Miguel Hernández, periodismo desde la trinchera
“Si vuelve la mirada atrás el campesino andaluz, y no puede dejar de volverla, únicamente campos de tristeza ven sus ojos. Su lucha contra los «amos», su vida bajo la inhumanidad de éstos, conteniendo, reprimiendo, durante siglos y siglos, sentimientos y movimientos de libertad con que ha nacido junto al toro libre, han amontonado sobre sus corazones la desesperación y han impreso a su mirar una luz oprimida y oscura”.
El periodismo, para trasladar el detalle, el gesto y la textura necesita calle. Cercanía y pulso. Contacto. Es ahí donde, desde la identificación, nace la movilización. La propia y la que, a través del texto, se provoca. No tuvo dudas sobre dicha fórmula metodológica Miguel Hernández, quien a su arte poético sumó su compromiso político, lo que le llevó a la trinchera y, desde allí, a contar qué veían sus ojos, todo para reclutar en favor de la democracia. “Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir” escribió en “La poesía como un arma”, en agosto de 1937. Esa faceta periodística la recopila ahora el catedrático Joaquín Riera Ginestar en “El hombre acecha al hombre. Escritos periodísticos de guerra: 1937-1938”, publicado por Alianza Editorial. Un valioso volumen que ayuda a vivir la historia hacia delante, como bien reivindicaba el historiador alemán Martin Broszat. Visitar el pasado con el mundo abierto, observar las posibilidades para entender cuánto quedó bloqueado.
Documentos periodísticos, además, desde el lugar desde se escribía la historia. Y no precisamente aquella que nos ha llegado a través de los libros de texto, sino la historia de los protagonistas silenciados, de un pueblo víctima, de una ciudadanía abandonada. El volumen recopila, anota y contextualiza decenas de crónicas, reportajes y textos de agitación que el poeta de Orihuela escribió en plena contienda, muchos de ellos desde el frente o la inmediata retaguardia. Y es que, como Hernández decía, “la verdad habla a balazos” y sólo desde la escucha de las ráfagas se podía uno aproximar a la certeza de la realidad. No todos asumieron (y asumen) ese riesgo y compromiso plagado de incomodidades, riesgos y sobresaltos.
Testimonios directos y coetáneos de Miguel Hernández como Rosario Sánchez Mora “La Dinamitera”, Enrique Líster, Bonifacio Méndez o Santiago Álvarez Gómez sitúan al poeta cavando trincheras y combatiendo en Madrid en el otoño de 1936, en primera línea en la batalla de Teruel a -20ºC en diciembre de 1937 y escribiendo desde Jaén bajo los bombardeos fascistas.
Un papel (el de periodista) que, además, le costó la vida. Arguye Riera Ginestar: “Miguel se jugó la vida y su destino con la redacción de sus prosas bélicas, pues, siendo trasladada en junio de 1939 la causa penal abierta contra él al Juzgado Especial de Prensa, donde fue procesado por delitos de opinión y no por ningún crimen de guerra, el determinante que le acarreó una sentencia de muerte y que le llevó a morir privado de libertad fue fundamentalmente su actividad periodística”.
Riera ha tenido el mérito de haber sabido ver que, en ocasiones, la concentración permite entender la profundidad. La investigación recopilatoria devuelve a Miguel Hernández su dimensión completa: no solo nos muestra al poeta lírico y pastoril, sino sobre todo al combatiente, el comisario político y el cronista que creyó que la escritura podía ser arma contra el fascismo. En una España donde la memoria de la guerra sigue siendo campo de batalla cultural, rescatar estos textos no es un ejercicio de hagiografía, sino de honestidad histórica. Como concluye Riera, estas prosas no lastran la vida ni la obra de Hernández: la sitúan “en las entrañas de la historia viva” y la “dignifican”.
La edición organiza los escritos de guerra de Miguel Hernández en una secuencia exhaustiva que abarca desde enero de 1937 hasta abril de 1938 y que refleja la amplitud de la producción periodística y de agitación del poeta durante el conflicto. Subraya que poemarios clave como “Viento del pueblo” (1937) y el propio “El hombre acecha” (1939) no se comprenderían sin ese contexto de prosa combativa y sin el teatro de guerra, representando globalmente todos esos escritos más del 50% de la creación literaria hernandiana.
En las prosas de guerra de Hernández, literatura e ideales humanos, arte y vida cristalizan en un lenguaje enérgico y apasionado que compromete radicalmente al poeta, al cual no se le puede llamar propiamente corresponsal de guerra porque su público lector no era el de las zonas de retaguardia sino las mismas unidades combatientes, a las que pretendía enaltecer y robustecer. La voluntad de contar, sin embargo, se relegó tras su convicción militar e incluso tras su necesidad de vivir activamente los acontecimientos que le envolvían para acumular las experiencias que le permitiesen acumular el material que posteriormente expresaría.
Interés por el periodismo
Como recoge el autor, la actividad de reportero bélico de Hernández fue, hasta cierto punto, el reflejo de una vocación hacia la tarea informativa que manifestó ya en su etapa juvenil, cuando empezó a publicar poemas y prosas en los periódicos de Orihuela, Alicante y Murcia. Dicha vocación, alentada desde 1931 por la necesidad de ganarse la vida en Madrid, fue in crescendo. Estuvo en medios católicos e incluso taurinos pero después, sobre todo como fruto de influencias como la de Neruda, resignificó la prosa como puro instrumento de lucha. En ese marco, el poeta participaría en dos Misiones Pedagógicas en abril de 1935, cambiando su mentalidad para siempre. “En cuanto al campo prosístico, el drástico viraje desde un aparatoso lirismo neorromántico y neogongorino a textos donde el poeta describía las duras condiciones de vida y la opresión de la clase trabajadora agrícola y tomaba partido por ella, además de en el artículo «Verano e inverno» (1935), se manifestaría en la prosa «Los bandidos españoles», escrita en Puertollano (Ciudad Real) en marzo de 1936 en el marco de la segunda Misión Pedagógica en la que participó el oriolano”, apunta Joaquín Riera.
Y, entonces, Miguel Hernández declaró: “Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra”. No hubo vuelta atrás. En enero de 1937 fue nombrado director del grupo de teatro universitario La Barraca y a partir de marzo desplegó una intensa actividad en el ámbito del periodismo de guerra en Andalucía y Extremadura, pasando brevemente por Guadalajara y destacando su reportaje sobre la toma del santuario de la Cabeza de Andújar (Jaén). Entre finales de agosto y principios de octubre viajó a Rusia con motivo del V Festival de Teatro Soviético, cerrando el año y, de hecho, su actividad como periodista en diciembre, mes en el cual cubrió la toma de Teruel por el ejército republicano.
Sólo la paternidad y el desastre a ella ligada contuvo la acción periodística. La temprana muerte de su primer hijo provocó que su producción prosística de guerra se restringiese en 1938 a dos piezas, redactadas, de hecho, en diciembre del 37 y publicadas en marzo y abril del 38.
En total, el corpus periodístico hernandiano está constituido por 35 artículos de guerra con el objetivo común de enardecer los ánimos para la lucha contra el fascismo. Artículos que se dividen en arengas políticas, narraciones épica, crónicas instructivas y meditaciones teóricas sobre el papel del arte en la guerra. Un intelectual al servicio de una causa.
Aquella faceta también quedó silenciada con su muerte, con su asesinato. “Adiós, hermanos, camaradas, amigos, despedidme del sol y de los trigos”.
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