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Análisis

Habitar la incertidumbre: lo que la nueva colección de muebles portátiles de IKEA nos dice sobre la crisis de la vivienda

La nueva colección de IKEA, KOMPISHÄNG, la protagonizan muebles portátiles como este colchón plegable que se convierte en un puf que puedes transportar como mochila.
1 de agosto de 2026 23:12 h

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En Mon Oncle (1958), Jacques Tati convirtió el mobiliario en uno de los protagonistas inanimados de la película. La casa ultramoderna de los Arpel destacaba por sus sillas incómodas, mesas imposibles y artefactos domésticos concebidos para exhibir sofisticación antes que para facilitar la vida cotidiana. Diseñados junto al pintor Jacques Lagrange, aquellos muebles componían una sátira brillante de la fascinación burguesa por el progreso tecnológico y por una modernidad que había acabado subordinando el uso a la apariencia. En la casa de los Arpel nada parecía pensado para ser habitado, pero sí dispuesto para ser mostrado y contemplado.

Décadas después, pocas empresas han representado una impugnación más radical de aquella caricatura brillante de Tati que IKEA. Allí donde el diseño moderno había acabado asociado con frecuencia al lujo, la exclusividad o el objeto de autor, la multinacional sueca consiguió trasladar buena parte de los principios del diseño escandinavo —la funcionalidad, la sencillez constructiva, la economía de medios y la elegancia— al ámbito más prosaico de la vida cotidiana. Resulta difícil encontrar otro fabricante que haya logrado ofrecer, a semejante escala, muebles razonablemente bien diseñados, inmediatamente disponibles, asequibles para amplias capas de la población y capaces de resolver con inteligencia problemas domésticos tan concretos. Su éxito, además de haber vendido millones de estanterías o mesas por todo el mundo, consiste en haber convertido un diseño más que correcto en un producto cotidiano para todo tipo de clases populares.

En 'Mon Oncle' (Jacques Tati ,1958), la casa de los Arpel destacaba por sus artefactos domésticos concebidos para exhibir sofisticación antes que para facilitar la vida cotidiana.

Precisamente por eso merece nuestra atención la última colección presentada por la compañía sueca. Cuando IKEA modifica la manera de concebir un mueble, rara vez está respondiendo únicamente a una cuestión formal, sino que está materializando en su catálogo una transformación sociológica ya consumada.

Cuando la marca sueca modifica la manera de concebir un mueble, rara vez está respondiendo únicamente a una cuestión formal, sino que está materializando en su catálogo una transformación sociológica ya consumada

Diseñar para una generación que nunca termina de instalarse

La nueva colección KOMPISHÄNG nace, según explica la propia empresa, después de convivir con jóvenes de entre veinte y veintiocho años residentes en el centro de Londres para comprender cómo habitan, qué objetos consideran imprescindibles y cuáles son las dificultades que encuentran al cambiar de vivienda. El resultado son trece piezas ligeras, multifuncionales y fácilmente transportables, concebidas para acompañar vidas marcadas por las mudanzas frecuentes, el alquiler compartido y la reducción progresiva de la superficie habitable.

Entre todas ellas sobresale una pieza particularmente elocuente: un colchón que, cuando deja de utilizarse como cama, se pliega para convertirse en un puf y puede transportarse a la espalda mediante unas correas ajustables, como si fuera una mochila. Esta imagen resulta ingeniosa y a la vez peligrosamente inquietante. Durante generaciones, la cama constituyó probablemente el mueble más estable de una vivienda; el lugar alrededor del cual se organizaba la intimidad cotidiana y desde el que se construía la idea misma de hogar. Que hoy pueda plegarse, cargarse sobre los hombros y desplegarse en el siguiente piso de alquiler habla menos de una innovación técnica que de un cambio profundo en la manera de habitar e irremediablemente nos invita a recuperar la figura del nómada.

Los colchones plegables que se convierten en puf o las banquetas apilables de la colección KOMPISHÄNG en un salón.

La colección incorpora escritorios con asa, percheros que evitan hacer agujeros en las paredes, bolsas que se convierten en almacenaje o maceteros concebidos para facilitar el traslado de las plantas de una vivienda a otra. Ninguno de estos objetos resulta especialmente sorprendente por separado. Lo verdaderamente significativo aparece cuando se observan en conjunto, ya que todos parten de una misma premisa: la de que la vivienda será provisional y que la mudanza dejará de ser un accidente biográfico para convertirse en una condición ordinaria de una vida adulta inestable.

Cuando los muebles también cambian de horizonte temporal

Durante buena parte del siglo XX, el mobiliario respondía a una expectativa de permanencia. La compra de una vivienda y la formación de una familia iban acompañadas de un ritual igualmente importante que consistía en amueblar la casa para muchos años. El comedor, la vitrina, el aparador o el dormitorio principal se escogían con la voluntad de que permanecieran allí durante décadas, hasta el punto de que las viviendas de las generaciones más provectas de nuestra sociedad conservan todavía, en su mayoría, los muebles adquiridos o regalados con motivo de su boda. Aquellos objetos ocupaban un espacio y acumulaban por consiguiente la identidad de toda una vida. Envejecían junto a la familia, incorporaban reparaciones, cicatrices y recuerdos, convirtiéndose en parte inseparable de la memoria de todo el hogar.

La cuestión, por tanto, no reside únicamente en la mayor o menor calidad de los materiales empleados por la industria del mueble contemporánea, sino en el horizonte temporal para el que esos objetos son concebidos. Una estantería KALLAX, por poner un ejemplo ampliamente conocido, difícilmente se imagina presidiendo el mismo salón durante cincuenta años. En primer lugar, porque su calidad difícilmente sobrevivirá tanto tiempo: los estantes flecharán, saltará el revestimiento, el lacado blanco amarilleará… y, siendo honestos, el paisaje residencial que fijará será más bien mediocre. La nueva colección de IKEA, por ende, lleva esta lógica hasta sus últimas consecuencias: ya no diseña muebles destinados a permanecer en un lugar, sino objetos preparados para acompañar una sucesión de viviendas y experiencias, adaptándose a habitaciones distintas, contratos de alquiler cambiantes y mudanzas sucesivas. La estabilidad deja de ser el punto de partida del proyecto que implica amueblar un hogar para ceder el protagonismo a la portabilidad, la adaptabilidad, la ligereza y, en esencia, la incertidumbre.

La estabilidad deja de ser el punto de partida del proyecto que implica amueblar un hogar para ceder el protagonismo a la portabilidad, la adaptabilidad, la ligereza y, en esencia, la incertidumbre

Ese desplazamiento quizá constituya la verdadera noticia. Los muebles siempre han organizado el espacio doméstico, pero también han expresado una determinada relación con el tiempo. La generación del baby boom amuebló viviendas pensadas para permanecer. La nueva colección de IKEA, en cambio, asume que ese horizonte de estabilidad ha dejado de ser una expectativa compartida y diseña para una vida marcada por el alquiler, las mudanzas y la movilidad residencial constante. Una simple colección de muebles se convierte en la ejemplificación más sangrante de un síntoma cultural y social de mera precarización.

Los muebles siempre han sido mucho más que objetos utilitarios: condensan aspiraciones, formas de convivencia y expectativas de futuro.

Cuando el catálogo también codiseña la sociedad

Hace ya quince años, el arquitecto Andrés Jaque planteó en el MoMA de Nueva York y posteriormente en el Centre d'Art La Panera de Lleida la instalación IKEA Disobedients, que hoy resulta especialmente pertinente. La intervención de Jaque mostraba cómo IKEA no solo suministra muebles, sino que a su vez produce modelos de sociedad. Sus catálogos construyen un universo habitado casi exclusivamente por personas jóvenes, sanas y felices, donde la vida doméstica aparece como un espacio “soleado, feliz y apolítico”, ajeno a los conflictos cotidianos. Frente al célebre eslogan de “La república independiente de tu casa”, Jaque recordaba que el hogar nunca es un territorio neutral. Los muebles no son objetos inocentes; contribuyen a construir un imaginario doméstico y, con él, una determinada manera de entender la convivencia, los cuidados o la familia.

Aquella lectura sigue siendo plenamente vigente. Si durante décadas IKEA ayudó a consolidar el imaginario de una sociedad propietaria, estable y asentada, la colección KOMPISHÄNG evidencia que ese relato también ha cambiado. El hogar que proyecta ya no es la vivienda definitiva que acompañará toda una vida, sino una habitación de alquiler, un piso compartido o un apartamento del que probablemente habrá que marcharse antes de lo previsto. La empresa continúa diseñando una determinada forma de habitar; lo que ha cambiado es la sociedad que refleja. De todos modos, aunque el descenso del nivel y de la calidad de vida de esta nueva colección sea irrefutable, sigue dirigiéndose a un colectivo de clase media occidental, solvente, más o menos formada y relativamente cool que habita en metrópolis vibrantes como Nueva York, Londres, Berlín o Barcelona, donde aún se romantiza vivir en un cubículo mal ventilado siempre y cuando haya una monstera, una bici colgada de la pared o una pila de libros en el suelo sobre unas baldosas hidráulicas.

El arquitecto Andrés Jaque planteó hace 15 años la instalación 'IKEA Disobedients'.

Andrés Jaque recordaba que el hogar nunca es un territorio neutral. Los muebles no son objetos inocentes; contribuyen a construir un imaginario doméstico y, con él, una determinada manera de entender la convivencia, los cuidados o la familia

Una vida incompatible con tener muebles

También la escritora estadounidense Eula Biss ha reflexionado sobre esta transformación desde una perspectiva mucho más íntima. En su ensayo Quemar los muebles: mi vida como consumidora, publicado en The Guardian, parte de su propia experiencia de mudanzas, trabajos temporales y viviendas provisionales para preguntarse qué significa realmente poseer muebles en una época marcada por la incertidumbre. En uno de los pasajes más memorables del texto recuerda cómo durante años sintió que “no llevaba una vida compatible con tener muebles”. La frase convierte el mobiliario en un indicador de estabilidad: no es que determinados muebles sean inaccesibles, sino que determinadas trayectorias vitales ya no permiten construir la permanencia que esos objetos presuponen.

Esa misma transformación ha empezado a describirse también desde el ámbito del diseño y la sostenibilidad. En un reportaje titulado Los 'muebles rápidos' son baratos. Y los estadounidenses los están tirando a la basura, la periodista Debra Kamin utiliza el concepto de “fast furniture” en una clara alusión al concepto de “comida rápida”, para referirse a un mobiliario producido en masa, asequible y concebido para ciclos de uso cada vez más breves, siguiendo una lógica similar a la del fast fashion. El artículo recuerda que millones de muebles adquiridos durante la pandemia fueron diseñados para durar apenas unos años y advierte de las consecuencias ambientales de un modelo basado en la sustitución constante: solo en Estados Unidos se desechan cada año más de doce millones de toneladas de muebles, una cifra que no ha dejado de crecer en las últimas décadas.

Leídas conjuntamente, ambas reflexiones permiten entender que el problema trasciende al objeto meramente físico. Mientras Biss describe vidas cuya inestabilidad impide construir una relación duradera con los objetos, el concepto de fast furniture muestra cómo la propia industria ha comenzado a adaptarse sin dilemas productivos o ecológicos a esa movilidad permanente. Los muebles ya no se diseñan únicamente para perdurar, sino para acompañar trayectorias residenciales cada vez más breves, donde la siguiente mudanza forma parte del ciclo de vida previsto del propio objeto.

El diseño ya no se ocupa de hacer habitable la permanencia y empieza, simplemente, a hacer sobrevivible la incertidumbre

IKEA KOMPISHÄNG.

Diseñar para la incertidumbre

Resulta significativo que una colección de apenas trece muebles permita explicar una transformación social de semejante alcance. Igual que Jacques Tati utilizó el mobiliario para satirizar la modernidad burguesa y pedante en Mon Oncle, hoy basta observar un colchón que se convierte en mochila para comprender cómo ha cambiado nuestra manera de habitar. Los muebles siempre han sido mucho más que objetos utilitarios: condensan aspiraciones, formas de convivencia y expectativas de futuro que pueden consumarse colonizando el rincón del comedor.

Quizá la verdadera noticia no sea que IKEA haya diseñado un colchón portátil, sino que exista una generación para la que ese objeto resulte perfectamente razonable. El diseño ya no se ocupa de hacer habitable la permanencia y empieza, simplemente, a hacer sobrevivible la incertidumbre. Pasearse con un colchón atado a la espalda puede leerse como una imagen de doble filo entre la del sinhogar que deambula con su hatillo y la del ciudadano de un lugar llamado mundo que interpreta con optimismo el apocalipsis del capitalismo tardío.

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