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Contra las casas que parecen consultas de dentista: menos luz es suficiente

Casa Heremita, vivienda en Canals (Valencia), por Emilio Belda.

Albert Nogueras Tarrero

25 de febrero de 2026 22:19 h

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“La arquitectura es la encargada de hacer morir dignamente la luz”. Esta frase del arquitecto navarro Eduardo de Miguel, más allá de su factura lírica, expresa una responsabilidad concreta que debería asumir cualquier proyecto arquitectónico. La arquitectura, además de ordenar el espacio, condiciona la experiencia y el paso del tiempo, y determina la manera en que la luz habita en sus rincones: no solo cómo entra o se refleja, sino con qué intensidad permanece y en qué momento conviene que se retire. Diseñar no consiste exclusivamente en añadir claridad, sino en saber regularla; en decidir cuánto revela y cuánto deja en suspenso, cómo acompaña las distintas horas del día y qué atmósfera construye en cada estancia.

No obstante, basta recorrer cualquier promoción de viviendas reciente en España para constatar que hemos olvidado esa premisa: cocinas blancas, superficies brillantes, suelos porcelánicos pulidos como espejos, falsos techos perforados por un microcosmos de ojos de buey de luz blanca, tiras LED en ranuras de zócalos, de molduras, de armarios, de pasillos y de salones que emulan pistas de aterrizaje domésticas.

Una noche cualquiera de invierno, este tipo de nuevas viviendas reproducen la claridad clínica y aséptica de un quirófano o de una consulta odontológica: no hay transición, no hay gradación, no hay matiz, no hay penumbra, no hay noche. Prender el interruptor significa trasladarse al mediodía del Trópico de Cáncer. Esta estética tan propia de los llamados bloques cebra —blanco, negro, superficies duras y sintéticas, iluminación homogénea— ha convertido la sombra en un error técnico. Si algo no se ve con claridad y nitidez absoluta, parece que está mal diseñado y se estigmatiza como si se tratara de un escenario propio de una situación de pobreza energética. Con este derroche innecesario de iluminación hemos terminado confundiendo intensidad con calidad y cantidad con sofisticación. Hemos malinterpretado que más luz signifique más progreso.

Con este derroche innecesario de iluminación hemos terminado confundiendo intensidad con calidad y cantidad con sofisticación.

El mediodía permanente

Durante buena parte del siglo XX, iluminar fue un gesto de civilidad. La luz eléctrica simbolizaba avance tecnológico, higiene, seguridad y estatus. Expulsar la penumbra equivalía a expulsar la precariedad y aquello residual. La ciudad contemporánea en su máxima expresión, como en las películas futuristas Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o Metrópolis (Fritz Lang, 1927), se expresó con neones, carteles luminosos, escaparates brillantes, marquesinas radiantes y viviendas con grandes cristaleras completamente iluminadas.

La ciudad contemporánea en su máxima expresión, como en las películas futuristas 'Blade Runner' o 'Metrópolis', se expresó con neones, carteles luminosos, escaparates brillantes, marquesinas radiantes y viviendas con grandes cristaleras completamente iluminadas

Ese imaginario persiste de algún modo y los catálogos inmobiliarios anuncian interiores que son cajas incandescentes donde toda la luminosidad proviene exclusivamente de la instalación eléctrica en vez de la orientación solar, a menudo ignorada o directamente mal planteada. La frase de De Miguel se contradice hasta el absurdo cuando la propia propuesta arquitectónica aniquila de inicio la luz natural para luego sustituirla por una cascada de lúmenes procedentes de bombillas.

Hasta hace poco, los centros y locales comerciales —auténticos búnkeres herméticos a cualquier atisbo de luz exterior— competían entre sí no tanto por la calidad del espacio como por la intensidad y la filigrana lumínica. Este modelo ha terminado por infiltrarse en otros ámbitos: clínicas, oficinas y, cada vez con más naturalidad, viviendas particulares reproducen esa misma luz neutra, blanca, uniforme y ubicua, como si el hogar debiera funcionar con la claridad ininterrumpida de un espacio comercial.

Pero el cuerpo, como muchos habréis sabido gracias a los vídeos de dudosos gurús con gafas de cristales amarillos y uso de luz roja, no funciona así. Nuestro sistema circadiano depende de la variación lumínica para regular el descanso, la producción de melatonina y el ritmo metabólico. Cuando a las diez de la noche activamos una batería de luces LED, que de mirarlas fijamente fundirían nuestra retina, enviamos al cerebro una señal contradictoria: “Todavía es día, ¡espabila!”. El resultado no siempre es visible, pero se acumula en forma de insomnio leve, fatiga difusa e incomodidad difícil de calificar.

Por lo tanto, no es solo una cuestión estética sino también fisiológica. Esta nueva tendencia en viviendas, que en principio representan el sumun del diseño más impecable, eficiente y deseable, en realidad resultan frías, impersonales y hasta hostiles para nuestro cuerpo.

Esta nueva tendencia en viviendas, que en principio representan el sumun del diseño más impecable, eficiente y deseable, en realidad resultan frías, impersonales y hasta hostiles para nuestro cuerpo

El elogio de lo tenue

En 1933, cuando la electricidad empezaba a expandirse con entusiasmo por Japón y la modernización se asociaba sin matices a la claridad eléctrica, el escritor Junichirō Tanizaki publicó un ensayo breve que se puede aplicar con rabiosa actualidad en el presente: Elogio de la sombra (Siruela). No se trataba de un alegato reaccionario que rechazaba la luz eléctrica con nostalgia romántica. Tanizaki, ya en esa época, cuestionaba su uso indiscriminado y, sobre todo, la idea de que más intensidad equivalía directamente a más belleza.

“En Occidente —escribe— el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Allí donde Europa persiguió la claridad como revelación, Japón aprendió a apreciar la gradación. “Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros”, continúa, “producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra”. La belleza, según Tanizaki, no está en iluminarlo todo, sino en permitir que algo permanezca parcialmente oculto.

“Lo mismo que una piedra fosforescente en la oscuridad pierde toda su fascinante sensación de joya preciosa si fuera expuesta a plena luz, la belleza pierde toda su existencia si se suprimen los efectos de la sombra”. La coexistencia entre claridad y penumbra es la zona intermedia donde la materia adquiere espesor y el espacio, profundidad.

En la arquitectura tradicional japonesa, explica, la luz indirecta y difusa es el verdadero material constructivo: “Esa luz gastada, atenuada, precaria” que impregna lentamente las paredes enlucidas, pintadas a propósito con colores neutros para absorberla sin devolver destellos. Si las superficies fueran brillantes —advierte— “se desvanecería todo el encanto sutil y discreto de esa escasa luz”. La decisión cromática no es decorativa, es atmosférica. Se trata de proteger la fragilidad de la penumbra.

Tanizaki observa con preocupación cómo los hoteles y establecimientos públicos de su tiempo empezaban ya a inundarse de luminarias que arruinaban lo que antes era una experiencia sensorial compleja. “¡Qué derroche de luz en los pasillos, en las escaleras, en la entrada, en el jardín, delante de la puerta!”, exclama, lamentando que esa sobreiluminación no produzca otra cosa que la pérdida de complejidad. Incluso en verano, cuando el calor ya resulta incómodo, la iluminación excesiva termina por expulsar la frescura nocturna. 

La crítica apunta contra esa tendencia a borrar los últimos resquicios de sombra en nombre del progreso. Occidente ha tendido a interpretar la oscuridad como un déficit técnico que debe corregirse y, sin embargo, tanto la experiencia estética como la experiencia doméstica —esa forma lenta de habitar el tiempo— dependen precisamente de esa ambigüedad que la iluminación contemporánea se empeña en suprimir.

La proximidad entre Oriente y el norte de Europa

La sensibilidad japonesa hacia la penumbra encuentra un eco inesperado en la arquitectura de la Europa septentrional. Los grandes maestros nórdicos de la arquitectura entendieron que la luz no es un recurso con el que excederse, sino un fenómeno estacional y de matices. El finlandés Alvar Aalto, por ejemplo, dedicó buena parte de su investigación arquitectónica a domesticar la luz natural sin violentarla. En varias de sus obras míticas, como la Biblioteca de Viipuri o en el sanatorio de Paimio, la entrada de luz nunca es frontal ni agresiva y, sin embargo, acaba siendo protagonista del espacio que genera. Se filtra a través de lucernarios cuidadosamente orientados, rebota en superficies curvas, se difunde antes de tocar al usuario. No hay deslumbramientos, solo transiciones de gran belleza y de total ergonomía visual.

Vyborg Library.

Alvar Aalto, Arne Jacobsen, Sigur Lewerentz, Erik Gunnar Asplund o Jørn Utzon, este elenco de arquitectos del norte de Europa, sublimaron el arte de iluminar con la cantidad precisa y con la sensibilidad de quien maneja una materia prima celestial. Su arquitectura reconoce que en invierno la luz es baja, exigua y lateral; que en verano es extensa y prolongada. Sus edificios se convierten en mediadores del ciclo natural y la iluminación artificial se trabaja como un complemento sutil y de segundo orden que introduce piezas de diseño que embellecen los interiores.

En estos interiores escandinavos contemporáneos —más allá del cliché decorativo— persiste esa cultura de la luz indirecta: lámparas de sobremesa, puntos a media altura, iluminación cálida y regulable. El techo no es el único lugar desde el que se emite claridad, sino que abundan las luces a media altura o puntuales solo sobre las zonas necesarias como mesas, sillones de lectura, bibliotecas, tocadiscos, etc. En detrimento del foco cenital que lo invade todo, aparece una constelación de pequeñas fuentes que construyen una atmósfera.

En estos interiores escandinavos contemporáneos —más allá del cliché decorativo— persiste esa cultura de la luz indirecta: lámparas de sobremesa, puntos a media altura, iluminación cálida y regulable

Algo de este juego preciso de claroscuros se percibe muy bien en la última película del noruego Joachim Trier, Valor sentimental (2025). Se ha dicho que es, literalmente, “una excelente película de lámparas”, y no resulta exagerado: verla equivale casi a recorrer un catálogo de luminarias icónicas del diseño nórdico. En casi ninguna escena la luz cae desde el techo como una imposición homogénea, sino que surge desde lámparas de sobremesa, pantallas textiles y brazos articulados que construyen pequeñas islas de intimidad. La casa donde transcurre gran parte de la acción actúa como archivo emocional, y cada punto de luz delimita una escena de vida, una conversación, un recuerdo, una herida o una reconciliación. La iluminación de la película sugiere que no todo necesita hacerse visible, sino que conviene discernir qué merece la luz y qué debe permanecer en sombra.

Lámpara Arco, de Achille y Pier Giacomo Castiglioni, en una de las escenas de 'Valor Sentimental'.

España: la excesiva domesticación de la noche

En un país donde la vida pública se prolonga hasta altas horas y donde la cultura mediterránea ha celebrado históricamente el crepúsculo con la sobremesa larga, el paseo al atardecer o la tertulia en la calle, resulta paradójico que el interior doméstico haya decidido abolir la noche. Hemos domesticado la oscuridad hasta hacerla desaparecer. El sinsentido es mayor si recordamos que buena parte de la arquitectura tradicional mediterránea se construyó precisamente para negociar con la luz excesiva: muros gruesos, persianas enrollables, celosías, patios, contraventanas, galerías, toldos. La sombra es un aliado climático y un recurso imprescindible para nuestra latitud. Hoy, en cambio, diseñamos fachadas con grandes paños acristalados orientados sin criterio y resolvemos cualquier desajuste con más iluminación artificial.

La sombra es un aliado climático y un recurso imprescindible para nuestra latitud. Hoy, en cambio, diseñamos fachadas con grandes paños acristalados orientados sin criterio y resolvemos cualquier desajuste con más iluminación artificial

La noche, que antes entraba progresivamente en la casa, hoy se interrumpe de forma brusca: cocina, salón, pasillo y dormitorio comparten la misma temperatura de color, la misma intensidad, el mismo blanco neutro que todo lo iguala y anula cualquier jerarquía espacial. Esta sobreiluminación constante empobrece la experiencia estética y erosiona la percepción del tiempo.

La calidad de un espacio no depende de su grado de exposición, sino de su capacidad para acoger distintos estados de ánimo y actividades. Basta pasear por la calle para comprobarlo: resultan más atractivos los restaurantes apenas iluminados, con unas velas titilando sobre las mesas y zonas en penumbra que insinúan más de lo que muestran. Ese misterio es sugestivo, invita a entrar. En cambio, un interior completamente bañado por luz blanca y uniforme tiende a evidenciarlo todo: los defectos, la suciedad, la descoordinación entre materiales y objetos. Cierta oscuridad es un recurso que otorga profundidad, elegancia y carácter. La sombra nunca es un error.  

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