis en la libertad, y por demócratas que hacen foco en la igualdad. Observa que la igualdad es un intangible sin fuerza para evitar las desigualdades y que la libertad queda limitada al campo de las transacciones; ambos valores, apunta, atraviesan contradicciones sin superación posible. 

“El sistema económico estadounidense ha creado la soledad humana en el marco de una amplia desigualdad, lo cual ha convertido al nihilismo en su sistema de vida, lo que supone un golpe fatal para el desarrollo cultural y el espíritu nacional”, reflexiona en America Against America. Advierte Huning que los norteamericanos son conscientes de sus problemas sociales y culturales pero que consideran que deben resolverse por separado; a su juicio esto es un camino sin salida ya que los concibe como cuestiones unidas por una causa fundamental: “el individualismo radical y nihilista en el corazón del liberalismo estadounidense moderno”. 

Wang Huning recurre una vez más a Tocqueville, ahora con mirada crítica, para inferir que su fascinación por el concepto de igualdad americano no hubiese sido el mismo si hubiera realizado un viaje inverso, desde Estados Unidos a la Francia prerrevolucionaria. La reconversión ideológica de Huning es el punto de partida para desarrollar su teoría, hoy imperante en China: el neoautoritarsimo. 

Si bien es cierto que sus observaciones sobre la realidad en Estados Unidos son un problema para los norteamericanos, con Huning en la sala de máquinas, también lo son para los chinos. 

En 2022, en el último congreso del partido, Huning fue ratificado en su cargo del Politburó por Xi Jinping, lo cual es notable ya que no es usual la renovación de cargos en la primera línea. Más significativo es que Huning lleve asesorando a tres presidentes sin haber ocupado jamás cargos de gestión. Es la inusual figura de un intelectual orgánico en el corazón del poder de China. Su hoja de ruta es sorprendente. Creó el lema de “Tres representaciones” para Jiang Zemin, la “Perspectiva científica sobre el desarrollo” de Hu Jintao y, más recientemente, la “nueva era” de ascendencia global de Xi Jinping, también conocida como el “sueño chino”, lema con un eco nostálgico del American Dream al que Huning parece evocar. 

Cada una de estas etapas ha ido dando una vuelta de tuerca al neoautoritarismo que pone el acento en la idea de la necesidad de un Estado autoritario para guiar sus reformas de mercado acompañado de un programa de conservadurismo cultural. Huning promueve este regreso al pasado –él, justamente, que fue a Estados Unidos con el deseo de viajar al futuro– también mirando a la antigua Unión Soviética, como señala el historiador Timothy Cheek, que observa que en la mirada de Huning está la convicción de que la crisis en la órbita soviética se debió en parte a que “dejaron de creer en las verdades de su tradición”. 

El conservadurismo cultural gana terreno en las aulas chinas, donde, por ejemplo, se pone énfasis en “cultivar la masculinidad” de los niños y en los medios de comunicación que ahondan en los criterios de género ortodoxos para promover la “cultura tradicional china”. Los cambios no solo se producen por suaves fundidos sino que también puede haber cortes abruptos.

De un día para otro, en 2021, Zhao Wei, una famosa actriz china desapareció de la vista del público. No solo físicamente, también en internet. Su página en Weibo, con más de ochenta millones de seguidores se esfumó al igual que los sitios de fans y sus películas dejaron de aparecer en los buscadores. Según la revista Palladium esta desaparición forma parte de la ola de nuevas políticas de los medios de comunicación estatales que forman parte de la campaña de “prosperidad común” de la “nueva era” de Xi Jinping, en la que Huning, la eminencia gris del presidente, articula dos frentes paralelos: una amplia ofensiva regulatoria que agita la economía del sector privado y un esfuerzo moralista más amplio para reestructurar la cultura china desde arriba.

Es curioso que, en este tren que regresa a la tradición, a Xi Jinping le guste recordar de tanto en tanto una frase de Steve Jobs: no hay que perder el tiempo viviendo la vida de otra persona. Esta perla en la narrativa presidencial, probable sugerencia de Huning, es un boomerang retórico a través del cual China, partner tecnológico de Apple, sitúa hoy a Estados Unidos y a su presidente.

Donald Trump hace negocios a costa de la democracia pero Wang Huning vuela más alto: quiere hacer historia.  

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