Shigeru Ban, el arquitecto estrella que construye refugios humanitarios: “La creatividad no es gastar más, sino usar mejor lo que tienes”
La agenda de Shigeru Ban durante el Congreso Mundial de Arquitectura de la UIA en Barcelona recuerda a la de una estrella del rock. Conferencias, entrevistas y encuentros repartidos por toda la ciudad le dejan apenas unos minutos libres entre compromiso y compromiso. Para el arquitecto japonés este ritmo forma parte de la normalidad: desde hace décadas reparte su tiempo entre los estudios que dirige en Tokio, París y Nueva York, compagina la práctica profesional con la docencia y se mantiene siempre dispuesto a desplazarse allí donde un terremoto, una guerra o una crisis humanitaria requieren arquitectura de emergencia.
Horas antes de nuestra conversación acaba de protagonizar una de las conferencias más esperadas del Congreso. Ante una multitud repasa algunos de los proyectos que le han convertido en una de las figuras más influyentes de la arquitectura contemporánea: iglesias levantadas tras terremotos, refugios para personas desplazadas o escuelas provisionales construidas con los ya inseparables tubos de cartón que han acabado convirtiéndose en uno de los símbolos de su obra. Antes de abandonar el escenario anuncia que ya prepara un viaje a Venezuela para colaborar con arquitectos locales en la respuesta a los devastadores huracanes.
La entrevista tiene lugar en CaixaForum Barcelona con motivo del diálogo La arquitectura que necesitamos, organizado por la Fundación “la Caixa” dentro del ciclo En pausa: Diálogos para pensar el presente, en el que Ban conversa con Martha Thorne, directora ejecutiva del Premio Pritzker entre 2005 y 2021. Bajo su liderazgo, el galardón comenzó a reconocer con mayor frecuencia una arquitectura menos centrada en el edificio icónico y más comprometida con el contexto, la sostenibilidad y el impacto social. La elección de Ban como Premio Pritzker en 2014 simbolizó para muchos ese cambio de sensibilidad.
Ha anunciado que ya prepara un viaje a Venezuela para colaborar con arquitectos locales tras los recientes huracanes. Después de tres décadas trabajando en zonas de desastre, ¿qué sigue impulsándole a volver una y otra vez?
Es parte de mi responsabilidad como arquitecto. Igual que un médico acude allí donde hay personas heridas, nosotros debemos actuar cuando la gente pierde su hogar.
Lo primero siempre es salvar vidas. Después llegan los espacios de evacuación y, poco a poco, la necesidad de construir viviendas temporales. Nuestro trabajo consiste en formar equipos con arquitectos y universidades locales para responder con rapidez y utilizando los recursos que ya existen en cada lugar.
Desde la iglesia de cartón levantada tras el terremoto de Kobe hasta los refugios de emergencia construidos con tubos de cartón y cimentaciones hechas con cajas de cerveza, ha demostrado que una buena arquitectura puede levantarse con materiales que cualquiera consideraría corrientes. ¿Cómo nació esa manera de proyectar?
Cuando empecé a trabajar en situaciones de emergencia comprendí que no podía depender de materiales sofisticados ni de largas cadenas de suministro. Había que construir con aquello que ya estaba disponible en el lugar.
Los tubos industriales de cartón nunca fueron “mi material”, simplemente descubrí que eran extraordinariamente útiles. Son muy económicos, ligeros, resistentes y, sobre todo, universales. Se fabrican prácticamente en cualquier país del mundo. Cuando trabajé en Ruanda encontré una fábrica que los producía allí mismo y, para nuestra posible intervención en Venezuela, ya he localizado otra.
Lo mismo ocurre con las cajas de cerveza, que pueden rellenarse con sacos de arena para construir cimentaciones sin necesidad de utilizar hormigón. No me interesa el cartón por el cartón. Me interesa demostrar que una buena arquitectura no depende de materiales caros, sino de comprender cómo utilizar de la forma más inteligente aquello que ya tenemos.
Diseñar un museo y una vivienda temporal para refugiados es exactamente lo mismo
Muchos arquitectos entienden el trabajo humanitario como una excepción dentro de su carrera. Usted nunca ha hecho esa distinción.
Porque para mí no existe esa diferencia. Diseñar un museo y diseñar una vivienda temporal para personas refugiadas es exactamente lo mismo. Les dedico el mismo tiempo, la misma energía y el mismo nivel de exigencia. La única diferencia es que por uno recibo honorarios, y por el otro no.
¿No cobra por estos proyectos?
Nunca cobro por los proyectos humanitarios. Trabajo a través de mi propia organización, la Voluntary Architects' Network (VAN), e intentamos mantenernos independientes de los gobiernos porque eso nos permite actuar mucho más deprisa. Las organizaciones financian únicamente los materiales y, cuando hace falta, los desplazamientos. En una emergencia el tiempo es fundamental.
¿Por dónde empieza siempre un proyecto?
Por entender el lugar. Antes de pensar en la forma hay que comprender el paisaje, el clima, la cultura y las condiciones del sitio. Muchas veces hay árboles que merece la pena conservar o materiales que ya forman parte del lugar y pueden incorporarse al proyecto.
Siempre intento aprender de los arquitectos locales, de los profesores y de la gente que conoce el territorio. Es como un buen cocinero: trabaja con los mejores ingredientes que encuentra cerca. La arquitectura debería hacer exactamente lo mismo.
La construcción sigue siendo una de las industrias que más residuos genera del planeta. Usted lleva casi cuarenta años intentando demostrar que otra forma de construir es posible.
Reducir el desperdicio probablemente sea mi filosofía de vida. Empecé diseñando exposiciones efímeras, donde había que conseguir el mayor impacto posible con muy pocos recursos y un montaje y desmontaje rápidos. Aquello me enseñó que la creatividad no depende de gastar más, sino de utilizar mejor lo que ya tienes.
Intento aplicar esa misma lógica también a mi vida. Vivo en un apartamento pequeño, no tengo coche y llevo el mismo reloj Casio desde hace treinta años. En casa me enseñaron que no debía desperdiciarse nada, ni siquiera un solo grano de arroz. Esa educación sigue muy presente en todo lo que hago.
Usted ha construido algunos de los museos más importantes del mundo y, sin embargo, insiste en que el lujo no depende de materiales caros. ¿Qué es entonces el lujo en arquitectura?
La calidad de la arquitectura no tiene nada que ver con el precio de los materiales. El lujo tiene que ver con la luz, con la sombra, con la ventilación y con la calidad del espacio. También con la estructura.
Siempre me han interesado arquitectos como Frei Otto o Gaudí porque buscaban la forma más eficiente de construir utilizando el mínimo material y el mínimo consumo de energía sin renunciar a la creatividad y la belleza. Frei Otto hablaba de form finding, encontrar la forma adecuada, frente al form making, imponer una forma preconcebida. Esa diferencia sigue pareciéndome fundamental.
Gaudí construyó con el mínimo material sin renunciar a la belleza
Hay quien sostiene que la inteligencia artificial cambiará radicalmente la profesión. ¿Existe algo que nunca podrá automatizar un ordenador?
La tecnología siempre ayudará. Puede calcular estructuras con mayor rapidez o facilitar muchos procesos. Pero eso no significa que vaya a producir mejor arquitectura.
Quizá pueda sustituir la arquitectura mediocre. La buena arquitectura, no. Un ordenador puede ayudarnos a calcular, pero no añade calidad por sí mismo. Si pensamos de nuevo en Gaudí, comprendemos que el verdadero valor no estaba en los cálculos, sino en la manera de entender la estructura, la materia y el espacio. Ningún ordenador habría concebido unas estructuras más lógicas que las de sus maquetas funiculares.
Compagina tres estudios —Tokio, París y Nueva York— con la docencia y los proyectos de emergencia repartidos por todo el mundo. Desde fuera parece un ritmo casi imposible. ¿Qué le aporta esa vida itinerante?
Es la vida que llevo desde hace muchos años. Antes de la pandemia viajaba a París cada dos semanas durante casi quince años. Ahora voy aproximadamente una vez al mes, así que incluso viajo menos que antes.
Me gusta porque cada lugar me aporta una mirada distinta. Los estudios funcionan de manera coordinada y, cuando surge una emergencia, intento desplazarme para trabajar junto a arquitectos y estudiantes locales. La arquitectura no se hace desde un despacho; se hace entendiendo el lugar y colaborando con las personas que lo conocen.
El cliente más difícil suele ser el promotor inmobiliario que entiende la arquitectura como un producto
Además de proyectar edificios, lleva décadas enseñando arquitectura. Si hoy tuviera delante a un estudiante que empieza la carrera, ¿qué intentaría transmitirle?
Viajar. Creo que es la mejor educación que puede recibir un arquitecto. Hay que visitar ciudades, paisajes, museos y culturas diferentes. Solo así se aprende realmente.
Cuando era niño quería ser carpintero porque me parecía mágico transformar un trozo de madera en otra cosa. Más tarde cayó en mis manos una revista con el trabajo de John Hejduk y aquello cambió completamente mi vida. Me llevó a viajar a Estados Unidos para estudiar en Cooper Union y esa experiencia me transformó como arquitecto y como persona. Por eso siento la responsabilidad de devolver a las nuevas generaciones parte de lo que yo recibí.
Y les diría también que intenten recorrer siempre el camino más difícil. Los seres humanos tendemos a elegir la opción más cómoda y más segura. Yo siempre he preferido hacer lo contrario. Ahí es donde aparecen las oportunidades para aprender, descubrir cosas nuevas y hacer una arquitectura que realmente aporte algo.
Durante su conferencia en Barcelona, confesó que a menudo se siente decepcionado con la profesión. Después de todo lo que ha visto y construido, ¿qué echa en falta en la arquitectura contemporánea?
No estoy decepcionado con la arquitectura, sino con la idea que a veces tenemos de cuál debe ser nuestro papel. Demasiados arquitectos creen que su trabajo consiste únicamente en construir edificios o satisfacer a un cliente. Nuestra responsabilidad es mucho mayor.
Por eso sigo enseñando. Tuve la suerte de recibir una formación extraordinaria y siento la obligación de transmitir ese conocimiento a la siguiente generación. La educación también forma parte de nuestra responsabilidad.
Y esa responsabilidad incluye transformar la manera de pensar de los clientes. El más difícil suele ser el promotor inmobiliario, porque entiende la arquitectura como un producto. Pero no lo es. La arquitectura está para mejorar la vida de las personas. Curiosamente, algunos de esos mismos promotores han acabado apoyando económicamente mis proyectos de emergencia. Por eso creo que es posible encontrar un equilibrio entre ambos mundos.
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