Elogio de la ideología

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Hay un momento en casi cualquier conversación política española contemporánea en el que alguien, con un gesto de cansancio que pretende ser superioridad moral, suelta la frase definitiva: eso es pura ideología. Lo dice el tertuliano ante una propuesta de regulación de alquileres, el familiar en la comida de domingo cuando se menciona la perspectiva de género en los colegios, el comentarista anónimo bajo una noticia sobre fondos europeos para la transición ecológica. La acusación funciona como un interruptor: corta el debate, deslegitima al interlocutor, sitúa al que la pronuncia en un plano de supuesta neutralidad. Es uno de los actos de prestidigitación lingüística más eficaces de nuestro tiempo, porque enuncia una condena desde la inocencia fingida. Quien la usa sugiere haberse elevado por encima del lodazal de las creencias para anclarse en la roca firme del sentido común, de la realidad incontestable, de lo que simplemente es. Pero esa roca es de sal. La metáfora de la roca de sal remite no solo a lo ilusorio, sino también a lo que se disuelve al contacto con la crítica. En antropología, esto se relaciona con el concepto de doxa (Bourdieu): aquello que se asume como natural e incuestionable, pero que es producto de una construcción social internalizada. Y si uno se detiene a mirarla con atención, descubre que está sustentada por un andamiaje de ideas, presupuestos y valores tan denso y determinante como el que se pretende denunciar. Decir eso es ideología no es escapar del pensamiento; es abrazar, casi siempre de forma inconsciente, la más poderosa y peligrosa de todas: la que se cree ausencia de ideología. 

Este texto debe mucho al primero al que escuché hablar con brillantez de este problema, el poeta berciano Juan Carlos Mestre, que preguntaba con brillantez: ¿cómo puede nadie utilizar el pensamiento como una forma de descrédito?

Porque pensar —organizar la percepción del mundo en conceptos, relacionar causas con efectos, proyectar futuros a partir de diagnósticos— no es un vicio ni una patología. Es la condición humana básica. Lo demostró la antropología hace décadas, aunque sigamos fingiendo ignorarlo. No existe sociedad humana, por remota o primitiva que la juzguemos, que no esté gobernada por un entramado complejo de ideas. Pueblos como los íberos, siglos antes de Roma, ya habían desarrollado sistemas consuetudinarios para gestionar bienes escasos como el agua. La famosa red de acequias que siglos después regaría el levante español —una herencia técnica andalusí— no habría funcionado sin un entramado ideológico previo y posterior que definiera la acequia como bien común, el paso ganadero como derecho preexistente o el tribunal de las aguas como autoridad legítima. Esas ideas —la gestión colectiva, el reparto equitativo, la sostenibilidad del recurso— no brotaron de la tierra, sino de cerebros que enfrentaron problemas concretos (la aridez, la trashumancia, la escasez) y les dieron soluciones abstractas, colectivas, transmitidas de generación en generación. Eran ideología en estado puro: una manera de interpretar el mundo para habitarlo. Los sistemas consuetudinarios de gestión de bienes comunes (agua, pastos) estudiados por Elinor Ostrom no son solo soluciones prácticas; son expresiones de una cosmología compartida que define qué es lo justo, lo legítimo y lo humano. La ideología, en este sentido, no es un añadido, sino el código operativo de toda comunidad.

Desde una perspectiva antropológica, la ideología no es un invento moderno, sino un rasgo constitutivo de lo humano allí donde haya lenguaje y vida en común. El antropólogo Clifford Geertz la definió como marcos simbólicos mediante los cuales los seres humanos interpretan su entorno social y político, dando sentido a lo que es valioso, posible y deseable. Los estudios etnográficos en sociedades no occidentales —desde los Baruya de Nueva Guinea, cuya ideología de la masculinidad estructura toda la economía y el parentesco, hasta los Nuer de Sudán, cuyo sistema de linajes y dioses determina la resolución de conflictos— muestran que no existe una cultura sin ideología. Incluso el mito, que a ojos occidentales parece pura fantasía, es una tecnología ideológica sofisticada para explicar el dolor, la muerte o la fertilidad, y para cohesionar al grupo frente a la incertidumbre. Lo que llamamos sentido común en nuestra sociedad no es más que la ideología que ha triunfado, se ha naturalizado y ha olvidado sus orígenes conflictivos. Reconocer esto no relativiza todo, sino que nos obliga a preguntarnos: ¿desde qué mapa de lo real estamos juzgando los mapas ajenos? 

La historia de los últimos siglos puede leerse como una sucesión de ideas que, al materializarse, cambiaron la textura misma de la realidad. No como abstracciones, sino como fuerzas capaces de reorganizar instituciones, jerarquías y vidas concretas. Cuando en el siglo XVIII un grupo de pensadores empezó a discutir que el poder de los reyes venía del consentimiento de los gobernados y no de Dios, no estaban haciendo teoría. Estaban sembrando la semilla que haría estallar, pocas décadas después, el Antiguo Régimen. Esa idea —la soberanía nacional— nos parece hoy un principio elemental, casi natural. Pero en su momento fue un artefacto ideológico de una potencia explosiva inimaginable. En España, cuando los ilustrados de la Sociedad Económica de Amigos del País promovieron ideas sobre higiene pública, agricultura científica o educación femenina, no eran soñadores alejados de la realidad. Eran hombres y mujeres que, desde la idea, estaban tratando de transformar una realidad de hambre, epidemias y analfabetismo. La distancia entre la idea y el hecho a veces es corta, a veces larga, pero siempre hay un puente: la voluntad colectiva. Y esa voluntad solo se moviliza cuando las ideas dejen de ser patrimonio de unos pocos y se convierten en horizonte compartido de muchos.

El caso del feminismo es quizá el más elocuente. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la idea de que las mujeres eran seres humanos plenos, con derecho a votar, a estudiar, a tener propiedades, a no ser golpeadas por sus maridos, era perseguida como una extravagancia ideológica peligrosa. Hoy, gracias a que esa idea fue defendida, pulida y ampliada durante generaciones, es la base de nuestro ordenamiento jurídico y, al menos en teoría, de nuestro contrato social. La Ley de Violencia de Género de 2004, que ha sido una herramienta fundamental para proteger a miles de mujeres y perseguir la violencia machista, no cayó del cielo. Fue el fruto de una idea que alguien tuvo que pensar, verbalizar y defender frente a la burla, el desprecio, la cárcel o la represión institucional. Lo mismo ocurre con la idea de la sanidad pública. Hubo un tiempo en que sugerir que la salud no debería ser un privilegio mercantil sino un derecho universal financiado colectivamente era tachado de utopía socialista. Hoy, a pesar de sus grietas, ese sistema es una de las pocas cosas que todavía nos hace sentir parte de una comunidad llamada España. Las ideas, cuando logran encarnarse, dejan de parecer ideas para convertirse en el aire que respiramos. Y por eso mismo, olvidamos demasiado pronto que ese aire fue, en otro tiempo, una revolución. Pero ese proceso no es lineal ni gratuito: implica décadas de conflicto, resistencias activas y retrocesos que recuerdan que ninguna conquista ideológica es irreversible.

Pero claro, la historia no es un relato de progreso lineal. Por cada idea que nos ha hecho más libres, hay otra que nos ha hecho más esclavos. Tanto el fascismo como el estalinismo fueron sistemas de ideas terriblemente coherentes que terminaron absolutizándose: el fascismo con la pureza racial y el líder providencial, el estalinismo traicionando la emancipación social para construir una burocracia del terror en su nombre. Cuando las ideas se vuelven dogmas, dejan de ser herramientas de pensamiento y se transforman en rituales identitarios. La antropología política muestra cómo regímenes totalitarios convierten ideas en ceremonias públicas (desfiles, juramentos, iconografía) para producir adhesión emocional y borrar la disidencia. En España, el nacionalcatolicismo fue una ideología tan totalizadora que pretendía dictar no solo cómo debía gobernarse el país, sino cómo debían amarse las personas, cómo educarse los hijos y hasta cómo rezarse. La ideología, cuando pretende tener respuesta para todo, se convierte en una cárcel para la mente. La diferencia no está en tener o no tener ideas —todos las tenemos— sino en el tipo de relación que establecemos con ellas. Las ideas saludables son aquellas que se saben provisionales, que invitan a la crítica, que se dejan interrogar por la realidad. Las ideas tóxicas son aquellas que se proclaman verdades definitivas, que cierran la puerta a cualquier duda, que exigen lealtad incondicional. El fanático no es el que tiene ideas fuertes, sino el que ha dejado de pensar para simplemente creer.

Y aquí llegamos a la gran paradoja de nuestro presente. Vivimos en la era de la información, pero también en la era de la desideologización superficial. Se demoniza la ideología en abstracto mientras se practican, de forma acrítica, microideologías identitarias mucho más rígidas. Las redes sociales, lejos de ser ágoras de debate, se han convertido en máquinas de crear tribus digitales donde lo importante no es la solidez del argumento, sino la intensidad de la adhesión emocional. Un algoritmo no promueve el pensamiento complejo; promueve el engagement. Y el engagement (compromiso e interacción) se alimenta de certezas simples, de enemigos nítidos, de consignas que puedan repetirse como mantras. El resultado es lo que podríamos llamar ideología de bolsillo: kits prefabricados de ideas que se adquieren completos, sin necesidad de montaje intelectual. Facha, progre, feminazi, comunistoide —cada una de estas etiquetas viene con su paquete de ideas asociadas, su lista de enemigos, su repertorio de eslóganes—. Usarlas exime de tener que pensar. Es la pereza mental elevada a virtud cívica. Estas micro-tribus digitales recrean a escala algorítmica lo que Claude Lévi-Strauss observó en mitologías primordiales: sistemas binarios (amigo/enemigo, puro/impuro) que reducen la complejidad del mundo a un relato maniqueo y emocionalmente reconfortante. Y esta pereza no es inocente. Tiene un efecto político concreto: despolitiza. Convierte el conflicto de ideas —que es el motor de cualquier democracia— en un combate de tribus, donde lo importante no es convencer al otro, sino humillarlo.

Esta dinámica se ve alimentada por un discurso tecnocrático-populista. Por un lado, se nos dice que los problemas son tan complejos que solo pueden ser gestionados por expertos, despojándolos de cualquier debate ideológico. ¿La vivienda? Cuestión de oferta y demanda. ¿La energía? Cuestión de megavatios y coste por kilovatio/hora. Se vacían los conflictos sociales de su contenido político y se presentan como problemas técnicos. Pero cuando esas soluciones técnicas generan malestar —cuando la gente no puede pagar el alquiler o la factura de la luz—, ese malestar es rápidamente reorientado hacia chivos expiatorios ideológicos: es culpa de los inmigrantes, es culpa de las cuotas de género, es culpa del ecologismo radical y la agenda 2030. Se produce así un doble movimiento perverso: se despoja a la ciudadanía de su capacidad de analizar estructuralmente los problemas (eso es ideología), pero se le devuelve, en forma de rabia identitaria, una explicación simple y emocionalmente satisfactoria. La ideología, expulsada por la puerta de la razón, vuelve a entrar por la ventana de los instintos.

Esta dinámica encuentra su expresión política más cínica en la estrategia de partidos populistas que usan el término ideología como arma de deslegitimación masiva. En la España actual lo ilustra Vox con singular nitidez. Como documenta Arranz Sánchez (Más Poder Local, 2022), el partido ha convertido expresiones como ideología de género o ecologismo ideológico en emblemas de su estrategia antifeminista, presentando las políticas progresistas como dogmas importados que amenazan la familia natural o la soberanía nacional. Su objetivo no es debatir esas ideas, sino anular el debate mismo: al estigmatizarlas como ideología, las sitúan fuera del ámbito de lo razonable, reservando para su nacionalcatolicismo esencialista el estatus de sentido común. Pero este mecanismo no es patrimonio exclusivo de la derecha, aunque en ella adopte hoy una forma especialmente sistemática y eficaz. Ciertos sectores de la izquierda han convertido neoliberal en un comodín descalificador que oblitera cualquier análisis específico bajo una etiqueta demonizada. Podría detenerme más en este ejemplo, y algunos me objetarán que dedico menos líneas al dogmatismo identitario de izquierda que al de derecha. No lo hago por parcialidad, sino por asimetría del contexto: en la España actual, la estrategia sistemática de deslegitimación masiva de la ideología ajena bajo la coartada del sentido común tiene un actor principal en la derecha populista. Pero el mecanismo que denuncio —la conversión de una idea en un comodín que exime de pensar— es exactamente el mismo allí donde ocurra. Mi defensa de la ideología como herramienta abierta y provisional es, por diseño, el antídoto contra cualquier cierre identitario, venga de donde venga. En ambos casos, el resultado es el mismo: se vacía de contenido el conflicto ideológico legítimo —el debate sobre modelos de sociedad— para sustituirlo por una guerra de trincheras donde las ideas del adversario son, por definición, una agresión.

Frente a este panorama, recuperar la ideología como herramienta de pensamiento y no como arma arrojadiza no es un ejercicio académico. Es una urgencia democrática. Necesitamos, más que nunca, ideas fuertes. No fuertes en el sentido de dogmáticas, sino en el sentido de robustas, bien argumentadas, capaces de conectar el diagnóstico con la solución, la ética con la práctica. Ideas como las que alumbraron la sanidad pública o la educación universal. Ideas como la de bienes comunes, que Elinor Ostrom demostró que no es utopía hippie, sino un modelo eficaz —piénsese en las acequias milenarias de Valencia que aún riegan huertos o los montes vecinales gallegos que resisten la privatización—. Ideas como la de justicia climática, que conecta la crisis ecológica con las desigualdades sociales sin sacrificar a los más vulnerables. Estas ideas no son escapismos. Son mapas para navegar un presente que se desmorona.

Hay aquí, además, una advertencia que la tradición anarquista —de Kropotkin a David Graeber— lleva formulando desde hace siglos: las ideas más transformadoras no siempre han necesitado al Estado para encarnarse. Las acequias valencianas, los montes vecinales gallegos, las cooperativas de Corporación Mondragón (quizá el ejemplo más cercano, en nuestro entorno, de una ideología capaz de institucionalizarse y competir en el mercado global sin desaparecer, aunque no sin tensiones ni concesiones), son ideología hecha institución sin mediación estatal. Reivindicar la ideología como herramienta democrática no implica confiar su custodia al poder; implica reconocer que la capacidad de imaginar mundos distintos es, antes que nada, un saber colectivo que las comunidades generan desde abajo.

Pensar —verdaderamente pensar, con todas sus consecuencias— se ha convertido en un acto de resistencia. Resistencia contra un sistema que nos quiere consumidores pasivos de contenidos, no como productores activos de sentido. Resistencia contra una política-espectáculo que premia el zasca sobre el argumento. Resistencia contra la tentación de refugiarnos en identidades cerradas que nos eximen de construir un nosotros más amplio. Podemos seguir usando la palabra ideología como un insulto, como quien tira una piedra y esconde la mano. O podemos reclamar con orgullo nuestro derecho a tener ideas, a discutirlas, a equivocarnos, a mejorarlas, a luchar por ellas. Podemos recordar que detrás de cada derecho que hoy damos por sentado, hubo alguien que fue tachado de ideólogo. La línea que separa la utopía ridícula del sentido común del futuro es más fina de lo que creemos. Que en un mundo que navega sin brújula, renunciar a las ideas no es realismo. Es dejar nuestra vida en manos de quienes sí tienen un proyecto ideológico muy claro para nosotros y no necesitan que lo entendamos para imponerlo.

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