¿Lo que me pasa es realmente una urgencia? Una enfermera explica cómo funciona la prioridad del triaje hospitalario
El de urgencias es uno de los servicios sanitarios más saturados de nuestro sistema de salud, cualquiera que haya pasado por una de sus salas de espera, a veces con retrasos de más de cuatro horas, puede dar fé de ello. La clave para no contribuir a esta experiencia frustrante de colapso está en una pregunta bastante personal: ¿Tengo realmente una urgencia?
“Los pacientes van a urgencias porque tienen una necesidad subjetiva y consideran que están mal, pero si atendemos por orden de llegada podemos estar demorando la atención de alguien que realmente necesita prioridad frente a otras personas. Ahí es donde entra en juego el profesional de enfermería que hace el triaje en los hospitales de forma objetiva”, explica Sara Romalde, enfermera de urgencias en el Complejo Hospitalario Universitario de Ferrol (CHUF).
Para llevar a cabo este orden de prioridad, los hospitales utilizan programas estandarizados de triaje: “Nosotros usamos el sistema Manchester, que diría que es el más conocido a nivel global y está en continua revisión, obviamente puede tener fallas y tiene una parte subjetiva de valoración que depende del ojo clínico del que tría, pero en general es una herramienta que sigue unos criterios objetivos”. Otro de los más implantados en nuestro país es el Sistema Español de Triaje (SET).
Cuando un paciente llega al triaje, los profesionales de enfermería van pasando una serie de pantallas en el programa en función a los síntomas que presente. “Siempre vamos de más a menos: si te quedas en la primera ventana tu prioridad va a ser más alta, pero si no cumples ninguno de los requisitos, pasarás a la siguiente ventana, que es la siguiente prioridad”, señala la enfermera, que detalla que hay un código de cinco colores para determinar los niveles de espera.
“Empiezas por la prioridad roja, que quiere decir que tu atención tiene que ser inmediata, tanto por parte del equipo de enfermería como el médico”, informa Romalde, que pone como ejemplo de ese riesgo vital inminente la parada cardiorrespiratoria. A continuación, la prioridad naranja “indica que tienes que ser atendido en menos de 10 o 15 minutos, porque el tiempo puede ser vital”, describe, como por ejemplo “con un dolor torácico típico hay que hacer un electrocardiograma para ver el corazón y ver si hay o no un infarto”.
En el siguiente nivel, el amarillo, se incluirían síntomas “más o menos soportables, como sería un dolor en una fosa renal tipo cólico” o dolores similares que probablemente necesiten analgesia y que “pueden esperar hasta una hora”, aclara la profesional, que añade otros ejemplos como un síndrome confusional en una persona mayor o sangre en heces.
Después estaría la prioridad verde que la enfermera explica que se adjudica a pacientes que “pueden esperar hasta 120 minutos, por ejemplo un problema que tenga siete días de evolución y que no sea muy agudo, como dolores de espalda, problemas de extremidades y demás dolores crónicos que ya están a tratamiento y no mejoran”. Para estos casos de ajuste de medicación a patologías crónicas la enfermera recomienda acudir a la atención primaria. Por último, la prioridad azul se considera “un problema no urgente que puede esperar hasta 240 minutos, aunque en la práctica es gente que no tendría que estar en el servicio de urgencias.
“El dolor también es un discriminador muy común, de lo más difícil de valorar en triaje porque es más subjetivo, pero hay varios signos y escalas que nos ayudan a evaluar la tolerancia al dolor”, afirma Romalde.
Muchas veces se pasa por alto que los centros de salud también disponen de urgencias de atención primaria y Puntos de Atención Continuada (PAC) que funcionan 24 horas. Estos centros, donde el tiempo de espera suele ser menor, pueden resolver patologías agudas como una fiebre que nos impide ir a trabajar o una pequeña lesión que necesita una radiografía.
“Urgencias no es el lugar para hacer estudios en profundidad, sino de resolver problemas agudos y que puedan suponer un riesgo vital si no son tratados, las enfermedades se estudian generalmente en primaria. Nosotros actuamos en situaciones de riesgo inminente”, apunta Romalde, que subraya que son los médicos de familia quienes mejor conocen a los pacientes y tienen más llaves para abrir otros procesos. Por eso, un paciente con cáncer puede tener un diagnóstico muy malo, pero si su situación clínica es estable en ese momento, su prioridad de atención será menor que la de alguien con un riesgo inminente.
“Tenemos un sistema de salud muy bueno, universal y gratuito, y la población no tiene la culpa de que no esté bien dimensionado, pero tampoco debe abusar de ello... Es responsabilidad de todos colaborar para cuidarlo para no acabar como en otros sistemas de salud en lo que solo pueden acceder quienes se lo pueden permitir”, comentan desde su equipo.
Acudir primero al médico de cabecera no solo aligera la presión en urgencias, sino que supone una atención más integral y personal. Sin embargo, el mal uso del servicio solo es uno de los muchos factores que saturan el sistema, según la enfermera: “Está el factor de que tenemos una población muy envejecida, que demanda más atención porque tiene más complicaciones y pluripatología; también el deterioro de la atención primaria de un tiempo a esta parte, que es el primer filtro de la población para no acudir a urgencias; por otra parte, el deterioro de la atención especializada, con pruebas que tardan entre seis meses y un año mientras los síntomas del paciente van empeorando... Al final acabas yendo a urgencias por miedo, porque te encuentras mal o porque realmente estás empeorando sin tener un diagnóstico”.
Por otro lado, Romalde destaca algunos fenómenos llamativos: “Durante los partidos de fútbol y eventos deportivos, sobre todo si son finales importantes, las urgencias están vacías, y antes de una operación salida las urgencias se llenan de niños. Eso es indicativo de cómo la gente usa mal el sistema”. Aunque, por supuesto, insiste en que también atienden verdaderas urgencias y anima a acudir al servicio ante síntomas neurológicos, como desorientación o amnesia, visión borrosa sostenida, pérdida de fuerza o dolores insoportables o una fiebre de origen desconocido que no remite. “En definitiva, todo lo que seamos capaces de manejar correctamente, primero, en casa y, después, en atención primaria.
“Uno de los motivos de consulta más frecuente que vemos es la disnea o dificultad respiratoria grave, que aumenta muchísimo el volumen de pacientes en invierno, y ante eso recomendaría vacunarse, porque vacunar salva vidas”, concluye Romalde.
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