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Ibiza barre con otra 'villa miseria' y encadena su sexto desalojo en dos años: “No sé dónde pasaré la noche”

Yamile, una de las desalojadas, es una venezolana que vive en España desde 2019: recorrió el país trabajando de actriz en un circo, pero vino a Eivissa con la ilusión de ejercer como fisioterapeuta

Pablo Sierra del Sol / Marcelo Sastre

Mallorca —

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“Mi nombre es Yamile Elisabeth Mora”. La mujer que dice su nombre y apellido está sentada sobre una maleta, las lumbares recostadas contra la tapia grafiteada de un estadio de fútbol, las cervicales inclinadas hacia la pantalla del móvil. Junto a ella hay un arcón de plástico transparente repleto de bolsas –de plástico fino y de plástico duro– del que sobresale el manillar de lo que parece un patinete pero resulta ser un montacargas de aspecto ligero. El arcón está cerrado y en la tapa descansa una mochila de color de rosa. Son las diez menos diez de la mañana: unos minutos antes, Yamile cruzaba la calle empujando el montacargas, las asas de la mochila encima de los hombros. Estaba haciendo una mudanza –forzosa– hacia ninguna parte. 

Hasta hoy –y desde hace diez meses– esta venezolana –con NIE: en España desde 2019– vivía en un terreno situado en la periferia burguesa de Vila, el topónimo popular del municipio de Eivissa. Su casa era una furgoneta por la que pagaba un alquiler de 550 euros, pero a ojos de la ley era una okupa. Las imágenes de su desahucio son una réplica de los cinco desalojos que en menos de dos años han eliminado otras villas miseria situadas en el anillo que rodea la capital ibicenca. El drama desaparece –como la semana pasada en sa Joveria– para emerger en otro punto de la isla. El último caso documentado es Casa Lola, un lugar célebre por albergar villas turísticas que se derribaron tras un maratoniano proceso en los tribunales por haberse construido sin licencia. En este terreno del municipio de Sant Josep también se paga por aparcar una caravana para habitarla. Algo ilegal.

En el barrio de Can Misses –donde vivía Yamile– una orden con membrete del juzgado de instrucción número 1 de Eivissa que se emitió a mediados de marzo llenó esta mañana la parcela de agentes de la Policía Nacional y la terminó de vaciar de habitantes. Justo en la víspera del 1 de mayo, el arranque oficioso de la temporada turística. Cuando la venezolana salió del terreno apenas quedaban dos personas dentro. Hace unos días, sin embargo, eran cerca de un centenar.

“Todos se han ido, sobre todo los que tenían hijos”, dice Yamile. Pese a que acaba de cumplir su primer año en la isla, ya ha sufrido dos desahucios. Ninguno en una vivienda con paredes, techo, cédula de habitabilidad y referencia catastral: “Antes de venir para aquí vivía en el terreno del IKEA [otra zona del extrarradio vilero conocida como es Gorg]. Entré allí en marzo y en junio o julio nos estaban sacando y me vine para este lado. Yo alquilaba una furgoneta y el dueño de la furgoneta la había movido para aquí. No llegué a comprarla porque yo no tengo carné de conducir y decidí pagar alquiler. Ayer se la llevó la grúa. El dueño ha aprovechado [el desalojo] para llevarla al taller”. 

Despliegue policial sobre el terreno en el que vivían decenas de personas antes del desalojo

Yamile cuenta su historia y por delante de sus ojos pasan camisetas y zapatillas de tonos fosforitos. El miércoles se ha levantado fresco y hay quien aprovecha para salir a correr. Unos metros más abajo, los futbolistas de la Unión Deportiva Ibiza –sueldos de seis cifras– que juegan los domingos a mediodía en el campo que Yamile tiene a sus espaldas –una instalación municipal patrocinada Palladium, la hotelera de la familia Matutes– también sudan: están entrenando mientras culmina el desalojo de un terreno desde el que se podía seguir –con visibilidad reducida– sus partidos en la tercera categoría del fútbol español.

La comitiva judicial

Cuando los últimos residentes del poblado ya se han ido, entra la comitiva judicial. Recorren los 23.803 metros cuadrados con la carpeta bajo el brazo. Ven somieres, sillas de plástico, una macedonia de enseres esparcidos por los senderos abiertos entre bancales (que delatan el pasado agrícola de la finca) y una vegetación formada por arbustos y pinos (que debieron crecer cuando la tierra quedó baldía). Una de las funcionarias apoya la carpeta en uno de los muebles que se quedaron olvidados –una especie de aparador sobre el que se ven cestos de mimbre y una tabla de cocina–, toma unas notas, revisa sus papeles.

Horas después, los vehículos pesados –grúas y excavadoras– borrarán los hogares que no habían podido desmontar: alguna roulotte, chamizos de madera cubiertos por lonas, tiendas de campaña a la venta en cualquier gran superficie. Pero, a diferencia de otras ocasiones, no habrá forcejeos, gritos, llantos o activistas tratando de frenar –o al menos retrasar– lo inevitable. El campamento está vacío. Los antidisturbios no tendrán que quitarse el casco de la cintura para ponérselo en la cabeza ni blandir la porra, alguna con decoración rojigualda en el mango.

La maquinaria pesada hizo trizas los restos de la villa miseria

Sin imágenes dentro del terreno

Fuera, dos funcionarias de los servicios sociales del Ajuntament d’Eivissa –vestidas con chalecos reflectantes– observan cómo un policía se dirige con educación exquisita a los periodistas que cubren la noticia para hacerles un anuncio. La voz –acento canario– se hace oír entre el zumbido de los coches y los camiones que circulan rápido por la circunvalación de cuatro carriles que marca el límite del terreno:

–La propiedad no ha dado permiso para que entren las cámaras a grabar y hacer fotos. Sintiéndolo mucho, no les podemos dejar que pasen.

Nadie podrá cruzar la misma reja cuadriculada que los dueños instalaron para evitar –sin éxito– la okupación del terreno, Mariano Ramón Suñer, el abogado del principal propietario había recordado antes que esta demanda que termina en desahucio se presentó “hace catorce meses”. Su cliente es el grupo hotelero Inmo Sirenis. Desde hace años, hay infraviviendas en esa parcela. Es una de las pocas que están por construir en uno de los barrios más cotizados de la isla y, por su cercanía al centro, era un caramelo para quien tuviera que buscarse las habichuelas en una isla donde el acceso a la vivienda es cada vez más prohibitivo. Por eso, entre julio y agosto de 2025 brotaron las barracas en el terreno. Los desalojos de es Gorg y de Cas Bunets –conocido como Can Rova II– lo provocaron. 

Una residente en el poblado chabolista habla con unos agentes de Policía Nacional

Un futuro incierto

¿Y ahora qué? Para Yamile, el futuro es incierto, empezando por el más inmediato: “No sabría decirte dónde pasaré la noche. Si te dijera que en un hotel, te mentiría porque no tengo dinero”. Trabajo, según cuenta, sí tiene y formación, también. Va dos horas al día a limpiar una sucursal de Bankinter –“barro y friego el piso, saco el polvo…”– y se ha “movilizado” para echar otra temporada como “terapeuta de la rama muscular”.

–¿Es usted fisioterapeuta, como decimos en España?

–Esa es mi formación. El verano pasado trabajé para una empresa que ofrecía masajes descontracturantes en hoteles. He metido papeles en hoteles, a ver si este año me pueden hacer un contrato directamente. Yo tengo bisabuelo italiano y bisabuela española que emigraron a Venezuela, pero cuando arreglé mis papeles no me tuve que valer de mis antepasados. No se crea que me conformo con vivir así, quiero una habitación digna que pueda pagar.

Yamile carga con las pertenencias de uno de sus vecinos: se las guardará mientras él cubre su turno de repartidor en un supermercado

–¿Cuánto ganaba el verano pasado?

–Unos 1.600 euros, trabajando seis días a la semana, que hay que aprovechar la temporada. Pero es que cuando una busca un alquiler le piden fácil mil euros –y tres o cuatro meses de fianza– por compartir un espacio chiquito con cinco personas más.

–¿La furgoneta que alquiló era más cómoda que las habitaciones que ha visto anunciadas? ¿Estaba camperizada?

–Sí, tenía su porchecito y todo. Una cama, de madera, en la parte de arriba y espacio abajo para guardar las cosas. Estaba bien equipada. Yo he vivido bien allí dentro. Me metía en mi furgoneta cuando volvía del trabajo y no tuve problemas con nadie. La mayor parte de la gente era paraguaya, simpática y trabajadora, todos con empleo. Pero no estábamos en casas de verdad. Lo peor, claro, era buscarte la vida para ducharte, traer agua cada dos por tres para llenar una ducha portátil, de las de Decathlon.

–¿Y qué va a hacer con sus pertenencias, Yamile? ¿Sabe, al menos, dónde las podrá guardar? ¿Lo ha podido solucionar?

–No… no he podido solucionarlo. Una amiga se ha ofrecido a alojarme en su casa, pero no quiero ir porque ella tiene dos hijos y también es un espacio muy pequeño. Mis cosas las tengo en la furgoneta de una señora que me está haciendo el favor de guardarlas. Esto que ves aquí [señala el arcón-cambalache y la mochila] son las cosas de un amigo que también vivía allá. Se las cuido porque él trabaja repartiendo en Eroski y ha tenido que ir a trabajar esta mañana pronto.

Dos operarios desmontan una infravivienda con vistas a Dalt Vila

“En TikTok vi que la gente ganaba bien en Ibiza”

Entonces, el rompecabezas encaja: al cruzar la calle dentro de la caja de plástico transparente podía leerse una frase impresa en una bolsa: És bo que sigui d’aquí, es bueno que sea de aquí. La publicidad para promocionar el producto de km0 de la cadena de supermercados que, según el testimonio de Yamile, le paga un sueldo a un trabajador que no puede pagar una vivienda en Eivissa. Un equilibrio imposible a nivel financiero del que resulta “difícil escapar”.

–Claro que he pensado en irme –dice la venezolana antes de añadir con sorna– pero esta isla no me deja.

–¿No es lo que imaginó antes de venir, verdad?

–¡No! A mí me emocionó lo que veía en TikTok. Que la gente ganaba bien en Ibiza y eso… Y que se podía trabajar de lo que me formé. Por eso vine.

El scroll de vídeos cortos fue, según Yamile, lo que la llevó a abandonar el circo en el que tuvo “la suerte de conocer gran parte de España” durante unas giras en las que se metía en el papel de algunos personajes que aparecían en las funciones que representaban. Como Úrsula, la villana de La sirenita que dibujó la factoría Disney.

–¿Y no volvería al circo?

–Este… lo he pensado, pero no quiero rendirme. Donde tengo claro que no volvería es a Venezuela. Yo soy de Falcón [un estado caribeño justo entre Caracas y Maracaibo] y, aunque ya tengo siete años lejos de allí, sé que ahorita todo está peor que cuando me fui. Desde que entró el Chávez el país ha decaído. Yo tenía catorce o quince años cuando llegó al poder.

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