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Una psicóloga infantil explica todas las consecuencias de dormir con tus hijos: “Puede favorecer el apego seguro”

A pesar de sus beneficios, el colecho también puede presentar desafíos.

Paloma Martínez Varela

15 de abril de 2026 10:24 h

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El colecho, la práctica de dormir en la misma cama o en una contigua a los hijos, es una práctica ancestral presente en numerosas culturas que conlleva diversas implicaciones desde el punto de vista psicológico y familiar. No se trata de una decisión intrínsecamente buena ni mala, sino que depende del contexto, las necesidades del niño y el bienestar general de la familia.

“Desde el punto de vista psicológico, puede favorecer el apego seguro al proporcionar al niño sensación de protección, cercanía y regulación emocional”, afirma Paloma García Aranda, psicóloga infantil en Centre PSIA, que señala que además de reducir la ansiedad nocturna, compartir cama puede facilitar la lactancia materna y, en ciertos casos, mejorar el descanso general al reducir los despertares.

Una de las claves para que el colecho sea una experiencia positiva reside en la motivación de los padres. “Sus implicaciones dependen de cómo se practique y de si responde a una elección consciente o a una necesidad derivada de dificultades en el sueño”, destaca García Aranda. “Cuando se realiza de forma voluntaria y respetuosa, suele ser beneficioso; sin embargo, si se mantiene por dependencia o agotamiento familiar, puede generar dificultades en la autonomía del menor y en la dinámica de la pareja”, aclara. 

Factores como el temperamento del niño, siendo los más sensibles quienes más parecen beneficiarse, la consistencia de las rutinas y un entorno físico seguro son determinantes para que la experiencia no derive en un problema, según la experta. También es importante la edad del niño, “es más habitual y adaptativo durante los primeros años de vida”, subraya.

Las señales de alerta

A pesar de sus beneficios, el colecho también puede presentar desafíos. “En algunos casos, puede fragmentar el sueño de los padres, generar cansancio acumulado, limitar la intimidad de la pareja o provocar interrupciones en el descanso del menor”, advierte la psicóloga.

Existen indicadores de que dormir juntos podría estar interfiriendo negativamente en el desarrollo del niño o en la armonía familiar, García Aranda enumera: “La dificultad persistente del niño para dormir solo a edades avanzadas, la ansiedad intensa ante la separación nocturna, los despertares frecuentes o el sueño poco reparador, la dependencia excesiva de la presencia parental, los desacuerdos entre los progenitores, el cansancio crónico en la familia o el rechazo del niño a participar en actividades como campamentos o dormir fuera de casa”.

“En estos casos, puede ser recomendable consultar con un profesional de la psicología infantil para diseñar estrategias adaptadas a las necesidades de la familia”, aconseja la especialista, que considera fundamental evaluar si el colecho contribuye al bienestar familiar o si, por el contrario, perjudica y agota.

La transición hacia la autonomía

¿Cuándo es el momento de decir adiós a la cama compartida? “No existe una edad universalmente establecida, aunque muchos especialistas coinciden en que entre los dos y los tres años el niño está preparado para iniciar la transición hacia su propia cama. Entre los cuatro y los cinco años esta autonomía suele consolidarse de manera natural”, asegura García Aranda.

Para que este cambio sea respetuoso y efectivo, la psicóloga recomienda que el proceso sea gradual, manteniendo rutinas predecibles y permitiendo el uso de objetos de apego, como un peluche o una manta en su propia habitación: “La clave es respetar el ritmo evolutivo del menor y evitar métodos bruscos que puedan generar ansiedad”. “Se trata de acompañar emocionalmente al niño, reforzando positivamente sus logros, sin forzarlo ni ridiculizar sus miedos”, valora la especialista.

En última instancia, la decisión debe basarse en el bienestar de la familia. “La decisión más adecuada será aquella que garantice un descanso saludable, fomente la seguridad emocional y promueva progresivamente la autonomía infantil”, concluye García Aranda.

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