Robert Francis Kennedy Jr., un imbécil en la corte del rey desnudo
Uno lee: “Siempre tuve la sensación de que todos estábamos involucrados en una gran cruzada, que el planeta era un campo de batalla entre el bien y el mal, y que nuestras vidas se verían consumidas en ese conflicto”. La reflexión es de Robert Francis Kennedy Jr. y, como lector septuagenario de El rey Arturo de T. H. White desde su adolescencia, cabe preguntarse si acaso piensa –o proyecta su vida– en las cruzadas detrás del Santo Grial de un antepasado suyo o en las luchas contra la adicción a las drogas; este hombre desnortado con una infancia rota a los 9 años, cuando vio morir asesinado a su tío John Fitzgerald, y una vez más, cuando a los 14, una nueva bala cegó la vida de su padre.
De todos modos puede que esa leyenda en lugar de rememorar el privilegio de haber sido un residente de Camelot, el dulce espacio mítico donde el glamour almohadillaba los excesos del poder del clan Kennedy hace medio siglo, le haya enajenado por estar recluido en centros de rehabilitación sin lograr regresar nunca a la corte familiar.
Hubo un momento de luz, cuando a pesar de todos los tropiezos logró, al igual que sus ancestros, egresar como abogado de Harvard y encontrar una causa, el ambientalismo. Tal vez, entonces pensó que, a pesar de no haber tenido, como el joven rey Arturo la tutela del mago Merlín y verse obligado a crecer como el huérfano solitario de un dios civil, caminaba al fin por propio pie hacia al podio.
Había cumplido 45 años, apenas dos más de los que tenía su padre cuando lo mataron, y le reconocían por primera vez un acierto: ser un audaz abogado ecologista que perseguía a las empresas contaminantes y promovía la limpieza de los ríos. Fue, entonces, elegido Héroe del Planeta 1999 por la revista Time y en 2006, Vanity Fair lo incluyó en la portada de su «número verde» junto a George Clooney y Julia Roberts. Claro, que como ocurría en el Camelot de su tío, detrás de la escena se acumulaban “esqueletos en el armario”. La frase es suya.
Solo algún tiempo después, el color de la verdad de RFK Jr. comenzaría a cambiar en público como lo hace el de su piel, artificialmente bronceada, al igual que la de su jefe, el presidente Trump. HBO produjo un documental, dirigido por su hermana Rory Kennedy, en el que se denunciaba el peligro latente que representaba la central nuclear de la compañía Entergy en el caso de sufrir un accidente o un atentado terrorista: todo el entorno del río Hudson se volvería inhabitable. Indian Point: Imagining the Unimaginable presentaba un Kennedy que ocupaba la escena como un activista verde severo e inflexible. Rory, su hermana, advirtió al equipo de producción que verificase todos los hechos que denunciaba Robert Francis Jr., ya que si bien estaba arropado de prestigio, “podría decir algunas locuras”. La película tuvo que ser editada cuando se comprobó que muchas de sus afirmaciones eran exageradas e inexactas. Su hermana se frustró con la edición final pero no tanto como HBO, que esperaba medrar con el escándalo.
Fue por entonces, a principios de la década de 2000, cuando Sarah Bridges, una psicóloga de Minnesota, le contó que su hijo había sufrido una lesión cerebral con diagnóstico de autismo tras haber recibido una vacuna contra la tos convulsa. Como Kennedy estudiaba el problema del mercurio en los ríos, Bridges quería que se interesase por el tiomersal, un conservante a base de mercurio que se utilizaba en las vacunas infantiles en Estados Unidos. Kennedy se reunió, entonces, con Anthony Fauci, quien en ese momento era el principal especialista en enfermedades infecciosas del gobierno, y con Francis Collins, el entonces director de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés). Sus respuestas, dijo, lo convencieron de que los NIH eran poco más que “una incubadora” para la industria farmacéutica.
Desde ese momento, como un héroe de Marvel o un cruzado del rey Arturo, siguiendo su propio imaginario, acusó al tiomersal del aumento del autismo infantil escribiendo artículos en Rolling Stone y en Salon que luego se debieron retirar de esas publicaciones cuando la comunidad científica desacreditó la teoría contra las vacunas. Pero eso no detuvo a Kennedy, que siguió acusando de dominio de la industria farmacéutica al gobierno y los medios; publicó libros y fundó una organización sin fines de lucro, Children's Health Defense, convirtiéndola en un gigante antivacunas que recaudó millones de dólares. Solo en 2022, sus honorarios personales superaron el medio millón.
Kennedy se creyó el personaje con el que se encontró de repente: nacía una estrella antisistema que se enfrentaba, como su padre, a los poderosos. No era lo mismo, claro. La lista de damnificados lo iba a demostrar.
En 2018 dos niños murieron en Samoa tras recibir la vacuna triple vírica, lo que desató una gran polémica en la nación insular. Aunque más tarde se reveló que dos enfermeras cometieron un error grave al administrar las vacunas, ya que introdujeron accidentalmente relajantes musculares caducados en la fórmula, la organización Children's Health Defense de Kennedy recurrió a las redes sociales para exagerar las muertes como prueba de los peligros de las vacunas. No estaba la hermana, como en el documental de HBO, para editar sus declaraciones.
La presión sobre el gobierno de Samoa fue tal, que cedieron y suspendieron la vacunación en todo el país. Kennedy fue a Samoa a predicar su fe negacionista. En los meses siguientes, Samoa sufrió el mayor brote de sarampión de su historia, tan letal que el primer ministro declaró el estado de emergencia y ordenó la vacunación obligatoria, lo que finalmente frenó la propagación. Por supuesto, Kennedy negó toda implicación en el desastre sanitario, con la ventaja a su favor de que Samoa no es California ni un país europeo.
Al año siguiente, 2020, comenzó la pandemia de COVID, que acabó con la vida de millones de personas, pero que supuso un golpe de suerte política y financiera para Kennedy, quien encontró el camino para su cruzada antivacunas en una población desesperada. La peste llegó a Camelot y Kennedy, creyéndose un héroe del siglo XXI como sus antepasados del siglo anterior, corría sin freno hacia la edad media. Claro que Merlín, solo hace milagros en las leyendas.
¿Con este currículum, cómo no iba tener un lugar en el gobierno de Trump?
Desde el comienzo mismo de su gestión abordó recortes feroces que hizo con la ayuda de un experto: Elon Musk. Juntos, cancelaron cientos de millones de dólares en subvenciones para investigación y cercenaron el 40% de la financiación de los Institutos Nacionales de Salud. «Hablé mucho con Elon sobre esto», le dijo Kennedy al periodista Michael Scherer de The Atlantic: «Hay que hacer algo disruptivo al principio; si no lo haces, pierdes impulso».
Cuando RFK Jr. fue a comparecer ante el Senado para defender su postulación a máxima autoridad sanitaria del país, su prima Caroline, hija de John Fitzgerald, apelo con un vídeo al Congreso advirtiendo de que el candidato no era apto para el cargo. Sabía de lo que hablaba. Lamentablemente, lo constató luego con la experiencia de su hija.
Tatiana Schlossberg, prima de RFK Jr. e hija de Caroline, escribió un largo artículo en The New Yorker el mes pasado. Schlossberg, de 35 años, escritora y ambientalista, en este ensayo narra su situación como paciente terminal de leucemia. En el largo escrito, hace un resumen de todos los recortes sanitarios a los que se ha expuesto el sistema sanitario desde que su primo está al mando y cómo afecta al colectivo afectado por enfermedades oncológicas en particular. Tatiana Schlossberg murió esta semana.
El hermano de RFK Jr., Maxwell, abogado y escritor, publicó en The Boston Globe un artículo en el que denuncia el riesgo de perder la ayuda alimentaria a través del Programa de Asistencia de Nutrición Suplementaria (SNAP, por sus siglas en inglés) por parte de 42 millones de estadounidenses. Ese plan fue impulsado por el padre de ambos y Maxwell acusa a su hermano, públicamente, de ser uno de los responsables de esta crisis.
Llegados hasta aquí, cabe preguntarse si la oposición a la gestión de RFK Jr., como a toda la administración Trump está circcircunscrita a la familia Kennedy. Pareciera que sí.
Monty Phyton puso en solfa la leyenda de Camelot en la película Los caballeros de la mesa cuadrada. Allí Arturo alardea de ser rey porque la dama del lago le entregó la espada regia. Cuando le cuenta este trance a un súbdito este le responde: “¡Que a una mujer le dé por repartir espadas mojadas no es base para un sistema de gobierno!”
Tiempos difíciles son estos en los que solo Monty Phyton parece explicar la deriva que nos lleva. De los gobiernos, claro. De la izquierda, también.
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