El nuevo Camp Nou: de la arquitectura de masas a la arquitectura de mercado y para VIPs
El nuevo Spotify Camp Nou empieza a convertirse en un edificio que ya puede ser observado, recorrido y discutido por la parroquia tribunera blaugrana. Después de tres años de obras, la tercera gradería ha adquirido prácticamente su forma definitiva y sobre ella empieza a levantarse la estructura que sostendrá la futura cubierta, cuya volumetría permite ya intuir el aspecto definitivo del estadio.
Quizás lo más llamativo sea la aparición de las cristaleras de los dos nuevos anillos VIP, que introducen una presencia inédita en la sección del Camp Nou y rompen la imagen continua de un manto de asientos que durante décadas había vestido el graderío. El tercer piso se abrirá progresivamente durante la temporada 2026-27 y la cubierta, último gran elemento de la intervención, está prevista para el verano de 2027 y devolverá al equipo a la montaña de Montjuic temporalmente.
Este nuevo doble anillo acristalado destinado al hospitality suma alrededor de 32.000 metros cuadrados, una superficie equivalente, aproximadamente, a la de una torre entera como podría ser la Torre Glòries. El término hospitality engloba el conjunto de servicios y espacios de carácter premium que el estadio ofrece, desde los nuevos palcos privados y suites hasta las localidades con servicios exclusivos.
Todo ello se traduce en nuevos recintos privados y butacas de alto standing. El Barça calcula que esta nueva explotación del estadio permitirá generar unos ingresos de 350 millones de euros, una cifra que ayuda a entender hasta qué punto el hospitality ha dejado de ser un complemento del espectáculo para convertirse en una de las piezas centrales de los nuevos estadios.
El Camp Nou que se está construyendo permite empezar a juzgar decisiones que hasta ahora sólo podían intuirse sobre el papel. Para entenderlas conviene volver precisamente al proyecto que dio origen a esta transformación y, antes todavía, a aquel otro concurso que precedió al actual y que en 2007 ganó Norman Foster, cuya propuesta de envolvente gaudiniana para el estadio nunca llegó a ejecutarse.
En 2016, el concurso convocado por el FC Barcelona escogió la propuesta presentada por Joan Pascual-Ramon Ausió Arquitectes junto al despacho japonés Nikken Sekkei. El proyecto planteaba una operación bastante más radical que la de sus rivales y, paradójicamente, a la vez más contenida. El nuevo Camp Nou no debía envolverse en una nueva fachada espectacular que ocultara su estructura, sino que debía aparecer prácticamente desnudo, con la estructura a la vista y una sucesión de grandes balcones perimetrales desde los que el estadio se relacionaría con la ciudad.
Era una propuesta particularmente afortunada porque entendía que el Camp Nou podía encontrar su nueva identidad precisamente en aquello que los estadios contemporáneos parecían empeñados en esconder. Mientras el fútbol internacional se llenaba de cubiertas imposibles, fachadas multimedia, pieles tecnológicas y envolventes plateadas, el proyecto de Pascual-Ausió y Nikken Sekkei proponían una arquitectura más cercana a la tradición mediterránea del mirador, un edificio abierto en el que los espectadores formarían parte de su propia imagen.
La propuesta planteaba además una intervención especialmente respetuosa con el Camp Nou de Francesc Mitjans, inaugurado en 1957. En lugar de sustituirlo por completo, conservaba las dos primeras graderías del proyecto original y añadía una tercera gradería perimetral, que completaba el volumen del estadio hasta darle su nueva capacidad.
La idea enlazaba con una determinada manera de entender el estadio que había caracterizado al proyecto de Mitjans. Su estructura podía funcionar como una suerte de radiografía que adquiría vida cuando las pasarelas y las graderías se llenaban de aficionados. En la propuesta de Pascual-Ausió y Nikken, los grandes balcones exteriores recuperaban parcialmente esa condición, convirtiéndose en lugares desde los que contemplar y ser contemplado. La afición formaba parte de la arquitectura.
La precisa y elegante máquina de masas de Mitjans
Cuando el Barcelona decidió construir un nuevo estadio en los años cincuenta, el problema fundamental era bastante elemental y, visto desde hoy, casi entrañable: el viejo campo de Les Corts se había quedado pequeño. El nuevo recinto debía acoger a una cantidad extraordinaria de aficionados y permitir que todos ellos pudieran ver fútbol con unas condiciones de visibilidad razonables.
Francesc Mitjans, hasta entonces arquitecto de obras residenciales, junto a José Soteras y Lorenzo García Barbón, proyectó una estructura que aspiraba inicialmente a los 150.000 espectadores y que acabaría convirtiéndose en una de las obras más sofisticadas de la arquitectura deportiva de su tiempo.
La triple gradería superpuesta garantizaba una visibilidad óptima desde prácticamente cualquier localidad. La estructura de hormigón armado era llevada a unos límites todavía poco explorados en España y la gran marquesina de la tribuna alcanzaba un vuelo superior a los cuarenta metros. Un sistema de rampas y pasarelas exteriores permitía distribuir a los espectadores por las diferentes cotas del estadio.
Mitjans llegó hasta esta solución después de un intenso proceso de investigación que, tal y como documentó el arquitecto Ignacio López Alonso en su tesis doctoral sobre el Camp Nou, le llevó a estudiar decenas de estadios y a viajar por Europa y Brasil para conocer de primera mano algunas de las experiencias más avanzadas de la arquitectura deportiva internacional.
El resultado se alejaba deliberadamente de los modelos que todavía dominaban buena parte de los campos de fútbol de la época y apostaba por una modernidad radical, visible especialmente en la sección asimétrica del estadio, en la manera de superponer las graderías y en una estructura de hormigón que, pese a sus enormes dimensiones, buscaba transmitir una cierta sensación de ligereza.
La asimetría, inspirada en algunas de las propuestas más avanzadas de la arquitectura moderna de Le Corbusier, Niemeyer o en el Estadio Olímpico de Helsinki, permitía además que la gran marquesina de la tribuna adquiriera un protagonismo extraordinario, con su vuelo majestuoso.
Todo ello respondía a una misma obsesión arquitectónica: construir un recipiente capaz de albergar a una multitud gigantesca y, a su vez, hacerla partícipe de la esencia del edificio. El Camp Nou de Mitjans era una arquitectura de masas tratada con la sofisticación y el detalle de quien construye una obra contenida e icónica de la modernidad.
La escala del proyecto venía determinada por el número de personas que debía albergar, por la manera de moverlas y por la necesidad de garantizarles una buena visión del terreno de juego. La arquitectura organizaba a la masa alrededor de un acontecimiento que permanecía en el centro de todo.
El estadio terminó costando 288 millones de pesetas, frente a los 67 millones por los que había sido licitado, una desviación que contribuyó decisivamente a la crisis económica del club en ese momento. A aquella arquitectura se le permitió cierta autonomía frente a las cuentas, signo de una época mucho más despreocupada por el Excel.
En la arquitectura deportiva contemporánea, el arquitecto ha dejado de ser la personalidad que imagina el edificio para convertirse en uno de los tantos actores que intervienen en un engranaje mucho más complejo
Una obra de la envergadura del nuevo Camp Nou, cuyo coste se ha incrementado desde los primeros cálculos hasta una cifra que rondaría los 1.500 millones de euros, difícilmente puede quedar circunscrita al control de un único estudio de arquitectura. El proyecto que ganó el concurso en 2016 llevaba la firma de Joan Pascual-Ramon Ausió Arquitectes y Nikken Sekkei, pero en 2017 se incorporó b720 Fermín Vázquez Arquitectos y, posteriormente, IDOM entró en el equipo para revisar y desarrollar el proyecto.
En 2022, la dirección de la fase de construcción pasó a la UTE formada por Torrella Arquitectura-Ingeniería y JG Ingenieros y, al año siguiente, el Barça adjudicó las obras a la constructora turca Limak. Nikken Sekkei, que había continuado vinculado al proyecto, acabaría desvinculándose.
La sucesión de agentes hace que el rastro del autor resulte ya difícil de seguir. El Camp Nou de 1957 puede atribuirse a una idea arquitectónica concreta, reconocible en su sección, su estructura y en cada una de las decisiones que llevaron a Mitjans a convertirse en el nombre visible de una de las grandes obras de la arquitectura moderna catalana.
El nuevo estadio, sin embargo, responde a una cadena mucho más extensa de arquitectos, ingenieros, consultores, gestores y constructores, en la que las decisiones arquitectónicas quedan necesariamente sometidas a cuestiones de coste, plazos, financiación, seguridad, construcción, explotación y rentabilidad.
El resultado se parece cada vez menos a una obra de autor y más a una obra de project management, en la que la arquitectura constituye una pieza de una operación económica, técnica y financiera de enorme complejidad. Hay muchos nombres detrás del edificio, pero cuesta encontrar una mirada única capaz de explicar el conjunto. Y quizá esa sea una de las grandes transformaciones de la arquitectura deportiva contemporánea: el arquitecto ha dejado de ser la personalidad que imagina el edificio para convertirse en uno de los tantos actores que intervienen en un engranaje mucho más complejo.
La consecuencia más visible de esta nueva lógica se encuentra en la propia concepción del estadio. Durante el desarrollo del proyecto han ganado peso las necesidades derivadas de su explotación económica, hasta modificar incluso la experiencia de la grada. Los nuevos palcos introducen una fractura física en aquel enjambre inmenso de asientos que durante décadas convirtió al Camp Nou en un foro colectivo e indiscriminado.
La grada siempre tuvo diferencias de precio, posición y visibilidad, pero mantenía una cierta condición democrática: miles de personas compartían un mismo espacio y acudían al estadio para participar de un acontecimiento común. La nueva concepción segmenta esa experiencia y lleva al fútbol una cultura de consumo preferente que hace tiempo hemos asumido ya en restaurantes, aviones, playas, discotecas o parques temáticos.
El Camp Nou deja atrás la sobriedad e inteligencia de la obra de Mitjans para dar lugar a un estadio que se asemeja a muchos otros emplazados en latitudes lejanas
Los grandes clubes ya no pueden permitirse que un estadio de miles de millones de euros permanezca improductivo durante buena parte de la semana. El recinto debe generar actividad y rentabilidad de manera permanente, mediante restauración, comercio, museo, hospitality, eventos, visitas y cualquier otro uso capaz de convertir sus metros cuadrados en ingresos. El estadio empieza a acercarse así al funcionamiento de un gran centro comercial, aunque su principal producto siga siendo el fútbol.
El Bernabéu ofrece el ejemplo de las dificultades que puede conllevar este nuevo modelo. La reforma del estadio madrileño apostó por convertirlo en una gran infraestructura de eventos, con los conciertos como una de sus principales fuentes de explotación extrafutbolística. La suspensión de estos espectáculos a raíz de los problemas de ruido y los posteriores conflictos administrativos y judiciales han demostrado que un estadio diseñado para producir actividad permanente sigue teniendo que enfrentarse a una ciudad que establece sus propios límites.
El Camp Nou, igualmente emplazado en el barrio residencial de Les Corts, todavía tendrá que demostrar qué resultado produce en esta nueva fórmula cuando la obra esté terminada. Por el camino, sin embargo, ya hemos dejado atrás la sobriedad e inteligencia de la obra de Mitjans para dar lugar a un estadio que se asemeja a muchos otros emplazados en latitudes lejanas. La arquitectura que durante el siglo XX se preocupó fundamentalmente por ser la expresión funcional y democrática de la multitud que albergaba alrededor de un espectáculo empieza a diseñarse para segmentarla y buscar la rentabilidad en base a la experiencia individualizada que impone el nuevo mantra capitalista.
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