La Felicidad es…¡¡Imperfecta!!
Recuerdo aquel día, entré en mi banco de confianza con una idea muy concreta: quería comprarme una moto. No era un capricho, la necesitaba para trabajar.
Después de revisar mis datos, el director me dijo que así no podían concederme el préstamo. Hasta ahí, todo normal.
Pero inmediatamente añadió:
—Lo que sí podemos hacer es ampliar la hipoteca. Así compras la moto… y además te queda dinero para un coche mejor o incluso para dar la entrada de una casa en la playa. Al final, todo el mundo quiere tener una casa en la playa.
Salí de allí con una sensación difícil de explicar. No era frustración.
Era algo más sutil: la sensación de que lo que yo necesitaba… no era suficiente.
Cuando “más” se convierte en la medida de todo
Vivimos rodeados de una lógica que no se cuestiona: siempre hay algo mejor.
Y lo peligroso no es que exista. Lo peligroso es cuando se convierte en referencia.
Porque entonces dejamos de preguntarnos qué necesitamos, para empezar a perseguir lo que “deberíamos” querer.
Y esa misma lógica se ha instalado, casi sin darnos cuenta, en muchas organizaciones.
Más resultados, más impacto, más crecimiento…Menos error.
Como si liderar bien fuera equivalente a no fallar nunca.
Cuando confías… pero no verificas
Llevaba muy poco tiempo liderando a ese equipo.
Ellos, en cambio, llevaban años en la organización, con conocimiento profundo del contexto. Yo no tenía todos los datos, pero sí tenía algo que consideré suficiente en ese momento: confianza.
Y decidí apoyarme en ella. El problema es que no contrasté.
Y acabé defendiendo en un programa de televisión de alta audiencia una posición basada en información incorrecta.
Fue un error grande.
De los que no puedes matizar. De los que no puedes esconder.
La noche anterior
Esa misma noche hablé con una persona del equipo.
Se sentía mal como profesional. Pero también como persona.
Llevábamos poco tiempo trabajando juntos/as, y para ellos/as yo aún estaba construyendo mi lugar como líder. Sentían que me habían fallado. Que habían puesto en riesgo mi credibilidad. Que habían fallado como equipo… y también en lo personal.
No me habló de resultados. Me habló de emociones.
Y ahí entendí que lo que había ocurrido no era solo un error.
Era un momento que iba a definir mucho más que un resultado.
La decisión
Al día siguiente, cuando llegué, el equipo estaba en silencio.
Ese silencio que anticipa lo de siempre: tensión, reproche, búsqueda de culpables.
Pero yo no improvisé. Ya había tomado una decisión la noche anterior.
Entré con una bandeja de pasteles.
Les miré y dije: ¡Vamos a celebrar la cagada de ayer!
No era ironía. Era una forma de decir algo más importante:
—Y después vamos a entender qué ha pasado y cómo lo solucionamos. Porque a partir de ahora, aquí vamos a celebrar igual los éxitos y los fracasos… siempre que haya trabajo, responsabilidad y ética detrás.
Lo que cambió (y lo que no)
El error no desapareció. Las consecuencias tampoco.
Pero cambió algo más importante: el lugar que ocupaba el error dentro del equipo.
Dejó de ser algo que esconder. Y empezó a ser algo que entender.
Y eso tiene un impacto directo en el desarrollo del talento.
Porque el talento no necesita entornos perfectos.
Necesita entornos donde pueda aprender sin miedo.
Liderar sin la obsesión por lo perfecto
Decimos que queremos compromiso, innovación, crecimiento.
Pero construimos culturas donde equivocarse tiene un coste demasiado alto.
Y eso bloquea más de lo que impulsa.
El liderazgo humanista no consiste en eliminar la exigencia. Consiste en humanizarla.
En entender que detrás de cada resultado hay personas que están aprendiendo, creciendo, equivocándose y acertando.
Como en la vida.
Donde de verdad ocurre la felicidad
Con el tiempo entendí que lo que ocurrió en el banco y lo que ocurrió con mi equipo tenían el mismo fondo: Esa sensación constante de que siempre hay algo mejor.
Algo más grande. Algo más perfecto.
Y que, de alguna manera, nunca es suficiente.
Pero también entendí algo más importante: lo perfecto nunca llega.
Porque siempre hay un siguiente nivel.
Siempre hay otro escalón.
Siempre hay algo más.
Y en esa búsqueda constante es muy fácil perderse lo esencial: El camino.
Ese camino que casi nunca es perfecto.
Que está lleno de errores, sí.
Pero también de aprendizajes.
De personas que aparecen.
De conversaciones que marcan.
De risas, momentos que no estaban previstos… y que terminan siendo los que más recuerdas.
La felicidad que sí existe
Quizá la felicidad no esté en alcanzar algo perfecto.
Quizá esté en darse cuenta de que no lo necesitamos.
Que la vida —y también el liderazgo— no va de eliminar las imperfecciones, sino de saber transitar con ellas.
De aprender.
De compartir.
De construir.
Porque al final, la verdadera felicidad no está en lo que falta, sino en la capacidad de vivir, de verdad, todo lo que ya está ocurriendo.
Aunque no sea perfecto.
0