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30 años de ruido en uno de los barrios más turísticos de Palma: “Donde antes había 6 mesas, ahora hay 22”

Imagen de la concentración vecinal convocada con motivo del Día Internacional de la Concienciación sobre el Ruido.

Pablo Sierra del Sol / Francisco Ubilla

Mallorca —
6 de mayo de 2026 06:01 h

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Feli Marcos está harta de desmentir que su casa está en un sitio “estupendo”. Ese es el adjetivo que sale por la boca de muchos cuando se enteran de que el domicilio de esta vecina de Palma está en un número de Antoni Maura. La avenida dedicada al prócer de la Restauración borbónica es el kilómetro cero de la ciudad. Son apenas cien metros que enlazan el Passeig des Born con los muelles del Moll Vell.

A un costado, la Seu de Mallorca; al otro, sa Llotja de Mercaders. Demasiados atractivos juntos como para no haberse transformado en un activo económico. Las dos aceras de esa recta –tan ancha, tan rectilínea, tan arbolada– son un hormiguero turístico. Una fuente de contaminación acústica que empezó a manar hace ya varias décadas: así lo denuncian algunos de los vecinos que todavía viven allí. 

“El ruido es tortura y desde tiempos inmemoriales se ha utilizado con ese fin. Nosotros vivimos frente al mar, pero no podemos abrir las ventanas porque siempre hay barullo debajo de casa. Tuvimos que ponerlas dobles e instalar aire acondicionado en casa”, dice Feli Marcos, describiendo un problema que “empezó unos años después” de que su marido y ella se mudaran, en 1986, al piso en el que siguen viviendo: “Antonio Maura es un ejemplo de lo que no debería ser una ciudad. Creo que no hay otra calle en Palma que esté más tomada por bares y restaurantes. Es un comedor al aire libre que no respeta las normas. Cuando los barcos llegan llenos de turistas, toca hacer codos para llegar al portal. Las terrazas nos dejan muy poco espacio y no han dejado de crecer. Donde antes había seis mesas ahora hay veintidós. A eso súmale la carga y descarga, la limpieza… y no es lo peor: el Parque de la Mar se ha convertido en una verbena. Cuando no hay un concierto, ponen casetas o, si no, hay una carrera que pone los altavoces a tope el domingo por la mañana”.

Varios colectivos vecinales de Palma han repartido entre sus asociados un cartel donde se lee que “el ruido es tortura”.

A mediados de los noventa, el Center for Hearing and Communication –una entidad estadounidense dedicada a la salud auditiva– impulsó el 29 de abril como Día Internacional de la Concienciación sobre el Ruido. Por esa razón, Feli Marcos salió la tarde del pasado martes de su casa para recorrer los veinte minutos que separan la Avinguda Antoni Maura del inicio del Carrer Fàbrica, justo donde se encuentran el Parc de sa Feixina y Santa Catalina. Allí la esperaban otra docena de personas. Todas, censadas en Palma. La mayoría, residentes en las calles y plazas que Feli Marcos tuvo que caminar para llegar hasta el punto de encuentro. Un triángulo –es Puig de Sant Pere, ses Drassanes, también es Jonquet y el Passeig Marítim– donde el ocio ha arraigado. Bajo la luna y a plena luz del día.

Nosotros vivimos frente al mar, pero no podemos abrir las ventanas porque siempre hay barullo debajo de casa. Tuvimos que ponerlas dobles e instalar aire acondicionado en casa. [Mi calle] es un comedor al aire libre que no respeta las normas. Cuando los barcos llegan llenos de turistas, toca hacer codos para llegar al portal. Las terrazas nos dejan muy poco espacio y no han dejado de crecer. Donde antes había seis mesas ahora hay veintidós

Feli Marcos Vecina

El anhelo de un barrio cívico

Esperança Lliteras tiene una lona enrollada entre sus manos. Cuando la despliegue para fotografiarse con el resto de vecinos, sobre un fondo rojo se leerá la misma afirmación que proclama Feli Marcos. El renou és tortura, el ruido es tortura. Ella también asegura sufrirlo. Nació en Porreres, pero su trabajo de enfermera la llevó a Palma. Lleva veinte años viviendo en una de las calles-bisagra que unen es Jonquet con Santa Catalina y ha acabado convirtiéndose en la presidenta de la asociación vecinal que representa a estas dos barriadas limítrofes con mucho en común. Ambas fueron un día hogar de pescadores y marineros. Hoy, en cambio, están consagradas al turismo. Con todas las molestias que conlleva. 

Esperança Lliteras es la presidenta de la Associació de Veïnats Barri Cívic es Jonquet i Santa Catalina.

Como si quisieran recalcar que todavía quedan vecinos de otros tiempos en uno de los ejemplos más claros de gentrificación que pueden encontrarse en España, la asociación que encabeza Esperança Lliteras ha incorporado las palabras barrio cívico tras los topónimos de Santa Catalina y es Jonquet. Más que un elocuente sintagma, es un anhelo. En algunos de los balconcillos de esas casas de una o dos plantas que hacen las delicias de los inversores del centro y el norte de Europa pueden verse carteles como ella acaba de desenrollar. “Cuando [hace tres años] cambió el gobierno municipal [de un pacto de centroizquierda a una mayoría simple del PP] tanto el alcalde [Jaime Martínez Llabrés] como los nuevos concejales fueron muy amables: cualquier cosa, nos decís... Luego, poco a poco, cuesta más acceder a las personas que son las responsables de arreglar el problema que sufrimos”, dice Esperança Lliteras antes de lanzar una reflexión:

–Es una lástima que muchos de los problemas empezaran cuando se peatonalizó la calle Fàbrica. Antes había comercios de toda la vida y, ahora, restaurantes y tardeo. Quienes sufrimos el ruido que generan las terrazas o los locales de ocio vivimos en barrios llenos de contrastes.

–¿En qué sentido?

–El domingo por la mañana resulta agradable pasear por las mismas calles de Santa Catalina que se llenan de coches y de motos, de gente que grita y acaba tirando el vaso al suelo, a partir del sábado por la tarde. Cuando ocurre, casi prefieres meterte en casa y no verlo, pero nosotras no nos rendimos, no vamos a quedarnos con los brazos cruzados. Aquí también hay vecinos de la Plaça de Toros: hace unos meses consiguieron que se suspendiera el permiso para organizar conciertos y fiestas allí dentro. Es un precedente que crea jurisprudencia y nos da esperanza.

La proliferación de bares y restaurantes en sa Llotja es una de las razones, según varios de los residentes en este barrio histórico, de los decibelios que se cuelan en sus casas.

A una manzana de distancia del grupo de afectados por el ruido, un bar tiene echada la persiana metálica. Cierra los lunes y los martes, abre de jueves a domingo, de cinco de la tarde a dos de la mañana, y en Instagram la palabra copas acompaña a su nombre comercial. Junto al marco de la puerta –como ocurre en otros restaurantes con los que comparte calle– hay una macedonia de placas metálicas. Piden –en catalán, en castellano, en inglés– “respeto” para que los vecinos puedan descansar. Bajo los lemas aparece el logo de la Asociación Balear de Ocio y Entretenimiento. elDiario.es se puso en contacto con esta patronal que agrupa a las principales discotecas y pubs de Mallorca para conocer su punto de vista, pero no obtuvo respuesta. Su presidente, Miguel Pérez-Marsá, en una entrevista realizada este invierno en la sintonía de Onda Cero acusó a las instituciones de convertir a Palma “en la ciudad más aburrida del Mediterráneo”. 

El presidente de la Asociación Balear de Ocio y Entretenimiento acusó a las instituciones de convertir a Palma 'en la ciudad más aburrida del Mediterráneo'

La Petita i Mitjana Empresa de Mallorca (PIMEM) asegura que no existen negocios de restauración asociados a esta patronal en Santa Catalina, es Jonquet, el Passeig Marítim, sa Llotja o es Born. La Confederación de Asociaciones Empresariales de Balears “no tiene constancia de las protestas” relacionadas con el exceso de decibelios. Y Cort –la manera popular de referirse al consistorio palmesano entre los mallorquines– no concedió declaraciones a elDiario.es para este reportaje. Tampoco, cifras de expedientes por contaminación acústica iniciados en el presente mandato. Una portavoz del equipo de gobierno se limitó a apuntar que el séptimo municipio más poblado de España –Palma roza ya los 480.000 habitantes– cuenta con su “ordenanza correspondiente” para regular el ruido y con una “nueva ordenanza cívica que tiene a la patrulla verde de la Policia Local trabajando en ese ámbito”.

Placas que reclaman a los clientes de un bar musical del Carrer Fàbrica “respeto para el descanso de los vecinos”.

El pesimismo cansado de Feli Marcos

–No creo que las protestas cambien nada.

El lenguaje de Feli Marcos para contar su convivencia con el ruido es seco. No utiliza florituras cuando explica que su pesimismo se debe “al cansancio” que provoca una lucha vecinal que arrancó en los noventa. La movilización, cuenta esta vecina de sa Llotja, viene “de tan atrás” que abarca los mandatos de siete de los ocho alcaldes que ha tenido Palma desde que volvieron a celebrarse elecciones municipales tras el final de la dictadura. Los doce años del socialista Ramon Aguiló –1979-1991–, justo cuando esta vecina y su marido se mudaron a Antoni Maura, serían la excepción.

–Yo he sido muy generosa para reivindicar que queríamos vivir en silencio –cuenta Feli Marcos– y he dado parte de mi salud y como yo sé que hay mucha gente en esta ciudad. Ya estoy medio retirada: en la protesta del otro día estuve porque el presidente [de la Associació de Vesins de sa Llotja i es Born, el médico Jaume Herrero] tenía guardia y me pidió que fuera por él.

–¿Nunca ha pensado en mudarse a otro lugar más silencioso, Feli?

–No. Nosotros seguimos aquí porque el edificio donde está nuestra casa era de la familia de mi marido: vinimos hace cuarenta años –cuando en la zona sólo había un bar, el Lírico, donde los camareros y los clientes nos conocíamos– y hemos hecho un gran esfuerzo en mantenerlo, pero la red tan bonita que se creó entre los residentes –más que un barrio de una ciudad grande, parecía un pueblo– ha desaparecido… Muchos otros, claro, se han ido por culpa del ruido. Nosotros hemos llegado a pasar noches enteras en casa de unos amigos porque no se podía dormir en nuestro piso. Ocurre en muchos barrios de Palma: si se hicieran mediciones y se tomaran realmente en serio el problema se darían cuenta de que no se puede estar en casa. ¡Como en aquella de la calle Vallseca [también en sa Llotja] cuando salieron ochenta decibelios! Lógicamente, la persona que vivía allí se tuvo que marchar.

Muchos otros, claro, se han ido por culpa del ruido. Nosotros hemos llegado a pasar noches enteras en casa de unos amigos porque no se podía dormir en nuestro piso

Feli Marcos Vecina

–Ese nivel de ruido supera al que puede causar una autovía. ¿A qué sonometría se refiere? ¿Cuándo se hizo?

–¡Uy! Ya hace muchos años de eso. Fue cuando Fèlix Pons dejó la política y llevó nuestro caso. Creo que el alcalde era Fageda. Conseguimos que Cort declarara el barrio como zona de protección acústica: somos la única que hay en la ciudad y no nos salió gratis. Conseguimos que las terrazas cerraran a las once. Por desgracia, nuestro abogado se murió y tuvimos que dejarlo. Entonces hubo otro pleito y el horario se alargó hasta las doce y media.

Feli Marcos Barrado lleva viviendo en el barrio de sa Llotja desde 1986: pese al ruido de las terrazas no quiere marcharse de su casa.

Estira y afloja a causa de los decibelios

El primer volumen de La gentrificació a Palma. Barri a barri ofrece una cronología muy detallada –fechas, nombres, decisiones– de la historia que esboza Feli Marcos. El libro, publicado por la asociación ciudadana Palma XXI y la Fundació Iniciatives del Mediterrani, apareció en octubre de 2019. Para entender el contexto, sus autores –Carlota Cabeza, Jaume Garau y Juanjo Suárez– se remontan a 1995. Entonces, Cort desarrolló su primera ordenanza de ruidos. La norma ya nació con polémica. La PIMEM trató de tumbarla solicitando su suspensión. El Tribunal Superior de Justícia de les Illes Balears (TSJB) lo rechazó. Comenzaba un estira y afloja a causa de los decibelios que aún no ha terminado. Una viñeta publicada en la prensa local de la época ironiza con el supuesto mareo al que la Administración sometía a los residentes que protestaban: un grupo de vecinos armados con bocinas y cacerolas, dos flechas que indican caminos opuestos (a la izquierda, Ajuntament; a la derecha, Govern) y dos bocadillos que se preguntan: “Bueno, ¿al final quién tiene las competencias de los ruidos de la Lonja?” “¿No será que quieren dividirnos?”.

Durante los siguientes cuatro años –segundo mandato del alcalce popular Joan Fageda–, la asociación vecinal de sa Llotja consiguió para el barrio la declaración de Zona Acústicamente Contaminada. Las limitaciones, denuncia el libro, no se aplicaron. Para demostrarlo, citan dos ejemplos. El Defensor del Pueblo –Fernando Álvarez de Miranda, el presidente del Congreso de los Diputados que aprobó la Constitución de 1978– se lo recordó al Ajuntament de Palma en aras de preservar “el derecho al descanso, la salud y la inviolabilidad del domicilio”. Tiempo después, visto que el PP “rechazaba tomar medidas y los empresarios exigían nuevas mediciones”, el TSJB lanzó otro recordatorio: el Ajuntament de Palma tenía “la obligación de defender el medio ambiente”. 

La batalla legal terminó en Madrid. En 2004, una sentencia del Tribunal Supremo dio la razón a los vecinos. La siguiente alcaldesa –Catalina Cirer Adrover: consellera de Famílies i Serveis Socials en el Govern hasta que Marga Prohens la cesó en julio de 2025 por presiones de Vox– tuvo que adelantar el cierre de los locales. Los problemas no cesaron, sin embargo. La gentrificació a Palma. Barri a barri explica que los habitantes de sa Llotja solicitaron “sonometrías independientes” en octubre de 2005 (y volverían a hacerlo en 2012, 2013 y 2017). ¿El motivo? La asociación vecinal señalaba que las mediciones que se habían realizado hasta entonces se llevaban a cabo “en puntos estratégicos” y “en invierno”, cuando el volumen era “más bajo”. En 2012, continúa el libro, “el Govern eliminó por decreto las restricciones”. Hasta siete años después no volverían los límites a uno de los barrios históricos e institucionales de la capital balear: rodeada por los bares de la Plaça de sa Drassana está la puerta trasera del Consolat de Mar, el despacho de la presidencia autonómica.

Como recuerda la investigación de Cabezas, Garau y Suárez, febrero de 2019 fue como volver a empezar. Se volvió a declarar entonces sa Llotja como área libre de ruidos y las terrazas avanzaron su cierre a las once de la noche. Una decisión tomada también por decreto. En el Ajuntament de Palma mandaba de nuevo una coalición de centroizquierda: PSIB, Més per Mallorca y Podem. Habían elaborado un mapa acústico de la ciudad y parecían tener una mirada diferente respecto al asunto. 

La Plaça de sa Drassana, uno de los espacios que evidencian la gentrificación turística de Mallorca.

El TSJB falla a favor de los empresarios

Los nuevos horarios no tuvieron una vida demasiado larga. CAEB Restauració presentó un contencioso y lo acabó ganando en un momento clave. Comenzaba mayo de 2023. Semanas después se celebrarían elecciones municipales y el PP conseguiría la vara de mando en el Ajuntament de Palma gracias al apoyo externo de Vox. En octubre, el nuevo equipo de gobierno cumplía con la sentencia y daba permiso para abrir en sa Llotja hasta medianoche, con media hora extra los fines de semana. A diferencia de lo que había ocurrido veinte años antes frente a la misma problemática, el TSJB fallaba esta vez a favor de los empresarios. Había, sin embargo, una diferencia: la nueva sentencia no concedía la posibilidad de presentar recurso a instancias superiores.

Como apuntaba Feli Marcos tirando de memoria, Fèlix Pons Irazábal no pudo defender en segunda instancia los intereses de los vecinos de sa Llotja. El político socialista que volvió a la abogacía tras presidir el Congreso de los Diputados durante la mayor parte del felipismo (1986-1996) había fallecido en 2010 a causa de un cáncer de páncreas. Cuando compareció ante el Tribunal Supremo para defender la regulación que debía evitar que sa Llotja fuera una fuente de contaminación acústica, el abogado Pons dijo:

–La Ley 8/1987 de 1 de abril de la CAIB de ordenación Territorial de las Islas Baleares señala en su preámbulo que, al regular el uso del suelo, la ordenación del territorio debe perseguir “el máximo bienestar del hombre que lo ocupa”. (...) ¿Puede alguien imaginar o sostener que es una sociedad “a escala auténticamente humana” aquella en la que se pide el sacrificio del descanso, el sueño y a tranquilidad de cientos de vecinos para que otros miles ocupen ruidosamente calles y plazas por puro placer e interés privado, durante la noche y la madrugada? ¿Qué clase de humanidad inspira ese modelo?

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