Fusilamiento o exilio, el negro destino de los hermanos León Trejo en la Sevilla de Queipo de Llano
Hace ahora 16 años, en junio de 2010, se presentaba el corto Contra la impunidad, en el que 15 artistas de primera fila daban vida a víctimas del franquismo relatando de manera muy escueta –sin mayor recurso que mirar a cámara– cómo fueron asesinados. Uno de los que aparecía era el actor sevillano Paco León, que no tuvo que rebuscar mucho para ver a qué represaliado encarnaba: eligió a su propio bisabuelo, Joaquín León Trejo, fusilado a los 43 años el 22 de agosto de 1936, un mes después de que Sevilla cayese en manos del general golpista Gonzalo Queipo de Llano tras una breve resistencia en algunos barrios.
Joaquín era hermano de José, la primera víctima identificada de las 1.1786 que se exhumaron en la gran fosa común de Pico Reja, en el cementerio de San Fernando de la capital, y cuyos restos fueron entregados este miércoles a sus nietos. A Joaquín se lo llevaron a Castilblanco de los Arroyos, a unos 35 kilómetros de la ciudad, para ejecutarlo y –se supone– arrojarlo a una fosa cerca del camposanto.
Su cuerpo no ha sido encontrado hasta la fecha, como tampoco el de otro de los hermanos León Trejo, Manuel, que fue fusilado el 9 de julio de 1938 y del que se sospecha que puede estar en Pico Reja o en la vecina Monumento, en la que todavía no han empezado los trabajos de exhumación. Todos ellos tienen una historia singular y terrible detrás, incluido el cuarto hermano varón de la familia, Francisco, militar y pionero de la aviación española que acabó en el exilio en EEUU, donde murió en 1973.
En bicicleta a defender la República
Francisco siempre cargó con el remordimiento de que el destino de José, Manuel y Joaquín fue una venganza por su actuación el 18 de julio de 1936: ese día, como oficial al mando, impidió que la base aérea de Cuatro Vientos en Madrid se uniese a los golpistas. Los cuatro fueron personas hechas a sí mismas tras la delicada situación económica en la que dejó a la familia la prematura muerte de su padre, de nombre también Francisco, un maestro mecánico que diseñaba sus propios prototipos y que se especializó en ingenios agrícolas.
Joaquín fue el primero de los hermanos ejecutado. Nacido en 1893, fue maestro en Sevilla, Pruna –municipio sevillano del que llegó a ser alcalde– y finalmente en Castilleja de Guzmán, una pequeña localidad de Aljarafe (menos de 700 habitantes entonces) a escasos diez kilómetros de la capital. Tan pequeña es la distancia, que tras la asonada militar cogió su bicicleta y se plantó en Sevilla para defender al Gobierno de la II República, ocultándose –se dice que en una juguetería del centro– cuando Queipo de Llano se hace con el control total cuatro días después del golpe.
En esas confusas primeras jornadas, el hecho de estar escondido no le impide hacer salidas para tomarse un café. En una de estas escapadas, es reconocido por un antiguo alumno, un joven falangista armado de no más de 17 años al que en su momento habría suspendido. En función de quién cuente la historia –el propio Paco León lo ha hecho varias veces–, al identificarlo le dice a su compañero (también menor de edad) “éste es muy republicano” o “éste es muy rojo”. Sea lo que sea, se lo llevan.
Engañado tras dos años escondido
Al saber lo ocurrido la familia, su hijo mayor (Antonio, de 16 años, abuelo de Paco y María León) se encarga todos los días de llevarle una cesta con comida a prisión, hasta que un día un carcelero le dice que ya no hace falta que vaya más. Joaquín, que de joven llegó a ser banderillero y hasta fabricó aguardiente en Marruecos, no llegó a cumplir los 44 años –fue el más joven de los hermanos en morir–, dejando viuda y tres hijos. En su expediente figura que se le aplicó el bando de guerra por “extremista peligroso”.
Manuel León Trejo, por su parte, nació en 1891 y tenía 46 años cuando fue ejecutado, el 9 de julio de 1938. Que transcurrieran dos años desde el golpe de Estado tiene su explicación en que se pasó todo ese tiempo escondido: su familia actuó como si hubiera muerto y hasta se vistió de luto, cuando en realidad estaba oculto primero en la vivienda de un compañero y luego en un agujero hecho en su propia casa tras un armario. Convertirse en un topo no le sirvió, porque acabó enfermando y le dijeron que lo iban a sacar de Sevilla. Era una trampa. Su estado de salud era tan penoso que fue fusilado en una camilla.
Manuel también era docente, en su caso profesor gratuito ayudante de Francés en la Escuela de Magisterio, pero su trabajo principal era el de funcionario del Ayuntamiento de Sevilla. Le quitaron su plaza municipal a los pocos días del golpe de Estado, cuando ya estaba escondido. Masón bautizado con el nombre de Rousseau, los golpistas le pusieron rápido la etiqueta de “indeseable” y en su expediente docente se presenta como agravante que era “hermano de don José”, al que se definía como “izquierdista muy crecido”.
Tres viudas solas, sin ayuda y con 16 hijos
Don José es José León Trejo, el hermano mayor nacido en 1880, al que la actualidad ha hecho que sea el más conocido por haberse identificado sus restos en Pico Reja. Catedrático de instituto de Francés y concejal del Ayuntamiento de Sevilla desde 1931, tenía 56 años cuando se lo llevaron en pijama de su casa cuando dormía la siesta. Fue durante unos meses gobernador civil de Guadalajara, cargo en el que se vio en el trance de arrestar el 14 de junio de 1931 al cardenal Segura –arzobispo de Toledo y primado de España– para mandarlo al exilio.
José pasó del Partido Radical de Lerroux a la Unión Republicana de González Barrios, partido por el que fue reelegido edil en la victoria del Frente Popular en 1936 en febrero. A mediados de junio, junto a varios compañeros, presentó su renuncia como concejal. Fue fusilado el 17 de octubre de 1936 en la tapia del cementerio de Sevilla para arrojarlo después a la fosa común de Pico Reja.
Las esposas de José, Joaquín y Manuel no sólo quedaron viudas, sino sin paga o pensión alguna ya que las autoridades franquistas se encargaron de abrirles expediente para expulsarlos ya después de fusilados para cortar de raíz este derecho. Se encontraron solas, sin recursos, sin nadie que les diera trabajo y al cargo nada menos que de 16 hijos. El propio Paco León ha contado alguna vez que su bisabuela, a la que llamaban la Abuela Chica, le cotaba que usaban como gran cuna una cómoda, en la que abrían los cajones y colocaban a un pequeño en cada uno de ellos.
“En Cuatro Vientos no se sublevó nadie”
Entre los hermanos León Trejo (seis en total) había dos hermanas, Encarnación y María de los Ángeles (Angelita), de la que se dice que se hizo falangista. El protagonista que falta en esta historia es Francisco, el cuarto hermano varón, nacido en 1889 y con una vida que da para un libro. Optó por la carrera militar, pionero de la aviación española e ingeniero aeronáutico, había sido nombrado esa misma semana jefe de la base aérea de Cuatro Vientos en Madrid cuando llegó el 18 de julio.
La pasión por la ingeniería fue lo que condujo a Francisco a la carrera militar, ya que ante la falta de recursos familiares ingresó en la Academia de Ingenieros Militares, en la que entró nada más terminar el Bachillerato y sin preparación previa alguna, tal y como relata el comandante Antonio Montero en un artículo en la revista Aeroplano, editada por el Ministerio de Defensa. Participó en el desembarco en Larache –ciudad en la que conoció a la que sería su esposa, María de los Ángeles Trejo–, como piloto hizo misiones de bombardeo durante la guerra de Marruecos, estudió en París y en 1927 tuvo en un curso de mandos un sonado encontronazo con el jefe del mismo, a la sazón el infante Alfonso de Orleans, primo hermano del rey Alfonso XIII. ¿La razón? Se negó a hacer las prácticas de “cultura física”.
Tras pasar por varios cargos, lo encontramos el 18 de julio como jefe de Cuatro Vientos, puesto al que había llegado cuatro días antes. Con su familia en Larache (donde estuvo retenida un buen tiempo), hizo un listado con los oficiales que consideraba que podían simpatizar con el golpe de Estado o sobre los que tenía dudas y acabó mandándolos a sus domicilios a esperar órdenes. Eso le hizo pasar por una situación de apuro, cuando el 15 de agosto recibió un oficio del general Miaja –en ese momento, gobernador militar de Madrid– reclamándole una relación de los mandos implicados en el alzamiento, a lo que no contestó consciente de que cualquier nombre que diera sería fusilado.
“En Cuatro Vientos no se sublevó nadie”, sostuvo siempre, aunque fuese por la decisión que tomó para evitar males mayores. Al reiterarle Miaja la solicitud en septiembre, fue oportunamente enviado por el Gobierno a EEUU al frente de una comisión para obtener material aeronáutico. La delegación no obtuvo fruto alguno pese a pasar allí varios meses antes de que se decretara un embargo de guerra, y tras varias peripecias regresó a España en 1937 para ser nombrado director de Material, lo que suponía tener bajo sus órdenes las industrias militarizadas.
Rehabilitado por el Tribunal Supremo
Tras el verano de 1938 volvió a EEUU, ahora como delegado aeronáutico en la embajada española. Ya no regresó nunca a España. Fue con su mujer y sus dos hijos pequeños, mientras que los tres mayores se quedaron luchando en la Guerra Civil. Uno de ellos, internado después en un campo de prisioneros en Francia, contrajo la tuberculosis y moriría en 1945 ya en EEUU. Aquellos años fueron complicados al carecer de recursos económicos, ya que se le vetó el trabajo en el sector aeronáutico al ponerle el FBI el cartelito de “antifascista prematuro”, lo que era poco menos que tacharle de comunista justo cuando se desataba la paranoia antisoviética.
Al final el destino le llevó a tener el mismo oficio que sus hermanos, el de profesor, dando clases de español, matemáticas e ingeniería, además de sacar un mal pagado sobresueldo como traductor de volúmenes técnicos. En 1968 fue nombrado presidente de la Asociación de Aviadores Republicanos Españoles (AARE), para fallecer en enero de 1973 en Michigan. Fue enterrado en Yonkers, en el Estado de Nueva York, donde había vivido casi toda su estancia norteamericana. Su mayor decepción en este tiempo fue cuando EEUU suscribió en 1953 el convenio hispano-norteamericano, lo que le llevó a considerar al presidente Eisenhower como un traidor.
El epílogo lo escribieron en España sus hijos en 1985, cuando solicitaron al Ministerio de Defensa que se anulase la orden del alto comisario en Marruecos que declaró a sus padres como “traidores a la patria”. Tras un largo periplo administrativo y judicial, finalmente en 1997 el Tribunal Supremo resolvió a favor de la familia.
La penúltima página de los León Trejo se escribió el pasado miércoles, con la entrega a sus nietos de los restos de José, para el que Gobierno y Diputación han anunciado un “homenaje específico” para que “se reconozca públicamente que esta persona fue asesinada por defender la legalidad democrática”. Este acto llegará y pasará, pero todavía quedan dos capítulos por cerrar, las de Joaquín y Manuel, y todo apunta por desgracia a que van para muy largo si es que alguna vez puede ponérseles el punto final.
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