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Tres vecinas de Palma ganan el pulso a la Administración para dormir en silencio: “La fiesta no va por delante del descanso”

Cecilia, Maria, Ana y Begonya, junto a la entrada de la plaza de toros.

Pablo Sierra del Sol / Francisco Ubilla

Mallorca —
1 de junio de 2026 06:00 h

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Dos hermanos juegan a fútbol en la gigantesca acera que sirve de acceso al Coliseu Balear, la plaza de toros de Palma. Por un momento, el niño pisa la pelota –la niña protesta, quiere que se la vuelva a pasar– y se queda mirando a cuatro mujeres que forman una piña. Se acercan para sacarse una foto: antes de que el fotógrafo apriete el botón, despliegan un cartel de fondo rojo donde se lee una sentencia en mayúsculas blancas: 

“El ruido es tortura”. Debajo hay un hashtag que entrelaza tres palabras: silencio, respeto, civismo.

A María, Ana, Begonya y Cecilia las unió la lucha contra los decibelios. Hace unas semanas, supieron que acababan de ganarle a Cort –el nombre popular que recibe entre los mallorquines el ayuntamiento de la capital– un juicio. La sentencia, en teoría, evitará que vuelva a encenderse la música en el recinto que tienen a su espalda. Ellas son vecinas de este coso taurino y casi centenario. Una joya de la arquitectura neomudéjar donde en las últimas décadas –y, sobre todo, en los últimos años– se han celebrado más conciertos que corridas. También, otros eventos –tardeos, fiestas privadas o, incluso, espectáculos acrobáticos de motos– donde el ruido era la norma.

“A mi marido y a mí nos hizo vivir en un estado de ira constante”, explica Vanessa por teléfono. No ha podido sumarse a la foto con sus vecinas porque se encuentra mal. Sufre fibromialgia –síndrome crónico del sistema nervioso– y lupus –una enfermedad autoinmunitaria crónica en la que el sistema inmunológico ataca por error los tejidos y órganos sanos–, dos patologías “que ha agravado no poder dormir”. Ella vive en un piso situado en Arxiduc, una de las principales calles del ensanche palmesano, y disfruta de una terraza con vistas a la plaza de toros. Luz, aire fresco y, al alcance de la mano, los ornamentados arcos que diseñó Gaspar Bennàssar i Moner a finales de los años veinte del siglo pasado. Estar tan cerca de una de las obras más brillantes del tótem del modernismo mallorquín fue uno de los atractivos que llevaron a Vanessa y a su marido a comprar aquel piso en 2012. 

Begonya, geóloga de profesión, asesoró a las demandantes para que encontraran una empresa “profesional e independiente” que hiciera sonometrías.

– Yo estoy en contra de la tauromaquia –explica Vanessa–, pero soy historiadora del arte, sé muy bien cuál es el valor que tiene este edificio. Vivir cerca de él fue un estímulo para mudarnos aquí. 

– ¿Y no imaginabas que pudiera ser una trampa? En el Coliseu Balear ya se organizaban conciertos en los años ochenta.

– Bueno… nos informamos, hicimos una pequeña encuesta y nos dijeron que, además de la corrida que siempre organizan en agosto, había jaleo sobre todo algunas noches de verano, pero que se podía soportar. El problema de verdad lo hemos sentido en los últimos dos años, cuando entró la empresa que gestionó la plaza hasta el pasado otoño. Esos conciertos y todas las fiestas que se han hecho allí dentro me han hecho sufrir el doble. Por una parte, nos tragábamos el ruido de los camiones que transportaban el material, las pruebas de sonido, la luz de los focos nos entraba en casa y el barullo, no solo de los altavoces, sino del público. Cuando el ser humano se reúne en una gran multitud se olvida de respetar ciertas normas. Es algo natural. Pero es que luego me ha dado angustia también ver cómo usaban grúas para meter materiales en la plaza que no cabían por las puertas. El Coliseu Balear tiene un valor enorme y se le han dado algunos usos que, aunque sea privado, creo que no le corresponderían. Hay que entender que el uso de los edificios tiene que cambiar, adaptarse a los tiempos. Cuando se construyó, esta zona era el extrarradio de la ciudad. Ahora es el centro. No es el lugar para organizar conciertos para miles de personas.

Cuando el ser humano se reúne en una gran multitud se olvida de respetar ciertas normas. Es algo natural. Cuando se construyó, esta zona era el extrarradio de la ciudad. Ahora es el centro. No es el lugar para organizar conciertos para miles de personas

Vanessa Vecina del barrio de Plaza de Toros

–En noviembre, Cort le quitó el permiso para organizar eventos al último promotor que explotaba la plaza de toros. ¿Cómo ha cambiado vuestra vida desde entonces?

–Tengo dos hijas, de siete y de cinco. La mayor es más reservada y lo había llevado con más estoicismo, pero la pequeña no para de decirme: “Mamá, qué bien que ahora podamos dormir”.

La demanda que lo cambió todo

Cuando el Ajuntament de Palma obligó a Es Colisseu Centre Cultural la programación que había diseñado para la presente primavera –iban a llenar un recinto con capacidad para 8.000 espectadores con grupos como La Gossa Sorda o Fito y Fitipaldis–, tres personas ya habían denunciado “la tortura acústica” que sufrían ante la Justicia. Fueron Ana, María y un tercer vecino que ha preferido no aparecer en este reportaje. Las dos primeras son amigas, de hecho, gracias a su activismo en pro del descanso.

Desde que María se trasladó a Mallorca desde Barcelona para trabajar en banca –no tardó, sin embargo, en conseguir una “buena indemnización por despido para dedicarse a otros menesteres”—, Ana –que, curiosamente, era administrativa en Cort– y ella dicen haberse reunido con siete alcaldes diferentes: Joan Fageda (PP), Catalina Cirer (PP), Aina Calvo (PSIB-PSOE), Mateu Isern (PP), Antoni Noguera (Més), José Hila (PSIB-PSOE) y Jaime Martínez (PP, el actual). “Todos los que ha tenido Palma menos Ramon Aguiló, con el que juré el cargo cuando entré a trabajar en el ayuntamiento”, dice irónica Ana. María, aún más mordaz, recoge el hilo: “Y de todos ellos, la única que nos hizo algo de caso fue Aina Calvo. La mayoría nos trató con desprecio y algunos, directamente, nos llegaron a insultar. Tanto de izquierdas como de derechas, ¿eh? Fue en época de Carolina Cirer [1999-2003] cuando se dio carta blanca a los promotores para que pudieran hacer cualquier cosa aquí dentro”.

Hartas de predicar en el desierto “durante años” y de buscar abogados “que no se querían comprometer y daban largas cuando veían que tendrían que enfrentarse a Cort”, María, Ana y un tercer demandante decidieron cambiar de estrategia. Después de la pandemia, se pusieron en manos del despacho de Andrés Morey Navarro. Este abogado es miembro de Juristas Contra el Ruido. Como se lee en su web, “una asociación integrada por profesionales del derecho sensibilizados y especializados en contaminación acústica”. El conflicto que ponían encima de la mesa le resultaba muy familiar a Morey. También se había involucrado en el proceso judicial mediante el que decenas de vecinos buscaban acallar los conciertos que se celebraban en la Ciutat de les Arts i les Ciències. Esta primavera, valencianos y palmesanos ganaron las dos causas.

No es un ‘chroma’ ni inteligencia artificial: el piso en el que Ana vive con su marido está pegadísimo al coso taurino.

Indemnizaciones que no cubren los gastos

El 26 de marzo, una sentencia condenó al Ajuntament de València a pagar 138.000 euros a los afectados por el ruido del Festival de Les Arts, el Big Sound o el Love the 90’s. El 19 de mayo, Ana, María y su compañero de fatigas recibieron una llamada con sabor a victoria: el Ajuntament de Palma renunciaba a recurrir la sentencia del Tribunal Superior de Justícia de les Illes Balears (TSJB). En abril, le había condenado a pagar 9.000 euros a los demandantes como compensación por las molestias sufridas a causa de las actividades que se habían celebrado en la plaza de toros con permiso municipal. ¿La razón de la diferencia entre las cantidades? El número de vecinos que pleiteó. En Valencia fueron cuarenta y seis. En Palma, sólo tres. La indemnización es la misma: 3.000 euros por cabeza. “Lo que marca la jurisprudencia del Tribunal Supremo por daños morales si no hay informes médicos que demuestren un daño físico acreditado”.

En términos económicos, fue un mal negocio para Ana, María y el tercer demandante. Reunir las pruebas que necesitaron para ganar el juicio les costó 24.000. En otros términos, fue un negocio redondo. María lo explica de forma breve y contundente:

– No sabes lo bien que se duerme cuando te dan la razón.

Cort no da explicaciones tras perder el juicio

La sentencia que no recurrió Cort confirmó que suspender los conciertos en el Coliseu Balear no eximía a la Administración de pagar indemnizaciones. “Suele ser una práctica habitual de los ayuntamientos para confundir a los jueces y, de hecho, en este caso lo consiguieron”, explican por escrito desde el despacho de Andrés Morey: “Nosotros presentamos una reclamación al Ayuntamiento para la protección de los derechos fundamentales que se estaban violando a través de la contaminación acústica, la reclamación solicitaba una indemnización de 3.000 euros por vecino y la clausura de la actividad ruidosa. Al no contestar fuimos al contencioso y, en primera instancia, antes de que recayera sentencia, el Ayuntamiento adoptó la medida de clausura y les dieron la razón. Nosotros presentamos recurso de apelación y el TSJB falló a favor de nuestros representados”.

elDiario.es contactó en diversas ocasiones con el gabinete de prensa del Ajuntament de Palma para recabar su punto de vista. La única respuesta que obtuvo por parte del equipo de gobierno –minoría del PP, apoyo externo de Vox en los plenos– fue: “No se ha presentado recurso. El Consistorio ya adoptó medidas en la misma línea [del fallo judicial] al suspender la actividad”.

El domicilio de María es un primer piso que da directamente al recinto del Coliseo Balear.

La unión vecinal hace la fuerza

“A mí me ha cambiado la vida conocerlas: ellas demuestran que cuando la ciudadanía protesta, persiste e insiste en que se cumplan sus derechos… puede ganar. La fiesta de muchos no puede pasar por delante del descanso de una sola persona”, cuenta Cecilia. Esta profesora de Literatura nació en San Isidro, una de las ciudades que integran el Gran Buenos Aires, más de quince millones de habitantes en una superficie –13.000 kilómetros cuadrados– que no cuadriplica la de Mallorca: “Y nunca, ni cuando vivía allá ni desde que vivo acá, hace más de veinte años, había sufrido lo mismo desde que nos mudamos tan cerca de la plaza de toros”.

A mí me ha cambiado la vida conocerlas: ellas demuestran que cuando la ciudadanía protesta, persiste e insiste en que se cumplan sus derechos… puede ganar. La fiesta de muchos no puede pasar por delante del descanso de una sola persona

Cecilia Vecina del barrio de Plaza de Toros

Cecilia, su marido y su hija –una veinteañera que estaba estudiando entonces Biotecnología– se mudaron a un piso que hasta noviembre tuvo dos caras. Un pasillo larguísimo conecta las habitaciones que quedan junto a la puerta de entrada con las estancias –el salón, la cocina– que da a la calle. Toda la vivienda es muy luminosa porque la zona interior, en realidad, no lo es: mira al Coliseu Balear. Allí instaló Cecilia su estudio, una biblioteca cargada de clásicos –las obras completas de Dostoievski, La Regenta de Clarín…– a la que renunciaba cada vez que había concierto. Después vería en la prensa que el Ajuntament de Palma había suspendido el permiso musical a los promotores que gestionaban la plaza. Querría entonces enterarse si otras vecinas estaban protestando de alguna manera para que la farra no regresara. Cruzaría la calle. 

Cecilia posa en la biblioteca que no podía utilizar cada vez que el calendario indicaba que había un evento en la plaza de toros.

El 19 de diciembre de 2025, Cecilia atravesó Arxiduc para ir a una reunión que había convocado la Associació de Veïnats Coliseu. Un único punto en el orden del día: debatir sobre la suspensión de los conciertos. Había voces de todo tipo. La junta directiva del colectivo vecinal estaba a favor del retorno de la música. Allí fue donde Cecilia conoció a Ana y a María. Ahora, las tres, además de Begonya y otros afectados por el ruido, planean constituir una asociación propia. “Es que no hay barrio sin silencio… y sin relaciones entre las personas. Nosotras vivimos a sólo unos portales de distancia, pero nunca nos hubiéramos conocido sin ser conscientes de que sufríamos el mismo problema. Mi marido y yo llevamos aquí desde finales de los ochenta y hemos visto cómo ha ido cambiando todo. No estamos todavía en el meollo turístico de Palma, pero han ido desapareciendo comercios y bares de toda la vida. Este barrio era trabajador y tranquilo. Sin esa red, es difícil evitar que venga alguien a hacer negocio a la puerta de tu casa y te deje sin dormir”, explica Ana.

Es que no hay barrio sin silencio… y sin relaciones entre las personas. Nosotras vivimos a sólo unos portales de distancia, pero nunca nos hubiéramos conocido sin ser conscientes de que sufríamos el mismo problema

Ana Vecina del barrio de Plaza de Toros

El ruido visto desde un octavo piso

“Al estar tan alto, es imposible que no llegue el ruido: rebota y se expande hacia arriba”, dice Begonya. La voz de la administrativa jubilada es la única que falta en su terraza. Después de fotografiarse en la puerta del coso, Ana se ha retirado a su hogar mientras María y Cecilia han subido a casa de esta geóloga que lleva viviendo desde hace más dos décadas. Es un octavo piso: desde allí arriba se ve una panorámica de la Serra de Tramuntana espectacular, la mole del Galatzó sobresale entre las montañas. Begonya no vive muy lejos de sus vecinas. Su piso está “en una paralela a Jaume Ferran, dos calles por encima de la plaza”, un lugar que conoce como espectadora. Allí estuvo, por ejemplo, el 11 de septiembre de 2001, el día que atentaron contra las Torres Gemelas, Manu Chao tocó ante 14.000 personas en el centro de Palma.

– No sabría decirte a qué hora fue… pero recuerdo que el concierto acabó justo después de que oscureciera, no a medianoche. Los grandes saraos vinieron después.

– ¿Cuando alguien se hace mayor se vuelve más quisquilloso ante la fiesta que quieren disfrutar los jóvenes?

– No lo creo. Lo que sucedió aquí fue un cambio de modelo. El punto de inflexión fue un festival de motos acrobáticas. Al día siguiente, salió en el diario Última Hora el organizador presumiendo de haber superado los 120 decibelios. Año tras año fueron aumentando la cantidad de eventos. Llegaron los festivales para estudiantes de viaje de fin de curso. 

Como aquel concierto de reguetón de 2021 que terminó expandiendo un brote de coronavirus por España.

– ¡Exacto! Luego, al pasar la pandemia, se concedió un permiso para que hubiera fiestas desde las doce del mediodía hasta las doce de la noche. ¡Doce horas! Entonces, a través de redes sociales, fue como conocí a María y a Ana.

Al unirse al equipo, Begonya asesoró a sus compañeras para que contrataran a una empresa de sonometrías: “Necesitaban profesionales y yo tenía algún contacto. La Policía Local las había hecho durante años en momentos en los que no había tanto ruido”. Los resultados que consiguieron se movían entre los 75 y los 80 decibelios. La potencia límite: si ese volumen se convierte en rutina, ensordecen los oídos, el organismo se resiente. “Cuando terminaban los conciertos”, comenta María, “durante horas se te quedaba el runrún dentro de la cabeza… y no te lo podías quitar, no había manera. Mira que me encanta pintar y me encanta coser, y tengo el piso lleno de cuadros y de máquinas, pero ni a eso podía dedicarme. No me concentraba”.

Las jaquecas no son la peor secuela que le dejó a María el ruido de la plaza de toros. Hace unos meses sufrió un ictus que ella relaciona con la tortura, acústica y prolongada, de los conciertos. “Por eso no me quito las gafas de sol, para que me saques más guapa”, le dirá al fotógrafo cuando la retrate en el balconcillo de su casa, tantas plantas hay que parece un jardín botánico. Mientras suena el flash, María soltará:

–Lo bueno es que nunca nos han quitado las ganas de reír. Cuando escuchaba decir que nosotras estábamos dando la batalla porque alguien nos pagaba por detrás… ¡reírme era lo único que podía hacer!

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