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Entrevista

Jordi Faulí, arquitecto director de la Sagrada Família: “La vocación de un edificio es acabarse, y Gaudí así lo quería”

Faulí, en la nave del templo

Albert Nogueras Tarrero

Barcelona —
24 de abril de 2026 22:09 h

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Desde 2012, el arquitecto Jordi Faulí dirige las obras de la Sagrada Família, un proyecto atravesado por un debate incómodo y persistente entre los barceloneses: ¿hasta qué punto lo que hoy se construye sigue siendo Gaudí? En plena recta final del templo, después de la reciente coronación de la cruz de la torre de Jesús, y con el conflicto urbano aún abierto, Faulí defiende la continuidad del proyecto.

Nos cita en uno de los balcones interiores de la fachada de la Gloria, en construcción, que albergará las esculturas que designe el concurso entre los tres artistas seleccionados: Miquel Barceló, Cristina Iglesias y Javier Marín. Para llegar a lo alto de este mirador, desde donde se observan los noventa metros de longitud de la nave del templo —un prodigio arquitectónico de geometrías tan bellas como incomprensibles—, hemos tenido que abrirnos paso entre la luz calidoscópica y etérea de las vidrieras del artista Joan Vila-Grau y entre la multitud de visitantes que contempla la obra magna de Gaudí, hasta quince mil cada día.

Tras recorrer una escalera de caracol interminable, de escalones milimétricamente idénticos y con una zanca de piedra tallada, llegamos a una altura donde el murmullo de los turistas es ya solo un zumbido lejano y las ramas en las que se descomponen las columnas quedan a la altura de los ojos, como cuando se trepa a lo alto de un árbol en medio del bosque.

Usted suele decir que construyen lo que Gaudí dejó. ¿Hasta qué punto eso es literal, y hasta qué punto hay una interpretación contemporánea inevitable?

Se puede decir un 8%, un 10% o incluso un 15% de obra construida en vida de Gaudí, pero eso hay que entenderlo dentro de cómo funciona habitualmente la arquitectura. Un arquitecto proyecta y luego la construcción implica a mucha gente, aunque la obra se le atribuya a él. Hay otros casos de edificios que se han terminado después de la muerte de su autor, como la iglesia de Saint-Pierre de Firminy de Le Corbusier, pero en Gaudí hay una diferencia importante: él sabía que no vería la obra acabada. Y por eso dedica un esfuerzo enorme a dejar información para el futuro.

Deja planos generales como plantas, secciones, alzados, pero también descripciones muy precisas del contenido simbólico, porque en su caso arquitectura y significado son inseparables. Toda esa información se recoge en los álbumes del templo y en publicaciones como las de su discípulo Isidre Puig Boada, que son fundamentales para asegurar la continuidad tras su muerte en 1926.

Gaudí construyó entre un 8% y un 15% del templo, pero dejó todo lo necesario para continuarlo

Además, construye maquetas a gran escala de la nave o de las cubiertas y, sobre todo, establece un sistema basado en geometrías que le otorgan una lógica intrínseca a todo el edificio que permite interpretarlo. Las maquetas, más que mostrar unas formas concretas, le servían para enseñar cómo combinar esas geometrías.

Y hay un gesto muy significativo: Gaudí termina un campanario de la fachada del Nacimiento para que sirva de modelo. Es una manera de garantizar la continuidad, pero también de implicar a la sociedad de su tiempo. Al completar una fachada, el edificio se convierte ya en un referente visible, capaz de atraer visitantes y donaciones.

¿Qué ha llegado hasta hoy de todo ese material? Si no me equivoco, en 1936, en plena Guerra Civil, un incendio arrasó su estudio.

No sabemos exactamente qué se perdió. Probablemente planos que estaban en proceso y que no se habían publicado. Pero muchas piezas no desaparecieron, sino que se fragmentaron. Las maquetas, por ejemplo, se han podido reconstruir en gran parte: se han identificado los fragmentos y sabemos a qué corresponden.

En cuanto a los planos, se conservan los que se publicaron en su momento, que ya mostraban la totalidad del templo. Eso indica que los documentos principales existían y fueron recogidos. Puede que hubiera otros, pero no debían de ser esenciales.

Con lo que se ha conservado, ¿hay suficiente información para continuar el proyecto con coherencia?

Sí. Yo siempre digo una frase: siempre sabemos hacia dónde ir. El hecho de que todo esté basado en geometría es una ventaja enorme. A partir de una maqueta o incluso de fragmentos, se puede reconstruir el conjunto. Por ejemplo, si conservas partes de una columna, puedes deducirla entera. La fachada de la Pasión, por ejemplo, se pudo construir con gran fidelidad.

La Sagrada Família actual es inseparable de la modelización digital. ¿Existe el riesgo de que esa precisión la aleje del espíritu original?

No sabemos exactamente cómo trabajaría Gaudí hoy, pero sí sabemos cómo trabajaba. Él ya innovaba con los medios de su tiempo, por ejemplo, con el hormigón armado, que también era un reto entonces.

La tecnología no cambia el proyecto, lo hace más preciso. Hoy, en algunos casos, construimos con una precisión geométrica mayor que la de los documentos originales. Mi antecesor, Jordi Bonet, introdujo la tecnología informática y el uso de máquinas de control numérico que nos han llevado a esta “hiperprecisión”. No creo que estos métodos traicionen el espíritu del edificio porque fundamentalmente se basa en geometrías puras.

Además, las técnicas actuales nos permiten mejorar algunos elementos. Por ejemplo, las seis torres centrales son exactamente las que Gaudí proyectó por fuera, pero por dentro hemos podido hacerlas completamente libres de estructura. Gaudí preveía compartimentarla en distintos niveles; nosotros hemos conseguido espacios interiores continuos de gran altura.

¿Hay algún reto constructivo que Gaudí no hubiera podido afrontar?

No. Estoy convencido de que todo lo que proyectó lo consideraba construible. Lo que ocurre es que hoy tenemos herramientas que nos permiten hacerlo mejor, con más precisión y, en algunos casos, con mayor calidad espacial.

Faulí, durante la entrevista

En el debate público se habla más del impacto urbano que del edificio. ¿Se pensó lo suficiente como pieza de ciudad?

Sí. Para Gaudí, la Sagrada Família es una expresión de la fe cristiana, pero también un elemento urbano. Piensa en las vistas desde distintas distancias, en cómo se percibe el conjunto desde lejos y cómo se descubren los detalles al acercarse. La fachada acoge toda la simbología para que desde fuera cualquier ciudadano pueda apreciar el mensaje del templo.

La fachada de la Gloria, la única que queda por terminarse, tiene un concurso escultórico abierto. ¿En qué punto está?

Los artistas ya han presentado sus propuestas y las comisiones han hecho sus informes. Ahora el Patronato de la Junta Constructora debe decidir, sin prisas. El concurso se ha planteado con libertad creativa, pero con unas premisas claras: la fachada debe explicar la vida eterna, el cielo, los caminos para llegar a él y también el infierno, que se sitúa simbólicamente bajo el nivel de la calle.

Habrá elementos como las 14 columnas y todo un discurso teológico que debe integrarse en la arquitectura. Gaudí no definía el estilo escultórico; definía el contenido y confiaba en los artistas del futuro para expresarlo con el lenguaje de su tiempo.

Gaudí pensó la Sagrada Família como una pieza urbana

¿Hay un calendario aproximado?

El objetivo es que en unos diez años se puedan ver las torres acabadas, pero dependerá también de los acuerdos con el Ayuntamiento.

La fachada de la Gloria es la que, precisamente, entra en conflicto con los vecinos de los edificios afectados por el futuro crecimiento del templo. ¿Se puede conocer ya el desenlace de esta situación?

Hay un proceso de diálogo con el Ayuntamiento y una buena predisposición para encontrar soluciones. La idea es que quien quiera permanecer en el barrio pueda hacerlo. No hay todavía un acuerdo cerrado ni plazos concretos, pero el proceso está abierto y con buenas perspectivas.

¿Cómo es que la Sagrada Família obtuvo la licencia de obras hace apenas siete años?

La licencia se solicitó en 1885, pero no hubo respuesta. Durante muchos años hubo una cierta complicidad administrativa que permitió avanzar la obra. Ahora la situación se ha regularizado, y eso es positivo.

La continuación del templo sigue generando un debate muy intenso, incluso entre arquitectos. ¿A qué lo atribuye?

Es normal que haya opiniones diversas. Pero hay un argumento claro: la vocación de un edificio es acabarse, especialmente cuando es fruto del esfuerzo colectivo.

En este caso, además, hablamos de un gran arquitecto que dejó muchísima información para que se pudiera continuar su obra. Gaudí dedicó los últimos años de su vida exclusivamente a la Sagrada Família, catorce años centrado solo en eso. Acabarla es una cuestión de compromiso con su obra. También, desde el punto de vista de la ciudad, tiene todo el sentido completarla.

Gaudí no era un genio aislado; era exigente, pero cercano

Si tuviera que elegir dos aportaciones revolucionarias de Gaudí, ¿cuáles serían?

La primera es su capacidad de observar la naturaleza y trasladar sus principios a la arquitectura, no copiándola, sino extrayendo su esencia. La segunda es la invención de un tipo de columna que genera estructuras arborescentes, con ramificaciones. Es una aportación fundamental como tipología arquitectónica. Hay las columnas griegas, las romanas, las egipcias, las salomónicas… y también las de Gaudí.

Y añadiría el uso de superficies regladas, como los hiperboloides, que ofrecen enormes posibilidades constructivas. Se conocían y se estudiaban a nivel matemático, pero nadie las había aplicado en la arquitectura.

En pleno auge de la mitificación de Gaudí, ¿cómo lo describiría de forma realista?

Era una persona exigente, pero cercana. No vivía aislado: trabajaba rodeado de gente muy competente y sabía sacar lo mejor de cada uno, dándoles margen para aportar. Por ejemplo, en la famosa maqueta funicular de la cripta de la colonia Güell colaboró con un ingeniero suizo, y en muchos de sus proyectos contó con arquitectos como Josep Maria Jujol, con quien establecía una relación de gran confianza, permitiéndole desarrollar soluciones propias dentro del conjunto y aprovechando al máximo su talento.

Su dimensión espiritual y su devoción cristiana era importante y fue creciendo con el tiempo, pero no lo alejaba del mundo. Al contrario, reforzaba su compromiso con el trabajo y con las personas que lo rodeaban.

Aprovechando que este año Barcelona es la capital mundial de la arquitectura y que se celebrará el Congreso Mundial de Arquitectura de la UIA: ¿Qué relación debería tener la Sagrada Família con Barcelona en el futuro?

En los últimos años, se han impulsado acciones como jornadas de puertas abiertas y otras iniciativas para facilitar el acceso del público local, además de un esfuerzo constante de divulgación del proyecto. En relación con el Congreso de la UIA, la Sagrada Família acogerá uno de los actos, creo que se trata de una entrega de premios, que nos genera mucha satisfacción. Este tipo de iniciativas encajan con la voluntad de abrir el templo también al ámbito arquitectónico y cultural.

La Sagrada Família es un templo expiatorio y, como tal, tiene unas funciones específicas, pero también es un espacio que puede alojar determinadas actividades. Ya se organizan conciertos, lógicamente vinculados a la música sacra, y también se han celebrado conferencias. La idea es poder seguir abriendo el edificio a la ciudad y a la comunidad arquitectónica, siempre dentro de sus propias limitaciones.

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