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'Días de Empresa' es un espacio en el que elDiario.es Andalucía quiere contar las historias de las empresas andaluzas. Cómo discurren sus días, cómo nacen y cómo se consolidan, y cómo, desde aquí, desde Andalucía se construye sociedad a través de las iniciativas empresariales.

Los tripulantes del cielo, así es un viaje en globo por Sevilla

Vistas de un viaje en globo a cargo de la empresa sevillana Gloobo.
18 de septiembre de 2026 09:03 h

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A esta altura, la vida parece tan minúscula. Cada árbol, cada coche que recorre un hilo de carretera, las manchas azules de piscinas, las cabezas amarillas de los girasoles, parecen piezas de un puzzle por montar mientras las risas nerviosas se alejan del suelo cada vez más, a más altura, ¡lejos, salta la copa del árbol! De repente, estamos a unos 300 metros de altura y se contempla los campos de cultivo y el resplandor del amanecer. Vicente guiña los ojos y da fuelle a la vela, controla el rumbo y surca los cielos una vez más.

Vicente es el piloto de esta travesía en globo que despega en Gerena y continúa hacia Huévar del Aljarafe dejando a un lado el cauce del río Guadiamar. Manejará las poleas durante una hora y media, pero antes, primero, hay que hacer café. A las cinco de la mañana se reúne el pelotón en el hotel Abades, a las afueras de Sevilla, y monta una pequeña mesa en silencio mientras van llegando los 12 tripulantes de este viaje. Desde Sevilla, Huelva, Málaga, Gibraltar, y hasta con carnet estadounidense de Florida, el equipo refleja que la curiosidad y los nervios no tienen edad para disfrutar de una experiencia única.

Gloobo acaba de cumplir 20 años. Una compañía que nació con el propósito de inocular esa pasión por la aeronáutica de una forma lúdica e inolvidable, repitiendo cada vez el logro de los hermanos Montgolfier, que en 1783 demostraron al mundo que un balón de tela lleno de aire caliente era capaz de hacer planear a los seres sin alas.

La idea de montar esta empresa sevillana partió de los ingenieros Juan María Copete y Alfonso de Aguilar, que se pone al volante para llevar a los viajeros hasta el punto de despegue y forma parte del equipo de tierra que ayudará y cooperará durante el trayecto y posterior aterrizaje. A las seis de la mañana está completamente despejado y cuenta cómo ha sido la evolución del proyecto a lo largo de estas dos décadas.

Sombra de un globo desde un campo de girasoles, entre Huelva y Sevilla, a cargo de la empresa Gloobo.

“No da vértigo”

“La inversión fue un poco arriesgada, poco a poco compramos el material, logramos nuestro primer globo, nuestro primer coche, y contactamos con Kubìcek Balloons, en República Checa, uno de los tres mayores fabricantes de globos aerostáticos del mundo”, y del que ahora son su distribuidor en exclusiva en España. Tras lidiar con crisis económica, pandemia sanitaria, e inflaciones de precio, “seguimos vivos”, sonríe.

Hacemos un alto en el camino mientras las estrellas aún titilan en el firmamento para lanzar un pequeño globo de helio y, así, se confirma que el viento continúa en dirección norte-noreste, por lo que la ruta hacia Gerena se mantiene. Es sábado y hay 12 personas listas para el vuelo, la mayor de ellas tiene 83 años, aunque el rango de maniobra es amplio, dado que han llegado a organizar viajes con hasta 40 globos, llenando de puntos de colores el horizonte de un aparato que tiene unos 30 metros y 270 kilos de colorida tela y soporta hasta 2.000 kilos de peso.

“La seguridad es primordial”, asiente, y vela por que el mantenimiento siempre esté a punto y el equipo esté cualificado para cumplir con los requerimientos de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA), que ya en 2019 unificó los criterios bajo los reglamentos de la Unión Europea para categorizar los vuelos en globo comerciales para pasajeros. “Sigue habiendo algo de competencia desleal, como la de empresas que están domiciliadas en Portugal, donde la fiscalidad o supervisión no es la misma que aquí, cuestiones que la gente, lamentablemente, no conoce”, comenta en referencia a las ofertas más atractivas que le salen a los turistas.

El equipo de Gloobo prepara el ensamblaje del globo para su posterior despegue.

La época de más demanda es el verano, aunque siempre están supeditados al tiempo que haga y, si bien esta zona de Sevilla es la más estable, también hacen rutas por Granada, Córdoba, Arcos de la Frontera, Ronda y Antequera. “Este año ha habido muchísima lluvia, más de la habitual”, por lo que los bonos se guardan para fechas más propicias en vista de las cancelaciones por las inclimencias atmosféricas.

¿Qué les recomienda para los que tienen mal de altura? “Volar en globo es una experiencia que, al contrario de lo que muchos piensan, no da absolutamente nada de vértigo, sobre todo porque desaparece la referencia con el suelo, con lo cual la sensación es muy diferente”, y añade, “hay quien valora mucho el silencio de las alturas”, una terapia de choque para quien se atreva.

¿Cuál es esa sensación? Vicente lo define después de comunicar sus coordenadas al equipo de tierra: “Estás en un balcón en el que te van cambiando los paisajes”. La cesta, como se le llama a la base del globo, es espaciosa y una de las parejas que hay a bordo se ríe, pensaban que nunca llegaría este momento.

Procedentes de Málaga, ella le hizo el regalo a él hace un año y decidieron que era hoy o nunca. “Cogimos el coche anoche y no hemos dormido en 24 horas”, aún así, se abrazan y contagian el buen humor al resto de los compañeros cuando en el móvil, de repente, empieza a sonar la banda sonora de Up. Por unos instantes, somos Carl Fredricksen, el viejo gruñón que soñaba con volar hasta las cataratas del paraíso, o los intrépidos aventureros de las obras de Julio Verne que, como la piloto Amelia Wren y el científico James Glaisher, desafiaban las leyes de la física.  

“Siempre soñó con hacer este viaje”

La orilla del río, rodeada de árboles y arbustos, da paso a plantaciones de garbanzos, trigo, a los olivos que se desperdigan, el manto resplandeciente de los girasoles amarillos, donde se proyecta la sombra del globo a medida que avanza el día, mientras los cerdos se desperdigan, las vacas pastan y algún novillo se intuye desde lo alto. La estampa rural se va transformando poco a poco a medida que nos acercanos a Huelva, donde Vicente señala la mina de Aznalcóllar y la gran plataforma solar Solúcar, que dan cuenta del avance industrial del entorno. El gris metálico de las placas fotovoltaicas contrasta con el verdor que prevalecía hasta hace unos minutos escasos.

“Mi madre vio por primera vez los globos en Bristol y, desde entonces, soñaba con hacer este viaje”, explica la hija de la viajera gibraltareña de 83 años, que agarra la barandilla de la cesta y abarca con su mirada todo lo posible. A un lado, hay otra pareja de jóvenes entusiasmadas que señalan cada casa. Una de ellas admite “esto sí me da nervios”, aunque se haya tirado en parapente o haya recorrido velozmente la sierra con su moto. La emoción permanece. Vicente comprueba los medidores y la corriente que lleva a esta cáscara de nuez a unos 25 kilómetros por hora sin que se sienta el impacto del viento en el rostro.

Pasajeros a bordo de un globo aeroestático en una ruta planificada entre Sevilla y Huelva.

Se respira la calma. Todos quedan en silencio. Algunos, más atrevidos, sacan el móvil para capturar un resquicio de lo que quedará en su recuerdo. “Los primeros aeronautas casi se matan”, rememora Alfonso en honor a aquel vuelo tan costoso y singular a cargo de Jean-François Pilâtre de Roziers y el marqués d'Arlandes, que planearon sobre París en 1783, y, en vista de que no habían sufrido mayor percance, brindaron con champán una vez se reencontraron con el suelo.

“Aquellos primeros vuelos se hacían con una hoguera que calentaba el aire, cortaban la cuerda, y salían disparados, no había ningún control sobre cómo mantener la temperatura de la vela, como sabemos hoy en día”. Así que, en memoria de aquellos primeros temerarios, conservan esta ceremonia tan peculiar. “Me encanta formar parte de esos primeros vuelos... Hemos vivido pedidas de mano, hemos ido con familias enteras”, tantas las estampas después de 20 años.

En este ámbito hay cabida para la innovación, explica Alfonso, sobre todo encaminado a los vuelos deportivos, privados o de uso comercial, donde hay tecnología que intenta lograr barquillas más pequeñas, compactas, fáciles de desplegar y, la tarea más ardua, de plegar, ya que la furgoneta que llevan ellos hoy tiene un remolque que tirará a la vuelta con fuerza si el viento no acompaña. El quemador y los combustibles, o los tejidos, son asunto de debate en los congresos internacionales a los que ha acudido, por lo que hay un campo por explorar, al igual que su eficiencia para ser lo más respetuoso posible con el entorno.

Pero esta vez busca la emoción. “No soy especialmente dormilón, así que no me cuesta estar en pie a primera hora”, aprovechando la estabilidad del tiempo a primera hora de la mañana para que el vuelo sea lo más apacible posible. Los bostezos desaparecerán rápidamente cuando el cesto gigante se despegue del suelo, mientras el resplandor de la mañana anime a los viajeros que, hoy, surcarán los cielos.

Vista del paseo en globo por el equipo de tierra durante su paseo entre Sevilla y Huelva.

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