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Un viaje “espiritual” a Marruecos, un libro en Pakistán y la ultraderecha: cómo nació el bulo de que Blas Infante era musulmán

Blas Infante en su viaje a Agmat para buscar la tumba de Al Mutamid.

Antonio Morente

Sevilla —
9 de agosto de 2026 20:22 h

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Fue hace poco más de un siglo, en septiembre de 1924. Blas Infante, notario residente en ese momento en Isla Cristina (Huelva) y fervoroso andalucista, se embarca en un pintoresco viaje a Marruecos (en plena guerra con España) vía Lisboa y Casablanca con un único fin: encontrar la tumba de Al Mutamid, el rey poeta y último monarca de la taifa de Sevilla, en el que a su juicio cristaliza el mejor momento de la historia de Andalucía. Aquella “peregrinación”, una especie de homenaje espiritual que hizo impecablemente trajeado por el desierto, es la gasolina que alimenta el motor de un bulo, el de que Infante se convirtió allí al islam, teoría avivada en los últimos años por la ultraderecha para desprestigiar, según su visión, a uno de los pilares del andalucismo y con él a la propia autonomía.

“A Blas Infante se le puede criticar, pero no sacar una frase de contexto”, advierte el historiador Manuel Ruiz, estudioso del reconocido como padre de la patria andaluza por el Parlamento en 1983. Que fuese musulmán “no está documentado”, por mucho que se diga que ante la tumba de Al Mutamid en Agmat cambió su nombre ante un par de testigos, “una conversión que Infante no refiere en sus escritos”.

“Eso es un bulo”, apostilla Manuel Hijano del Río, historiador de la Universidad de Málaga (UMA), que alude a que nuestro protagonista define como una “peregrinación” este viaje, pero “por la especial emoción que le genera la figura de Al Mutamid, no por un aspecto religioso”. En su estudio de la historia para encontrar las claves de la “opresión a los jornaleros”, Infante fija en tres los periodos de máximo esplendor de Andalucía: Tartessos –o Tartesia, como también se dice ahora–, la Bética romana y Al Ándalus, sobre todo durante el liderazgo (1069-1091) del tercer y último rey de la taifa de Sevilla, expulsado por el integrismo de unos almorávides a los que pidió ayuda.

Las fotos del viaje las hizo José Luis García Vidal, al que conoció en Lisboa.

Para Ruiz, que hace unos años se integró en una excursión que viajó a Agmat emulando esta “epopeya”, con este bulo que se lanza desde la ultraderecha y muy especialmente desde Vox lo que se busca es el “desprestigio político” de Infante porque él es “símbolo de la autonomía y precursor del Estatuto”. “Lo que quieren los de una España única, grande y libre es negar el hecho diferencial de Andalucía y su mestizaje cultural” porque “rechazan esta historia global y la quieren convertir en monocolor, de ahí que les pida ”coherencia“ y que se presenten solo a las elecciones generales. ”No hay ningún problema en que fuese musulmán, pero es que no es cierto: es faltar a la verdad y al rigor histórico“, apostilla Hijano del Río.

Las monjas intercedieron por él

El historiador de la UMA firma la transcripción y el estudio introductorio de la recién publicada obra Peregrinaciones. La narración de Blas Infante de su viaje a la tumba de Al Motamid –“unos dicen Motamid y otros Mutamid, da igual”–, editada por el Centro de Estudios Andaluces en base a unos apuntes del notario de Casares a su vuelta de Agmat. “Tenía la costumbre cuando viajaba de no tomar notas ni fotografías para así observar, emocionarse y aprender”, y ni aquí ni en sus otros escritos hay ni rastro de una supuesta conversión al islam ni la más mínima profesión de fe.

“Mi abuelo era profundamente respetuoso con cualquier opción religiosa, pero eso no quiere decir que fuera musulmán ni muchísimo menos”, tercia Javier Delmás, presidente de la Fundación Blas Infante. Y enumera: se casó por la Iglesia, bautizó a sus hijos, “su mesa estaba presidida por un crucifijo” y hasta fue protector del convento de Santa María de los Reyes de Sevilla, cuya madre superiora intercedió por él ante el general golpista Gonzalo Queipo de Llano para intentar sin éxito salvarle la vida.

Blas Infante hizo su "peregrinación" en 1924 en plena guerra de Marruecos.

La respuesta del líder en Andalucía de los militares sublevados el 18 de julio de 1936 fue rotunda: “Díganle a esa monjita que deje este asunto, que es muy espinoso y solamente le puede traer problemas”. Una veintena de días después, la noche del 10 al 11 de agosto de hace ahora 90 años, fue fusilado en el enclave de Sevilla conocido como la Gota de Leche, por delitos como “propagandista para la constitución de un partido andalucista o regionalista andaluz” y por su “actitud de grave oposición y desobediencia al mando legítimo”. Así rezaba la sentencia que se dictó cuatro años después, que condenó a la familia a una multa de 2.000 pesetas y que incluía el eufemismo de que “falleció a consecuencia de la aplicación del bando de guerra”.

El lío con el homenaje a Al Mutamid

Volviendo al viaje a Agmat, otros arabistas que repitieron este periplo, durante la II República y el franquismo, también le pusieron la etiqueta de peregrinaje, pero en todos los casos fue una iniciativa “por puro interés intelectual”. El caso es que ya en su época fue tachado de islamista por su defensa de Al Ándalus, que aspiraba a emular en su gloria cultural, filosófica, humanista, social y política, y a quitarse esa etiqueta no le ayudó que de vuelta de Marruecos intentó organizar un homenaje a Al Mutamid –“regresa fascinado por el personaje”, acota Hijano del Río– en Silves, donde fue educado por el que los cristianos llamarán Abenamar.

El acto, del que no hay evidencias que llegara a celebrarse, generó una fuerte oposición y levantó una enorme polvareda en Portugal. Irónicamente, Silves reivindica hoy la figura de Al Mutamid, el último rey de la dinastía abadí, de la que hace un generoso uso como recurso turístico.

Blas Infante, durante su periplo por Marruecos.

En el caso de Infante, la conexión le viene de largo, porque ya en 1920 escribió una pequeña obra de teatro, Motamid, último rey de Sevilla, la única pieza dramática que firmó como reflejo de su deslumbramiento con lo andalusí. “Encuentra vínculos con lo andaluz en la forma de hablar, cantar, vestirse, la gastronomía y los nombres, pero eso no significa que soñase con que la gente fuese aquí con chilaba”, apunta Manuel Ruiz.

El libro de la Universidad de Islamabad

A Agmat llega un Infante muy influenciado por los estudios del arabista Reinhart Dozy y la historia de que el poeta Ibn Abd al-Ṣamad, presente en la corte de Al Mutamid, localizó su tumba, dio siete vueltas alrededor de la misma. Después se arrodilló, besó la tierra de la sepultura y recitó una elegía en su honor.

Infante procedió igual, aunque Hijano del Río no descarta que en el caso de las vueltas hablemos de algo espiritual, no físico. El caso es que el gesto está muy conectado con lo que hacen los musulmanes en la Kaaba en su peregrinación a La Meca, lo que refuerza a los que sostienen la teoría que se convirtió al islam en presencia de dos testigos y con cambio de nombre incluido.

El paso de que se le acuse de proislamista a ya directamente musulmán tiene su siguiente hito ya a finales del siglo XX muy lejos de estos lares, en Pakistán, cuando en los 90 Muhammed Ali Cherif Kettani, profesor de la Universidad de Islamabad, publica una rocambolesca obra –que podría traducirse como El resurgimiento del islam en Al Andalus– en el que da por hecha la conversión de Blas Infante. “El libro está lleno de disparates”, como que los Centros Andaluces que funda el propio Infante “nacen para impulsar el islam”.

De regreso de su periplo a Agmat, Infante escuchó una nuba y tuvo "la intuición del mundo flamenco".

Aquel texto llegó a España, fue traducido al español de manera artesanal y desde entonces ha alimentado a todo el que postula que sí, que se convirtió al islam. A esta ceremonia de la confusión, lamentan los historiadores, también ayuda que un nieto de Infante esté escribiendo artículos y dando charlas sobre un Corán anotado de su abuelo extraído de su biblioteca personal, en la que también habría libros sagrados de otras religiones por su interés en el tema.

Libertad por encima de doctrinas y religiones

Entonces, ¿qué fe profesaba Blas Infante? Indudablemente, es de cultura y tradición cristiana, pero no consta por ejemplo que asistiera a misa. Javier Delmás defiende que no fue masón, pero Manuel Ruiz apunta que “tiene una base masónica y esotérica, como ecléctico heterodoxo coge de todas las religiones lo que cree bueno”. “No está sujeto a un dogma, y mucho menos religioso, en la búsqueda de lo que entiende como ideal andaluz”.

“Ni era practicante ni estaba vinculado a ninguna religión”, sostiene Manuel Hijano del Río, que subraya su “mundo espiritual profundo y complejo”. Y aporta otra evidencia más de su nunca ocurrida conversión al islam: cuando años después de este viaje a Agmat da forma al que será himno de Andalucía, toma como base el Santo Dios, “¿qué musulmán va a utilizar un canto religioso cristiano?”.

Pero lo que aleja a Infante de los dogmas es que defiende a ultranza “la libertad personal por encima de cualquier doctrina política o religiosa”, de ahí su insistencia en que él “no quiere oportunistas, sino convencidos: la motivación nace de dentro de la persona”, resume Ruiz. “Una cosa es que creyera en un dios como ser espiritual”, añade Hijano del Río, pero a la hora de la verdad es “un acérrimo defensor de una libertad individual no sometida a ningún tipo de regla”. De hecho, funda los Centros Andaluces y las Juntas Liberalistas, en los que no hay “ni carné de militante ni registro de socios”.

Crítico con la conquista cristiana

Ese librepensamiento es, además, el que le hace conectar con un Al Mutamid monarca de un idealizado reino de libertad y cultura que es fulminado por “los intolerantes del sur, los almorávides, y los del norte”, unas tropas castellanas al mando de Alfonso VI. En este contexto, también abona el bulo de la conversión al islam el que deje por escrito “frases que critican la conquista cristiana” por considerar que liquidó un foco cultural. “Son frases muy viscerales, como que vinieron a imponer su cruz a sangre y fuego, las lees y parece que quisiera quemar iglesias”.

Por cierto, que en cuanto al viaje en sí fue toda una epopeya. En Lisboa conoció a un tratante que iba a comprar barricas de oporto, José Luis García Vidal, al que se acabó llegando rumbo a Marruecos cuando descubrió que se le daba bien hacer fotos. Allí, en plena guerra del Protectorado, se agenció un intérprete y un chófer que dijo que sabía dónde estaba ese pueblo perdido en medio de la nada. Toda una “locura”, como lo define entre otros Califato ¾ en su tema Camino de Aghmat.

Las peripecias no fueron pocas, incluida la rotura del radiador vehículo y alguna que otra tormenta de arena. La vuelta está marcada por otro episodio trascendental: escucha una nuba, una suerte de forma musical andalusí, “y entiende que parte de las raíces andaluzas están allí”, relata Manuel Ruiz. No sólo eso, sino que estamos ante lo que se ha dado en llamar la “intuición del mundo flamenco”, del que Infante siempre ha estado alejado y que no le encuentra el valor que sí le ven por ejemplo Federico García Lorca o Manuel de Falla. Y entonces se pone a estudiar el flamenco... pero esa es ya otra historia.

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