Por qué están desapareciendo las puertas de los baños
“Las tazas de wáter en los cuartos de baño modernos se elevan del suelo como flores blancas de nenúfar. El arquitecto hace todo lo posible para que el cuerpo olvide sus miserias y el hombre no sepa qué pasa con los residuos de sus entrañas cuando rumorea por encima de ellos el agua violentamente salida del depósito”. La insoportable levedad del ser, Milan Kundera
Canalizaciones, sifones, porcelanas esmaltadas, cuartos retirados, puertas que cierran: la historia del habitar moderno es inseparable de esta paciente coreografía destinada a impedir que “lo inevitable” vulgarice la vida interior. La civilización, podría decirse, no consiste en dejar de producir residuos, sino en no tener que convivir con ellos más de lo estrictamente necesario. Por eso el retrete —deriva del latín retractum (retirada) que remite ante todo a un lugar apartado más que a un artefacto— fue un invento decisivo, mucho antes que el diseño del inodoro, por la distancia física, acústica y visual entre el cuerpo y aquello que expulsa, y se convirtió en un valor arquitectónico fundamental e indispensable en cualquier habitáculo.
Para tener constancia de uno de los primeros retretes documentados hay que remontarse al Renacimiento, cuando el papa Julio II mandó instalar en el Vaticano, junto a sus aposentos privados, un cuarto separado del espacio principal del palacio, asumiendo que la gestión de ciertas funciones corporales no era solo un asunto de salubridad, sino también una condición de convivencia civilizada.
Conviene recordar que estas soluciones no siempre existieron o fueron generalizadas. En la Roma antigua y durante buena parte de la Edad Media, las letrinas conservaron un carácter comunal, y los aposentos domésticos rara vez contaban con espacios separados para las funciones más básicas del cuerpo. Incluso, tal y como relata el escritor Louis Kronenberger, en el ostentoso palacio de Versalles, con sus fastuosos salones en enfilade y jardines geométricos, la provisión de instalaciones de saneamiento fue tardía y escasa, y hasta bien entrado el siglo XVIII, se contaba con muy pocos retretes cerrados entre las miles de estancias de la corte. La gestión de residuos en gran parte del edificio dependía aún de sistemas precarios que propiciaban hedores insoportables a raíz de la presencia de excrementos y orines en pasillos y rincones.
La arquitectura moderna ha consistido en domesticar lo doméstico, en garantizar que la vida cotidiana pueda desplegarse sin que los efectos más inevitables de nuestra propia corporeidad puedan contaminar los espacios de convivencia
En cierto modo, la arquitectura moderna ha consistido en domesticar lo doméstico, en garantizar que la vida cotidiana pueda desplegarse sin que los efectos más inevitables de nuestra propia corporeidad puedan contaminar los espacios de convivencia.
Regresiones domésticas básicas
Sin embargo, en esta postmodernidad líquida que habitamos, asistimos con frecuencia a la erosión de algunas de las convenciones más simples y consolidadas, vulneradas además con una desfachatez pasmosa. Del mismo modo que últimamente un estadista de tez anaranjada amenaza con arrebatar territorios ajenos sin el menor rubor, hay promotores y propietarios que ponen en alquiler pisos con baños sin puerta, tabiques que no llegan al techo o separaciones meramente simbólicas.
Parecía que habíamos alcanzado un consenso elemental: que incluso el espacio doméstico más mínimo debía garantizar, al menos, una cámara higiénica con lavamanos, ducha e inodoro en un recinto cerrado. A partir de ahí, las prestaciones siempre podían mejorar: más equipamiento sanitario, ventilación natural en lugar de mecánica, mayor sectorización acústica y olfativa, o incluso una cierta búnkerización del baño que permitiera desaparecer por unos minutos de la propia casa.
Por desgracia, esas mínimas características exigibles se toman a la ligera. Lo que a menudo se camufla de innovación espacial, fluidez o modernidad casi siempre remite en realidad a una simple precarización y a un recorte de calidades. La desaparición de puertas, la disolución de límites y la transparencia forzada no responden a un nuevo ideal de habitar, sino a una lógica de maximización del espacio vendible y reducción de costes constructivos. La “continuidad” o “visibilidad” se convierte así en coartada formal de una pérdida de prestaciones de las viviendas: menos privacidad, menos confort sensorial y menos dignidad doméstica, al fin y al cabo.
Si antes el progreso en la arquitectura consistió en conciliar todas las necesidades cotidianas y fisiológicas del hombre, hoy asistimos a su regresión: una domesticidad cada vez más desprotegida, más ruidosa, más expuesta, más promiscuamente compartida
Si antes el progreso en la arquitectura consistió en conciliar todas las necesidades cotidianas y fisiológicas del hombre, hoy asistimos a su regresión: una domesticidad cada vez más desprotegida, más ruidosa, más expuesta, más promiscuamente compartida. Y no por elección cultural consciente, sino por degradación del estándar. En estos pisos precarizados que se comercializan con pompa, lo que se pierde no es solo una puerta, unos metros de tabique o un baño de pared alicatada: se pierde el respeto por el confort más básico de su inquilino. Habitar implica muchas cosas, como resguardarse de las inclemencias climáticas, poder cocinar, dormir en una cama, tener corriente eléctrica… y también significa poder no ver, no oír y no oler ciertas cosas, en resumidas cuentas: cerrar la puerta cuando conviene.
Vidrio, hoteles y la confusión de los cuerpos
Aparte de las infraviviendas anunciadas por oportunistas y trileros, encontramos hoteles y propuestas firmadas por pseudodiseñadores de interiores que abogan por cerramientos de vidrio o tabiques-biombo a la hora de separar las habitaciones del baño, exponiendo la intimidad corporal en aras de una sofisticación tan innecesaria como estúpida. La confusión alcanza aquí su expresión más grotesca: el baño convertido en objeto de exhibición, con cabinas acristaladas, inodoros a la vista y separaciones mínimas justificadas en nombre de la relación espacial o de una supuesta conexión 'lujosa' entre estancias. Como si la transparencia, por sí sola, fuera una garantía de calidad arquitectónica.
Resulta especialmente revelador que esta tendencia se haya normalizado precisamente en hoteles, espacios donde se presupone la actividad íntima amorosa y lujuriosa. Allí donde la atención espacial por el cuerpo debe agudizarse, de repente, algún visionario decide borrar la frontera entre lo voluptuoso y lo escatológico, forzando una convivencia incómoda entre funciones que no tienen por qué encontrarse. El resultado no es audaz ni moderno, sino una forma torpe de violencia sobre la intimidad. Los vídeos virales que celebran baños con puertas de vidrio o inodoros expuestos suelen pasar por alto una cuestión elemental: a veces, la verdadera elegancia consiste, de nuevo, en un simple gesto: cerrar la puerta.
El baño convertido en objeto de exhibición, con cabinas acristaladas, inodoros a la vista y separaciones mínimas justificadas en nombre de la relación espacial o de una supuesta conexión 'lujosa' entre estancias
La ideología del retrete
A partir de aquí, quizá convenga levantar un poco la mirada y recalcar que el baño, y más específicamente el retrete, nunca ha sido un asunto menor en la historia de la arquitectura ni en la construcción cultural de la intimidad. La manera en que una sociedad gestiona sus residuos dice tanto de ella como sus templos, sus palacios o sus monumentos: no hay civilización sin cloacas, ni modernidad sin sumideros sifónicos.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek llevó esta intuición a un terreno provocador al proponer que los inodoros europeos encarnan distintas ideologías: el francés, donde el excremento desaparece de inmediato; el inglés, donde flota un tiempo prudencial; el alemán, donde queda expuesto a la observación. Más allá de la caricatura grosera, la tesis resulta difícil de refutar: incluso el objeto más banal de la vida cotidiana materializa una determinada relación con el cuerpo, con el tiempo y con lo social que no es ajena al desarrollo de una cultura determinada. Sentarse en un inodoro es sentarse, literalmente, sobre siglos de pensamiento condensados en porcelana blanca, pendientes mínimas y conductos ocultos.
El cine entendió muy pronto también esta carga simbólica. Luis Buñuel lo formuló con una lucidez incomoda en El fantasma de la libertad, cuando invirtió radicalmente las convenciones: los invitados a una cena se sientan en inodoros alrededor de la mesa, conversan animadamente y, cuando alguno necesita comer, se excusa y se encierra en un pequeño cubículo con actitud lasciva. El gag funciona porque revela el carácter construido —y no natural— del pudor, pero también porque demuestra algo inquietante: invertir lo íntimo y lo público es tan poco obvio como plausible. De hecho, antiguos restos arqueológicos romanos relatan que las letrinas públicas eran lugares de distendida y despreocupada interacción social.
Le Corbusier recordaba que la máquina de habitar debía responder a todas las necesidades del cuerpo, incluidas aquellas que exigen recogimiento
Los arquitectos modernos fueron plenamente conscientes de ello. Adolf Loos afirmaba que el siglo XIX no podría entenderse sin los lampistas, porque la higiene transformó la vida cotidiana con más eficacia que muchos estilos. Francisco Javier Sáenz de Oiza se definía, no sin ironía, como “profesor de retretes”. Le Corbusier recordaba que la máquina de habitar debía responder a todas las necesidades del cuerpo, incluidas aquellas que exigen recogimiento. Incluso Marcel Duchamp, al elevar un urinario a la categoría de obra de arte, dejó claro que un objeto sanitario no es ni inocente ni irrelevante.
La casa contaminada: baños abiertos y ausencia de lavaderos
Tal vez por todo esto resultan tan hirientes los retrocesos contemporáneos. Como si el manejo arquitectónico de lo escatológico fuera un asunto menor o prescindible. Habitar no es solo ocupar unos metros cuadrados, sino también poder sustraer y sustraerse de ellos cuando conviene.
Otro ejemplo sangrante de este empobrecimiento silencioso de nuestras viviendas que huelga comentar es la desaparición del lavadero. Prescindir de un recinto específico y ventilado para lavar y tender obliga a introducir una fuente constante de humedad, ruido y desorden dentro de la casa. La lavadora irrumpe en la cocina o el baño como un mueble común cuando no lo es; el tendedero improvisado coloniza el salón; la ropa húmeda se convierte en paisaje doméstico permanente. Olores, vapores, vibraciones: lo que antes se confinaba y se gestionaba de una forma salubre hoy se dispersa e impregna toda la vivienda.
En las promociones recientes, el lavadero ha desaparecido casi por completo, diluido en la reducción sistemática de superficies y en una idea de vivienda cada vez más mínima y menos equipada espacialmente. Ya no sorprende a nadie tener que ir desplazando una silla entre estancias para tender la ropa o convivir con una sisí circulando por el pasillo como si fuera un inquilino más.
La casa, una vez más, deja de absorber dignamente los usos inevitables de la vida cotidiana y los expone sin remedio. Quizás el problema no sea solo que vivamos en pisos más pequeños, sino que hemos olvidado o decidido ignorar, probablemente por contingencia económica, cómo deben ser las casas para ser verdaderamente habitables.
4