“¿Nombre? Miguel Hernández. ¿Profesión? Mecanógrafo”: la mañana en la que el poeta se convirtió en miliciano
“¿Nombre? Miguel Hernández Gilabert. ¿Edad? 26 años. ¿Domicilio? Calle Vallehermoso, 96. ¿Profesión? Mecanógrafo. ¿Organización? Partido Comunista. ¿Número de carné? 120.395”.
La mañana del miércoles 23 de septiembre de 1936, Miguel Hernández llegó junto con su cuñado Francisco Moreno Soriano, empleado del Banco Español de Crédito, al cuartel general del 5º Regimiento de Milicias Populares, establecido en el convento de los salesianos del popular barrio madrileño de Cuatro Caminos, para alistarse como voluntario. Dos días después, con estos datos personales que ofreció firmó su ficha de miliciano, hallada en 1992 por el profesor Emilio La Parra en el Archivo Histórico Nacional, Sección Guerra Civil de Salamanca, hoy integrado en el Centro Documental de la Memoria Histórica.
Como todos los combatientes del 5º Regimiento realizó el juramento solemne establecido al ingresar en sus filas: “Yo, hijo del pueblo, ciudadano de la República Española, tomo libremente la condición de miliciano del Ejército del pueblo. Me comprometo ante el pueblo español y el Gobierno de la República a defender con mi vida las libertades democráticas, la causa del progreso y de la paz y a llevar con honor el título de miliciano…”.
Fue destinado a un batallón de zapadores enviado a Cubas de la Sagra el 25 de septiembre y posteriormente a Valdemoro y combatiría, como un soldado más, en la defensa de Madrid desde fines de octubre hasta la última semana de noviembre de 1936, cuando fue reclutado para tareas de propaganda por el internacionalista cubano Pablo de la Torriente Brau, comisario político en el batallón de Valentín González, El Campesino.
Desde la primavera de 1935, ya instalado definitivamente en Madrid como empleado de José María de Cossío en la preparación de la enciclopedia Los Toros, su poesía había experimentado una abrupta metamorfosis, puesto que en apenas unas semanas pasó de escribir El silbo de afirmación en la aldea, que su amigo Ramón Sijé publicaría en el último número de la revista oriolana El Gallo Crisis (una publicación preñada de “olor a iglesia ahogado en incienso”, en palabras de Pablo Neruda), a enviar a Juan Guerrero Ruiz los versos de Sonreídme, un ataque feroz a la Iglesia católica.
Su amistad humana y poética con Vicente Aleixandre y Neruda, el influjo ideológico del escritor comunista argentino Raúl González Tuñón y el clima político y literario de la España de la época acompañarían una singular transformación que tempranamente detectó, con profundo dolor, Sijé, quien se preciaba de haber orientado sus primeras publicaciones relevantes. Pronto alumbró una lírica de tono civil progresivamente inclinado hacia posiciones de izquierda, con composiciones como Alba de hachas o el soneto que dedicara a González Tuñón en su despedida de Madrid en diciembre de 1935.
No obstante, solo la guerra precipitó su compromiso político. Miguel Hernández, que en enero de 1936 había publicado El rayo que no cesa, el poemario que le consagró en el firmamento de nuestra Edad de Plata, estaba en Madrid en los días del golpe de Estado contra la República y presenció cómo los militares leales y los primeros milicianos sofocaban la sublevación en la ciudad, antes de regresar a Orihuela en los últimos días de julio.

En las postrimerías de aquel verano en el que las potencias occidentales abandonaron a la República, mientras Hitler y Mussolini suministraban ingentes recursos a los facciosos, y en el que España se convirtió en el centro del mundo como primer escenario de una guerra entre el fascismo y la democracia, volvió a Madrid, conmovido ya por el asesinato de Federico García Lorca. Visitó la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura y se afilió al partido que con su llamamiento a la defensa de la República y a la unidad del Frente Popular y con su política militar se había transformado en el eje de la resistencia y al que entonces ingresaba un verdadero aluvión de nuevos militantes.
El 24 de septiembre de 1936, publicó en El Mono Azul, el periódico de la Alianza, el primero de los poemas (“Sentado sobre los muertos / que se han callado en dos meses, / beso zapatos vacíos / y empuño rabiosamente / la mano del corazón / y el alma que lo mantiene…”) que un año después formarían parte de Viento del pueblo, que se abre con la elegía que ofrendara a García Lorca.
El destinatario nuevo de su poesía, y desde enero de 1937 también de sus artículos en prosa y de su obra teatral, era el pueblo republicano, aquellos hombres y mujeres que defendían la causa de la libertad. Vientos del pueblo me llevan, Aceituneros, El niño yuntero, Canción del esposo soldado o Al soldado internacional caído en España iluminan su compromiso político y social.
Este hundía sus raíces en unas convicciones morales muy profundas, que explican igualmente su dignidad y su resistencia desde mayo de 1939 en los presidios franquistas: Rosal de la Frontera, Huelva, Sevilla, las cárceles madrileñas de Torrijos y Conde de Toreno, el sótano del seminario diocesano de Orihuela, Palencia, Ocaña y el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde falleció devastado por la tuberculosis, privado de cuidados, en aquella noche sin aurora del 28 de marzo de 1942.
Padeció no solo el hambre y toda clase de penurias, sino también un permanente chantaje psicológico de personalidades afectas al régimen que le ofrecían una rebaja sensible de la condena, antesala de la libertad, si proclamaba su adhesión al general Franco
Había sido condenado a muerte el 18 de enero de 1940 por un consejo de guerra, pero la dictadura le conmutó la pena capital por treinta años de reclusión para evitar el impacto internacional del fusilamiento de otro poeta. Desde entonces, padeció no solo el hambre y toda clase de penurias, sino también un permanente chantaje psicológico de personalidades afectas al régimen que le ofrecían una rebaja sensible de la condena, antesala de la libertad, si proclamaba su adhesión al general Franco.
Pero fue leal a la determinación que adoptara aquel 23 de septiembre de 1936 al sumarse al combate contra el fascismo. “Estos son mis camaradas, con ellos he luchado, con ellos sufro la derrota y con ellos me quedo…”, expresó al escritor Ernesto Giménez Caballero en la prisión de Ocaña en el invierno de 1941. “Sabe usted que, a un precio de vergüenzas, se me hubiera facilitado la libertad y no sería carne de cárcel”, escribió en aquellos mismos días al diplomático chileno Germán Vergara Donoso en una misiva sometida, como todas las de los prisioneros, a censura. “Felizmente, aún no he llegado a sentir mi profesión como un comercio. Y rechazo contraer compromisos morales y materiales con quienes acechan la más mínima debilidad y vacilación mías para ganarse mi colaboración. Emprendida una ruta como cauce a nuestra existencia, o llegar hasta el final o no haberla emprendido…”.
90 años después de la decisión que marcó su vida, cuando la democracia vuelve a estar amenazada, la poesía y el compromiso antifascista de Miguel Hernández señalan los desafíos inaplazables de nuestra época.
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