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El hotel en ruinas en el que malviven los trabajadores del turismo ibicenco: “Me da vergüenza, pero debo contar mi historia”

M. lleva cinco años pasando la temporada turística dentro de esta estructura de forjado y ferralla.

Pablo Sierra del Sol / Marcelo Sastre

Ibiza —
14 de junio de 2026 22:00 h

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El horizonte de M. son las moles blancas de dos hoteles, las terrazas sombreadas de unos restaurantes, la playa atiborrada de hamacas. Un cuadro donde cada elemento se deforma víctima de la perspectiva; turistas pequeños caminando sobre una pasarela de madera que sigue el perfil de la costa. M. observa el paisaje desde una cuarta planta, tenga ganas de otearlo o no. Cada madrugada –cuando se despierta– y cada mediodía –cuando vuelve del trabajo–, la misma postal inevitable. Es el peaje de vivir sin cortinas ni persianas. Esta anomalía –al menos, en el Mediterráneo– no fue el capricho de un arquitecto calvinista, una sociedad que apuesta porque lo que ocurre dentro del hogar pueda verse desde la calle. El piso de M. no tiene ventanas porque –sencilla y llanamente– no es un piso.

Este hombre –pelo canoso, unos cuarenta años, apátrida del Sáhara Occidental– es un okupa. Al menos, con la ley en la mano. En una tienda de campaña duerme. En un hornillo a gas cocina. Con la malla de una obra se protege del sol, del viento, de un traspiés que podría ser fatal. Como cantaban Los Delinqüentes y Kiko Veneno, las paredes son de aire: M. vive en el esqueleto de un hotel de lujo que se quedó a medio construir cuando estalló la burbuja inmobiliaria. ¿El motivo? Este ayudante de cocina no encuentra un alquiler “digno” que no devore el sueldo que gana trabajando en otro hotel que sí funciona: 1.800 euros al mes, finiquito aparte cuando la temporada eche el cierre en octubre.

Las plantas del edificio se han llenado de tiendas de campaña: bajo el plástico malviven trabajadores de la industria turística.

–En Ibiza no se puede alquilar, ¿sabes? Yo tengo que enviar dinero a mi país porque en los campamentos de Esmara, donde viven mis padres y mis hijas, nadie tiene trabajo.

–No es raro encontrar en internet habitaciones a más de mil euros. Así es imposible ahorrar con un sueldo como el tuyo.

–Lo más barato que he visto: 350 euros por una cama… pero en una casa donde viven treinta personas. ¡No puede ser! ¡Cómo puedes dormir allí! Para eso prefiero vivir aquí. Este es mi quinto año. Siempre, en el mismo hotel, pero no me dan alojamiento. Me dicen que quizás el próximo verano… pero yo creo que será el último. Ya no aguanto más aquí.

Lo más barato que he visto: 350 euros por una cama… pero en una casa donde viven treinta personas. ¡No puede ser! ¡Cómo puedes dormir allí! Para eso prefiero vivir aquí. Este es mi quinto año. Siempre, en el mismo hotel, pero no me dan alojamiento. Me dicen que quizás el próximo verano… pero yo creo que será el último. Ya no aguanto más aquí

M. Residente en el esqueleto de un hotel

El alcalde: “Es un despropósito y un vertedero”

La intención del alcalde de Sant Josep de sa Talaia –el municipio ibicenco donde se encuentra el esqueleto de forjado y ferralla que M. y decenas, quizás cientos de personas más, han convertido en su hogar– es sacarlos de allí lo antes posible. “El asentamiento es un despropósito y se ha convertido en un vertedero. (...) Los okupantes no se molestan ni un poco por la limpieza. No hacen uso de los contenedores de la zona, y viven ahí de una manera que es difícil de entender”, dijo el alcalde Roig a Periódico de Ibiza. Pese a las peticiones que realizó elDiario.es a lo largo de las últimas semanas, el Ajuntament de Sant Josep no ha concedido declaraciones para este reportaje.

La estructura del hotel abandonado no aparece en los vídeos oficiales de promoción turística, pero es más que visible desde las habitaciones de los hoteles cercanos.

Como le ha pasado a Jaime Martínez con la antigua prisión de Palma, los residentes de este edificio fantasma se han convertido en una china en el zapato para el alcalde Roig, uno de los próceres del PP balear. Además de su cargo institucional, este antiguo empleado de agencias de viaje es uno de los hombres más poderosos de un partido que suma 20.000 afiliados en el archipiélago. También, uno de sus timoneles a nivel orgánico. Tres años después de coger la vara de mando, las infraviviendas son la asignatura pendiente de un político que preside un ayuntamiento célebre por acumular casos de corrupción urbanística

El alcalde Roig ha eliminado del mapa varios campamentos de chabolas, pero le nacen nuevas barracas bajo los náuticos. El Algarrobico en el que se refugian M. y –como se aprecia a simple vista– decenas de personas más es un ejemplo mayúsculo. El Ajuntament de Sant Josep tiene las manos atadas, no lo puede vaciar pese a las presiones que está recibiendo de lobbies como la Asociación Británica de Ibiza. La Policía Local no puede traspasar la valla que rodea los 16.733 metros cuadrados donde se quedó varada esta ballena de forjado y ferralla. Los propietarios y el equipo de gobierno no se entienden. El asunto ha acabado en los tribunales. 

El alcalde de Sant Josep de sa Talaia cree que "el asentamiento es un despropósito y se ha convertido en un vertedero", pero no puede haer nada: los propietarios y el equipo de gobierno no se entienden

De Cala de Bou a “Cala de Bronx”

A principios de mayo, el edificio fantasma –donde ya vivía gente, como M.– recibió –de golpe– a decenas de personas que se habían quedado sin techo. Llegaban los desahuciados –también saharauis– de sa Joveria, la villa miseria situada en la periferia de la capital insular se trasladaba a Punta d’en Xinxó. Así se llama el lugar donde se alza la estructura abandonada, un saliente que se adentra en la Badia de Portmany, el puerto por el que hace casi un siglo desembarcó el turismo en Eivissa.

En la última década, el escenario de reconversiones, reformas y revestimientos para elevar la categoría de decenas de hoteles que se entremezclan con pubs, licorerías, chalecitos familiares, bloques de apartamentos, un auditorio, algunos minigolfs oxidados. Una zona turística conocida como Cala de Bou a la que el ingenio popular –en las redes sociales, en los grupos de WhatsApp– le ha puesto un apodo muy gráfico: “Cala de Bronx”. El alcalde Roig llegó a pronunciar el neotopónimo para cargar contra Cala Xinxó SL, la promotora que hace dos décadas quería construir un alojamiento de cuatro alturas y cinco estrellas.

Las redes sociales han bautizado a la zona como 'Cala de Bronx'

“No se entiende que alguien quiera vender un inmueble por un valor de 55 millones de euros cuando, lo que está haciendo con el abandono de la estructura, es precisamente demostrar muy poco amor por la zona”, dijo el alcalde Roig en Periódico de Ibiza. Unos días más tarde, el popular fue más allá en Diario de Ibiza: “La propiedad de la estructura de Cala de Bou está dejando entrar a la gente a vivir para presionar al Ayuntamiento”. ¿Con qué motivo? Evitar que se terminara de hacer añicos un sueño empresarial que bañaría cada tarde la luz del crepúsculo y para el que se había elegido un nombre tan pomposo como descriptivo: Bahía del Mediterráneo. Iba a ser algo grandioso. Cuatrocientas suites y una discoteca al aire libre con capacidad para cuatro mil personas. Un presagio del rumbo que tomaría poco después una planta hotelera que no se había echado en brazos del turista VIP y la música electrónica. Aún.

El riesgo de caída fatal es evidente en un esqueleto arquitectónico que no tiene paredes.

La batalla legal de la promotora

El alcalde Roig defiende ahora con ahínco que la única alternativa posible es demoler la ruina y limpiar el solar. Así lo votó la junta de gobierno de Sant Josep en mayo de 2025. Los tres alcaldes anteriores –dos socialistas, una popular– no habían llegado tan lejos desde que se pararan las obras en 2010. Al estallar la burbuja inmobiliaria, el grupo empresarial donde se integra Cala Xinxó SL –Acintur, una referencia en el ladrillo de Benidorm– recogió cable. El proyecto se frenó sólo cuatro años más tarde de que José Ramón Escandell –el alcalde del PP que quiso cimentar el parque natural de ses Salines– otorgara la licencia para construir un macrocomplejo más enfocado al ocio que al descanso en primera línea de una bahía saturada por los vertidos del turismo. Aquel gigante de hormigón se quedó a merced de la humedad y el salitre. Y hasta hoy.

Los promotores querían construir cuatrocientas suites y una discoteca al aire libre con capacidad para cuatro mil personas. Las obras se paralizaron en 2010, en plena crisis inmobiliaria

Los responsables de Cala Xinxó SL rechazaron dar su punto de vista en este reportaje y no quisieron explicar los últimos movimientos que han llevado a cabo. Hace tres meses, esta sociedad limitada registró en el Ajuntament de Sant Josep una solicitud para reiniciar las obras dieciséis años después. En abril de 2025, los gestores de la promotora ya habían denunciado la okupación del terreno en el Juzgado de Instrucción número 4 de Eivissa. El pasado 11 de mayo –trece meses después de la denuncia–, los propietarios de la parcela volvieron a comunicarse con los tribunales.

La basura se acumula en varios puntos del hotel a medio construir y el alcalde de Sant Josep considera que el solar se ha convertido en “un vertedero”.

En la resolución judicial a la que ha tenido acceso elDiario.es, el magistrado ordenaba a la Guardia Civil personarse en el edificio fantasma antes del 22 de mayo para “identificar a todos los moradores adultos”, “informarles que pueden aportar cualquier documento que permita valorar si tienen contrato legal de arrendamiento con el propietario legal” y “citarlos como denunciados por delito de usurpación de vivienda a un juicio que se celebrará el 23 de junio a las 12h”. 

Antes de llegar a las conclusiones, el documento se recrea en los detalles –la tardanza del Col·legi d’Advocats para designar a un letrado de oficio, la impugnación del abogado denunciante por incompatibilidad, la incomparecencia de “varios agentes” que debían realizar los señalamientos, la falta de respuesta de la Benemérita para llevar a cabo nuevas identificaciones– que han trabado el proceso. ¿Las consecuencias? Cuatro aplazamientos o suspensiones del juicio en apenas doce meses. Así lo afirma la resolución judicial. Ni el servicio de prensa del Tribunal Superior de Justícia de les Illes Balears ni el de la Guardia Civil han confirmado si se han llevado a cabo las diligencias para que el juicio pueda empezar dentro de dos semanas.

Uno de los espacios donde se acumulan las infraviviendas que se han creado en la obra abandonada por la promotora que quería alzar un macrocomplejo más próximo al ocio que al descanso.

Miedo a la autoridad

Y, sin embargo, el miedo de algunos de los habitantes de estos pisos donde las paredes son de aire es verse frente a frente con un agente del orden.

– ¿Pero por qué tantas preguntas? ¿Sois policías, guardias civiles?

Pregunta un joven que no quiere dar detalles sobre su vida.

–No, somos periodistas. Estamos haciendo un reportaje sobre la historia de las personas que vivís aquí.

–¿Seguro que no sois policías? Han venido muchas veces estas últimas semanas. Nos dicen que tenemos que marchar.

Uno de los residentes abandona el edificio empujando un patinete.

La conversación tensa el ambiente en el rellano entre la tercera y la cuarta planta. Es entonces cuando M. entra en escena: la mochila a la espalda, el rostro cansado después de dar servicio durante el turno de desayuno, una sonrisa amable. Son las doce en punto. El ayudante de cocina acaba de recorrer bajo un calor de veintitantos grados el cuarto de hora largo que separa el hotel de lujo a medio construir del hotel de cuatro estrellas donde trabaja.

–Si queréis saber cómo se vive aquí –dice M., antes de meterse por un butrón que reabrió una escalera que alguien cegó algún día con ladrillos–, venid conmigo.

Este hombre –pelo canoso, unos cuarenta años, apátrida del Sáhara Occiental– no dejará de hablar mientras suba por la escalera y avance por una plataforma a la que le van saliendo brazos a izquierda y derecha. Durante el recorrido, M. contará que se ha acostumbrado a las tormentas que marcan el final del verano y al viento de poniente que sopla cuando acaba el día. Que sobre su tienda de campaña hay una lona porque los suelos del esqueleto de forjado y ferralla están llenos de agujeritos por los que se filtra el agua. Que su ropa la lava en el hotel donde trabaja, que se ducha en el hotel donde trabaja, que suele comer caliente en el hotel donde trabaja. Que otros vecinos no son tan afortunados porque se dedican a otros oficios, como dos albañiles que se gastan bromas para olvidar que mudarse de Menorca a Eivissa en busca de un sueldo mejor ha resultado un mal negocio. Que él no ha visto barullo, peleas ni disputas allí dentro; tampoco cuando el número de vecinos aumentó a principios de mayo. Que cada uno limpia su parte, aunque no todos la limpien igual; que los malos olores son difíciles de evitar y un problema con el que convivir. Que en los pisos altos duermen ellos, los saharauis, y en la planta baja “los senegaleses”. Que quien puede consigue unos tiestos, algo de tierra y planta hierbas aromáticas. Que hay niños en la vecindad. Que le gustaría invitar a un té, pero que no encuentra un mechero para prender la llama del hornillo a gas: “Es que no fumo”. 

Algunos de los habitantes plantan hierbas aromáticas en tiestos.

Tras esta disculpa casi naif, M. derramará una lágrima y sin secarse la mejilla izquierda dirá: 

–Me da vergüenza, pero creo que se tiene que contar cómo estamos viviendo. Somos trabajadores.

La frase de M. deja un halo incómodo en el rincón que ocupa su jaima. Abajo y a lo lejos, los bañistas chapotean en el mar.

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