Sam Altman: el Oppenheimer de Donald Trump
Sam Altman sublima la figura de Robert Oppenheimer aunque no por ello renuncia a la del Mesías. Cuando buscó un referente para su emprendimiento no dudó en señalar el Proyecto Manhattan; tampoco ahorra referencias celestiales cuando describe Open AI como un paisaje místico y no se dirige a consumidores sino a creyentes. Hábil con las narrativas, cuando el capitalismo convierte en clientes a los ciudadanos, Altman abre una puerta del paraíso artificial a los devotos.
Como el personaje de una película de Spielberg, la historia de Sam Altman es la de un niño que creció en una familia judía de clase media en los suburbios de San Luis, en Misuri, siendo el mayor de cuatro hermanos, hijos de una dermatóloga y un agente inmobiliario. Si pensamos en ese entorno, es fácil imaginar cómo acerca su dedo índice para rozar el de ET pero enseguida dejó claro que su destino era otro, cuando a los ocho años podía programar y desarmar su iMac Bondi, aquellos ordenadores de forma ovoidal y colores espaciales. Este fue el primer signo de una personalidad que surgía fuera de la caja. Pronto enseñaría más.
Así como sorprendía en casa, en el instituto, siendo adolescente y ante un grupo cristiano que boicoteó una asamblea sobre sexualidad, Altman se plantó para dar un discurso en el que anunció que era gay: ¿convertimos la escuela en un lugar represivo o lo abrimos a todas las ideas?, desafió a sus compañeros. El perfil luminoso de Altman, el perseguidor de utopías, comenzaba a ocupar un lugar en el mundo. Aunque llevaba consigo a otro –puede que aún no lo supiera–: el creador de distopías.
Cuando Donald Trump inicia su particular cruzada en contra de la universidad escenificada tanto en Harvard como en Yale y en Stanford, cuenta con el apoyo de Peter Thiel, quien promociona abiertamente el abandono de las carreras universitarias en favor de los emprendimientos empresariales. Ese es el camino elegido por Sam Altman, ahijado empresarial de Thiel y paradigma de esta concepción disruptiva del conocimiento.
Solo dos años después de comenzar la carrera de informática en Stanford, Altman la abandona para montar con Nick Sivo, su pareja de entonces, Loopt, una red social que permitía compartir la ubicación entre amigos. Toda una vanguardia en 2005, en la que mostraba su genialidad, aunque en realidad la novedad sería otra.
Loopt fue elegida en una promoción de la aceleradora Y Combinator, un semillero de emprendedores, una plataforma de lanzamiento de start-ups gestionada por un matrimonio, Paul Graham y Jessica Livingston, en Mountain View, California. Cuando Graham conoce a Altman queda fascinado. Lo describe como un operador formidable, extremadamente bueno, al que no dudó en sumar a su plataforma al ver que había conseguido, tan solo en un verano, cerrar acuerdos con operadores de telefonía móvil y disparar el valor de Loopt hasta los setenta y cinco millones de dólares.
Altman, en su línea, pronto se desprendió de Loopt, lanzó un fondo de capital de riesgo, se asoció con Peter Thiel y poco a poco se fue haciendo con Y Combinator, la aceleradora que le dio la vida.
El mérito de Altman era encontrar oportunidades en el caos, por eso no se conformaba con la nube, pretendía asaltar los cielos.
No rozaba aún la treintena y ya soñaba con un conglomerado de un billón de dólares con el que conquistar el mundo. Pronto se dio cuenta de que no se podía hacer sin grandes avances científicos. Y Combinator era un sitio único para convocar a start-ups, con tecnología avanzada y por ello se abocó a estudiar los problemas científicos y de ingeniería a los que se enfrentaban esas empresas, reclutando a las más prometedoras.
En realidad, su fin era otro: quería crear una empresa propia de energía nuclear. Nada menos. Empujó a Y Combinator a la financiación de las mejores start-ups de fisión y fusión que pudo encontrar. Hay miles de startups dedicadas a la interacción social y menos de veinte a la fisión y la fusión, decía Altman, pero, matizaba, «las cosas difíciles son en realidad más fáciles que las simples porque la gente las encuentra interesantes y quiere ayudar». Nadie se ilusiona con una nueva app pero todos quieren ir a Marte.
Oppenheimer ya estaba en marcha.
Entonces, inesperadamente, a quien le da la mano –aunque el gesto fue recíproco–, es a Elon Musk. Juntos, como el Chapulín Colorado, pretenden que los buenos les sigan para salvar a la humanidad de la inteligencia artificial y fundan para ello OpenIA.
“Si la IA que se está desarrollando sale mal, corremos el riesgo de tener un dictador inmortal y superpoderoso para siempre”, le dijo Musk al escritor Tad Friend. Altman pensaba igual –ya había llegado el Mesías–: cuidar la criatura hasta que el mundo pudiera adoptarla. Por entonces ya no solo estudiaba tecnología, también leía las notas de James Madison, uno de los padres fundadores de Estados Unidos y redactor de la Constitución estadounidense, y su conclusión fue «Estamos planeando una forma de permitir que amplios sectores del mundo elijan representantes para una nueva junta de gobierno. Porque si yo no estuviera involucrado en esto, pensaría: “¿por qué estos cabrones pueden decidir lo que me pasa a mí?”». Altman, como Musk, querían protegernos de los malos pero el problema, vigente aún, ya empezaba a ser cómo nos protegemos nosotros de ellos.
Altman no deja de prometer que la IA «resolverá el cambio climático, curará el cáncer, creará una superinteligencia benevolente más allá de la comprensión humana, proporcionará un tutor para cada estudiante, se hará cargo de casi la mitad de las tareas de la economía y creará lo que él denomina “riqueza extrema universal”». Pero es la misma persona que en 2016 advirtió al mundo en su blog de que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca evocaba el surgimiento de Hitler y después, en enero de 2025, cuando Trump inició su segundo mandato, le dio la bienvenida desde su cuenta de X: «ha cambiado mi perspectiva sobre el presidente», escribió. No ahorró disculpas por los agravios del pasado ni reprimió la euforia sobre lo «increíble que será [Trump] para el país en muchos sentidos». Altman se permite estas contradicciones con total ligereza, como, por ejemplo, ser vegetariano y pasar los fines de semana con su marido en una finca en el valle de Napa donde crían vacas. Tampoco le importa sumarse a la aventura de las tierras raras de Groenlandia participando como inversor en Kobold, una empresa dedicada a la exploración o en Praxis, que pretende fundar una ciudad libertaria allí.
No queda claro, tampoco, cómo contribuirá al cambio climático ante la cantidad de recursos que consume el desarrollo de la IA, incluida la energía y el agua junto a unas emisiones de dióxido de carbono atmosférico nunca vistos. Al respecto, hace unos días, en la India, opinó que esta acusación es injusta ya que nadie piensa «en todos los recursos que han necesitado los seres humanos a lo largo de nuestra historia evolutiva». Altman ya pone a las máquinas y las personas en igualdad de condiciones. Un auténtico creador de unas y guía de las otras: un verdadero Mesías.
La escritora y periodista Karen Hao, autora de El Imperio de la IA, sostiene que en el pensamiento de Altman el éxito se asocia a las personas que crean empresas y países pero que el valor más alto es el de aquellas capaces de crear una religión. Ese es el fin último de Altman, crear un sistema de creencias, oscuro como el fondo de una religión, al que los fieles simplemente adhieren. Es entonces, concluye Hao, cuando se pueden consolidar enormes cantidades de poder.
A finales de 2023, en una típica escena palaciega, Altman fue destituido de su cargo en OpenAI para volver pocos días después, incluso, con más poder. Eric Schmidt, exdirector ejecutivo de Google, dijo entonces: «No se despide a Steve Jobs». En medio de las revueltas del mayo francés, la policía detuvo a Sartre. Cuando en el Eliseo informaron a De Gaulle, este ordenó su liberación inmediata y junto a la orden advirtió: «No se puede detener a Voltaire.
Hay que aceptar pero sin resignarse, claro, el espíritu de nuestro tiempo, una época en la que el reflejo del espejo de la historia nos muestra la farsa de un falso emperador y un mesiánico del silicio ante el brillo lejano de un estadista y un filósofo.
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